“Me gustaría rendir homenaje al tremendo trabajo que ha realizado representando a Ucrania en unos momentos muy difíciles y haciendo avanzar la relación UE-Ucrania. Basándonos en esta estrecha relación, seguiremos apoyando la lucha de Ucrania por su libertad y soberanía durante el tiempo que haga falta y con lo que haga falta”, ha escrito en su blog el Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea, Josep Borrell, en un artículo prácticamente hagiográfico dedicado a la despedida de Dmitro Kuleba. La dimisión -o cese- del ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania ha sido la única sorpresa de la crisis de Gobierno de la semana pasada en Kiev, ya que el Ministerio de Asuntos Exteriores es uno de los pocos que, en el actual contexto de guerra, siguen manteniendo la relevancia que tenían antes de febrero de 2022. La guerra se ha convertido en la razón de ser del Estado ucraniano, por lo que el presupuesto dedicado a hacer mover la maquinaria bélica se lleva más de la mitad del presupuesto. De ahí que gran parte del cambio de nombres o traspasos de carteras sean únicamente una forma de simular una actividad política normal.
No es de extrañar así que no se hayan producido cambios en el sector más importante, el de la seguridad, que no solo implica al Ministerio de Defensa como herramienta de gestión política del aspecto militar, sino también la inteligencia. Aunque con una campaña interna de deslegitimación de una parte del establishment militar, Zelensky ha preferido no tocar ni la estructura del ministerio ni la cúpula militar. Como han apuntado esta semana varios medios tanto ucranianos como occidentales, el presidente y su círculo cercano están satisfechos con Rustem Umerov, un hombre procedente del supuestamente liberal partido Holos y no de Servidor del Pueblo (o de la productora en la que muchos de ellos trabajaban antes de dar el salto a la política). El hecho de que una parte de la presión mediática y política contra, por ejemplo, Oleksandr Syrsky proceda de personas como Mariana Bezuhla, elegida diputada por el partido del presidente, muestra la descomposición interna de la cada vez más personalista formación, que también representa la continuación de un ciclo de trasvases de personas de un partido a otro ante la escasa consistencia ideológica de todos ellos.
Los cambios anunciados la pasada semana solo son relevantes en dos casos: el cese de Oleksandr Kamyshin como ministro de Industrias Estratégicas y el cambio en la diplomacia. En el primero de los casos, la dimisión se debe a lo que puede ser considerado un ascenso, ya que Kamyshin ejercerá una labor similar en la Oficina del Presidente, verdadero Gobierno de Ucrania. En el segundo caso, es relevante el nombre del nuevo líder de la diplomacia, Andriy Sibiga, embajador en Turquía en los años en los que Ucrania buscaba conseguir drones Bayraktar turcos, pero, sobre todo, su puesto anterior: jefe adjunto de la Oficina del Presidente. La llegada de Kamyshin, que ha conseguido reiniciar cierta producción militar en Ucrania, y la toma del control del Ministerio de Asuntos Exteriores por parte de Sibiga son signos de un reforzamiento del círculo más cercano a Zelensky, especialmente a Andriy Ermak, que controla con mano firme el único órgano de toma de decisiones que existe actualmente en Kiev.
Las muestras de agradecimiento a Dmitro Kuleba que han publicado Antony Blinken y otros representantes occidentales muestran cierta sorpresa y, sobre todo, sugieren el motivo del cese: aunque nunca se ha desviado en absoluto de la línea oficial de Volodymyr Zelensky, el diplomático no es lo suficientemente cercano a Ermak y Zelensky y se había creado a sí mismo unas conexiones internacionales por encima de las creadas para el Gobierno. Pero entre todas las alabanzas obtenidas por Kuleba, que pronto recibirá un puesto diplomático que se espera que sea de alto rango, destacan las de Josep Borrell.
“Hemos trabajado de una forma tan cercana como es posible, me atrevería a decir que incluso más cercana que con muchos de los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea”, escribió Borrell, que añadió que “como Ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania en medio de la peor guerra de agresión en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, Dmitro Kuleba ha tenido uno de los trabajos más difíciles del mundo. Gestionó este reto con habilidad, de forma impresionante, mostrando una notable capacidad de resistencia. Siempre antepuso el pueblo ucraniano y su causa a cualquier otra cosa”.
El líder de la diplomacia de la Unión Europea recordó también sus momentos junto a su homólogo ucraniano en su “primer viaje a Kiev a principios de 2020. Viajamos juntos al Donbass en enero de 2022, donde pude presenciar de primera mano la peligrosísima situación en la línea de demarcación. También fui el primer funcionario extranjero al que llamó cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala el 24 de febrero de 2022, en uno de los momentos más oscuros de Europa en décadas”.
En sus palabras, el diplomático europeo refleja a la perfección las prioridades y la postura de la Unión Europea ante el conflicto ucraniano tanto antes como después de febrero de 2022. Esa labor de anteponer los intereses del pueblo ucraniano siempre se refirió únicamente a una parte de la población que nunca incluyó a quienes vivían y luchaban al otro lado del frente de Donbass o en la península de Crimea. En ambos casos, la labor de Kuleba, como la de Pristaiko y Klimkin antes que él, fue ejercer de grupo de presión para garantizar que el apoyo a Ucrania siguiera siendo incondicional pese al castigo colectivo de la operación antiterrorista contra Donbass o el corte de agua para intentar destruir la agricultura de Crimea y minar al máximo su economía. Coherentes con su discurso de despedida, ninguno de los diplomáticos que tanto le han elogiado reprocharon en aquellos años a Kuleba la actuación de Ucrania con respecto a Donbass, Crimea o los acuerdos de Minsk. En los años en los que Kiev buscaba imponer su postura e instalar en la conciencia colectiva que los acuerdos de paz eran inviables, que era Rusia quien los saboteaba y negaba toda legitimidad a las protestas del pueblo de Donbass, Kuleba, con Borrell a su lado, fue uno de los representantes de la diplomacia dispuestos a retorcer la realidad hasta hacerla coincidir con su relato.
Algunos de esos diplomáticos llegaron a visitar la línea del frente, siempre para denunciar la agresión rusa, pero nunca la ucraniana. Vestido con una chaqueta de camuflaje, Borrell llegó, en enero de 2022, hasta el puesto de control de Stanitsa Luganskaya, uno de los lugares más sensibles de la línea de separación en la región de Lugansk. Allí, Borrell no fue capaz de reconocer las dificultades que había supuesto para la población la actuación ucraniana: la destrucción del puente que unía ambos lados o, sobre todo, los años de retrasos y sabotaje del acuerdo que debía desmilitarizar la localidad, reconstruir el paso y facilitar que la población pudiera acudir a su trabajo en Lugansk. El bienestar de la población nunca fue relevante ni para Borrell ni para Kuleba, oficiales de la diplomacia siempre centrados en garantizar que Ucrania pudiera imponer sus términos, no solo sobre Rusia, sino también sobre su propia población. Ese es el legado de Kuleba, de la misma manera que lo será próximamente de Borrell cuando sea sustituido por la aún más beligerante Kaja Kallas al frente de la diplomacia de la guerra de la Unión Europea.
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