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Estados Unidos y el «camino euroatlántico» de Ucrania

“Hablamos del apoyo mutuo, nuestra seguridad, economía, capital humano y nuestras relaciones en el marco de la Unión Europea y la OTAN. Estos países comprenden perfectamente lo que significa enfrentarse a las amenazas desestabilizadoras de Rusia y saben lo que es necesario para una defensa conjunta”, escribió ayer Volodymyr Zelensky en su perfil oficial en las redes sociales en referencia a su reunión con representantes de Albania, Bosnia, Rumanía, Macedonia del Norte, Eslovenia, Turquía, Croacia y Montenegro. La estrategia de vincular directamente la adhesión a la UE y a la OTAN como un mismo paso en el camino euroatlántico y de actuar como líder consolidado miembro ya de ese selecto grupo de la familia europea persiste pese a que los problemas de Ucrania son más urgentes en otras áreas como, por ejemplo, evitar el colapso del frente al sur de Donetsk, donde sus tropas pierden nuevamente terreno en la importante localidad de Velyka Novosyolka, prácticamente cercada.

La pérdida de territorio y las dificultades en el reclutamiento de personal para cubrir las bajas y relevar a quienes llevan años luchando no han hecho modificar los objetivos de Ucrania, que pasan por su integración en ambas estructuras, aunque se haya moderado la ambición territorial, lastrada por el rotundo fracaso ucraniano de romper el frente de Zaporozhie y aproximarse a Crimea. A esa decepción hay que añadir el condicionante internacional, especialmente la llegada al poder de Donald Trump, que ha hecho de lograr la paz en Ucrania una de las escasas proclamas de política exterior de su campaña y que ha obligado a Zelensky a modificar su discurso, dejar de exaltar la guerra como vía para conseguir el mundo deseado y a adoptar la idea de la paz justa, siempre conseguida por medio de la fuerza. De esta forma, conviven en el discurso ucraniano llamadas a terminar la guerra este mismo años y afirmaciones de confianza en la capacidad de Donald Trump para lograrlo con exigencia de aumento del suministro militar o entrega de los activos rusos incautados en la Unión Europea, Estados Unidos o Japón, 300.000 millones de dólares que Zelensky promete invertir en la adquisición de material militar estadounidense, evidentemente con intenciones de continuar luchando hasta conseguir una paz que se adapte a la definición ucraniana.

Parte integral de esa paz justa -que ha de serlo solo para la población ucraniana que Kiev considera leal, sin tener en cuenta a aquella que ha luchado por un modelo diferente de Ucrania o que ha preferido mirar a Moscú en busca de protección- es la integración en las estructuras políticas y de seguridad occidentales. Sin ninguna oposición seria en los países miembros a la entrada de Ucrania en la Unión Europea, algo que también se ofreció a apoyar la Federación Rusa como parte del fallido acuerdo de Estambul, la adhesión al bloque político europeo es solo cuestión de tiempo. Es evidente que las exigencias de adhesión van a valorarse de forma especial y que el proceso no tendrá los obstáculos que se han interpuesto a la negociación con países como Turquía y que no habrá condicionantes geopolíticos que frustren el procedimiento como está ocurriendo actualmente con Georgia, donde el Gobierno ha decepcionado a Bruselas con su postura pragmática hacia la guerra de Ucrania y las relaciones comerciales con China o incluso Rusia.

La certeza de que el camino hacia la Unión Europea está abierto y no habrá obstáculos se ha reducido ligeramente en la conciencia de la sociedad ucraniana, que según el último sondeo de Gallup ha perdido confianza en la adhesión a la UE, un efecto sin duda de los problemas en el frente y la sensación fatiga occidental con respecto a la guerra y a la asistencia de la que precisa Ucrania. El mismo sondeo muestra también crecientes dudas de la población sobre la posibilidad de una adhesión futura a la OTAN, con un importante aumento de la percepción de que Ucrania nunca podrá unirse al bloque militar. En este aspecto, se unen otros dos factores importantes además de los ya mencionados: la paz y la llegada al poder de una administración estadounidense mucho más reacia a la expansión de la Alianza.

La adhesión de Ucrania a la OTAN solo sería teóricamente posible en caso de paz, ya que la Alianza no va a admitir a un país en guerra contra una potencia nuclear a la que tendría que enfrentarse directamente. Ucrania puede conseguir la paz por medio de la victoria, algo improbable, o de una negociación inviable si la cuestión de la OTAN no queda definitivamente apartada. En una reciente intervención, Vladimir Putin afirmó que, en la cumbre de los dos presidentes celebrada en Suiza en 2021, Joe Biden propuso “retrasar la admisión de Ucrania a la OTAN diez o quince años, porque aún no está preparada”, algo que el todavía presidente de Estados Unidos ha confirmado esta semana en una entrevista concedida a MSNC.

Según Joe Biden, en una conversación que partió del temor ruso a la futura presencia de armas nucleares en Ucrania o al acceso del país a la OTAN, el presidente de Estados Unidos recordó a su homólogo ruso que “ya hemos sacado de allí las armas nucleares” -referencia a la renuncia de Ucrania al arsenal nuclear que se encontraba en su territorio, pero que eran propiedad de la Unión Soviética y de las que no disponían de los códigos de uso- e insistió en que no había intención de devolver el estatus nuclear a Ucrania. La cuestión regresó a la actualidad en 2024 con una mención de Zelensky en una idea que no es nueva, pero a la que los medios quisieron restar importancia. Y según The New York Times, oficiales de la administración Biden podrían haber puesto sobre la mesa esa posibilidad. En la conversación de Suiza, Biden insistió en que “no van a ser parte de la OTAN hasta que cambien significativamente su sistema”, a lo que añade que “vamos a ayudarles a crear si podemos, pero eso son dos cosas que no van a pasar”. Desde 2014, Ucrania ha trabajado de la mano de Estados Unidos y otros aliados de la OTAN precisamente para modificar su sistema y estar preparada para el acceso a la Alianza, que desde 2008 repite sin cesar que la adhesión de Ucrania es inevitable.

En 2021, Estados Unidos rechazó también un acuerdo por el que se comprometería a no extender la OTAN a Ucrania como exigía Rusia para evitar la guerra. Las promesas vacías mientras se mantiene un discurso contrario hace inevitable la desconfianza. En Moscú no se ha olvidado tampoco que Mijaíl Gorbachov no logró de Occidente un acuerdo firmado que garantizara la no expansión de la OTAN sobre los países del Pacto de Varsovia y hacia la frontera rusa. “Desde el punto de vista histórico, es un momento. Para nosotros, qué diferencia supone si pasa ahora, mañana o en diez años”, afirmó Vladimir Putin sobre el “no va a pasar” de Joe Biden, en realidad solo una prórroga de unos años hasta conseguir que Ucrania adaptara sus estándares de los de la Alianza.

Ese trabajo y el apoyo de países como los que Zelensky recibió el viernes es una parte de la campaña de Ucrania para convencer a la OTAN de la necesidad de su acceso. A ello se debe también la insistencia del Gobierno ucraniano en recibir armamento occidental con el que sustituir las armas de origen ruso o soviético y a las constantes referencias al cambio de doctrina para dejar atrás el legado soviético y adaptarse a los estándares occidentales. Aunque siempre fue evidente, Ucrania ha dejado ya de esconder que el acceso a la OTAN es su principal objetivo en la guerra, muy por encima de la recuperación de los territorios perdidos. Para ello, Ucrania precisa de amplios apoyos en la Alianza, entre los que destaca el del Reino Unido, tan comprometido con Kiev que ha firmado una “asociación histórica para cien años”, un planteamiento absurdo que simplemente prevé la continuación de la asistencia militar y económica, y quizá presencia militar futura en el país.

El Reino Unido es, en gran parte debido a su histórica rivalidad con Rusia, uno de los principales valedores de Ucrania en la OTAN. Kiev no carece de aliados en su intento de conseguir su objetivo final, pero tampoco carece de países reticentes. En su comparecencia junto a Keir Starmer, que ha dejado claro que el Partido Laborista es tan beligerante como el Conservador, Volodymyr Zelensky quiso reprochar su postura a cuatro países. “Esto es una conversación abierta y creo que aquí no hay secretos. Estos son los cuatro países que, por diferentes motivos, todavía no ven a Ucrania en la OTAN”, afirmó el presidente ucraniano después de mencionar a Estados Unidos, Hungría, Eslovaquia y Alemania.

De ellos, tan solo las posturas de Alemania y Estados Unidos son determinantes en la toma de decisiones. Los casos de Suecia y Finlandia muestran que los vetos de ciertos países tienden a ser solo temporales. Incluso Alemania ha demostrado que puede ser presionada para aceptar decisiones que le perjudican. La decisión de entrada de un país a la Alianza depende fundamentalmente de la postura de Estados Unidos, que en este caso navega entre las proclamas públicas de adhesión en un futuro incierto, herramienta para negar que Rusia tenga motivos para estar preocupada por su seguridad, y los pasos hacia una situación en la que Ucrania pueda entrar finalmente en la OTAN tal y como se insiste desde Washington que es inevitable. A partir de mañana, Kiev se enfrenta a una nueva dificultad. Aunque seguirá reuniéndose con países miembros y presionando en busca de apoyo, al frente de la Casa Blanca se encontrará una administración mucho más reticente a ver como un progreso la expansión de la OTAN hacia el este, un obstáculo más que Ucrania parece querer superar ignorando las palabras de Donald Trump. Al fin y al cabo, pese a unas declaraciones en las que daba legitimidad a la preocupación rusa por la expansión de la OTAN, sus asesores se han manifestado en términos no excesivamente diferentes a los del equipo de Biden y se especula con una propuesta de compromiso de no admitir a Ucrania en la OTAN en diez años. En otras palabras, promesas posiblemente tan vacías como las de Joe Biden -o sus predecesores-, que Rusia no puede permitirse creer a riesgo de caer, por segunda vez desde la disolución de la Unión Soviética, en la misma trampa.

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