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Armas, Estados Unidos, Zelensky

Peones de la guerra

“¿Se acercan Rusia y Ucrania a un desenlace”, se pregunta Mark Urban, comentarista especializado en defensa y política exterior, en un artículo publicado este pasado fin de semana por The Times, una de las fuentes de referencia para seguir la evolución del discurso del establishment del Reino Unido, uno de los países que con más ahínco busca utilizar la guerra para debilitar al máximo a Rusia, enemiga histórica y aliada del principal adversario del momento, China. Independientemente de lo que puede verse a diario en el frente, donde la intensidad no decae sino que incluso aumenta, el autor ve signos de agotamiento en uno y otro ejército y se pregunta qué tipo de desenlace puede alcanzarse en esta guerra. “Últimamente estamos recibiendo indicios de que el conflicto puede estar llegando a una tensa fase final. Se han producido algunos cambios sutiles pero importantes, entre ellos signos de agotamiento por ambas partes. La severa advertencia del presidente Putin el jueves en contra de que Occidente permita ataques profundos en Rusia con armas fabricadas en Occidente puede verse como una confirmación de que está nervioso porque las cosas pueden estar llegando a un punto de inflexión, pero no uno que le beneficie”, escribe.

En su intento de tratar de descifrar el futuro, Urban cae en los habituales lugares comunes que hacen del análisis un ejercicio de confusión entre los deseos y la realidad. Para empezar, es significativo el uso de las fuentes, siempre sesgadas. El periodista utiliza como argumento las supuestamente enormes pérdidas rusas este verano y da una cifra de 65.000 soldados rusos caídos. Da por buena de forma totalmente acrítica el dato aportado por la inteligencia británica, que a lo largo de esta guerra se ha destacado como una de las más efectivas herramientas de propaganda. Urban ve la irrupción ucraniana en Kursk como parte de ese punto de inflexión temido por Vladimir Putin y, al contrario que con el avance ruso en Donbass, no cae en la cuenta de que, como afirmaba esta semana CNN, se ha producido a costa de debilitar el frente principal de la guerra.

Los últimos meses han mostrado que Ucrania pierde territorio y se muestra más débil en la retaguardia (incluso los registros oficiales ucranianos muestran menor efectividad en el derribo de misiles, una situación especialmente grave en lo que respecta a las infraestructuras de producción eléctrica) y no supera las dificultades de movilización, aumentan notablemente los ataques a agentes del reclutamiento y los incidentes en los que se prende fuego a vehículos de la oficina de reclutamiento. Al otro lado del frente, Rusia avanza en el frente principal que Ucrania ha fortificado durante una década e incluso pese a la irrupción ucraniana en Kursk, Moscú aún no se ha visto obligada a realizar la movilización parcial que Ucrania y sus aliados llevan más de un año presagiando y la producción militar propia sigue siendo capaz de cubrir las necesidades de la guerra. Aun así, Urban ve una situación paralela, con las dos partes desgastadas y planteándose si es posible seguir luchando. Todas las guerras acaban, generalmente por medio de unas negociaciones a las que se llega con una de las partes derrotada o las dos completamente exhaustas. El experto ve signos del segundo escenario, especialmente en el bando que considera enemigo. Sin embargo, la capacidad de ambos bandos de sorprender militarmente a su oponente y la certeza de que esta guerra no se quedará sin armas con las que seguir luchando indican que no se ha llegado de momento a ese punto de inflexión.

El segundo argumento utilizado es el del peligro de los ataques en territorio ruso. “El otro factor que centra la atención del Kremlin es la escalada de la campaña de ataques ucranianos contra infraestructuras rusas, como instalaciones energéticas, aeródromos y depósitos de suministros. En agosto fueron atacados media docena de aeródromos situados a cientos de kilómetros de la línea del frente”, escribe Urban, que destaca que, en un solo día, Ucrania utilizó 144 drones contra Moscú. La contrapartida, que el autor no menciona, es que es Ucrania quien más está sufriendo las consecuencias de los ataques en la retaguardia, especialmente en sus infraestructuras energéticas, mientras que los intentos ucranianos no han hecho reducir a Rusia el ritmo de sus acciones en la guerra.

Como es habitual, el argumento final de The Times se centra en el dogma en el que se ha convertido la idea de que es Rusia quien no desea negociar. “El mes pasado obtuvimos una fascinante visión tanto de la seriedad con la que Zelensky considera este desafío como de que Rusia puede estar volviendo a algún tipo de compromiso diplomático más profundo. Ambas partes tenían previsto reunirse en Qatar para debatir la prohibición de atacar las infraestructuras energéticas de la otra parte”, afirma Urban. El hecho de que esas negociaciones no se hayan producido no parece un argumento suficientemente importante como para ser tenido en cuenta. Tampoco es importante que el retraso -o cancelación- de esas negociaciones fuera la previsible respuesta rusa a los bombardeos ucranianos contra la central nuclear de Zaporozhie y el inicio de la operación de Kursk, que pone en peligro también la central nuclear de esa región. Todo retraso o ausencia de diplomacia ha de ser necesariamente culpa de Moscú. “Los diplomáticos ucranianos llevan meses diciendo que están abiertos a conversaciones indirectas, probablemente en Turquía o en uno de los países del Golfo. La gran pregunta es si se ha producido un cambio de opinión significativo en el Kremlin”, añade el artículo, que ignora todos los precedentes de esta guerra: la actuación de Ucrania en Minsk, un acuerdo que Kiev nunca tuvo intención de cumplir; la ruptura de las negociaciones de Estambul para optar por la vía militar como única salida posible a la guerra; la prohibición por decreto de negociar con Vladimir Putin y el inicio de la operación de Kursk, que hacía imposible que se produjeran las conversaciones mediadas por Qatar.

También son irrelevantes para el análisis las declaraciones de intenciones de las autoridades ucranianas. “Delirante”, se lamentaba el profesor ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski al comentar la propuesta de paz justa de Volodymyr Zelensky. “Hay varias formas de poner fin de forma justa a una guerra de agresión como la de Rusia contra Ucrania: se expulsa al ejército de ocupación por la fuerza o de forma diplomática, de manera que el país conserve su verdadera independencia y se libere de la ocupación. En ambos escenarios, Ucrania tiene que ser fuerte. Estados Unidos puede ayudar a ello”, ha afirmado el presidente ucraniano. Por si quedaba alguna duda del planteamiento, Ukrainska Pravda explicaba que “o se expulsa por la fuerza a las fuerzas de ocupación rusas de Ucrania, o bien se pone en marcha un proceso diplomático que garantice la liberación de todas las tierras ucranianas”. Las bajas, la destrucción o la incapacidad manifiesta de Ucrania de avanzar sobre Crimea, el territorio que con más deseo Kiev pretende recuperar, no han hecho cambiar el guion del presidente ucraniano, que rechaza cualquier escenario que no sea el de la victoria completa, un resultado que es consciente que no puede obtener con sus propios recursos ni con el nivel actual de suministro de armas, munición y financiación. De ahí que la esperanza siempre esté puesta en Estados Unidos.

Ya en la fase final de su mandato y en vísperas del inicio de una campaña electoral en la que la cuestión ucraniana va a ser protagonista del enfrentamiento entre las dos candidaturas -JD Vance ha propuesto congelar el conflicto y garantizar la neutralidad de Ucrania, una plan que no solo es inaceptable para Kiev sino que difiere notablemente del planteamiento de Donald Trump-, Joe Biden sigue manteniendo un perfil bajo. Su administración ha tardado meses en presentar al Congreso el plan de viabilidad del suministro de armamento estadounidense que se le había exigido y las necesidades electorales hacen que las declaraciones sean cada vez más escasas, ambiguas y medidas. El Partido Demócrata quiere mantener el equilibrio entre afirmar que el apoyo a Ucrania continuará y no elevar el tono de la conversación para impedir que el Partido Republicano pueda utilizar el riesgo de escalada a una guerra directa contra Rusia como argumento de campaña.

Eso explica tanto la continuación de los envíos de armamento como las reticencias de Biden a realizar un anuncio sobre el envío de misiles de largo alcance con los que poder atacar territorio ruso. Sin embargo, los planes no han cambiado y, según el Asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, Biden está “decidido a utilizar los cuatro meses para poner a Ucrania en la mejor posición posible para prevalecer”. La lógica es la esperada: hacer que Ucrania sea lo más fuerte posible ante unas posibles negociaciones, que se producirán cuando Kiev lo decida. Por el momento, Estados Unidos está satisfecho con la actuación ucraniana en Kursk, un ejemplo de lo que Sullivan calificó de “medidas audaces y asertivas en la guerra”, aunque preocupado por la situación en la zona de Pokrovsk. Preguntado por la cuestión de los misiles, Sullivan defendió que “no es una cuestión de voluntad política. Es una cuestión de superar esta logística difícil y complicada”. Sullivan añadió que, a finales de septiembre, Estados Unidos anunciará un gran paquete de asistencia militar. Es probable que ese anuncio coincida en el tiempo con la próxima reunión entre Biden y Zelensky, en la que el líder ucraniano prevé presentar a su principal proveedor su “plan de victoria”, un escenario al que solo puede llegarse por medio de la guerra total. La partida de ajedrez de cuatro dimensiones que observa Mark Urban en The Times no es sino la continuación de la deriva actual.

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