La guerra es, desde hace más de dos años y medio, la razón de ser del Estado ucraniano. Los presupuestos que ha presentado esta semana Kiev otorgan al sector de defensa más del 50% de las partidas -a las que hay que sumar el coste que suponen los veteranos-, algo que viene repitiéndose desde 2022. Mantener el frente, evitar su colapso y garantizar que siga habiendo suficiente apoyo para continuar luchando hasta conseguir los objetivos es la prioridad del equipo de Gobierno, que ha dejado de lado prácticamente todas las demás obligaciones del Estado, que a día de hoy depende completamente de los subsidios extranjeros que hacen posible el pago de salarios y pensiones. Uno de los aspectos que ha desaparecido completamente bajo la tapadera de la unidad que exigía la guerra es precisamente la política interna. La invasión rusa dio al equipo de Zelensky la oportunidad de crear para el presidente la imagen de un líder de guerra, la representación de la nación, un salvador capaz de conseguir lo que se propusiera, la única persona capaz de rescatar al país de la ruina segura.
“«Estamos todos aquí», dijo Zelensky desde el exterior del despacho presidencial, mientras sus aliados políticos más cercanos le apoyaban. «Todos estamos aquí defendiendo nuestra independencia y nuestro Estado». Sus palabras levantaron la moral de su asediada nación y dispararon su popularidad, tanto en el país como en el extranjero. En sus visitas a Occidente para apoyar a Ucrania, el ex cómico fue recibido con ovaciones en los parlamentos de Europa y el Congreso de Estados Unidos”, escribía el pasado viernes The Times en un artículo en el que narra la caída de la popularidad del presidente ucraniano.
Curiosamente, este fin de semana, apenas un par de días después de la publicación del artículo del diario londinense, Europa Press, con declaraciones de miembros de uno de los think-tanks más citados por los medios españoles en la cuestión rusoucraniana, CIDOB, defendía prácticamente lo contrario. “La guerra sume a Ucrania en el limbo electoral, por ahora sin desgaste para Zelensky”, afirmaba en su titular para posteriormente justificar la ausencia de elecciones en la legislación y el hecho de que no ha habido exigencias populares. “Claudín no cree que la legitimidad de Zelensky esté ahora «en riesgo» y resalta el hecho de que haya un «debate público» en relación a las elecciones, propio de una «vida democrática»”, escribe Europa Press describiendo el ambiente democrático de un país en el que desde hace diez años se prohíben partidos, se realizan las mismas tretas electorales que se criticarían como antidemocráticas si ocurrieran en Rusia y se ha dado por hecho que no habrá comicios locales, legislativos o presidenciales hasta que termine la guerra. La calidad de la democracia ucraniana también quedó de manifiesto durante la celebración de la Eurocopa, cuando una enorme pancarta en la que podía leerse “Queremos votar”, colocada estratégicamente frente al círculo central y en la grada principal para que pudiera verse en cada momento del plano general del partido, fue retirada por la organización durante la primera parte del partido. El tabú de la política no había desaparecido entonces y sigue existiendo ahora, cuando sigue siendo preciso defender la opción democrática de Zelensky de cancelar las elecciones -para las que sin duda no hay condiciones- sin necesidad siquiera de pedir una opinión cualificada al Tribunal Supremo, con el que el presidente ucraniano ya estaba enfrentado antes de la invasión rusa.
El aplazamiento sine die de las elecciones no hace posible un desgaste electoral, aunque la figura de Zelensky sí está sufriendo ese proceso. El entusiasmo nacionalista de los primeros meses de la guerra, aún más exaltado gracias a las tres victorias que Ucrania ha obtenido en esta guerra (Kiev, Járkov, Jersón) ha desaparecido ya y la dureza de la guerra tiene efecto en la moral de la población, su voluntad de continuar luchando y en la imagen de quienes defienden esa opción. De la misma manera que en 2022 Zelensky era visto como la representación de la lucha, opción que entonces era claramente mayoritaria, sigue siéndolo ahora cuando ya no lo es. Las encuestas publicadas en los últimos meses son lo suficientemente claras y, pese a excluir a quienes residen en los territorios bajo control ruso -tanto aquellos que llevan una década fuera del control de Ucrania y donde la población ha mostrado su rechazo a Ucrania, como los capturados desde el 24 de febrero de 2022-, la opción mayoritaria actualmente es la de la negociación. El sondeo de Gallup muestra incluso la apertura de la mayoría a concesiones territoriales a cambio de la paz pese a que no hay confianza alguna en la adhesión de Ucrania a la UE o la OTAN, garantías de seguridad que el Gobierno plantea como obligatorias para que Kiev se plantee la posibilidad de negociar.
“Con las defensas de Ucrania en peligro de desmoronarse, la popularidad de Zelensky se desvanece y muy pocos ucranianos lo ven como su próximo presidente”, escribe The Times. Al contrario que CIDOB, que ve en la ausencia de un candidato claro la forma con la que afirmar que Zelensky no ha sufrido un desgaste que es evidente, el medio británico observa los datos de las encuestas como una preocupación más para el actual presidente. “Solo el 16% votaría a favor de su reelección para un segundo mandato, según una encuesta de opinión realizada entre 1.200 ucranianos y publicada esta semana por el Centro de Control Social de Kiev. La encuesta, el estudio más completo sobre preferencias electorales desde la invasión en 2022, también reveló que cerca del 60% preferiría que Zelensky ni siquiera se presentara a la reelección”, explica The Times, que justifica una parte importante del desgaste en lo mucho que se ha alargado la guerra. Ucrania comenzó desde marzo de 2022 a afirmar que Rusia carecería de misiles en unas semanas y pronto presentó sus nuevas armas -HIMARS, Patriots, Leopards, F-16- como la wunderwaffe que cambiaría para siempre el sentido de la guerra. Casi tres años después, la guerra no solo no se ha detenido sino que continúa con la dinámica de escalada progresiva ahora ya con bombardeos con misiles occidentales en la Federación Rusa. Aun así, el tiempo no ha dado la razón al presidente ucraniano y la situación en el frente, lejos de mejorar, empeora para Ucrania. La incertidumbre del futuro, unida a la pobreza del presente, son los principales factores para la pérdida del crédito que gran parte de la población dio a Zelensky en 2022.
Durante gran parte de este tiempo, en el que la celebración de elecciones no era posible, pero en el que el Gobierno no se ha molestado en hacer nada por retener la más mínima legitimidad democrática, no ha existido ninguna figura que pudiera hacer sombra a Zelensky. Ese era uno de los argumentos principales de un extenso hilo publicado por la edición ucraniana de la BBC para justificar la prolongación ilimitada del mandato del actual presidente. No era necesario celebrar elecciones porque nadie iba a ganar de ninguna manera a Zelensky, un argumento que también podría extenderse a Rusia, país en el que, sin embargo, las elecciones sí son sometidas al máximo escrutinio.
Sin sorpresas teniendo en cuenta que la vida parlamentaria y política en general se detuvo en febrero de 2022 y la Oficina del Presidente ha hecho todo lo que está en su mano para garantizar que no se retome, la figura que lidera las encuestas está directamente vinculada a la guerra. “A la cabeza de la encuesta, por delante de Zelensky, con un 27%, se sitúa Valery Zaluzhny, antiguo comandante en jefe de las fuerzas armadas de Ucrania y, desde julio, embajador en Gran Bretaña. Zaluzhny, que fue destituido por Zelensky en febrero tras un rumoreado desacuerdo sobre la gestión de la guerra, es también la figura ucraniana en la que más se confía, según la encuesta. Aunque todavía no ha declarado abiertamente sus ambiciones políticas, su nombramiento para un puesto diplomático en Londres fue visto por muchos analistas como un intento de Zelensky de marginarle”, explica The Times, que no precisa que Zaluzhny ha quedado identificado por las victorias de la primera fase de la guerra pero que, tras su destitución, queda desvinculado de la situación militar que se vive actualmente, percibida como mucho más grave y sin las posibilidades ofensivas que existían antes incluso de que comenzara el enfrentamiento Zelensky-Zaluzhny.
El impedimento absoluto para realizar algún tipo de oposición actualmente en Ucrania hace difícil analizar las posibilidades de los diferentes aspirantes a la presidencia. En 2022, con Zelensky presentado como el héroe al que todo el país defendía, no era viable presentar alternativas mientras que ahora, cuando la Oficina del Presidente ha acumulado todo el poder e impide el normal desarrollo de la vida política, cualquier opción alternativa es demonizada como ejemplo del enemigo interno. La deslegitimación de Petro Poroshenko y Yulia Timoshenko, las principales figuras políticas de la última década, fue prácticamente completa antes de la invasión rusa y aunque Valery Zaluzhny podría considerarse un proxy de ese sector nacionalista encabezado por Poroshenko, Parubiy o Goncharenko, no hay certezas sobre el día después a la guerra. Por el momento, conscientes de que no habrá un proceso electoral a corto o medio plazo, los aspirantes se mantienen en la sombra, presentándose como patriotas de Ucrania, encabezando organizaciones supuestamente dedicadas a la ayuda humanitaria y mostrándose ante la población como las instituciones que cubren el vacío que no está llenando el Estado. Siempre generosamente financiadas desde el extranjero, estas organizaciones se posicionan para ganar una credibilidad que, en el futuro, pueda traducirse en apoyos políticos.
Zelensky, que llegó al poder prometiendo un compromiso con Rusia para lograr el final de la guerra en Donbass, alcanzó la victoria electoral de la mano de uno de los oligarcas. Ese tiempo quedó atrás y ya no es ese grupo selecto de ucranianos, entre los que destacaba Rinat Ajmetov, patrón de los partidos ahora prohibidos y calificados de prorrusos, quien puede patrocinar a las futuras figuras políticas, ahora bajo las órdenes de espónsores extranjeros con una mayor capacidad de intervención en la economía y política ucraniana.
El evidente desgaste que sufre actualmente Zelensky, y que se debe a la cronificación de la guerra y de la pobreza que implica, es análogo al que sufrió su predecesor durante los primeros años de su presidencia, cuando las esperanzas de resolución y de paz se disiparon entre una agenda política nacionalista excesivamente similar. Con Poroshenko desacreditado debido a su pésima gestión, Zelensky y su equipo trabajaron para desprestigiar al único partido que, en aquel momento, hacía sombra a su líder, la ahora prohibida Plataforma Opositora por la Vida, que llegó a encabezar las encuestas de intención de voto. Esa labor no consiguió aumentar su popularidad en las regiones nacionalistas y le hizo perder gran parte de la confianza en el sur y el este. En vísperas de la invasión rusa, la popularidad de Zelensky había colapsado, aunque tampoco entonces había una figura política que disfrutara de una gran popularidad. La invasión rusa, que perpetuó el mandato de Zelensky y le convirtió en el héroe apoyado por Occidente, rescató su carrera política. Ahora, en una situación política similar a la de hace dos años, solo una victoria o una resolución que sea percibida como tal podría rescatar de nuevo a Zelensky, cuya carrera ha quedado inevitablemente vinculada a la guerra.
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