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Alto el fuego, Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, OTAN, Rusia, Ucrania, Zelensky

El plan Kellogg

“En septiembre, Zelensky vino a la Torre Trump y él y el presidente Trump hablaron sobre el hecho de que después de mil días de guerra, es hora de poner fin a esta guerra. Porque el presidente dijo muy claramente: «Ha llegado el momento»”, ha afirmado sobre la reunión que mantuvieron en Nueva York el presidente ucraniano y el entonces candidato el general Kellogg, el militar retirado que Donald Trump ha elegido para ser la personas encargada de poner en marcha la política de la administración Republicana sobre la guerra entre Rusia y Ucrania. El general, que ha visitado Ucrania desde la invasión rusa, se ha reunido con soldados ucranianos -incluyendo miembros de grupos como Azov- y que ha defendido a ultranza la causa militar ucraniana, concuerda con quien pronto será su presidente y cree que la guerra “Se ha expandido. Ahora se ha vuelto global. Si nos fijamos en lo que ha sucedido, se trata de Corea del Norte aportando tropas, se trata de los iraníes, se trata de los chinos, se trata de los rusos. Así que la composición de la guerra se ha ampliado. Es un gran error subestimar a Donald Trump. El mundo lo ha hecho antes y ha cometido un gran error”. Al igual que para el Gobierno de Zelensky, la Unión Europea y la administración Biden, esas tropas norcoreanas destinadas en Rusia y a las que nadie ha visto aún son las que han internacionalizado el conflicto y no los años de suministro militar a Kiev, que ejerce desde 2022 de proxy de Occidente.

La consistencia nunca ha sido una de las cualidades del presidente electo de Estados Unidos, como puede observarse en el abanico de opiniones que han mantenido los miembros del equipo de política exterior, aunque la continuidad con la que Trump y su entorno se han referido a la búsqueda del final de la guerra hace necesario tener en cuenta esa voluntad. A lo largo de la campaña, en los debates electorales, en su discurso de la victoria y en apariciones posteriores, el expresidente ha afirmado repetidamente que su intención es lograr la paz, aunque en ningún momento ha llegado a presentar el mínimo esbozo de algún tipo de plan. La semana pasada, un medio ucraniano indicaba en un artículo en el que explicaba el intento de Kiev de prepararse para la llegada de Trump, que la percepción era que no existía ningún tipo de plan concreto. La incertidumbre ha hecho que gran parte de la especulación sobre cómo se ejercerá desde Washington la política ucraniana haya tenido que limitarse a analizar las declaraciones y los actos de las personas a las que Trump ha nominado para puestos importantes.

El martes, en un artículo en el que afirmaba que “sale a la luz el plan de Trump para Ucrania, Reuters explicaba que “asesores de Donald Trump plantean en público y en privado propuestas para poner fin a la guerra de Ucrania que cederían grandes partes del país a Rusia en un futuro previsible, según un análisis de Reuters de sus declaraciones y entrevistas con varias personas cercanas al presidente electo de Estados Unidos”. Como presentación, la agencia de noticias afirma que se trata de una propuesta de “tres asesores clave, incluido el teniente general retirado del ejército Keith Kellogg” en la que se tratan diversos temas, entre ellos la posibilidad de aparcar la cuestión de la adhesión de Ucrania a la OTAN, principal prioridad de Kiev.

Los datos que aporta el artículo confirman que las intenciones de Trump estarían marcadas por el documento al que ya tuvo acceso el pasado verano AP y en el que, como en el actual plan, cobra un protagonismo esencial el general Kellogg, autor del documento del America First Policy Institute, que se ha convertido en la principal fuente para el diseño de la política de la futura administración Republicana. Como ya se conocía gracias a ese documento -el plan Kellogg-Fleitz-, Reuters confirma que Trump pretende obligar a Rusia y Ucrania a negociar con la estrategia del “palo y zanahoria”: condicionar el flujo militar a Kiev a la aceptación del diálogo y amenazar a Rusia con aumentar el volumen de asistencia a Ucrania en caso de que Moscú rechace negociar. Por el momento, Rusia, que en el pasado se ha mostrado abierta a la negociación, insiste en que no existen las condiciones necesarias para una negociación, mientas que Ucrania insiste en que tendrá que recuperar su integridad territorial por la vía diplomática. En la práctica, la oferta de Zelensky a Rusia es la de un alto el fuego a cambio de adhesión a la OTAN y la intención futura de obtener el control de los territorios perdidos por vías no militares.

Zelensky anuncia a Rusia el planteamiento de las negociaciones, detener la guerra activa y rescatar así a las Fuerzas Armadas de Ucrania, incapaces de lograr sus objetivos militares, para continuar trabajando para, ya desde la OTAN y como miembros de pleno derecho del bloque occidental, presionar a Rusia hasta crear las condiciones en las que tuviera que ceder nuevamente territorios tan importantes como Crimea. La propuesta, poco apetecible para Rusia, lo es menos aún teniendo en cuenta la correlación de fuerzas existente actualmente en el frente, donde es Rusia quien avanza sobre territorio ucraniano. Esta situación de debilidad militar de Ucrania complica aún más la resolución de un conflicto que ya era complejo y que Trump fue incapaz de detener durante sus cuatro años de mandato.

La propuesta Kellogg-Fleitz

En realidad, el intento de Reuters de desgranar los planes de Trump se limita a anunciar que, según sus fuentes, no hay un plan sino tres que compiten entre ellos para ser el elegido por el presidente electo: el Kellogg-Fleitz publicado el pasado abril, el de JD Vance y el de Richard Grenell. Aunque la agencia no insiste en ello, la postura de JD Vance es la más descartable. Es altamente improbable que el futuro vicepresidente vaya a tener un perfil alto en la política exterior. Vance, que en el pasado ha afirmado públicamente no estar en absoluto interesado por cuál pueda se el destino de Ucrania, plantea una posición excesivamente favorable a Rusia según la cual el frente se congelaría en su posición actual, Moscú mantendría el control del alrededor del 19% de territorio ucraniano capturado desde 2014 y la adhesión a la OTAN quedaría completamente descartada.

La propuesta de Grenell implica el mantenimiento de la integridad territorial de Ucrania, pero con la posibilidad de “zonas autónomas”, un planteamiento que el exembajador de Estados Unidos en Alemania nunca ha llegado a explicar ni concretar, pero que es tan inviable como las ideas de JD Vance. Aunque la figura de Grenell es importante, no en vano estuvo presente en la reunión entre Trump y Zelensky, el hecho de que ninguna filtración haya desarrollado su plan y que finalmente no haya sido nombrado para el puesto de enviado para Rusia-Ucrania resta relevancia a su propuesta.

El único plan medianamente elaborado y desarrollado sigue siendo el del America First Policy Institute que, tras el nombramiento de Keith Kellogg, ha de ser considerado como el mejor posicionado para convertirse en la hoja de ruta de la próxima administración estadounidense. Firmado por Kellogg y Fleitz y publicado en la web del Instituto, el texto que presenta el conflicto entre Rusia y Ucrania ofrece indicios más que suficientes para analizar el camino que puede tomar la política estadounidense hacia el conflicto.

“Los defensores de un apoyo agresivo por parte de Estados Unidos, incluidos algunos que piden la participación militar directa de Estados Unidos, consideran la guerra como una amenaza significativa para la seguridad estadounidense, europea e internacional. Afirman que sin una ayuda militar estadounidense robusta e ilimitada a Ucrania, Rusia se moverá después de conquistar Ucrania para reconstruir la antigua Unión Soviética e invadir otros países, incluidos los miembros de la OTAN. Algunos de estos defensores afirman que una victoria rusa en Ucrania socavaría la democracia y la seguridad en otras zonas del mundo y podría animar a China a invadir Taiwán. Quienes sostienen esta opinión, especialmente el presidente Biden, han criticado duramente como prorruso, pro-Putin, antidemocrático y aislacionista a cualquiera que se haya opuesto o incluso expresado escepticismo sobre la ayuda militar estadounidense a Ucrania”, afirma como carta de presentación de las diferencias entre la postura Demócrata y la Republicana. En pocas palabras, Kellogg y Fleitz, que posteriormente desarrollan estos puntos, rechazan la definición de la guerra de Ucrania como existencial para Occidente, pero también el calificativo de aislacionismo o favoritismo hacia Rusia, tres ideas que van a ser importantes durante los próximos meses.

El texto admite que una parte de quienes se oponen a Zelensky son realmente aislacionistas, una tendencia que siempre ha existido en el Partido Republicano, aunque centra el foco de la crítica a cómo Biden ha gestionado el conflicto en la pregunta de si Estados Unidos tiene objetivos estratégicos en juego en la “guerra proxy contra Rusia” y en la necesidad de “establecer un plan para poner fin a esta guerra y no simplemente suministrar armas para un conflicto que parece haberse convertido en un punto muerto de larga duración”.

Para los autores, la política exterior America First requiere de un presidente capaz de ejercer “un liderazgo fuerte en el escenario mundial” y de “implementar una política exterior coherente y efectiva para proteger a Estados Unidos de amenazas extranjeras y para promover sus intereses internacionales” y un “uso militar fuerte y prudente, manteniendo a la tropas estadounidenses alejadas de guerra innecesarias y sin fin”, exigiendo a los miembros de las alianzas en cada región que cumplan con sus responsabilidades. En otras palabras, Estados Unidos persiste en su aspiración a mantener la hegemonía a nivel mundial, aunque espera de sus aliados en cada zona estratégica del planeta (Asia-Pacífico, Europa y Oriente Medio) que aumenten su aportación económica para que Washington no tenga que comprometer tropas. El aislacionismo que se adjudica a Trump es inexistente en el documento, como también lo es la supuesta voluntad de destruir o restar importancia a la Alianza Atlántica. Es más, Kelllogg y Fleitz se jactan de cómo, desde su punto de vista, “reforzó la posición de disuasión de Europa hacia Rusia a base de revitalizar la alianza de la OTAN para trabajar por los intereses de la OTAN forzando a los miembros de la OTAN a contribuir justamente a la alianza”. Como explica Elbridge Colby, cuyo nombre suena ahora para un puesto en el Pentágono, la OTAN es la garantía de que ninguna potencia europea -Rusia o Alemania- pueda aspirar a crear un bloque antihegemónico, es decir, contrario a Estados Unidos. Washington nunca va a renunciar voluntariamente a esa herramienta de poder sobre el continente europeo.

Dando a Donald Trump un mérito que no merece y presentando la situación durante su mandado como la paz que en realidad no fue, Kellogg y Fleitz presentan al futuro presidente como la persona ideal para implementar ese escenario y, en el caso de la guerra en Europa, lograr el final del conflicto, de cuyo empeoramiento acusan a Joe Biden. “Contrariamente a la postura America First de la Administración Trump en materia de seguridad nacional, el enfoque de Biden antepuso las agendas idealistas de la élite mundial a una relación de trabajo con Rusia. Biden no estaba interesado en trabajar con Putin. Quería sermonearle y aislarle”, afirman para describir a un presidente blando y, a la vez, provocador. En una de las habituales contradicciones del trumpismo, Fleitz y Kellogg acusan a Biden de no haber iniciado el flujo de armamento letal en 2021, gesto que Rusia habría entendido como la preparación para la guerra, mientras ven como provocación que Estados Unidos no quisiera negociar con Rusia la cuestión de la expansión de la OTAN.

“La política hostil de Biden hacia Rusia no solo la convirtió en un enemigo innecesario de Estados Unidos, sino que también la empujó a los brazos de China y condujo al desarrollo de un nuevo eje Rusia-China-Irán-Corea del Norte”, añade el informe, en el que el general Kellogg parece no recordar su propia postura. En marzo de 2023, el general Kellogg  afirmó al congreso que la lucha en Ucrania “elimina a un adversario estratégico” y lo hace “sin utilizar tropas estadounidenses”. El argumento no difiere en absoluto de la lógica de la guerra proxy que ahora critican ni de la postura de la administración Biden, con la que comparten también la valoración de los actos y argumentos de Vladimir Putin. “Durante una entrevista realizada en febrero de 2024 a Putin por el periodista Tucker Carlson, Putin hizo un largo y disparatado relato de la historia rusa y ucraniana en el que cuestionó la nacionalidad y la historia de Ucrania y repitió sus ridículas afirmaciones de que Rusia invadió Ucrania en parte para luchar contra el nazismo en el país”, afirman sin dar importancia, como no lo hacen tampoco las autoridades estadounidenses y europeas, al crecimiento de la influencia de grupos y movimientos de la derecha más extrema, fuertemente armada y con experiencia militar.

“Había límites a la implicación de Estados Unidos en el conflicto. A día de hoy, Estados Unidos carece de un tratado de defensa con Ucrania y no es un aliado de la OTAN. Intervenir en la guerra de Ucrania carecía de un interés nacional estadounidense claro y vital. Además, existía el riesgo de una escalada nuclear si las tropas de la OTAN se enfrentaban a las fuerzas rusas en este conflicto. Esto significaba que, por atroz que fuera la invasión rusa, Occidente, liderado por Estados Unidos, no estaba preparado para una respuesta”, añaden para calificar de no respuesta el flujo militar de miles de millones de dólares al que, por otra parte, achacan haber evaporado los arsenales estadounidenses.

Pese a partir de argumentos similares y haber mantenido posturas que podrían confundirse con las de los miembros de la administración Biden, Kellogg y Fleitz, comprometidos con la idea de Trump de poner fin al conflicto, giran hacia la crítica. “A Estados Unidos le convenía llegar a un acuerdo con Putin sobre la entrada de Ucrania en la OTAN, especialmente en enero de 2022, cuando había indicios de que una invasión rusa era inminente. Éste era el momento en el que la Administración Biden debería haber abandonado su obsesión por criticar públicamente a Putin y haber trabajado para llegar a un compromiso. Una oferta estadounidense de retrasar la admisión de Ucrania en la OTAN durante una década podría haber bastado para convencer a Putin de que suspendiera la invasión”, afirman, aparentemente sin comprender que la expansión de la OTAN, una de las principales causas de esta guerra, siempre va a seguir siendo considerada por Moscú como una forma de agresión. Sin embargo, la mención a la prórroga de una década es importante, ya que postergar la adhesión de Ucrania a la Alianza durante 10 años es precisamente uno de los compromisos que está mencionándose actualmente como incentivo para Rusia de cara a una negociación. Quienes no han querido comprender el origen del conflicto parecen querer solucionarlo de la misma manera.

Qué hacer

Los indicios sobre cómo ha de conseguirse una resolución de paz son escasos, pero representativos y coherentes con las ideas que están especulándose actualmente. “Estados Unidos seguiría armando a Ucrania y reforzando sus defensas para garantizar que Rusia no avance más y no vuelva a atacar tras un alto el fuego o un acuerdo de paz”, afirma el documento, descartando la posibilidad de que Trump vaya a abandonar a Ucrania a su suerte, un temor que han alentado durante meses tanto la administración Biden como sus aliados europeos.

Conscientes de que la cuestión de la OTAN es clave para Rusia y las garantías de seguridad para Ucrania, Kellogg y Fleitz proponen que “para convencer a Putin de que se una a las conversaciones de paz, el Presidente Biden y otros líderes de la OTAN deberían ofrecer a Ucrania aplazar su ingreso en la OTAN durante un largo periodo de tiempo a cambio de un acuerdo de paz global y verificable con garantías de seguridad”.

Finalmente, “al permitir a Ucrania negociar desde una posición de fuerza y al mismo tiempo comunicar a Rusia las consecuencias en caso de que no cumpla las futuras condiciones de las conversaciones de paz, Estados Unidos podría implementar un estado final negociado con términos alineados con los intereses estadounidenses y ucranianos. Una parte de este estado final negociado debería incluir disposiciones en las que establezcamos una arquitectura de seguridad a largo plazo para la defensa de Ucrania que se centre en la defensa de la seguridad bilateral”.

Los tres puntos principales para lograr la resolución del conflicto por medio de un acuerdo entre Kiev y Moscú se pueden resumir en continuar el flujo militar para impedir más avances rusos, aplazar la adhesión de Ucrania a la OTAN y garantizar que Zelensky pueda negociar en posición de fuerza, puntos que, salvo quizá el segundo -aunque las palabras de Rutte esquivando la pregunta de cuándo se adherirá Ucrania a la Alianza hacen ver que no hay prisa en la OTAN por admitir a Kiev-, bien podrían confundirse con el argumentario de gran parte de los líderes europeos. Al fin y al cabo, Kellogg ha visitado Ucrania, ha defendido el suministro de armas e incluso ha exigido más y ha alabado también la aventura ucraniana en Kursk. La principal diferencia entre su postura y la de otros países occidentales es la voluntad de presionar ahora -y ceder ligeramente en la cuestión de la OTAN- para conseguir que el conflicto no se consolide como una guerra eterna, algo que no debe confundirse ni con pacifismo ni con aislacionismo. El discurso de la paz por medio de la fuerza y el precedente de la primera administración Trump, que comenzó el flujo de armamento letal a Ucrania, desmienten esa falsedad.

Todo apunta a que incluso aquellos que siempre han optado por luchar hasta el último ucraniano, como el Reino Unido, comienzan a resignarse a la realidad de que la guerra se dirige a algún tipo de negociación, cuyo éxito no está ni mucho menos garantizado. Todos los precedentes de este conflicto -Minsk, Normandía, las conversaciones Volker-Surkov y Estambul- lo confirman. Pese a las diferencias y matices, el bloque occidental, desde Trump hasta la Unión Europea pasando por la dirección de la OTAN y la actual administración Biden, parece compartir aspectos fundamentales: no hay prisa para admitir a Ucrania en la Alianza Atlántica y cualquier pérdida territorial de Ucrania será entendida como temporal y no reconocida. Ni quienes pretenden continuar la guerra proxy ni quienes quieren imponer la paz por medio de la fuerza buscan una resolución definitiva sino un alto el fuego que permita a Kiev reconstruirse y reforzarse. Mantener activo un conflicto en las fronteras Rusia, sea considerado un enemigo o simplemente como aliado del verdadero oponente, es una tentación apetecible de la que Estados Unidos se ha beneficiado durante toda una década.

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