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Armas, Donbass, Economía, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Trump, Ucrania, Zelensky

Hagamos un trato

La próxima semana se presenta como clave en la puesta en marcha del aún desconocido plan que Donald Trump tiene para concluir la guerra en Europa, una parte del mundo que no es prioritaria en su agenda de política exterior y donde no hay ningún país ni bloque de países capaz de retar seriamente la hegemonía estadounidense en la región. Esas condiciones no existen, o son menos seguras, en las otras dos áreas geográficas en las que van a centrarse los esfuerzos del trumpismo en los próximos cuatro años, Asia-Pacífico y América Latina. En la primera, la envergadura y el poder económico de China hacen del gigante asiático el único oponente potencial real que existe actualmente en términos económicos, políticos e incluso geopolíticos, si las intenciones chinas fueran realmente actuar como oposición a Estados Unidos en un mundo que avanzara al retorno de la bipolaridad. En Latinoamérica, ningún país tiene la capacidad oponerse a Washington, como se observó con el breve intento de resistencia de Gustavo Petro, pero el intervencionismo y la explotación estadounidense del continente han hecho cada vez más natural la aproximación a China de estos países, incluidos aquellos que, como la Argentina de Milei, prometieron no hacerlo.

En Europa, las circunstancias hacen imposible a día de hoy que Estados Unidos pueda temer por su hegemonía regional. A ello contribuye la existencia de la OTAN, una alianza en la que Washington marca el rumbo sin que generalmente existan disidencias existenciales, el giro aún más proestadounidense de la Unión Europea con la expansión a los países del este, la falta de voluntad de desacoplar la economía de la norteamericana y la necesidad de proteger la menguante industria propia frente a los más asequibles productos equivalentes chinos (especialmente los vehículos eléctricos). Europa ha perdido además interés para Estados Unidos ante la ausencia de un rival político e ideológico que sí existía en la Guerra Fría, cuando Washington vio la necesidad de controlar a aliados y rivales. El acuerdo tácito implicaba que sería Estados Unidos quien se encargaría del paraguas de seguridad, por lo que los países europeos dispondrían de los fondos para construir el estado del bienestar que debía rivalizar con la Unión Soviética y contener el avance del comunismo. Sin un modelo alternativo ni una amenaza real a la existencia de las instituciones occidentales por parte de Rusia, la presencia de Estados Unidos en Europa es vista por el trumpismo como redundante e innecesaria. En los años noventa, los países europeos volvieron a hipotecar su posición geopolítica y de seguridad con su negativa a crear una arquitectura de seguridad continental que incluyera a Rusia, entonces en su momento de mayor debilidad en un siglo. La expansión de la UE para introducir en sus instituciones -y dar un poder muy superior a su peso demográfico- a países cuya principal ideología nacional es el odio a Rusia hacía imposible cualquier entendimiento continental mucho antes de la guerra de Ucrania, que ha hecho aún más inviable una alternativa europea a la subordinación a Estados Unidos.

Debilitada por el descenso de su peso demográfico, económico, industrial y también por la decisión política de vincular su futuro al de Estados Unidos, la Unión Europea se encuentra ahora con un aliado hostil capaz de conseguir lo que quiere a base del uso de fuerza y que no se para a pensar en los sentimientos e intereses de aquellos a los que ve como Estados clientes. Donald Trump puede permitirse de esta forma tomar las riendas de la negociación para finalizar el conflicto ucraniano sin necesidad de pedir su opinión a Úrsula von der Leyen, Kaja Kallas, Emmanuel Macron, Olaf Scholz o Friedrich Metz, su previsible sucesor. El presidente de Estados Unidos puede también decidir los términos en los que va a desarrollarse la diplomacia y plantear los puntos del pacto de alto el fuego o de armisticio para posteriormente dejar en manos de los países europeos la gestión de la previsiblemente inestable fase posterior al conflicto. Más allá de la propuesta Kellogg-Fleitz, que posiblemenente se pondrá en marcha en los próximos días, ese parece ser el verdadero plan de Donald Trump: obligar a las partes a negociar dentro de unos límites marcados por Washington e imponer a los países europeos a acarrear con las consecuencias.

Por enésima ocasión, el presidente de Estados Unidos ha vuelto a insistir falsamente en que la financiación aportada por Estados Unidos supera a la de los países europeos, que al encontrarse directamente en la región en cuestión, deberían encargarse de la seguridad y hacerse cargo de la financiación de Ucrania. La necesidad de no ofender al líder del mundo libre incluso aunque esté amenazando la integridad territorial de uno de los países miembros y utilice datos falsos para justificar la exigencia de más financiación a quienes creen que son sus aliados hace imposible una respuesta europea a la flagrante manipulación estadounidense de los hechos.

Igualmente tímida ha sido la reacción europea a la idea de que Estados Unidos obtenga un acuerdo de explotación de las tierras raras y otras riquezas minerales ucranianas. En sus últimas semanas antes de perder irremediablemente las próximas elecciones, Olaf Scholz ha sido uno de los escasos dirigentes europeos en criticar la exigencia de Trump. Es una tarea difícil teniendo en cuenta la actitud y las palabras de Volodymyr Zelensky, cuyo Plan de Victoria estaba dirigido en gran parte a ofrecer a Estados Unidos argumentos económicos y militares para mantener el interés por Ucrania y que en las últimas semanas se ha manifestado de forma tremendamente arrogante reprochando a los países europeos no haber hecho lo suficiente por Kiev en los años de guerra. Es irrelevante para el presidente ucraniano recordar los años del proceso de Minsk, en los que solo gracias al apoyo francoalemán pudo permitirse su flagrante incumplimiento de los acuerdos firmados, o constatar que es la Unión Europea la que hace posible el sostenimiento del Estado, el pago de salarios y pensiones y la vida de millones de personas refugiadas que han huido de la guerra. Pese a insistir, de forma prácticamente retórica en que debe haber presencia europea en las negociaciones -Kiev espera compensar con la presencia de sus aliados el desequilibrio de fuerzas existente en el frente-, Zelensky es consciente desde hace muchos meses que el destino de Ucrania se escribe en Estados Unidos y que es a Donald Trump a quien tiene que ganarse.

A la oferta de tropas para que Estados Unidos pueda retirar parte de sus contingentes en Europa y pueda dedicarlos a Asia-Pacífico hay que añadir el punto económico del Plan de Victoria, compartir las riquezas del país, que como era de esperar es el único que ha llamado la atención de Donald Trump. “Si estamos hablando de un trato, hagamos un trato, estamos dispuestos”, afirmó Zelensky en su última entrevista a la agencia Reuters que, aunque no cita sus palabras, continuó para precisar que “Ucrania necesita garantías de seguridad de sus aliados como parte de cualquier resolución”. El trato al que se refiere Zelensky no es con Rusia, a quien espera presentar un documento cuyos términos tenga que aceptar sin posibilidad de negociar, sino con sus aliados, concretamente con Estados Unidos.

Para ello, Zelensky ya ha insistido en que está dispuesto a “compartir” con Estados Unidos las riquezas minerales del país, un argumento que ya se ha convertido en parte del discurso oficial del país y que repiten los embajadores ante la prensa del país en el que están destinados. “Es muy importante tener a un socio fiable y potente que pueda invertir y garantizar la seguridad de estas riquezas minerales, porque cierta parte de las riquezas está todavía en los territorios temporalmente ocupados”, ha declarado esta semana Serhii Pohoreltsev, embajador de Ucrania en España, que parece ver en el interés económico de Trump por las tierras y minerales del país una forma de implicar a Estados Unidos para continuar la guerra hasta la victoria final.

“El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, examinó un mapa clasificado de vastos depósitos de tierras raras y otros minerales críticos durante una entrevista con Reuters el viernes, parte de un impulso para apelar a la inclinación de Donald Trump por un acuerdo”, escribe Reuters después de que Donald Trump haya insistido nuevamente en usar esos recursos como garantía y forma de pago por los servicios prestados. La contradicción entre lo que Ucrania espera comprar con la oferta de “compartir” sus recursos naturales parece evidente. Aun así, Zelensky insiste en favorecer el acuerdo y hacerlo en términos completamente trumpianos. “Los americanos son los que más han ayudado, así que los americanos son los que deberían ganar más. Deberían tener prioridad y la van a tener. También quiero hablar de esto con el presidente Trump”, afirmó Zelensky adhiriéndose a la falsedad de que es Estados Unidos y no la Unión Europea quien más aporta a la causa ucraniana. “No se trata de decenas de miles de millones, sino de billones”, se jactó mirando el mapa -cuya veracidad habría que verificar- ante los periodistas de Reuters. “Aquí hay energía, aquí hay manganeso, aquí hay titanio, aquí hay hierro. Por eso decimos a Estados Unidos que ganemos dinero juntos. Estaremos encantados de ganar dinero con quienes protejan esto”, insistió ofreciendo el país para el expolio extranjero a cambio de asistencia militar. Según Ucrania, la demanda de Trump para hacerse con recursos naturales ucranianos “es de interés común”.

Una parte importante de cómo va a transcurrir el proceso hacia algún tipo de negociación se decidirá la semana que viene. Será entonces cuando Donald Trump se reúna con Volodymyr Zelensky y “quizá” converse telefónicamente con Vladimir Putin, la misma semana en la que Keith Kellogg visitará la Conferencia de Seguridad de Múnich y posiblemente Kiev y en la que el secretario del Pentágono, Pete Hegseth, participe por primera vez en el Grupo de Contacto de asistencia a Ucrania. Por el momento, todo indica que Kellogg desea un alto el fuego previo para posteriormente dar paso a las negociaciones, una forma de ganar tiempo para proteger a Ucrania del actual avance ruso y presionar a Rusia por la vía de las sanciones. Todas los escenarios de resolución del conflicto que se manejan actualmente dan por hecho que las fronteras de facto no diferirán en exceso del frente actual, por lo que la reunión entre los dos presidentes puede comenzar a vislumbrar cuál es el plan de Trump para el único tema aún por negociar, las garantías de seguridad que se ofrecerá a Kiev. También en eso, el único actor con capacidad de decisión es Estados Unidos.

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