El 24 de enero de este mismo año, la web de la BBC recordaban un episodio producido 27 años antes. Refiriéndose al archivo documental de la cadena pública británica, el artículo explicaba que las imágenes “revelan una mirada íntima a la caminata de Diana, Princesa de Gales, sobre las minas terrestres en Angola el 15 de enero de 1997. Tuvo una gran repercusión y desencadenó un debate mundial que supuso un punto de inflexión en la lucha contra estos artefactos letales”. Las armas sobre las que en aquel momento se quería concienciar eran las minas antipersona, una causa humanitaria que varios famosos eligieron como propia en los años 90, especialmente en el continente africano. Los argumentos eran sencillos: el daño que uno de esos pequeños artefactos podía hacer a una persona, la capacidad de quedar escondidos y la dificultad del desminado debido a los movimientos de tierra, un problema grave en lugares en los que las guerras estaban dejando un reguero de sangre incluso después de alcanzarse la paz.
Las causas mediáticas tienden a olvidarse en el momento en el que aquello contra lo que se luchó puede resultar de utilidad. Así ocurrió hace algo más de un año, cuando Estados Unidos anunció el envío a Ucrania de bombas de racimo, cuyo uso ha sido criticado en esta guerra únicamente cuando se ha acusado a Rusia de utilizarlos. Las quejas de Human Rights Watch, a quien no puede considerarse prorrusa, en el año 2014 sobre la utilización de bombas de racimo en la guerra de Donbass cayeron en saco roto. Sin embargo, en 2023, con la contraofensiva terrestre de Ucrania completamente estancada, Washington quiso encontrar un arma milagrosa que ayudara a Ucrania a acabar con los soldados que defendían las trincheras de la línea Surovikin. Pese a lo ominoso del anuncio y las expectativas que Kiev quiso crear al respecto, los proyectiles de racimo, al igual que los de uranio empobrecido, no lograron cambiar el rumbo de la batalla, que finalizó con la admisión de Zelensky del paso a una nueva fase defensiva de la guerra.
La situación se repite ahora, aunque en un contexto mucho más desfavorable para Ucrania en la línea del frente: Rusia avanza en el este e incluso logra progresos en las luchas urbanas de Dzerzhinsk (Toretsk) y Kurajovo, donde las tropas ucranianas tratan simplemente de ralentizar los progresos rusos. La ofensiva de 2023 en Zaporozhie, donde los tanques Leopard y otros carros de combate ucranianos fueron rápidamente avistados y quedaron varados en los campos bajo el fuego de la artillería, mostró el peligro que corren las columnas blindadas en los tiempos en los que los drones son ya una herramienta presente en cualquier unidad de los ejércitos. De ahí que Rusia haya modificado su táctica en Donbass para priorizar la infantería frente a carros blindados y los pequeños grupos frente a los grandes, con lo que ha logrado mejorar notablemente su actuación en el fortificado frente de Donbass.
Ayer, la misma BBC que hace solo unos meses recordaba con épica el paseo de Diana de Gales por lo que habían sido los campos minados de Angola, restos de uno de los muchos conflictos de la Guerra Fría, anunciaba que “Biden acepta entregar minas antipersona a Ucrania” y citando a un oficial estadounidense añadía que se trataba de “una medida que se considera un intento de frenar el avance de las tropas rusas en el este de Ucrania en los últimos meses”. “Ya no avanzan con sus fuerzas mecanizadas. Avanzan con fuerzas desmontadas que son capaces de cerrar y hacer cosas para allanar el camino a las fuerzas mecanizadas”, afirmó al confirmar la noticia Lloyd Austin, secretario de Defensa de Estados Unidos. Después de prácticamente dos años en los que Ucrania ha afirmado repetidamente que Rusia se disponía a decretar una nueva movilización al carecer de soldados y tras meses de alegar que es ahora cuando Moscú está perdiendo el mayor número de soldados de toda la guerra -algo más que cuestionable teniendo en cuenta que ninguna de las batallas que se libran es comparable, por ejemplo, a la de Artyomovsk-, es preciso que la medida de aferrarse a las minas antipersona no parezca desesperada.
“Estados Unidos pretende que Kiev utilice las minas antipersona en el este del país, según funcionarios estadounidenses, donde las tropas rusas han avanzado lenta y constantemente contra las líneas defensivas ucranianas. La dura batalla le ha costado muy cara a Moscú, y Ucrania afirma que Rusia ha sufrido su mayor número de bajas esta semana. Pero la implacable presión rusa, unida a la escasez de mano de obra y municiones ucranianas, ha permitido al ejército ruso apoderarse gradualmente de más territorio”, escribía ayer CNN, sin explicar por qué el avance ruso es tan lento que es preciso intervenir para ralentizarlo ni por qué, si las armas occidentales superan con tal claridad a las rusas y si es Rusia quien más soldados pierde, es preciso recurrir a unas armas contra las que se ha luchado durante décadas. Curiosamente, el tratado que las prohíbe lleva el nombre de Ottawa, uno de los principales aliados de Ucrania. El Tratado de Ottawa de 1997 prohíbe a los Estados que lo ratifiquen utilizar, desarrollar, producir, almacenar o transferir minas antipersona. Entre los países que han ratificado el tratado, más de 150, no se encuentran ni Rusia ni Estados Unidos, aunque sí Ucrania que, como precisaba ayer Sky News “ha indicado que puede retirarse del tratado por necesidad”.
En 2022, Ucrania optó por continuar luchando en lugar de alcanzar un acuerdo de compromiso con Rusia al entender que, gracias a la calidad de sus soldados y de las armas occidentales, sería capaz de derrotar militarmente a Moscú y obtener una victoria completa. Esa postura no ha cambiado y, pese a las evidentes dificultades en el frente, Kiev se ha reafirmado en su intención de no negociar con el Kremlin si no es en posición de fuerza. El permiso de utilizar misiles occidentales y los primeros episodios de uso de ATACMS estadounidenses en Briansk el martes y Storm Shadows británicos en Kursk ayer se ha presentado como el elemento necesario para destruir la capacidad rusa de continuar en la guerra. Sin embargo, la necesidad de recurrir a armas como las minas antipersona para tratar de matar al máximo número posible de soldados rusos en Donbass muestra una realidad mucho más compleja de la guerra que la habitual simplificación según la cual los soldados rusos son sistemáticamente abatidos por las tropas ucranianas.
Curiosamente, el mismo día en el que se anunciaba la medida desesperada de Estados Unidos, que parece dispuesto a escalar al máximo la situación en los dos meses que restan de legislatura de Biden, se publicaron también los datos sobre los efectos de las minas antipersona. “Las minas antipersona dejaron más de 5.700 nuevas víctimas en 2023, el 84% civiles”, titulaba Europa Press. Ucrania no es ajena a esas enseñanzas y han sido muchos los episodios en los que incluso menores han resultado gravemente heridos a causa de las minas que han regado los campos de los alrededores de las ciudades del frente de Donbass en la última década.
“Ucrania es actualmente el país más minado del mundo, con un 23% de su territorio en riesgo de contaminación por minas terrestres y artefactos explosivos sin detonar. Después de casi tres años de guerra a gran escala, se calcula que Ucrania está sembrada de cientos de miles de restos explosivos de guerra”, denunciaba hace apenas un mes Naciones Unidas. La lógica de la guerra hace necesario empeorar aún más un problema que ya era grave.
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