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Una relación colonial

Esperado y decepcionante a partes iguales, el Plan de Victoria de Zelensky fue dado a conocer en octubre del pasado año como una hoja de ruta para lograr la ansiada victoria. Pese a las intenciones declaradas y el título, el plan no era sino una enumeración de las condiciones que Ucrania esperaba obtener de sus aliados. Meses antes, el presidente ucraniano había presentado la Fórmula de Paz, que exige la retirada unilateral rusa y el pago de reparaciones de guerra, un documento que marca las concesiones que Kiev espera de su enemigo, un documento en el que simplemente se detallan las condiciones en las que Rusia ha de rendirse a Ucrania. Ninguna de las dos propuestas es un plan de acción en busca de los objetivos, sino que ambos están compuestos por aquello que el Gobierno de Zelensky espera obtener de sus enemigos y aliados. La escasa creatividad del plan y, sobre todo, su nula viabilidad como herramienta para conseguir el objetivo de derrotar al oponente común en esta guerra proxy, hicieron que cayera en el olvido con cierta rapidez.

Sin embargo, ciertos detalles inesperados del plan, pensados fundamentalmente para hacer el país -y la guerra- atractivo para Estados Unidos y para Donald Trump llamaron la atención. “El cuarto punto es el potencial económico estratégico. Ucrania ofrece a sus socios estratégicos un acuerdo especial para la protección conjunta de los recursos críticos del país, así como la inversión conjunta y el aprovechamiento de este potencial económico”, escribía en aquel momento la web oficial del Gobierno ucraniano que, por si quedaba alguna duda, precisaba que “se trata de recursos naturales y metales críticos valorados en billones de dólares estadounidenses, como uranio, titanio, litio, grafito y otros recursos de valor estratégico, que suponen una ventaja significativa en la competencia mundial”. En junio de ese año, el senador estadounidense Lindsey Graham, uno de los principales amigos de Ucrania en el poder legislativo estadounidense, había obtenido grandes titulares y una importante cobertura mediática con unas declaraciones en las que afirmaba que “la guerra va de dinero”. En una aparición en Fox News, el canal favorito del entonces aspirante Republicano Donald Trump, el senador trató de llamar la atención del futuro presidente insistiendo en que “Ucrania se asienta sobre un trillón de dólares en minerales que podrían ser buenos para nuestra economía”. El senador llegó a filmar un vídeo grabado con un teléfono móvil en el que repetía esa propuesta ante un incómodamente sonriente Zelensky, que asentía sin saber muy bien qué estaba diciendo su aliado.

Tres meses antes, en su anterior visita a Kiev, Graham había sido el encargado de convencer a Zelensky de que la única opción de Ucrania era aceptar que la asistencia militar llegaría, no en forma de subsidio a fondo perdido, sino de crédito. El cambio de política tenía un objetivo claro: conseguir facilidades para aprobar nuevos fondos en el Congreso utilizando el truco financiero de camuflar un gasto -Ucrania jamás va a ser capaz de pagar a sus aliados la asistencia militar si no es en forma de expolio- como un préstamo cuyo valor será recuperado en el futuro. Con la creciente certeza de que Joe Biden no iba a ser el siguiente presidente, ni siquiera el candidato, quedó claro que, ganara quien ganara las elecciones, Ucrania se encontraría con una presidencia menos afín a su causa, por lo que la asistencia a crédito se consolidó como vía de financiación adecuada. En la guerra nada es gratis y la prioridad de los aliados es cumplir con sus propios intereses. Nadie admite esta realidad de forma tan explícita como Donald Trump, a quien estaba dirigido el punto cuarto del Plan de Victoria de Zelensky, que fue abiertamente presentado como una forma de compartir la explotación de esas importantes riquezas naturales de Ucrania como una forma de pago por el apoyo recibido. Las dificultades de la guerra, la ausencia de una prensa verdaderamente libre y con capacidad de crítica en Ucrania, el servilismo mostrado por la prensa occidental, aún reticente a criticar a Zelensky y las pocas perspectivas de que el plan fuera a ser puesto en marcha hicieron que no hubiera una especial reacción ante la propuesta de poner a disposición de los aliados los recursos naturales del país, una forma de ofrecer el país a una relación colonial con respecto a Occidente.

Desde la victoria de Donald Trump, tanto después de su investidura como en las semanas de preparación para la asunción del cargo, varios artículos han presentado, generalmente sin mencionar el plan de Zelensky, la idea del uso de los recursos naturales ucranianos como argumento para continuar la guerra y también como garantía. Los artículos de Marc Thiessen son un ejemplo de ello. En el primero, el veterano think-tanker conservador y articulista de The Washington Post resaltaba las importantes riquezas que se encuentran en el suelo o subsuelo ucraniano y advertía a Donald Trump de que, si no quedaban en manos norteamericanas, quedarían en el poder de Rusia o, peor aún, China. No había en el argumento ningún interés por utilizar esos recursos para beneficiar al país en el que se encuentran, sino que debían ser utilizados como herramienta en la lucha geopolítica y estratégica contra los enemigos habituales. En el segundo, de forma absolutamente explícita, Thiessen defendía que “es el momento de hacer que Ucrania pase de ser receptor de asistencia a consumidor de defensa”, para lo que argumentaba que la asistencia a Kiev debía continuar, pero no a cargo de la población estadounidense sino a crédito, ya fuera con las garantías de la expropiación definitiva de los activos rusos incautados en Europa o de las riquezas naturales ucranianas. “Kiev puede pagar”, argumenta el artículo, que se refiere concretamente a los minerales y a las tierras raras del país como forma de pago siempre, eso sí, que Ucrania consiga sobrevivir a la guerra, para lo que Estados Unidos tendría que continuar suministrando armamento.

El lunes por la noche, en una de las muchas apariciones mediáticas que está realizando estos días, Donald Trump adoptó la idea con su habitual naturalidad, aunque no se refirió solo al futuro sino también al pasado. “El presidente Donald Trump dice que quiere acceso a la bonanza ucraniana de tierras raras y minerales críticos a cambio de los miles de millones de dólares en ayuda militar que Washington ha estado suministrando a Kiev”, escribía NBC, que daba por hecho que, de esta forma, a cambio de pago, Estados Unidos continuará financiando el esfuerzo militar ucraniano. Nadie parece preguntarse si no hay contradicción entre esta postura y la afirmación del día anterior, cuando Trump alegó progresos en la búsqueda de la paz. “Le estamos diciendo a Ucrania que tienen tierras raras muy valiosas”, afirmó Trump para añadir que “estamos buscando hacer un trato con Ucrania en el que van a asegurar lo que les estamos dando con sus tierras raras y otras cosas”. Sin necesidad de mencionar el Plan de Victoria, el presidente estadounidense insistió en que “ellos están dispuestos a hacerlo”. Según Financial Times, Ucrania ya ha ofrecido a Estados Unidos “condiciones especiales” de acceso a sus recursos naturales clave. Es representativo que Ucrania haya mostrado su malestar por la supuesta propuesta de Trump y Kellogg de que se celebren elecciones, pero no por la exigencia de entregar parte de los recursos naturales del país, una forma de entregar la soberanía del Estado.

Cualquier condición es aceptable si la opción alternativa es tener que negociar el final de la guerra, por lo que incluso dejar en manos de Estados Unidos una parte de la riqueza del país es una obligación para Ucrania, que con su dependencia exterior ha perdido toda capacidad de negociación con sus aliados. Si el objetivo de Estados Unidos, como ha afirmado Donald Trump, es “igualar” los “300.000 millones que les hemos dado” -una cifra muy superior a la real-, el expolio no va a ser menor, de ahí que haya causado ya la ira de los aliados que envían asistencia a fondo perdido.

“Sería muy egoísta y egocéntrico” utilizar los recursos naturales de un país como forma de pago por la asistencia militar, criticó ayer Olaf Scholz, líder de uno de los países a los que Washington pide más esfuerzo económico para sostener la militarización del continente. En estos casi tres años de movilización común de recursos para la guerra, se ha insistido en que “la asistencia a Ucrania no es caridad”, argumentando que se trataba de una inversión en la seguridad común. Esa visión europea contrasta con la mirada del oligarca, que ve en el suministro militar un servicio prestado que compensar por medio de pago. Son solo unos pocos los países por los que Washington está dispuesto a invertir sus propios fondos sin exigir nada a cambio. Ucrania, pese a intentar presentarse como el socio imprescindible sin el que el mundo libre y la civilización occidental se desmoronarían como un castillo de naipes, no es uno de ellos. De ahí que busque ya la forma de cumplir con los deseos de Trump. Si la continuación del suministro militar y de la guerra dependen de ello, la Casa Blanca obtendrá exactamente lo que pide.

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