“La lista de 900 presuntos criminales de guerra nazis que huyeron a Canadá podría permanecer en secreto, ya que los funcionarios federales están siendo sometidos a presiones cada vez mayores para que censuren los registros debido a que podrían resultar embarazosos para este país”, escribe David Pugliese, uno de los escasos periodistas canadienses que consistentemente ha cubierto en los últimos años la apología de figuras y grupos que colaboraron con el nazismo y la reacción del Estado a la presencia en el país de personas de las que se conoce que participaron en crímenes de guerra. El artículo está ilustrado con la conocida imagen de Heinrich Himmler pasando revista a las tropas de la División Galizien de las SS, signo inequívoco de cuál se presupone que es el origen de una parte importante de esa lista de 900 nombres que Ottawa intenta ahora mantener fuera del alcance de los medios de comunicación, supervivientes del Holocausto u otras barbaries nazis y, sobre todo, de países considerados hostiles.
El interés mediático por la publicación de la parte del informe de la Comisión Deschenes de 1986 que quedó clasificado se debe, sin duda, a lo ocurrido hace ahora prácticamente un año. Durante la visita de Volodymyr Zelensky y Olena Zelenska, el Parlamento de Canadá quiso recibir al líder ucraniano con un acto de unidad de todos los sectores políticos y apoyo incondicional a Ucrania. En aquel momento, constatábamos que habían participado en las “muestras de enaltecimiento al líder ucraniano todos los partidos del espectro político, desde la derecha del Partido Conservador a la supuesta extrema izquierda del NDP pasando, por supuesto, por los liberales encabezados por Justin Trudeau y Chrystia Freeland”. Sin embargo, las autoridades ucranianas compartieron protagonismo con quien tenía que ser el invitado estrella, un “héroe”, así lo presentó Anthony Rota, presidente del Parlamento, ucraniano y canadiense que “luchó contra Rusia durante la Segunda Guerra Mundial”. La ovación fue cerrada y en pie, liderada por un emocionado Zelensky y una exultante Chrystia Freeland, historiadora de formación y que, al contrario que el presidente ucraniano, no podía escudarse en no haber comprendido exactamente la presentación del abrumado veterano.
Solo cuando las palabras de Rota fueron difundidas por las redes sociales los políticos canadienses parecieron comprender que habían ovacionado a alguien que había luchado en la guerra, no del lado de los soldados canadienses, por aquel entonces aliados de la Unión Soviética, sino de la mano de la Alemania de Hitler. El escándalo se produjo a medida que historiadores, fundamentalmente Lev Golinkin e Ivan Katchanovski, consiguieron la difusión que merecía su información sobre cómo un parlamento democrático de un país que había luchado contra Hitler en la guerra había homenajeado a un colaboracionista. A la aportación Golinkin, judío y originalmente natural de Járkov, que se centraba en el contexto de la unidad en la que había luchado Hunka, la División Galizien de las SS, se sumaba la de Katchanovski, académico ucraniano-canadiense, que presentaba textos escritos por el propio veterano, en los que se mostraba, no como un voluntario engañado por su juventud, sino como alguien cuya ideología y visión de la realidad era perfectamente coherente con la del fascismo alemán, al que calificaba como “una ocupación muy civilizada”.
Al igual que ahora, la preocupación de Canadá no fueron los hechos, la ovación a un soldado nazi miembro de las SS, sino la imagen que se daba del país y, sobre todo, la aportación involuntaria a la propaganda rusa. La reacción canadiense no es sorprendente ya que, como uno de los países que más fanáticamente ha justificado todos y cada uno de los actos de Ucrania en la última década, trata de evitar admitir que la realidad diera la razón a la propaganda rusa, que durante años había denunciado el enaltecimiento de personas y grupos que lucharon contra la Unión Soviética colaborando con el nazismo. El problema no era que gracias a la ignorancia histórica canadiense Volodymyr Zelensky hubiera homenajeado a un soldado con pasado nazi, sino que Rusia pudiera utilizarlo contra Ucrania.
Casi doce meses después, los medios que cubren esta semana el intento de Ottawa por impedir una segunda parte de esta humillación, recuerdan algunas de las declaraciones que se produjeron en aquel momento. Pugliese, por ejemplo, recuerda las palabras de Marc Miller, ministro de Inmigración, que admitió que “Canadá tiene una historia verdaderamente oscura con los nazis en Canadá” y añadió que “hubo un momento en nuestra historia en el que era más fácil entrar siendo nazi de los que lo era siendo judío”. Es, según el ministro, “una historia con la que tenemos que reconciliarnos”. De la misma manera que para los gobiernos canadienses, conservadores o liberales, la lucha contra Rusia justificaba todo acto de Ucrania incluso antes de 2022 (el golpe de estado, la operación antiterrorista, el incumplimiento de Minsk), la Canadá de la Guerra Fría destacó por una beligerancia anticomunista que hizo posible que el Reino Unido se deshiciera fácilmente de una parte de los prisioneros de guerra que inicialmente habían sido trasladados a territorio británico. Pese a que hace un año fue Canadá quien se vio ante la tesitura de tener que admitir la presencia nazi en su país, fue el Reino Unido quien envió a Norteamérica a una parte importante de esos nombres cuyo anonimato Ottawa trata de preservar. Por iniciativa propia, como dejan claras las palabras de Marc Miller, Canadá se convirtió en refugio de personas como Dmitro Dontsov, ideólogo de los grupos que colaboraron con el nazismo, o Volodymyr Kubiovich, colaborador necesario del gobernador nazi de Polonia, Hans Frank, ejecutado en Nurenberg tras ser condenado por crímenes de guerra y contra la humanidad. Ambos, convertidos en luchadores de la Guerra Fría, vivieron sus vidas ejerciendo sus profesiones como ciudadanos respetables que nunca tuvieron que rendir cuentas por su actuación en la etapa de entreguerras o durante la Segunda Guerra Mundial. Solo después de que saltara el escándalo Hunka, la Universidad de Alberta, conocido centro de la diáspora nacionalista ucraniana, se vio obligada a retirar becas a nombre de Yaroslav Hunka o Volodymyr Kubiovich.
Preservar la confidencialidad de los nombres de la lista de la Comisión Deschenes, cuya existencia deja claro que Canadá es consciente desde hace décadas de que ha acogido a colaboradores del nazismo, es aún más necesario ahora. Ottawa no solo busca evitar la vergüenza de tener que admitir la realidad, sino que se expone a que su enemigo preferido, Rusia, un país con el que nunca ha estado en guerra pero contra el que lleva décadas luchando, disponga de munición ideológica para dejar a Ottawa en ridículo.
En esa labor de ocultar la historia, el Estado canadiense cuenta con un aliado previsible, “una consecuencia lógica de la política de Guerra Fría de Canada de mimar a los nazis”, como comentaba ayer el periodista Jeet Heer al compartir un artículo publicado por The Globe and Mail en el que se informa de que “un grupo ucraniano planea presentar una demanda si Ottawa decide revelar los nombres de presuntos criminales de guerra nazis”.
“Un informe de LAC [Biblioteca y Archivos de Canadá] sobre su consulta en junio y julio, al que ha tenido acceso The Globe and Mail, afirma que muchas partes interesadas con las que habló estaban preocupadas por las implicaciones «de asociar nombres ucranianos con nazis, especialmente teniendo en cuenta que esto fue parte de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022»”, escribe el medio canadiense. Según el artículo, el informe “dice que algunas personas expresaron su preocupación por el hecho de que a las personas que cometieron atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial «se les permitió vivir pacíficamente en Canadá y nunca se enfrentaron a ninguna medida de justicia debido a la insuficiencia de pruebas»”. Pero este no es el argumento más llamativo.
“El informe señala que la probabilidad de daño y trauma debe ser un factor a tener en cuenta a la hora de decidir si se hacen públicos los nombres, algo que la mayoría de las partes interesadas coinciden en que debe considerarse de forma individual”. Como afirman tanto The Globe and Mail como Ottawa Citizen, aunque se ha consultado a organizaciones como el Congreso Ucraniano Canadiense, que va a luchar por mantener oculta la lista de personas de quienes se sospecha que colaboraron con el nazismo, no se ha hecho lo propio, por ejemplo, con quienes representan a las víctimas del Holocausto. “La idea de que criminales de guerra nazis que participaron en el asesinato de miembros de mi familia viviendo en esta país me horroriza. Si es así, creo que tengo derecho a saberlo”, se queja, según recoge The Globe and Mail, Gershon Willinger, un superviviente del Holocausto en los Países Bajos ahora residente en Ontario. Sus derechos son menos importantes para Canadá que la del Congreso Ucraniano Canadiense, que envió a una exmilitar a instruir al regimiento Azov durante los años en los que incluso Estados Unidos rechazaba involucrarse con el grupo de Andriy Biletsky. La lucha contra Rusia justificaba de la misma manera que lo hace ahora ocultar los nombres de presuntos criminales de guerra nazis que el país ha acogido durante décadas. Que la realidad no dé la razón a la propaganda rusa ni deje en evidencia a un lobby tan potente como el Congreso Ucraniano Canadiense.
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