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Batallón Azov, Biletsky, Donbass, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Polonia, Praviy Sector, Rusia, Ucrania

Miedo a los aliados

Después de tratar de salvar a Ucrania y Europa del enorme peligro del gas ruso, el presidente de Polonia ha encontrado una nueva causa. “El fin de la guerra de Rusia contra Ucrania podría provocar una explosión del crimen organizado internacional, ha advertido el presidente de Polonia, afirmando que Kiev necesitaría un «apoyo masivo» para garantizar su seguridad”, escribe Financial Times para presentar su entrevista a Andrzej Duda. Esos dos riesgos de los que ha advertido Duda con menos de una semana de diferencia entre ellos comparten dos puntos clave: la exigencia de movilización masiva de recursos en defensa de Ucrania y el temor al final de la guerra. En esta ocasión, la preocupación del presidente de Polonia se basa, no tanto en cuestiones geopolíticas y económicas, sino en la propia seguridad de su país, que comparte una amplia frontera con Ucrania.

“Duda, que dejará la presidencia en agosto tras cumplir dos mandatos de cinco años, declaró que, en caso de acuerdo de paz entre Kiev y Moscú, sería imperativo que Ucrania recibiera apoyo para reconstruir la economía y «mantener el orden y la seguridad a nivel nacional»”, afirma el artículo, que vuelve a insistir en que, ante el ímpetu de Donald Trump de lograr el final de la guerra, Volodymyr Zelensky reclama amplias garantías de seguridad, preferiblemente la adhesión a la OTAN. Sin embargo, la exigencia de Duda no se refiere a las preocupaciones de Zelensky por evitar una nueva guerra, contener a Rusia o evitar posteriores pérdidas de territorio, sino a las consecuencias que habitualmente tiene una guerra en forma de aumento de la violencia, especialmente una vez que trata de desmovilizar a un enorme grupo de población que ha vivido en unas condiciones en las que el uso de la fuerza era la respuesta a todos los problemas.

Duda “comparó la situación con la de Rusia a principios de la década de 1990, cuando el gansterismo y la violencia armada se dispararon entre los veteranos de la ocupación soviética de Afganistán, que duró una década”, escribe Financial Times. “No hay más que recordar los tiempos en que se derrumbó la Unión Soviética y cuánto aumentó el índice de delincuencia organizada en Europa occidental, pero también en Estados Unidos”, afirma cínicamente Duda sin poner en contexto la situación, que no se debió a la retirada de Afganistán en febrero de 1989, sino al empobrecimiento y aumento de la miseria que supuso en Rusia la terapia de choque de Chubais, Gaidar y los chicos de Chicago. “El regreso de las tropas soviéticas «tuvo ese impacto en la explosión del crimen organizado», dijo Duda, señalando que las bajas de la invasión a gran escala de Ucrania por Moscú hace casi tres años fueron mucho mayores que las de la guerra de Afganistán”, insiste Duda, siempre sin mencionar las verdaderas causas del caos de esa etapa, que Occidente consideró el momento de la esperanza de una nueva Rusia.

Evidentemente, la preocupación del presidente polaco no radica en las cifras de bajas, sino en las enormes cantidades de armas en circulación y que pueden fácilmente caer en manos de personas con capacidad para utilizarlas, experiencia militar y quizá incluso ganas de matar. Nuevamente, no se habla del contexto en el que se produciría esa desmovilización tras un alto el fuego o armisticio, sino que Duda se centra en la necesidad de ofrecer a Ucrania medios para mantener el orden. “Imagínense la situación cuando miles de personas que vienen del frente regresan a casa. Esa gente que está luchando con Rusia, muchos de ellos demostrarán problemas mentales”, afirma para introducir finalmente la cuestión económica añadiendo que “sus pueblos, sus ciudades, donde encontrarán casas en ruinas, plantas en ruinas, fábricas en ruinas, sin empleos ni perspectivas”. Ante una futura situación de retorno de miles de combatientes, Duda ofrece solo la solución de apoyar a Ucrania a mantener el orden, fundamentalmente para que el caos no se extienda a través de la frontera. En realidad, esa situación ya se vivió en Ucrania, aunque a una mucho menor escala, con el retorno de quienes habían combatido en la guerra de Donbass, que rápidamente se reorganizaron en grupos callejeros con presencia en el mundo de la extorsión. Otros fueron de gran utilidad para el Estado a la hora de realizar acciones que el Gobierno no podía emprender por su cuenta, como los ataques a medios de comunicación o el acoso a periodistas u opositores, aspectos en los que la extrema derecha armada y organizada actuó a modo de subcontrata. El origen de este fenómeno está en Maidan, donde grupos como el Praviy Sektor se convirtieron en las fuerzas de choque de la protesta que daría lugar al cambio irregular de Gobierno.

La nueva Ucrania nacida de ese golpe de estado que se había producido en Kiev optó por promover la creación y movilización de grupos de voluntarios que formaron diversas milicias y que rápidamente fueron enviadas al frente de Donbass. El motivo no era únicamente el que suele aducirse, que la corrupción de los años de Yanukovich había minado las capacidades del ejército regular, sino la ausencia de certeza de que las tropas fueran a estar dispuestas a luchar contra su propio pueblo. Pese a la presencia de grupos como el de Strelkov, llegado de Rusia y que disponía de cierto nivel de armamento, las noticias que llegaban de la rebelión de Donbass mostraban unas milicias rudimentarias y creadas desde abajo, a partir de población local que, en muchos casos, portaba únicamente rifles de caza. Lo mostrado por las televisiones distaba mucho de parecerse a los hombres de verde, claramente miembros del ejército ruso, que habían sido vistos en Crimea y que habían hecho posible la secesión y adhesión a Rusia sin que Ucrania tuviera tiempo de reacción.

En abril de 2014, en una reunión a la que asistieron Andriy Biletsky y Dmitro Korchinsky, aún hoy personas relevantes en la extrema derecha armada y que lucha en la guerra, el Ministerio del Interior decidió incluir en sus tropas a lo que pronto sería el batallón Azov. Varias transformaciones después, la Tercera Brigada de Asalto es la descendiente directa de aquel paso dado por Arsen Avakov y Anton Geraschenko, hoy fuente respetable para la prensa occidental. Formados a partir de hooligans del fútbol -por ejemplo el Dinamo de Kiev en el caso de Prokopenko y el Zoria de Lugansk el de Maksym Zhoryn, ambos veteranos de la División Borodach, núcleo duro del primer Azov- y curtidos en luchas callejeras contra el antifascismo y lo que consideraban izquierda, esos grupos consiguieron rápidamente una posición que no se correspondía con su escaso apoyo social, que, como pudo observarse en las últimas elecciones, no alcanzaba el 2%. Aun así, con una sociedad desmovilizada e incapaz incluso de realizar un solo acto en contra de la guerra y el bloqueo económico con el que Ucrania condenaba al castigo colectivo a Donbass, estos grupos alcanzaron un protagonismo del que es difícil desprenderse. En la retaguardia, acosaron a los periodistas de Inter por el grave pecado de emitir una película soviética, se hicieron fuertes en Mariupol, donde cometieron varios asesinatos, e incluso actuaron de seguridad no oficial de uno de los principales oligarcas, todo ello sin desarmarse y sin dejar de actuar en las zonas grises de la economía. Y sin renunciar a las ambiciones internacionalistas de quien se ve con la superioridad moral de imponer su modelo, primero Ucrania y después Europa. Curiosamente, el principal proyecto de Biletsky en política exterior ha sido Intermarium, un calco tomado de la Polonia de entreguerras en el que imponer una visión cuasi-fascista de la naciocracia de Dmitro Dontsov adaptada a la situación actual.

Aún más ideologizados que hace una década en el odio a Rusia, a todo lo ruso y soviético y, por asociación a ese pasado socialista, a todo lo considerado de izquierdas, grupos como las nuevas versiones de Azov, del Praviy Sektor, a Yehven Karas o Dmitro Yarosh son todavía más peligrosos. La exaltada propaganda tanto en Ucrania como en los medios occidentales ha hecho de cualquier persona o grupo que ha luchado contra Rusia –incluso en los años en los que “Rusia” era la población de Donbass- un héroe por la libertad de Ucrania. Mejor armados y organizados, estos grupos suponen un reto para el futuro del Estado, que tendrá que desmovilizar a cientos de miles de hombres –y algunas mujeres-, una parte de los cuales llevan una década, directa o indirectamente, en el negocio de la guerra. La preocupación europea al respecto es lógica e incluso Andriy Biletsky ha advertido de la posibilidad de anarquía.

A la posibilidad de retorno violento de una parte de la población a nivel nacional hay que añadir también a los soldados a los que se ha animado a acudir como voluntarios a Ucrania. Entre ellos hay un elevado número de neonazis rusos que se habían refugiado en Ucrania antes de la invasión rusa y otros que han acudido a la llamada de sus camaradas para liberar su país, así como sus equivalentes occidentales. Y mientras es improbable que los miembros del RDK de Denis Nikitin, White Rex, vayan a regresar a Rusia, donde están perseguidos y serían recibidos por las autoridades policiales, en el caso occidental el retorno sería mucho más sencillo. Al fin y al cabo, se alistaron para luchar contra el enemigo común y han colaborado con la causa. Sin embargo, ese retorno causa miedo, algo lógico teniendo en cuenta las circunstancias, pero incoherente con la postura de la última década. “En un principio, llaman a la derecha radical y a los neonazis de todo el mundo para que luchen en la guerra de Ucrania. Les dan armas de la OTAN, los entrenan y hacen la vista gorda ante sus parches con símbolos nazis y sus memes sobre Hitler y los judíos. Los llaman «luchadores por la libertad» que protegen al «mundo civilizado» en Occidente de las «hordas bárbaras» del Este. Y luego, se preocupan de que esos tipos se conviertan en terroristas y criminales”, escribió la historiadora ucraniana Marta Havrysko. Los proxis útiles para la guerra, enaltecidos durante las hostilidades como héroes de una lucha común, no son tan deseados a la vuelta cuando retornan a sus actividades habituales armados con más ideología e instrucción militar. Contra eso, la solución vuelve a ser la de la mayor militarización, el reinicio de un ciclo que solo puede causar más violencia. Como ha ocurrido en Ucrania desde hace más de diez años.

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