“Solo era una subsecretaria de Estado, no era nadie”, afirma Victoria Nuland en una larga entrevista concedida al periodista ruso Mijaíl Zygar, en la que, sin la más mínima oposición del creador de TV Rain, equipo al que medios occidentales calificaron de los últimos periodistas de Rusia, da su versión de lo ocurrido en la última década. El comentario de la ahora exsecretaria de Estado se refiere, por supuesto, a las acusaciones rusas de injerencia estadounidense a lo largo de la revolución de Maidan y, más concretamente, a las imágenes en las que, junto al embajador estadounidense, repartía sándwiches -y no galletas, como precisa en la entrevista- a los manifestantes y miembros de las fuerzas especiales Berkut. En su intento de presentarse como un alma pura que únicamente buscaba “hablar con la gente” después de “una mala noche”, Nuland consideró, quizá por tener en ella “demasiada cultura eslava”, que no podía acercarse a esos grupos “sin llevar nada de comer”. La escena no era una calculada actuación de relaciones públicas para presentar a Estados Unidos como un mediador fiable y un amigo al que acudir en busca de apoyo y ayuda, sino una muestra de bondad por parte de una figura que no era nadie.
Nuland, que como se conoce desde aquel invierno, dialogaba abiertamente con los líderes de la oposición y comentaba el organigrama del Gobierno que debía salir de la revolución, contaba con un puesto de alto rango en la administración estadounidense, en la que había participado, no durante la presidencia de Obama, sino desde la de “Bush 41”, es decir Bush padre. En medio del caos de la revuelta y con grupos paramilitares -a los que, por supuesto, ni Nuland ni Zygar mencionan- ejerciendo de fuerzas de choque, la afirmación de que la participación del embajador estadounidense y la subsecretaria de Estado para Europa del Este o su permanente comunicación con la oposición no constituye ninguna injerencia es, cuando menos, cuestionable. Sin embargo, Nuland despacha la pregunta sobre la imagen del reparto de comida y la filtración de la famosa llamada en la que pronuncia su célebre fuck the EU, como “otro mito ruso”. Curioso es también el único argumento de Nuland: otros representantes occidentales, concretamente los europeos, también acudían a Kiev y se reunían con la oposición, la injerencia de otros países como justificación de la propia. Porque es representativo, además, que mientras Nuland mostraba claramente su favoritismo por Arseniy Yatseniuk, a la postre primer ministro del Gobierno nacido del golpe de estado de febrero de 2014, otro aliado, Alemania, al que en ocasiones Washington parece ver más como rival, hacía lo propio con Vitaly Klitschko, que en diciembre de ese año recibiría el Premio Konrad Adenauer.
Tras presentar Maidan como una revolución de un pueblo unido en busca de democracia contra el autoritarismo de Yanukovich, un sistema político “bajo control ruso”, Nuland avanza al “robo de Crimea”, y lo ocurrido en Donbass, siempre desde el punto de vista de la crítica a la actuación rusa y el casual olvido de toda la responsabilidad ucraniana. Como era de esperar por parte de quien se refirió a “abuelas con flores en el pelo” como imagen de Maidan al ser preguntada en una comparecencia en el Senado por la importancia de los grupos de extrema derecha en la protesta, Nuland no se refiere en ningún momento al pueblo de Crimea o de Donbass como actores políticos con capacidad de decisión o actuación. Todo se resume en una “intervención rusa” que Nuland trató de revertir ejerciendo de negociadora entre las partes, conversando tanto como Vladislav Surkov (cuyo nombre confunde) y “los ucranianos”. Previsiblemente, la versión que Nuland presenta es la de una administración estadounidense centrada en lograr “la retirada rusa a cambio de alguna autonomía” para los territorios de Donbass, un trabajo que quiere hacer ver como incansable y que no llegó a buen puerto, por supuesto, por culpa de Rusia. El objetivo era, según la exsubsecretaria de Estado, evitar que la guerra se congelara, “como finalmente pasó antes de que se volviera caliente otra vez”.
El motivo por el que no hubo acuerdo pese a avances en la negociación: la “sensación” de que Putin prefería esperar a ver quién ganaba las elecciones de Estados Unidos en 2016 “y ya sabemos qué pasó”. Para Nuland, encargada de la política ucraniana durante varios de los años en los que se produjeron las conversaciones, el fracaso de Minsk se resume a que “Putin no quería retirarse”. No hay en su discurso, ni en las preguntas del periodista, ninguna mención a los derechos de la población de Donbass -no solo derechos políticos, sino incluso derecho a la vida- ni a la situación que había causado la guerra. Nuland ve unidad del pueblo en la revolución de Maidan, pero no se molesta en explicar la participación de la ciudadanía tanto en la anexión de Crimea como durante la rebelión de Donbass que, incluso a pesar de la evidente ayuda rusa, de ninguna manera podría haber creado y mantenido dos milicias y el control de la situación entre 2014 y la estabilización de los años posteriores sin un significativo apoyo popular. Ignorar esa realidad incómoda es necesario para exculpar completamente a Ucrania tanto del estallido de la guerra como del fracaso de las conversaciones de Minsk. El acuerdo de paz no fracasó por la decisión de Kiev de no cumplir, ni siquiera parcialmente con sus compromisos adquiridos, como Ucrania admite abiertamente ahora, sino por decisión unilateral de Vladimir Putin.
La parte más llamativa de la conversación ha sido, sin duda, la referida a las conversaciones de Estambul, con las que Rusia aspiraba a finalizar la guerra apenas unas semanas después de la invasión rusa por medio de un acuerdo que llevara a la firma de un tratado que surgiera de una cumbre a dos entre Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky. Para empezar, todo indica que Nuland miente cuando afirma que solo las personas que negociaron son conocedoras de lo que allí ocurrió y que Estados Unidos no era informado del contenido de las negociaciones. Gerhard Schoeder, Naftali Bennet o David Arajamia han contradicho anteriormente esa idea y todos ellos han mencionado que Kiev compartía con sus socios occidentales el desarrollo de las negociaciones. Nuland miente también, quizá para defender la falacia de que Washington no sabía nada o simplemente para ofuscar aún más la situación, cuando se refiere a marzo como el momento de la ruptura. Fue entonces, según la diplomática estadounidense, cuando oficiales de países occidentales que no menciona -aunque es evidente que se refiere al Reino Unido- comenzaron a darse “cuenta de que lo que realmente quería Putin estaba enterrado” en partes ocultas del acuerdo. Aunque los documentos publicados recientemente por The New York Times o Foreign Affairs contradicen esa versión y muestran que las partes negociaron durante meses las limitaciones de armamento de Ucrania, Nuland presenta ese aspecto como el definitivo.
“Ucrania quedaría esencialmente debilitada como potencia militar. Al mismo tiempo, no se impusieron restricciones similares a Rusia. Rusia no estaba obligada a retirarse. No se le exigió tener una zona de seguridad en su frontera con Ucrania. No se le prohibió mantener armas en la frontera. Así que empezaron a plantearse preguntas dentro y fuera de la delegación ucraniana sobre si se trataba de un buen acuerdo. Y fue entonces cuando se vino abajo”, afirma, insistiendo en que “Ucrania quedaría neutralizada”. En su respuesta, la sonriente Nuland no responde a la pregunta, que busca explícitamente una valoración de la idea de que fue la intervención de Boris Johnson la que condenó las negociaciones al fracaso. Junto con otros aspectos -cuestiones legislativas, el posible rechazo de la población a las concesiones territoriales y la desconfianza-, David Arajamia mencionó la visita del entonces primer ministro británico a Kiev como uno de los factores que hicieron a Ucrania decantarse con rechazar el acuerdo. Frente a la simplista idea, que ganó adeptos después de que Ukrainska Pravda la presentara como definitiva, de que Johnson prácticamente obligó a Zelensky a continuar luchando, lo más importante de la visita fue, en realidad, el mensaje de que Occidente suministraría las armas necesarias, un argumento decisivo para un Gobierno que no deseaba aceptar un acuerdo en el que perdía territorio y renunciaba a la OTAN sin haber sido militarmente derrotado.
Lo que ha pasado desapercibido de las declaraciones de Nuland, que han tardado prácticamente una semana en alcanzar cierta presencia mediática, es la idea de que Ucrania quedaría neutralizada, un comentario relevante por dos motivos. En primer lugar, el comentario puede entenderse como que Ucrania quedaría neutralizada como herramienta de presión contra Rusia. En segundo lugar, la cuestión de la Ucrania indefensa frente a Rusia oculta un aspecto importante: el acuerdo preveía unas garantías de seguridad que evitaran que la neutralidad pusiera al país en peligro. Sin embargo, Ucrania no podía contar con ellas, no solo por la desconfianza en que Rusia fuera a cumplir con su palabra sino, sobre todo, porque los países occidentales que debían ofrecer esas garantías, muy similares a las que plantea el Artículo V de la OTAN no estaban dispuestos a hacerlo. Así lo habían filtrado ya el Reino Unido y Estados Unidos a través de sus medios y periodistas de confianza, concretamente Natasha Bertrand de la CNN. Sin embargo, es más sencillo reducir toda la última década, incluyendo Maidan, la adhesión de Crimea a Rusia, la guerra de Donbass y los fracasos de Minsk y Estambul, al argumento más simple: todo fue culpa de Rusia. Un discurso que solo es posible por la voluntad de la prensa de no molestar a las personas conocedoras de los hechos con preguntas incómodas.
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