“Los líderes europeos tienen previsto reunirse el miércoles por la tarde en Bruselas con el Presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, y el jefe de la OTAN, Mark Rutte, para debatir los planes de paz y el posible despliegue de fuerzas de mantenimiento de la paz en Ucrania”, anunciaba el viernes Político para confirmar lo que ya se conocía: la OTAN lidera el esfuerzo para coordinar lo que pueda pasar los próximos meses en la guerra de Ucrania que, sobre el terreno, dependerá de los países europeos. “Además de Rutte y Zelensky, entre los participantes invitados figuran: El canciller alemán, Olaf Scholz, el presidente francés, Emmanuel Macron, el presidente polaco, Andrzej Duda, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen”, añade el medio para mostrar cuáles son los actores principales de la preparación de la posibilidad de una reducción importante del peso de Estados Unidos en el día a día de la guerra.
Sin embargo, esta reunión no es la única iniciativa en la que participan estos y más países junto a la Unión Europea y de la OTAN en su tarea de mantener el control del conflicto rusoucraniano e impedir un paso a la vía diplomática que los países europeos no consideren favorable. La cercanía física al conflicto es un aspecto que diferencia a los países continentales de su aliado estadounidense. Ese es precisamente el argumento de Donald Trump para dejar en manos europeas la gestión del conflicto una vez que sea encarrilado de una manera que Washington considere aceptable. Mucho más interesados en derrotar a Rusia que Donald Trump, en cuyo partido existe una corriente que aboga por un acercamiento a Rusia para privar a Beijing de su aliado estratégico moscovita, los países europeos buscan la forma de garantizar el statu quo del régimen de la guerra, aunque eso implique aceptar la posibilidad de que pueda producirse un alto el fuego. En este planteamiento, que intenta camuflar la voluntad de continuar la guerra hasta que Ucrania cumpla los objetivos comunes de destrucción de Rusia y la ruptura continental completa como brava lucha por la justicia, un alto el fuego no es un paso hacia la paz sino un obstáculo o incluso una traición. Así parece verlo Ucrania, que contrariamente a las declaraciones de Donald Trump, que asegura que Zelensky quiere acabar la guerra y busca un acuerdo con Rusia, reaccionó rechazando agresivamente la propuesta húngara de alto el fuego navideño. Esa pequeña pausa tras la que la guerra se habría reanudado -como ha ocurrido con todos y cada uno de los intentos de cese de la violencia de esta guerra en la última década- habría ayudado a Ucrania a aliviar la situación de sus tropas en zonas en las que, como en la zona de Kurajovo, están prácticamente sitiadas.
“Nosotros, los ministros de Asuntos Exteriores de España, Francia, Alemania, Italia, Polonia y el Reino Unido, así como la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, nos hemos reunido hoy con el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania en un momento decisivo de la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania”, comienza la Declaración de Berlín, el manifiesto con el que los países elegidos insisten en su apoyo incondicional a Kiev. El texto no es la enésima reafirmación de que los países occidentales apoyarán a Ucrania mientras sea necesario, sino la constatación de que se ha adoptado como propio el planteamiento de la paz justa, una formulación que no debe llevar a error pese a la belleza de las palabras. “Los objetivos de una paz integral, justa y duradera para Ucrania y de una seguridad duradera para Europa son inseparables. Ucrania debe prevalecer”, sentencia la declaración. Con esas dos sencillas oraciones, los países firmantes aceptan como propia la idea que con tanto ahínco ha tratado de instalar Ucrania, que su seguridad es la seguridad colectiva y que su caída sería también la de Europa. En realidad, como han afirmado repetidamente oficiales de alto rango como Mijailo Podolyak, la pérdida de Ucrania bajo las garras rusas sería una derrota completa de la civilización occidental, un concepto que, planteado como hace el asesor de la Oficina del Presidente, como una lucha entre Europa y el más allá, cuenta con una notable carga racista. Más explícito que cualquier oficial ucraniano ha sido, sin embargo, Boris Johnson. “Si Ucrania cae, será una catástrofe para Occidente. Será el final de la hegemonía occidental y no tendremos a nadie a quien culpar sino a nosotros mismos”, afirmó en un vídeo publicado en las redes sociales el exprimer ministro británico.
La amenaza de catástrofe exige asistencia y hermandad. “Tras más de 1.000 días de la guerra ilegal de Rusia contra Ucrania, nos mantenemos firmes en nuestra solidaridad. Seguiremos apoyando a Ucrania en su derecho de autodefensa frente a la agresión rusa”, se reafirma el comunicado, cuyo contenido más importante son las implicaciones de ese derecho de autodefensa en las condiciones en las que se produce. Después de condenar la invasión rusa, la escalada que suponen los ataques a la infraestructura energética y la presencia de tropas norcoreanas en la guerra -sin mencionar, por supuesto, que dichas tropas luchan en la región rusa de Kursk, por lo que Rusia no ha de dar explicaciones a ninguno de los países firmantes-, el comunicado reitera su “firme apoyo a una paz integral, justa y duradera en Ucrania, de conformidad con el Derecho Internacional, incluida la Carta de las Naciones Unidas, con un pleno respeto de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”. Esta mención es una forma de reafirmar el apoyo al restablecimiento de las fronteras internacionalmente reconocidas de 1991, es decir, la recuperación de Crimea y Donbass, en este último caso, sin las garantías de los derechos políticos que implicaban los acuerdos de Minsk, considerados inviables por Kiev y sus aliados. El incumplimiento ucraniano de los únicos acuerdos de paz firmados en esta guerra o el hecho de que la devolución de esos territorios sin garantías de seguridad para su población fuera una forma de premiar la agresión inicial ucraniana no son aspectos a tener en cuenta para las capitales occidentales, para las que solo es relevante la integridad territorial, importante en los países defendidos por Occidente, aunque no tan relevante en los oponentes. Todos los países firmantes colaboraron en la invasión ilegal de Irak o en la desmembración de Yugoslavia, países que aparentemente no merecían el cumplimiento de la legislación internacional, el derecho internacional humanitario, la no injerencia extranjera en los asuntos internos ni protección de su soberanía.
“Aumentaremos la ayuda militar, económica y financiera a Ucrania, incluyendo la movilización de fondos europeos adicionales. Destacamos que una aplicación rápida y colectiva del préstamo de 50.000 millones de dólares del G7, en el que los europeos desempeñan un papel importante, ayudará a Ucrania a cubrir necesidades urgentes, también militares. Seguimos comprometidos a apoyar la reparación, recuperación y reconstrucción de Ucrania, en coordinación con los socios internacionales. Italia acogerá la Conferencia de Recuperación de Ucrania de 2025. Seguiremos limitando el aumento de la capacidad militar de Rusia. Ejerceremos más presión sobre las fuentes de ingresos del Kremlin, incluidos los provenientes de la energía”, continúa el comunicado para señalar los pasos que los países firmantes continuarán dando el próximo año. Más flujo de financiación para costear las armas con las que continuar la guerra, créditos a costa de los activos rusos retenidos y reparación según el modelo de conferencias para promover la vía neoliberal de privatización, financiarización y empobrecimiento que se han celebrado ya estos dos últimos años en Londres y Berlín son la base de la política europea con respecto a Ucrania.
Pese a la cercanía del frente y al espectro del belicismo que recorre Europa, no hay en este discurso un solo atisbo de búsqueda de una resolución viable al conflicto. Ucrania es consciente de que carece de la fuerza militar para lograr su objetivo de expulsar a Rusia de Donbass o Crimea, regiones en las que la devolución del territorio tendría que realizarse contra la opinión mayoritaria y, desde antes de la invasión rusa, Zelensky ha dejado claro públicamente que esa parte de la población es indeseada (en su discurso navideño de 2021, el presidente llamó a esa población que se siente rusa, mayoritaria, por ejemplo, en Crimea, a mudarse a Rusia). Aunque reconoce que a día de hoy no es posible, la vía militar es la única por la que Ucrania podría lograr su objetivo de reintegrar todos los territorios según sus fronteras internacionalmente reconocidas. La reafirmación de que ese es el objetivo y la enumeración de medidas para lograrlo es aceptar de facto esa realidad.
La voluntad de mantener a largo plazo el régimen de guerra se plasma tanto en la posición política como en las medidas para apoyarla. “No se puede negociar la paz en Ucrania sin los ucranianos, y sin los europeos a su lado”, afirma el comunicado, exigiendo un lugar en la mesa de negociación al lado de Kiev para dialogar únicamente según el planteamiento ucraniano. “Reafirmamos nuestro compromiso con la Fórmula de Paz del presidente Zelensky, como vía creíble hacia una paz justa y duradera”. La paz justa y duradera del plan de Zelensky implica la retirada unilateral de las tropas rusas de todo el territorio ucraniano, garantías de seguridad solo para Ucrania -es decir, la entrada en la OTAN- y no para la población forzosamente reintegrada y tribunales de guerra exclusivamente para los crímenes rusos, un planteamiento que Kiev solo podría imponer tras haber derrotado militarmente a Rusia, algo que incluso el presidente ucraniano sabe que no va a ocurrir. Aferrarse a esta propuesta como un planteamiento viable es negar toda posibilidad de paz negociada.
Rechazada la paz, solo queda el belicismo. “Convencidos de que la paz en Ucrania y la seguridad en Europa son inseparables, estamos decididos a permanecer unidos con nuestros socios europeos y trasatlánticos para pensar y actuar a lo grande en materia de seguridad europea”, insisten la OTAN y el selecto grupo de países europeos miembros, que añaden que “consideramos que se trata de una oportunidad para renovar los cimientos de la Alianza transatlántica con los Estados Unidos de América, reforzando la OTAN y garantizando un reparto equitativo de las cargas en el seno de la Alianza, entre otras cosas mediante el aumento de los esfuerzos de la UE en materia de seguridad y defensa, y para construir una Europa más segura y más unida”. La retórica de paz y seguridad continental lleva finalmente al lugar de partida: una Europa más militarizada, sometida a los intereses de Estados Unidos y tratando de presentar a la OTAN, una de las principales causas de la actual guerra rusoucraniana, como la solución a todos los males.
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