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Ucrania en busca de una posición de fuerza

Prosigue en Múnich el esfuerzo europeo y ucraniano por mantener el statu quo de una guerra que debe continuar. El último intento europeo de defender que no hay voluntad rusa de negociar se ha producido en las últimas horas y el argumento es un único dron que impactó el viernes contra la central nuclear de Chernóbil y del que Rusia se ha desmarcado. Tras tres años de guerra, miles de misiles, bombardeos y muertes, ataques mutuos a las infraestructuras civiles (centrales de producción eléctrica en Ucrania y refinerías y otras infraestructuras de la producción petrolífera en Rusia) y uso regular de la artillería contra la central nuclear de Energodar un único dron ha de suspender cualquier tipo de negociación, un discurso que suena a desesperación en boca de quien se siente agraviada por no haber recibido una llamada para preguntar su opinión sobre la guerra y la paz. “Todas estas otras conversaciones han quedado totalmente obsoletas por el bombardeo de la central nuclear, el bombardeo de civiles, el bombardeo de infraestructuras civiles”, afirmó el viernes Kaja Kallas, dando a entender que solo Rusia bombardea centrales nucleares, civiles o infraestructuras civiles mientras que Ucrania solo se defiende enviando amor, solidaridad y voluntad de paz en forma de HIMARS a las ciudades de Donbass.

La voluntad europea es que, al margen de la voluntad rusa de negociar, de los intereses de la población ucraniana o de los de sus aliados, no debe iniciarse una mesa de negociación mientras Ucrania no haya conseguido una posición de fuerza. Para ello, Zelensky continúa con su ronda de contactos en busca de apoyos para argumentar ante Estados Unidos, la parte más dispuesta a negociar, que es preciso alcanzar primero un acuerdo interno entre aliados, y ya ha declarado públicamente que solo entonces estará dispuesto a reunirse con Vladimir Putin.

Desde Múnich, el presidente ucraniano conversó telefónicamente con Emmanuel Macron para discutir “la elaboración de una estrategia eficaz para que Ucrania, Estados Unidos y Europa [la Unión Europea] acerquen una paz justa” con énfasis en “las garantías de seguridad”. Hasta ahora, la definición de fortaleza, era entendida como capacidad militar para hacer daño a Rusia o recuperar los territorios perdidos desde 2022 o 2014, algo que se ha demostrado costoso e improbable. El tiempo, que iba a ser uno de los factores que favoreciera a Ucrania frente a una Rusia en la que las sanciones habrían destruido la economía y la capacidad de producción militar, ha pasado factura a Kiev y las victorias de 2022 se han convertido en retiradas progresivas mientras que el discurso de llegada a Crimea ha dado lugar a la construcción de trincheras en la región de Dnipropetrovsk. Las circunstancias parecen estar modificando ligeramente la definición de fortaleza para centrarse exclusivamente en un acuerdo entre los aliados en forma de unas garantías de seguridad que Ucrania considere suficientes para asegurarse de que Rusia no atacará su territorio en el futuro. En esta definición, que en realidad busca unas condiciones militares que sean capaces de amenazar a Rusia, se evita sistemáticamente mencionar a los territorios ucranianos bajo control ruso. Ninguna de las propuestas que se manejan implicarán el reconocimiento oficial de su adhesión a Rusia, por lo que quedarán en un limbo en el que Ucrania los considerará propios, continuará reclamándolos y hará lo posible -inicialmente por la vía económica y política, pero sin cerrar la puerta a la vía militar- para recuperarlos. Sin embargo, es solo Ucrania quien precisa de garantías de seguridad, unas condiciones lo suficientemente militarizadas para que sean temidas por Moscú.

La posición de fuerza que busca Zelensky es, sin ambigüedades, la pertenencia a la OTAN, que en su versión es garantía de que Rusia no volverá a invadir Ucrania, pero que en realidad supondría la certeza de que no podría haber acuerdo de paz. En esa inflexible postura, el presidente ucraniano cuenta con el incombustible apoyo del Reino Unido, principal defensor del camino euroatlático de Ucrania tanto con gobierno conservador como laborista. “El primer ministro reiteró el compromiso del Reino Unido de que Ucrania siga el camino irreversible a la OTAN, como acordaron los aliados en la cumbre de Washington el año pasado”, afirmó la portavoz de Downing Street tras la conversación entre Keir Starmer y Volodymyr Zelensky.

La adhesión de Ucrania a la OTAN depende fundamentalmente de la opinión de Estados Unidos, líder absoluto e indiscutido de la Alianza. Hegseth eliminó el miércoles de un plumazo la esperanza de Zelensky de una adhesión a medio plazo, aunque no las posibilidades del país de una entrada más adelante. Esa seguirá siendo la exigencia de Ucrania y de países como Francia o el Reino Unido, dispuestos a volver a someter al país a una guerra por el bien de la expansión del bloque militar. Con la puerta de la Alianza cerrada de momento, “Europa trabaja discretamente en un plan para enviar tropas a Ucrania para la seguridad de posguerra”, titulaba ayer AP, destacando a París y Londres como principales impulsores de la iniciativa. En su discurso de ayer en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Volodymyr Zelensky afirmó que “debemos construir unas fuerzas armadas de Europa para que su futuro dependa solo de los europeos y las decisiones sobre Europa se tomen en Europa.

Las palabras sobre el futuro europeo, en el que Ucrania, por supuesto, se incluye a sí misma, contrastan con la narrativa habitual del presidente, en la que Estados Unidos es el aliado imprescindible. Kiev es consciente de que debe buscar la manera de mantener implicada a la Casa Blanca, algo que actualmente solo puede conseguirse por la vía económica. La simbiosis actual entre Washington y Kiev está marcada por la búsqueda de los intereses de cada una de las partes: Ucrania busca de Estados Unidos las garantías de seguridad que no le parecen creíbles sin su participación, mientras que la Casa Blanca pretende obtener de Bankova un beneficio económico con el que recuperar la inversión realizada en el proxy ucraniano y obtener un enorme beneficio que supere con creces la cantidad invertida.

“Les hemos proporcionado, en mi opinión, 350.000 millones de dólares: esa es la cifra real. No se oye esa cifra. Y Europa, creo, ha dado 100.000 millones de dólares, y lo hicieron como un préstamo”, ha afirmado esta semana Donald Trump falseando nuevamente las cifras de lo que han aportado Estados Unidos y la Unión Europea -en realidad primer donante de Ucrania con una diferencia notable con respecto a Washington- en un intento por elevar el listón de la cantidad que su país planea exigir de Ucrania como compensación por los servicios prestados hasta ahora y los que prestará en el futuro en forma de transacción económica. La Casa Blanca se adhiere así a la máxima de “hacer que Kiev pase de ser receptor de asistencia a consumidor de defensa” por la que alegaba un artículo de dos think-tankers conservadores publicado por The Washington Post.

A juzgar por las informaciones que han salido a la luz en los últimos días, las ambiciones estadounidenses son incluso mayores. “Trump planea integrar la economía de Ucrania con la de Estados Unidos, declaró el ministro de Finanzas Bessent. Dijo que Washington tiene la intención de participar en la configuración de la economía ucraniana de posguerra centrándose en industrias estratégicas como la minería, la energía y las empresas estatales. Bessent también señaló que Estados Unidos ofrecerá sus «mejores prácticas» para la privatización”, escribía ayer el diario ucraniano Strana sobre la visita del secretario del Tesoro de Estados Unidos a Ucrania y el acuerdo para la explotación de tierras raras que entregó a Zelensky para su revisión y firma. Washington quiere actuar como parte privilegiada en el expolio privatizador y de corte claramente neocolonial a bajo coste que se producirá en Ucrania una vez termine la guerra.

Pese a la promesa de que el documento sería revisado y que él mismo animaría a su firma, según publicaron ayer los medios ucranianos, Zelensky “rechazó educadamente” aceptar el plan estadounidense en sus términos actuales. Como ha publicado el reportero de The Washington Post Josh Rogin, la propuesta que la Casa Blanca espera que Zelensky firme rápidamente “otorgaría a Estados Unidos derechos sobre el 50% de las futuras reservas minerales de Ucrania”. Incluso para el presidente ucraniano, dispuesto a dejar en manos de Estados Unidos una parte importante de la riqueza del país, los términos de lo exigido por Trump son excesivos.

Aun así, Volodymyr Zelensky, que contrariamente a lo que se esperaba no firmó el acuerdo en su reunión con el vicepresidente estadounidense JD Vance, insistió en que las negociaciones continuarán para limar “algunos detalles” y proceder a su firma. Todo sacrificio es poco si el premio es, como afirmó Besset en Fox News, que Ucrania pase a estar en la “esfera económica de Estados Unidos”, paso que Zelensky considera clave para que el país sea considerado de importancia estratégica para Occidente, que de esa manera tendría también que protegerlo militarmente. Donde Estados Unidos ve una relación comercial en la que se sabe la parte más fuerte, el presidente ucraniano identifica una relación de iguales en la que, antes o después, ambos aliados formarán parte del mismo bloque político-militar.

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