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Donbass, Kursk y la retaguardia

“Esperaremos a iniciativas concretas, afirmó ayer en una comparecencia mediática el ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, Sergey Lavrov, que precisó que “una vez que sea presidente y formule una posición definitiva sobre los asuntos ucranianos, por supuesto, la estudiaremos”. La cautela manda en Moscú, consciente de que en su primera legislatura Donald Trump fue duro con Rusia y con todos sus aliados -especialmente con Venezuela, sometida a un intento de cambio de régimen y a un duro bloqueo económico que también endureció contra Irán, principal socio de Rusia en Oriente Medio-, aunque el Kremlin no puede esconder un atisbo de esperanza que pronto puede probarse equivocada. “El mero hecho de que se esté empezando a hablar más sobre las realidades del frente probablemente es algo que deba ser bienvenido”, añadió Lavrov.

Sobre el terreno, las dificultades continúan para Ucrania en Toretsk-Dzerzhinsk y Velyka Novosyolka, pero han terminado en Kurajovo, ciudad perdida para Ucrania la pasada semana y que ha dejado de ser mencionada en los partes de guerra, que se centran ya en los supuestos contraataques ucranianos en Shevchenko, al oeste de la ciudad. Alegando haber capturado a dos soldados norcoreanos, Kiev sigue viendo en Kursk el lugar en el que demostrar a sus socios que sigue teniendo capacidad de defensa y, sobre todo, de ataque. Sin embargo, ni siquiera sus aliados ven grandes noticias en la aventura rusa de Zelensky y Syrsky. Un reportaje publicado por The Washington Post se hace eco de la contraofensiva ucraniana en las partes de Kursk en las que las tropas rusas habían comenzado a progresar. “Sin embargo, ahora que ha transcurrido alrededor de una semana desde el inicio de la nueva operación en Kursk, los avances parecen escasos: Ucrania ha logrado avances muy modestos en algunas zonas, mientras que Rusia avanza constantemente por el flanco izquierdo y hace prisioneros. Ucrania ha mantenido un punto de apoyo en la región desde agosto, pero ha ido perdiendo territorio a medida que Rusia, decidida a recuperarlo, concentraba allí una intensa potencia de fuego”. Mantener la presencia en Kursk -o ampliarla, como Kiev ha intentado hacer, por el momento de forma fallida- ha sido considerado tan importante como para sacrificar el esfuerzo defensivo en Donbass, perjudicado por las necesidades de personal en territorio ruso.

Como han recordado esta semana tanto el actual Asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, como quien tomará el relevo al frente de ese puesto, Mike Waltz, los problemas de personal están lastrando a Ucrania. La solución que proponen, rebajar la edad de reclutamiento a 18 años, no es del agrado del presidente, consciente de que el país no puede permitirse enviar a morir a esa generación, por lo que continúa con sus esfuerzos de reclutamiento forzoso. A ello hay que añadir las soluciones creativas. Hace semanas, se anunció que personal teóricamente dedicado a la defensa aérea estaba siendo destinado a unidades de primera línea como soldados de infantería, una denuncia que se amplió ayer a personal de la aviación. “En efecto, las Fuerzas Aéreas se enfrentan a una situación crítica con las transferencias a la infantería, a consecuencia de las cuales podemos perder el componente de aviación como tal”, afirmó Serhiy Sternenko, exlíder del Praviy Sektor en Odessa y ahora un activista bélico bien posicionado en el ámbito militar del tercer sector y con buenas conexiones. Una persona de una tendencia diferente y generalmente con buenas fuentes, Mariana Bezuhla, diputada electa por Servidor del Pueblo y ahora enfrentada al partido del presidente, publicó una denuncia similar. El esfuerzo ucraniano se centra en la instrucción de pilotos para el uso de aviación occidental -aunque han llegado al país apenas un puñado de esas aeronaves- y no esconde el desinterés por su propia flota y personal, que prefiere distribuir para cubrir bajas en diferentes unidades en el frente.

A día de hoy, los éxitos de Ucrania se encuentran lejos de la línea de separación entre los dos ejércitos. “Europa se muestra más optimista de que Trump no abandonará a Ucrania”, escribía ayer Bloomberg, que destacaba un sentimiento que puede adjudicarse también al Gobierno ucraniano, cada vez más confiado en que, pese a la insistencia en una próxima negociación, ni va a reducirse el suministro de armamento ni la presión a Rusia. Las palabras que Bankova escucha del entorno de Trump no muestran la prisa que parecía existir en campaña por resolver la cuestión ucraniana y Kiev parece confiar en que su negociación previa con Estados Unidos puede alcanzar un acuerdo que suponga una propuesta que Rusia no pueda aceptar. El plan de Ucrania es simple: conseguir que sea Rusia quien rechace los términos y sea vista como el obstáculo a la paz, circunstancia que, según la propuesta de Keith Kellogg para el America First Policy Institute, implicaría que Estados Unidos aumentaría el suministro de armas a Ucrania para forzar al Kremlin a llegar a un acuerdo. Se activaría así el escenario de escalar para desescalar que Israel ha puesto en marcha contra Gaza y al que aspira Zelensky -de forma un tanto ingenua teniendo en cuenta la cantidad de material que precisaría-, con escasas intenciones reales de desescalada. Ucrania sigue convencida de que el tiempo le favorece y, como admitió la semana pasada Mark Rutte, el objetivo es alargar la guerra.

Con la euforia de quien no debe preocuparse por su situación económica, cuyas carencias son cubiertas por los países de la Unión Europea, comprometidos aún a mantener Ucrania a flote mientras sea necesario, Kiev se permite jactarse de los futuros éxitos de las sanciones estadounidenses contra el sector energético ruso. El aspecto económico es también importante en la principal baza ucraniana contra Rusia, los ataques en la retaguardia. En ese sentido, Rusia sufre dificultades similares a las de Ucrania a la hora de defender su espacio aéreo, mejor protegido pero mucho más amplio que el ucraniano, aspecto del que Kiev se aprovecha especialmente con el uso de drones. La noche del lunes, Ucrania lanzó un fuerte ataque combinado que causó daños en una planta química en Tula y otra en Bryansk (supuestamente reconvertida en fábrica de munición) y una refinería de petróleo en Saratov además de la base militar de Engels, estratégica para la aviación. Rusia acusa a Ucrania de haber utilizado misiles ATACMS estadounidenses y Storm Shadow británicos como parte del ataque, que contó también con el uso de drones para saturar las defensas rusas.

“Estamos haciendo todo lo posible para garantizar que los equipos de bomberos de Engels, que acaban de apagar las llamas después del ataque anterior, no se queden sin trabajo ante la situación económica cada vez más difícil en Rusia”, afirmaba el comunicado publicado en Facebook por el 14º Regimiento de Vehículos Aéreos No Tripulados, unidad cuyo comandante adjunto es Yehven Karas, conocido por su amplia trayectoria en la derecha más extrema del nacionalismo ucraniano. El nombre de la unidad es, por supuesto, una referencia al C14 liderado por Karas y forma parte de ella el batallón Nightingale (Nachtigall), homenaje a la división con la que regresó a Ucrania ataviado con su uniforme nazi Roman Shujevich. Al igual que Azov, cuyos miembros ya son invitados por las potencias occidentales, en este caso el Reino Unido, para pronunciar discursos ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el grupo de Karas no solo ha sido completamente normalizado, sino que se le da protagonismo militar y mediático.

Avances rusos en el frente, lucha encarnizada en Kursk y ataques en la retaguardia siguen siendo las notas más repetidas en el sonido de la guerra, que continúa a la espera de que la próxima semana comience la nueva era. Al contrario que en el caso de Oriente Medio, en el que quien será el enviado de Trump ya ha intervenido activamente para presionar a Israel a aceptar un alto el fuego, Keith Kellogg espera a la toma de posesión del día 20 de enero para comenzar su trabajo en busca de una negociación cuyas perspectivas son más que inciertas. “Rusia se abre a conceder «garantías de seguridad» a Ucrania pero insiste en contener las «amenazas»”, titulaba ayer Europa Press, dando a entender un cambio en la postura rusa. Moscú siempre se ha mostrado abierta a negociar y ya ofreció en 2022 como parte del acuerdo de Estambul garantías de seguridad a Ucrania. Los aliados de Kiev, que según el documento pactado por Medinsky y Arajamia en Turquía debían ofrecer también garantías de seguridad, filtraron a la prensa su negativa en lugar de confirmarlas y la diplomacia se rompió finalmente en junio de ese año, condenando la guerra a su cronificación y a un fuerte aumento de la destrucción y muerte. Rusia está dispuesta a “ofrecer garantías de seguridad”, confirmó una vez más Lavrov, que posteriormente excluyó de esa posibilidad a las partes del país que, en palabras del ministro, ya han ejercido su autodeterminación, es decir, Crimea, Donbass y los territorios de Jersón y Zaporozhie. Ahí radica el cambio en la postura rusa: Moscú sigue dispuesta a buscar la finalización del conflicto con la firma de un tratado que garantice la seguridad de ambos países, idealmente en una reorganización de la estructura de seguridad continental que no va a darse de ninguna manera, aunque ya no está dispuesta a abandonar gran parte de los territorios capturados desde el 24 de febrero de 2022.

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