A menos de dos meses de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la especulación gira alrededor de cuáles serán los planes de la nueva administración para conseguir su objetivo de detener la guerra de Ucrania, propuestas que el presidente electo sigue manteniendo en silencio. Sin embargo, la situación en el frente requiere de una atención que, hasta enero, seguirá recayendo sobre la administración Biden. Desde la derrota de los Demócratas en las elecciones de noviembre, el equipo de Biden ha concedido a Ucrania uno de los dos deseos que había pedido. Kiev no ha conseguido de Joe Biden la invitación de adhesión a la OTAN que exigía del actual presidente, pero sí que se levante el veto para el uso de misiles occidentales en el territorio de la Federación Rusa. Kiev ha utilizado ya ese material en varias regiones fronterizas, aunque sin grandes efectos en el frente. Los tres ataques se han producido hasta ahora no han impedido que la aviación rusa siga operando, ni han minado la logística del frente, probando una vez más algo que ya era conocido: Ucrania no dispone de la cantidad de proyectiles que necesitaría para lograr su objetivo de inclinar la balanza a su favor a base del ultimátum de la amenaza de bombardeos masivos y constantes con misiles occidentales.
Esa parte depende de Occidente, que no está ni dispuesto ni en condiciones de enviar a Ucrania lo necesario para que Zelensky ponga en marcha su versión de la estrategia de Nixon de 1972, cuando dio a Vietnam del Norte un tiempo limitado para aceptar negociaciones bajo amenaza de bombardeos masivos. Después de meses de lucha política para convencer al Congreso y lograr aprobar el paquete de 64.000 millones con los que suministrar la guerra y reponer sus arsenales, la administración Biden ha llegado a la fase final de la legislatura con fondos aún disponibles. Cómo van a ser empleados y cuál será su efecto es uno de los aspectos importantes de los próximos dos meses.
“Es poco probable que el Pentágono utilice todos los miles de millones de dólares autorizados por el Congreso para armar a Ucrania antes de que el presidente Joe Biden deje el cargo, según dos funcionarios estadounidenses y tres responsables de Defensa”, escribía hace dos semanas CNN, que añadía que “a la administración le quedan menos de dos meses para utilizar casi 7.000 millones de dólares, parte de un paquete mayor autorizado por el Congreso a principios de este año para ayudar a Ucrania en la guerra con Rusia. La financiación permite al Departamento de Defensa recurrir a sus propias reservas para enviar armas, pero la escasez ha limitado la cantidad que Estados Unidos. puede enviar a Kiev en los últimos meses”. El conflicto ucraniano es una guerra de alta intensidad que requiere de grandes cantidades de armamento y munición y un flujo constante que amenaza con minar los arsenales europeos y norteamericanos. La naturaleza de la guerra proxy limita también las posibilidades de suministro: las declaraciones de apoyo “mientas sea necesario” que realizan periódicamente los socios de Ucrania chocan con la voluntad de hacer lo máximo por Ucrania sin arriesgar la posición propia, es decir, sin minar sus capacidades de defensa.
“Durante meses, Estados Unidos se ha topado con los límites de su capacidad para reponer sus propios inventarios de armas, lo que limitaba lo que la administración Biden ha podido enviar a Ucrania. Estados Unidos ha aumentado su capacidad de producción de municiones críticas, como proyectiles de artillería de 155 mm, prácticamente desde el comienzo de la guerra, hace casi tres años, pero el aumento de la producción aún no se ha completado”, insistía en noviembre CNN. A los límites de fondos y de disponibilidad en los arsenales hay que añadir el factor de Oriente Medio. Pese a que Ucrania ha sido para Biden una prioridad de política exterior, Kiev siempre va a ser un aliado secundario con respecto a Israel.
Sin embargo, y pese a que Ucrania no haya conseguido todas sus peticiones, la guerra nunca ha corrido el riesgo de carecer de armas suficientes para continuar. En ello trabajan Joe Biden, Antony Blinken y, sobre todo, el Asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan. “La Casa Blanca ha elaborado una estrategia de última hora para reforzar la posición de Ucrania en la guerra, que incluye una avalancha de ayuda militar y nuevas y radicales sanciones contra Rusia, según un informe de un portavoz del Consejo de Seguridad Nacional”, escribía ayer The Guardian. Como anunció el propio Andriy Ermak en las redes sociales, su viaje a Estados Unidos no se limita a las conversaciones con el equipo del presidente electo Donald Trump, sino también a gestionar los próximos dos meses. “El asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, se reunió el jueves durante más de una hora con el jefe de la oficina del presidente ucraniano, Andriy Ermak, y se comprometió a proporcionar a Ucrania cientos de miles de proyectiles de artillería adicionales, miles de cohetes y cientos de vehículos blindados para mediados de enero, según el briefing compartido con The Guardian”, explica el medio británico. Ayer por la noche, Estados Unidos anunció el próximo envío de suministro militar por valor de 988 millones de dólares. El material mencionado apunta a la continuación de la guerra en su estado actual. La administración Biden busca ayudar a Ucrania a continuar luchando en la guerra terrestre, pero el hecho de que no se mencionen misiles occidentales en la lista muestra que Kiev seguirá careciendo del equipamiento necesario para poner en marcha la estrategia de escalada a la que aspira pero para la que necesita la asistencia de sus proveedores.
Ante esa situación, la principal tarea de Ermak es gestionar la transición a la nueva administración y garantizar que la posición de Ucrania no quede minada por el desinterés de Trump, las posturas de Vance o el hijo del presidente electo y que la voluntad del futuro presidente de lograr la paz no suponga el final del suministro de armas. Para ello, Ermak se ha reunido esta semana con el general Keith Kellogg, la persona encargada de conseguir el final del conflicto, y con el futuro vicepresidente, que en el pasado ha llegado a afirmar no estar interesado en cuál vaya a ser el destino de Ucrania.
El trabajo de Ermak en Estados Unidos se ha complicado en los últimos meses, no solo debido a la llegada de Donald Trump, sino también por la postura ucraniana. La vista de esa semana del jefe de la Oficina del Presidente a Washington y Nueva York ha coincidido, de forma obviamente intencionada, con la carta en la que el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania anunciaba a sus homólogos de los países de la OTAN que Kiev no aceptará unas garantías de seguridad que no incluyan la adhesión de pleno derecho a la Alianza Atlántica. Esa posición de máximos no es sino el primer paso de una negociación que no es con su oponente, sino con sus aliados. Una negociación en la que queda la sensación de que Ucrania no va a conseguir sus objetivos más políticos hasta que no rebaje, como cada vez con más insistencia le exigen sus aliados, el reclutamiento de los menores de 25 años, la moneda de cambio que parecen haber elegido Estados Unidos y la OTAN como contraataque.
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