“El presidente Zelensky volverá a Ucrania desde Washington sin haber conseguido el permiso para utilizar misiles de largo alcance occidentales para atacar en profundidad en territorio ruso”, se lamentaba ayer The Times, que añadía que “el presiente Zelensky se reunió por separado en la Casa Blanca con el presidente Joe Biden y la vicepresidenta Kamala Harris para realizar una petición personal para que se levanten las restricciones al uso de misiles Storm-Shadow suministrados por el Reino Unido y ATACMS de fabricación estadounidense”. Curiosamente, el diario británico olvida los SCALP-EG, equivalente francés a los misiles británicos y que Francia también aboga por utilizar contra territorio ruso. Pese a la insistente labor de grupo de presión que Zelensky, su equipo y representantes de diferentes países y organizaciones supranacionales como la Unión Europea han realizado, el presiente ucraniano no ha conseguido el principal objetivo que se había marcado para su visita.
“Hoy ,el presidente Zelensky y yo nos hemos sentado nuevamente para discutir el fortalecimientos de la posición de Ucrania en al campo de batalla y ayudar a Ucrania a reconstruirse más fuerte de lo que era antes. Dos cosas están claras: Ucrania va a ganar esta guerra. Y Estados Unidos va a seguir apoyándola a cada paso del camino”, escribió Joe Biden sobre la reunión. Antes, la cuenta oficial del presidente estadounidense había destacado el anuncio de acciones para “aumentar las capacidades de ataque a larga distancia, fortalecer las defensas aéreas de Ucrania y contrarrestar la evasión rusa de las sanciones y el lavado de dinero”, un discurso manido y repetido hasta la saciedad estos dos últimos años, que contrasta con el cambio de rumbo que espera el Gobierno ucraniano. La decepción no va a ser admitida, ya que la decisión de levantar las restricciones a los bombardeos en territorios de la Federación Rusa más allá de las regiones fronterizas está supeditada a la revisión del Plan de Victoria que Volodymyr Zelensky había anunciado que entregaría durante sus reuniones en Washington a Joe Biden, Kamala Harris y Donald Trump, con quien demostró ayer tras su encuentro carecer de química alguna. La experiencia de las campañas de presión que Ucrania ha realizado durante la guerra -lograr el viaje sin visado para la población ucraniana, entrega de sistemas Javelin, HIMARS, tanques Leopard o aeronaves F16 o la cruzada por evitar cumplir los acuerdos de Minsk- sugiere que Kiev continuará exigiendo la eliminación de esas restricciones hasta que logre su objetivo, independientemente de las declaraciones de sus aliados.
Los información publicada por la prensa, que hace solo dos semanas daba por hecho que Estados Unidos y el Reino Unido darían conjuntamente el permiso para el uso de los misiles británicos -aunque no los estadounidenses, clave de esta exigencia ucraniana, ya que son los que necesitaría utilizar para atacar regiones rusas alejadas de la frontera-, apunta a que existen serias dudas dentro de la administración Biden. Las fuentes a las que ha tenido acceso The New York Times indican que se valoran dos factores: la efectividad y el peligro, no siempre relativo a Ucrania. Hasta ahora, el discurso ucraniano pasa por convencer a sus aliados de que las líneas rojas rusas, incluido lo que califica de “chantaje nuclear” es “un farol”, por lo que no existe ningún peligro e insiste en que “Rusia no ha hecho nada” incluso tras ser invadida por las tropas ucranianas en la región de Kursk. Ese análisis propagandístico, al que rápidamente se ha sumado toda una corriente de analistas, think-tankers y periodistas, olvida que Rusia ha renunciado a las negociaciones que pretendían acordar un alto el fuego parcial con el que habría quedado prohibido el ataque contra infraestructuras energéticas para endurecer nuevamente esa campaña.
Ningún endurecimiento de la guerra dentro del territorio de Ucrania -réplica más probable a todo acto de escalada por parte de Kiev o sus aliados- no es considerado una respuesta, por lo que no es tenido en cuenta a la hora de valorar los riesgos, pese al efecto que puedan tener sobre la población civil que Kiev y Occidente afirman defender. Los riesgos solo lo son en la medida que afecten a los países occidentales. Según The New York Times, Estados Unidos teme, por ejemplo, “acciones más duras contra Estados Unidos y sus aliados, posiblemente por medio de ataques letales” o aumento de las actividades de sabotaje en los países aliados de Ucrania. El artículo no menciona otros dos tipos de posibles acciones rusas que se han barajado estas semanas: la respuesta asimétrica de la entrega de armamento pesado a otros países (el ejemplo más repetido sería el de la entrega de material de defensa aérea a Yemen para protegerse de los bombardeos de Estados Unidos, el Reino Unido o Arabia Saudí) o la posibilidad de que Moscú realice, por primera vez desde la disolución de la Unión Soviética, un ensayo nuclear.
Al menos una parte de la administración Biden se plantea también si los ataques tendrían un efecto suficientemente importante como para soportar los riesgos que implica. Tratando de explicar por qué aún no ha levantado las restricciones al menos al uso de misiles que Francia y el Reino Unido han suministrado y que defienden que puedan ser utilizados en Rusia, Estados Unidos ha repetido en varias ocasiones que Rusia ha retirado prácticamente toda su aviación estratégica del rango de esos misiles. Incluso Antony Blinken, generalmente mucho más reactivo a las exigencias ucranianas de material que los oficiales del Pentágono -siempre mucho más conscientes de las capacidades del armamento y de los riesgos que implica- ha recalcado los éxitos que Ucrania ha logrado contra Rusia sin necesidad de misiles y ha insistido en el uso de drones para continuar atacando bases militares, depósitos de munición y otros objetivos estratégicos. Las reticencias a los ataques a las infraestructuras de petróleo u objetivos civiles, que valieron a Budanov una llamada de atención por la vía de la filtración mediática, han quedado en el pasado y Washington está cómodo con esta táctica de desgastar poco las capacidades de Moscú y aferrarse a las imágenes de los incendios causados para su uso propagandístico. Sin embargo, hasta ahora ha sido más reticente a que esos ataques se produzcan con sus misiles, exponiéndose a una posible respuesta, o utilizando los F16 de fabricación estadounidense en un ambiente altamente hostil y peligroso.
Hábil en sus capacidades comunicativas para instalar su discurso, Zelensky no parece haber logrado esta semana imponer su relato de definir el uso de misiles contra Rusia como la forma de acortar la guerra y lograr la victoria. El cambio de discurso de la idea de guerra hasta lograr el objetivo final a la búsqueda de la paz inmediata por medio de la escalada -en realidad son el mismo plan- no ha convencido aún al equipo de Joe Bien, que posiblemente esté revisando ahora la propuesta de victoria del presidente ucraniano. Pero lo que es más preocupante para el líder ucraniano es la posibilidad de que, como afirma The New York Times “la estrella de Zelensky se está apagando”. La grave situación en Oriente Medio, los costes acumulados y la fatiga que después de dos años causa la guerra en Ucrania se suman a las constantes falsas promesas de victoria que cada vez se ven con más reticencias e incluso incondicionales como Francis Fukuyama se permiten dar por hecho que Ucrania no podrá recuperar a corto ni medio plazo todos sus territorios.
También The Economist se ha distanciado del discurso ucraniano con un artículo en el que afirma que “la guerra va mal” e insiste en que “si Ucrania y sus aliados occidentales quieren ganar, primero deben tener el valor de admitir que están perdiendo. En los dos últimos años, Rusia y Ucrania han librado una costosa guerra de desgaste. Esto es insostenible. Cuando Volodymyr Zelensky viajó a Estados Unidos para ver al Presidente Joe Biden esta semana, llevó un «plan para la victoria», que se esperaba contuviera una nueva petición de armas y dinero. En realidad, Ucrania necesita algo mucho más ambicioso: un cambio de rumbo urgente”. Desde la ortodoxia de resaltar el desgaste y las enormes bajas rusas -siempre superiores a las ucranianas, un argumento que se ha convertido en dogma y que simplemente se da por hecho pese a que ambos bandos esconden e infravaloran sus pérdidas-, el medio insiste en la fatiga de la guerra y, sobre todo, en la incapacidad de Ucrania para mantener sus líneas a la espera de un colapso ruso. La conclusión es que Ucrania no conseguirá recuperar sus territorios perdidos y la propuesta, un cambio de estrategia para abandonar temporalmente la cuestión territorial y centrarse en las garantías de seguridad.
El artículo propone dos vías para garantizar la seguridad, prosperidad y democracia de Ucrania, aunque ambas son, en realidad, recetas de continuación de la guerra. La primera opción es el aumento del suministro militar, el levantamiento del veto al uso de misiles occidentales en Rusia y un fuerte aumento de la inversión en la industria nacional para que el país pueda producir sus propias armas. La segunda es básicamente la vía noruega a la OTAN: que Joe Biden anuncie que Ucrania debe acceder inmediatamente a la Alianza -aunque resten solo unos meses para el final de su mandato y Estados Unidos sea, junto a Alemania, uno de los países que han mostrado sus reticencias a la admisión de Ucrania- y se comprometa a no desplegar tropas en tiempos de paz. Ninguna de las dos propuestas es particularmente viable, no solo porque Rusia argumentaría correctamente que el país está siendo militarizado en su contra, sino por la postura de Ucrania. Aunque la idea de la adhesión inmediata a la OTAN a la espera del retorno de los territorios perdidos -que Kiev es consciente de que solo puede recuperar por la fuerza, por lo que todo plan en este sentido es una promesa de guerra futura- procedió inicialmente de la Oficina del Presidente, su promotor, Andriy Ermak, se desmarcó claramente de toda posibilidad de admisión, incluso temporal, de cualquiera de las regiones perdidas desde 2014 o 2022. La OTAN, el principal incentivo que Occidente puede proponer a Ucrania en busca de un objetivo más realista, tampoco parece ser aceptable para Ucrania como premio de consolación. El empeoramiento de su situación en el frente no ha supuesto que Kiev modere los objetivos que se planteaba hace tan solo un año, cuando Anders Fogh Rassmusen, lobista de Andriy Ermak, intentaba convencer de la idea del acceso rápido a la OTAN a cambio de la congelación temporal del frente, sino que han aumentado. Ese es el cambio de rumbo de Kiev: rechazar como absolutamente inaceptable cualquier vía de resolución que no le otorgue una victoria completa que implique lograr todos y cada uno de sus objetivos.
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