A apenas 24 horas para que se cumplan tres años desde la invasión rusa, los aliados de Ucrania continúan preparando los actos, comunicados, visitas y sanciones con los que van a conmemorar la fecha, un aspecto que, al contrario que en años anteriores, no es motivo de reafirmación de la unidad de todos los aliados de Kiev. La disputa transatlántica causada por la histeria colectiva europea al verse excluida de las negociaciones y saber que la táctica de amenazar a Rusia con la guerra total ha sido sustituida por las buenas palabras, las criticas a Kiev y los alicientes económicos para iniciar una negociación. De ese desacuerdo han surgido este fin de semana dos resoluciones rivales para conmemorar el tercer aniversario del ataque ruso contra Ucrania. “Estados Unidos propuso el viernes en Naciones Unidas una resolución sobre el conflicto ucraniano que omite cualquier mención a los territorios de Kyiv ocupados por Rusia”, afirma AFP citando fuentes diplomáticas presumiblemente europeas. Marco Rubio ha calificado al propuesta como una resolución “simple, histórica”.
Frente a ese cambio, el texto de la propuesta de los países europeos y Ucrania insiste en “la necesidad de redoblar los esfuerzos diplomáticos para terminar la guerra este año y apunta a varias iniciativas en este sentido, culpando a Rusia de la invasión y comprometiéndose con la integridad territorial de Kyiv”. Ni Ucrania ni sus socios europeos han comprendido aún que el equilibrio de fuerzas favorece a Moscú y que no hay ningún indicio de que esa situación vaya a cambiar en el futuro, por lo que el compromiso con lograr una negociación en posición de fuerza es condenar eternamente a Ucrania a la destrucción de la guerra. Solo la proposición europea y no la de Estados Unidos, exige la retirada unilateral rusa de todos los territorios ucranianos, incluida Crimea, otro imposible al que el pensamiento mágico continental aún no ha renunciado.
Los países de la Unión Europea -con las excepciones de Hungría y Eslovaquia, que han apostado por la negociación desde antes incluso del cambio de postura de Donald Trump- continúan operando bajo la premisa de que una mala guerra es mejor que cualquier paz, una posición más compatible que la visión estadounidense con la idea ucraniana de la paz justa por medio de la fuerza y las garantías de seguridad de Estados Unidos a base de alicientes económicos. “Ellos no tienen cartas, pero juegan muy duro”, afirmó el viernes Donald Trump en referencia al rechazo de Zelensky a firmar el documento presentado por Scott Bessent sobre la cesión de la mitad de los ingresos por la explotación de las tierras raras y otras extracciones minerales de Ucrania por los servicios prestados y no, como esperaba Ucrania, a cambio de garantías de seguridad para el futuro.
“Quién sabe lo que valen las tierras raras, sabe, pero al menos es algo”, ha afirmado en las últimas horas Donald Trump, que ha dejado atrás las afirmaciones de que Zelensky quería terminar la guerra y llegar a un acuerdo con Vladimir Putin y ahora repite sus reproches en cada ocasión a su alcance. “He tenido buenas conversaciones con Putin”, declaró el viernes para añadir que “he tenido conversaciones no tan buenas con Zelensky” para sentenciar que “no vamos a permitir que esto continúe. Esta guerra es terrible. No habría ocurrido si yo hubiera sido presidente, pero ha ocurrido”. La memoria selectiva impide a Trump -y también a la prensa crítica con la actual postura de la Casa Blanca- recordar que la política ucraniana de su primera legislatura fue una prolongación de la política de Obama-Biden, por lo que es más que discutible que las circunstancias que llevaron a la guerra de 2022 no se hubieran repetido en caso de victoria electoral trumpista en 2020.
Los reproches que esta semana se han dirigido a Zelensky se extienden también a Joe Biden, un presidente que Trump quiere presentar como un títere manejado por el líder ucraniano. “Biden dijo las cosas que no eran, Zelensky dijo las cosas que no eran”, afirmó Trump en una entrevista concedida a Fox News en la que insistió en que “Biden simplemente les dio el dinero, no había créditos, no había seguridad, no había nada”. En referencia al disputado acuerdo para la extracción de minerales, el presidente ucraniano ha declarado que “este acuerdo puede añadir valor a nuestras relaciones. Lo más importante es definir los detalles correctamente para garantizar que funcione”, una forma de indicar lo que tanto se ha repetido esta semana: Ucrania pretende conseguir que el expolio que supone que Estados Unidos se haga con una parte de los ingresos obtenidos por medio de la explotación de sus recursos sea la contrapartida a las garantías de seguridad que exige Ucrania en forma de presencia militar, no de promesas económicas como intenta hacer pasar Marco Rubio. A la espera de conocer los cambios que vayan a realizarse en el borrador del tratado, ya que solo se ha constatado por las declaraciones del Secretario de Estado que Estados Unidos ha rebajado sus expectativas de 500.000 a 400.000 millones de dólares (quizá por la negociación o quizá al haber comprendido que una parte del valor de los recursos ucranianos está muy probablemente sobreestimado), la diferencia fundamental en la definición de seguridad parece persistir. Para Estados Unidos, seguridad significa recuperar la inversión realizada (ampliamente sobrevalorada en un enorme ejercicio de lucrarse de la desgracia ajena), mientras que para Ucrania implica una relación militar a futuro.
“El país del presidente Zelensky no existiría sin la generosidad de Estados Unidos”, afirmó un enfadado JD Vance en declaraciones a la prensa tras su participación en la Conferencia de Acción Política Conservadora, un foro convertido en escenario de fanático apoyo a Donald Trump. Vance, que afeó a Zelensky lo que calificó de “gira mediática por Europa hablando mal del presidente de Estados Unidos”, insistió en que “cualquiera que conozca al presidente les dirá que hablar mal de él en público no es la manera de lograr que cambie de opinión”. En realidad, ha sido Trump y no Zelensky quien ha utilizado la vía del insulto en un ataque personal y coordinado causado por la negativa del presidente ucraniano a “vender el país”.
La reacción ucraniana no ha sido negar la firma o buscar alternativas -no ha habido, por ejemplo, ningún intento de buscar una vía negociada directamente con Rusia, para dejar así fuera de juego a Estados Unidos como Washington ha hecho en esta fase inicial de negociación con Ucrania-, sino que Kiev ha optado por continuar por el camino que Zelensky marcó en el Plan de Victoria. Ese fue el primer momento en el que se puso sobre la mesa el control de los recursos naturales ucranianos como aliciente para conseguir el interés de Donald Trump, objetivo que se ha visto ampliamente superado. Ayer, Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky, compartía en las redes sociales su último artículo, publicado por el Houston Chronicle, y en el que argumenta que “las adquisiciones ucranianas de gas natural licuado de Estados Unidos apoyan la agenda America First”. “Una de las formas más efectivas con las que Estados Unidos pueda tanto apoyar a Ucrania como consolidar su liderazgo en el mercado energético global es vendiendo gas natural licuado a Ucrania”, añade Ermak, dejando claro que Kiev está dispuesta a adquirir un gas más caro -y ecológicamente menos sostenible- que el que tiene a su alcance en países vecinos como Rusia o Azerbaiyán para compensar económicamente al país que trata de expoliar sus recursos naturales a cambio de la asistencia militar de los últimos años. La táctica de presentarse como un aliado fiable, un comprador convencido y un país leal no ha cambiado pese a los insultos públicos y propuestas económicas imposibles de aceptar.
Varios medios constatan, aunque sin detallar los cambios que vayan a producirse en el marco legal o el contenido del documento, avances en las negociaciones entre Ucrania y Estados Unidos para concluir el acuerdo de compensación económica de Kiev a su principal aliado y proveedor de seguridad, una forma de reparaciones de guerra del proxy a su socio que tendrá como consecuencia un empobrecimiento que la Unión Europea tendrá que contrarrestar. Pero en esta negociación, el expolio es la parte menos importante y Kiev trata únicamente de lograr que el acuerdo suponga una implicación de seguridad de Estados Unidos en Ucrania a largo plazo. “Varios asesores de Zelensky creen que una nueva versión del acuerdo discutida el jueves tiene en cuenta esas preocupaciones y han recomendado a Zelensky que lo firme”, escribía ayer The New York Times.
El camino avanza en dirección a la firma de un acuerdo cuyos términos aún son inciertos en una negociación en la que Estados Unidos está mostrando nerviosismo y exige rapidez. El trumpismo considera obligado que Zelensky firme el acuerdo y, según publicaba ayer Reuters, cuenta con una carta en la manga que utilizar a modo de represalia en caso de que la negociación se enquiste. “Estados Unidos podría cortar el acceso de Ucrania a los servicios de internet de Starlink” en caso de que Kiev rechazara firmar el tratado, opción que Elon Musk niega, pero que el Gobierno de Trump se ha encargado de filtrar a la prensa a modo claro de amenaza. “Ucrania funciona a base de Starlink, lo consideran su estrella polar”, afirma una de las fuentes del artículo, que añade que “perder Starlink sería un golpe masivo”. Starlink es propiedad de Elon Musk, una de las personas que con más vigor ha criticado a Ucrania y a su presidente esta semana. “Cuando recuerdo cómo se sentían los ucranianos y sus partidarios en Occidente respecto de Starlink y Musk al comienzo de la guerra, los alardes, las adulaciones… Apostar por una primacía militarista apoyada por los oligarcas (a los que también apoya) es una apuesta arriesgada”, escribió ayer en las redes sociales la activista Almut Rochowanski. Depender de los aliados implica arriesgarse a un cambio de opinión y supone carecer de cartas en una negociación entre la espada y la pared o confiando en que sean otros quienes consigan concesiones. En este caso, Polonia afirma haber pagado por el coste de Starlink para Ucrania, por lo que afirma que no hay motivos para una interrupción del servicio. En su intento de defender a Ucrania, Varsovia olvida que las represalias no suelen necesitar de motivos legales.
Según informó ayer Fox News, Ucrania habría entregado a Estados Unidos una contrapropuesta de acuerdo de extracción de minerales y garantías de seguridad. Horas antes, Sky News afirmaba que Kiev seguía rechazando firmar el acuerdo. La negociación continúa y, como anunció Ruslan Stefanchuk, presidente de la Rada, “a principios de la próxima semana, el gobierno ucraniano empezará a trabajar seriamente en la conclusión de un acuerdo sobre recursos minerales y garantías de seguridad con la administración estadounidense”. Aunque con unas cartas limitadas, Zelensky sigue luchando por conseguir que la pérdida de recursos económicos suponga ganar garantías de seguridad de Estados Unidos. Aunque sea a costa de arriesgarse a aumentar la ira de Donald Trump o a sufrir represalias de Washington.
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