Biden fue elegido para una legislatura de cuatro años, no de tres años y diez meses, se defendió la semana pasada la Casa Blanca ante las acusaciones de que sus últimos actos -el levantamiento del veto al uso de misiles occidentales en territorio de la Federación Rusa según sus fronteras internacionalmente reconocidas, es decir, no solo en Crimea y Donbass, sino también en Kursk, Briansk, Belgorod, etc.- suponían una irresponsabilidad teniendo en cuenta que ya hay un nuevo presidente electo cuyo equipo se ha mostrado molesto. El temor a qué puede pasar una vez se realice el traspaso de poderes el 20 de enero ha acelerado los tiempos, forzando decisiones que se habían pospuesto durante meses y comprometiendo la política del próximo presidente. En realidad, no es tanto la medida la que molesta al equipo de Trump, sino haberla perdido como amenaza. El 4 de noviembre, en una aparición en NPR, la radio pública que el trumpismo amenaza con dejar de financiar, el futuro Asesor de Seguridad Nacional de Trump mencionaba “quitar las esposas al uso de armamento de largo alcance” como una de las bazas para forzar una negociación entre Rusia y Ucrania, herramienta que Trump ha perdido ya al haber sido concedida por Joe Biden.
Por el momento, han sido al menos cuatro los episodios en los que Ucrania ha utilizado misiles occidentales en territorio ruso, fundamentalmente en Kursk, aunque también en Briansk. Tras los dos iniciales con ATACMS y Storm Shadow en Briansk y Kursk, el pasado fin de semana se han producido otros dos ataques, el último la noche del domingo al lunes. La censura de la guerra hace prácticamente imposible conocer el alcance de los daños, aunque el efecto de este tipo de bombardeos no ha de medirse en el número de edificios destruidos y pérdidas causadas sino en la capacidad de continuar luchando. Pese a la espectacularidad de los ataques, los vídeos de las explosiones o incluso las imágenes de satélites comparando el antes y después, la eficiencia de los bombardeos aéreos ha de medirse en su influencia a la hora de producir cambios en la situación en el frente. La realidad es que para lograr el efecto que desean Ucrania y la Casa Blanca, posiblemente no solo la actual sino también la que llegará al poder el próximo año, Kiev precisaría de una cantidad de misiles de la que carece.
Todas las partes, no solo Rusia y Ucrania, sino también los países de la Unión Europea, que no quieren perder el control, trabajan para posicionarse en las mejores condiciones posibles ante el cambio en la Casa Blanca. Bruselas presiona para aumentar el gasto militar en sus países, blindar la OTAN, “a prueba de Trump” y presionar a Alemania para que envíe a Ucrania los tan deseados Taurus. Pese a la reafirmación de Scholz, la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, insistió nuevamente en la necesidad de que Kiev disponga de esos misiles alemanes, de más largo alcance que los ATACMS y Storm Shadow, y ha puesto sus esperanzas en las elecciones alemanas.
El planteamiento de Rusia y Ucrania para llegar a enero en posición de fuerza es completamente opuesto. Ucrania ha comprendido que actualmente no es capaz de superar a las tropas rusas en la línea del frente, por lo que tratar de recuperar la mayor cantidad de territorio posible no es factible. Esa fue la idea de la fallida contraofensiva de Zaporozhie, con la que Kiev pretendía poner en cuestión el control de Crimea a base de avanzar sobre Melitopol y las entradas terrestres a la península. Frente a una Rusia mucho más débil que ahora, ese plan fue un rotundo fracaso que obligó a Bankova a replantear toda su táctica.
“«Los problemas de Ucrania, mientras tanto, se agravan principalmente por cuestiones de mano de obra. El ejército hace tiempo que no tiene reclutas dispuestos, y su campaña de movilización se está quedando corta, reclutando apenas dos tercios de su objetivo. Un alto funcionario ucraniano dice que le preocupa que la situación sea irrecuperable en primavera. Un problema aún mayor es la calidad de los nuevos reclutas. «Forest», un comandante de batallón de la 65 brigada, dice que los hombres enviados desde el cuartel general del ejército son en su mayoría demasiado viejos o desmotivados para ser útiles. Salvo unos pocos, todos tienen más de 45 años: «Me envían hombres de más de 50 años con certificados médicos que dicen que están demasiado enfermos para servir», afirma”, ha escrito en uno de sus últimos reportajes Ollie Carroll en The Economist. Ucrania simplemente no dispone de los recursos necesarios para basar su táctica en la guerra terrestre.
Las plegarias en busca de misiles con los que atacar en profundidad indican exactamente cuál es el planteamiento con el que Kiev quiere obligar a Moscú a negociar en posición de inferioridad: no se trata de sitiar a sus tropas en Jersón, como aspiró a hacer en septiembre de 2022, o expulsarlas de Járkov, sino minar la logística en la retaguardia y causar tantos daños en la industria y activos militares que continuar luchando no sea una opción factible.
Tras el primer ataque de la semana pasada, los medios cifraron en alrededor de 50 los ATACMS y Storm Shadow a disposición de Ucrania, aún menos (40 comprometidos, diez entregados) en el caso de los Scalp franceses, para los que Macron ha dado también permiso para ser usados en Rusia. A esas cifras limitadas hay que añadir la cantidad de objetivos existentes en la franja de territorio ruso para la que los misiles tienen alcance, las dificultades de entrega, el coste y la producción. A juzgar por lo que han publicado medios estadounidenses y británicos, los números que Washington y Londres podrían exportar son limitados, ya que sus arsenales no pueden quedar al descubierto. Rusia produce en tres meses tanto armamento y munición como la Unión Europea en un año, se ha lamentado Boris Pistorius, ministro de Defensa de Alemania. Todo indica que elevar la apuesta en términos de uso de armamento más potente va a tener efecto fundamentalmente en aumentar el coste económico de la guerra para Rusia, que ya ha alejado su aviación del rango en el que sus bases estarían a la vista de los ATACMS estadounidenses.
A esa apuesta incierta, Ucrania suma la carta de Kursk, su mejor valor a la hora de presentarse a una mesa de negociación, si es que Moscú acepta iniciar el diálogo político antes de recuperar todo su territorio. Es en esa región rusa donde la preparación de los dos países ante la llegada de Trump encuentra un lugar común. Como tanto han repetido los medios estas semanas, Rusia prepara una contraofensiva con una cantidad importante de efectivos (45.000-50.000) para conseguir recuperar el máximo territorio posible antes del cambio de guardia en la Casa Blanca. Consciente de que puede ser utilizado como moneda de cambio para recuperar algunos de sus territorios perdidos, Kiev va a luchar hasta el final para mantener toda la presencia posible en la región de Kursk. Es más, la concesión del permiso para atacar territorio ruso responde en parte al intento de apoyar a Ucrania en la defensa de sus posiciones en Rusia. Al contrario que en Donbass, donde Rusia avanza, no solo debido a su fortalecimiento y mejora en su táctica, sino también por la debilidad de Ucrania, en Kursk no hay problemas logísticos, de relevo de tropas o falta de personal.
El traslado de algunas de las unidades con mayor capacidad de combate a Kusk ha dejado partes del frente del este y el sur en unas condiciones propicias para que Rusia ponga en marcha su intento de capturar la mayor extensión posible de las cuatro regiones ucranianas que ha reconocido como propias (Jersón, Zaporozhie, Donetsk y Lugansk), especialmente Donetsk, donde se libran las batallas más activas en estos momentos, y Zaporozhie, un frente que había estado prácticamente detenido desde el fracaso de la contraofensiva de 2023. El ejemplo más claro del cambio que se ha producido ya no es la captura de Ugledar y el rápido avance ruso hacia Kurajovo, sino la situación alrededor de Velikaya Novosyolka, una localidad importante a la hora de defender el frente sur y hacia la que las tropas rusas avanzan en dos direcciones amenazando con cortar dos de las tres vías de suministro ante el aparente colapso de las defensas. Las fuentes rusas admiten “que la irrupción en la ciudad fue posible debido al reducido número de efectivos de las Fuerzas Armadas de Ucrania en los reductos que defienden Velyka Novosyolka”, escribía ayer el medio ucraniano Strana. Mantener el territorio en el frente más importante de esta guerra simplemente ya no es prioritario para Ucrania, que ha puesto sus esperanzas en su capacidad de destrucción de larga distancia (no solo a golpe de misiles occidentales, sino fundamentalmente a base de drones, capaces de amenazar bases militares en cualquier punto de Rusia).
La semana pasada, en una entrevista concedida al medio favorito de Donald Trump, Fox News, el presidente ucraniano afirmó, por ejemplo, que no merece la pena luchar por Crimea, un territorio por el que Ucrania no debe sacrificar la cantidad de soldados que implicaría tal batalla. Los medios han presentado esa declaración como un cambio, una apertura de Zelensky a renunciar, al menos temporalmente, a algunos de los territorios perdidos. Nada más lejos de la realidad, lo que el líder ucraniano añade es que hay una opción de recuperar esas regiones ahora bajo control ruso por la vía diplomática. Teniendo en cuenta que Crimea es el caso más claro y que no hay vía diplomática posible por la que Rusia vaya a renunciar al territorio, todo indica que Zelensky sigue con su mente fijada en la idea de causar la suficiente destrucción en la logística rusa como para hacer imposible continuar la guerra. Aunque esta paz por medio de la fuerza sea tan ingenua como esperar que las armas milagrosas occidentales, en aquel momento los Leopard, hicieran huir a las topas rusas, que llevaban meses preparando la defensa de ese frente y eran conscientes de que la supervivencia en esta guerra se jugaba en esa batalla. Ucrania no dispone ni del tiempo ni de los recursos para hacer factible el deseo de su presidente de conseguir mágicamente todos sus objetivos.
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