El poder de la extrema derecha ha sido uno de los temas más repetidos en los últimos diez años desde que estalló la guerra en Ucrania. En aquel momento, sin poder confiar en que el ejército regular fuera a acatar las órdenes y asediar o atacar ciudades y pueblos del país, se inició el proceso de militarización e integración del sector más movilizado de la sociedad: militantes de extrema derecha que se conformaron como batallones voluntarios, defensa territorial o grupos cofinanciados por las autoridades oficiales y grupos oligárquicos, que suministraron armamento e instrucción para miembros de Azov, Praviy Sektor, C14, batallones como Kyiv, Donbass o Santa María, que formaron, junto al SBU, la primera base del ataque contra Donbass.
La negación, justificación o apología de su presencia como parte integral del esfuerzo bélico y del propio Estado ucraniano han ido variando para adaptarse a cada fase de la guerra. De la negación inicial se pasó a la justificación: la corrupción de Yanukovich había desmantelado el ejército regular, por lo que estaba justificado el uso de militantes de extrema derecha para compensar esas carencias y responder al ataque ruso, en realidad una rebelión local que Rusia no alentó ni supo controlar y que finalmente tuvo que apoyar para evitar que fuera militarmente derrotada. Durante los años de Minsk, el poder de la extrema derecha, evidente en las calles y en la forma en la que el Estado estaba reformateándose en clave nacionalista, fue nuevamente ignorado y negado. La prueba era siempre la misma, los pésimos resultados electorales de los diferentes partidos, mientras se ocultaba la infiltración evidente que, de forma consciente, estaba realizando Kiev de militantes y partidarios de una parte de la sociedad con la que compartía el odio enfermizo por Rusia y todo lo ruso, incluyendo a la población de Donbass.
La invasión rusa de 2022 recuperó para Ucrania y sus defensores el espíritu de 2014, cuando todo estaba justificado, también incluir en el ejército regular a unidades con ideologías abiertamente fascistas. La batalla por Mariupol, tras la que la guarnición se refugió en Azovstal, un complejo industrial soviético construido para soportar una guerra, encumbró a la brigada Azov e hizo un héroe de Denis Prokopenko, procedente de la División Borodach, núcleo duro sobre el que se construyó el movimiento en 2014. La normalización del nuevo Azov se realizó en parte a base de alegar que el viejo Azov había sido apartado y que no había ni rastro de Andriy Biletsky en la Brigada. Meses después, ya como coronel de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Andriy Biletsky comandaba la Tercera Brigada de Asalto, otra unidad regular que también ha sido perfectamente blanqueada pese a que sus propios cuadros confirman que mantienen la misma ideología y objetivos que en sus inicios, ignorando, si no justificando, la constante aparición de simbología fascista.
Azov, con presencia en la Guardia Nacional, en las Fuerzas Armadas de Ucrania y en las fuerzas especiales del GUR de Kirilo Budanov es solo el más fuerte y conocido de los movimientos de derecha radical nacionalista que han ido imponiendo poco a poco su discurso en un Estado que, desde hace una década, ha sido receptivo. En los dos últimos años, Azov ha sido elogiado como modelo de reclutamiento voluntario eficaz, ha sido recibido por universidades como Stanford, ha participado en actos junto a personas tan conocidas como Francis Fukuyama, han realizado giras por Israel, Estados Unidos y el Reino Unido y han obtenido el apoyo explícito, por ejemplo, del exprimer ministro británico Boris Johnson. Hace unos días, Dmitro Kujarchuk, miembro del Corpus Nacional y comandante de la segunda unidad de la Tercera Brigada de Asalto comandada por Andriy Biletsky, publicaba en las redes sociales imágenes de su acto propagandístico en Praga que, al contrario que otras paradas de la gira prevista, canceladas ante las protestas antifascistas, pudo celebrarse. “La palabra encima de los oradores es Dvizh, un término coloquial utilizado por los neonazis rusos y ucranianos para designar a su movimiento”, explicaba Dmitry Ragozin. Peter Korotaev, autor del blog Events in Ukraine, precisaba que la palabra era rusa, no ucraniana, algo lógico teniendo en cuenta que “Azov procede del mundo rusófono postsoviético de los ultras del fútbol”. “Todo el mundo menos Azov tiene que seguir las estrictas leyes sobre el uso de la lengua”, sentenciaba.
Aunque sin el reconocimiento y el blanqueamiento que han obtenido las diferentes unidades de Azov, otros grupos como Bratstvo o C14 cuentan también con un protagonismo que debería sorprender en un país que se dice democrático. La pasada semana, Bratstvo, que en el pasado ha sido conocido por su fundamentalismo como el talibán cristiano, reclutaba en las redes sociales para su unidad del GUR llamando a los potenciales soldados a convertirse en “espadas de Dios”, mientras que los operadores de drones del batallón Nighingale (o Nachtigall) siguen respondiendo a Yehven Karas, líder del C14.
La presencia militar de los batallones de extrema derecha no solo es evidente sino coherente con los objetivos de ruptura social, económica y política completa con Rusia del Estado ucraniano desde la victoria de Maidan, pero expone al país a los efectos de otorgar un poder muy por encima de su representatividad social a militantes fuertemente armados y con experiencia de matar. Los intentos de imponer su voluntad en el ámbito político y mediático no son nuevos y preceden en muchos años a la invasión, aunque es ahora cuando cada exigencia de grupos como Azov ha de ser tenida en cuenta, especialmente cuando sus sugerencias se han convertido, no en declaraciones radicales de personas marginales, sino en la representación de una corriente que gana poder a nivel nacional independientemente de cuál sea su aprobación social.
La semana pasada, por ejemplo, el héroe de Ucrania Denis Prokopenko criticaba en las redes sociales tanto la forma de reclutamiento como el proceso de instrucción, la falta de entrenamiento o la actitud de los comandantes hacia sus soldados. El último punto del manifiesto de Redis, en realidad una enmienda a la totalidad a la forma de organizar prácticamente todos los aspectos de gestión del ejército, también es representativo: “lo que es más importante, en nuestra sociedad no hay una condena moral categórica a evasores, objetores ni desertores”. Prokopenko, que dice defender un reclutamiento voluntario y en el que los futuros soldados pudieran elegir la unidad que más se adapta a sus capacidades, pide mano más dura contra quienes no quieran arriesgar su vida en la guerra. Ucrania, que ha prohibido la salida del país de los hombres en edad militar, trata de conseguir que los países fronterizos devuelvan a quienes hayan cruzado la frontera ilegalmente, ha colocado concertinas para dificultar el acceso al río por el que miles de personas han tratado de huir a Hungría e incluso ha justificado que quienes huyen sean disparados por la espalda. Nada de eso parece suficiente para el líder de la unidad de Azov de la Guardia Nacional.
En una línea similar de necesidad de adaptar las estructuras políticas a las necesidades de la guerra se mostró hace unos días Dmitro Kujarchuk. Resumiendo su aparición en un programa del canal de televisión 1+1, Kujarchuk se refería a la Ucrania que habrá de crearse después de la guerra, que “hoy nos da una oportunidad para minimizar las manipulaciones de los políticos ucranianos y comenzar a trabajar en la idea nacional ucraniana”. La Ucrania ideal del miembro del Corpus Nacional, brazo político del movimiento Azov, sería una sociedad “militarizada, porque los riesgos internacionales van a continuar”, educada “porque el pensamiento crítico nos permite comprender las necesidades”, y espiritual “porque nuestro cinismo sobre el mundo a nuestro alrededor nunca nos permitirá unirnos. Tenemos que recuperar lo que erradicó el sistema soviético: Dios en los hogares ucranianos”.
Los comentarios de personas y grupos de la extrema derecha no se limitan a opiniones sino que se extienden a exigencias políticas con consecuencias reales que ponen en práctica las ideas que los comandantes y líderes políticos de estos grupos distribuyen en sus redes sociales y apariciones mediáticas. Hace unas semanas, la denuncia de Azov fue suficiente para causar cambios de personal en el ejército, un peligroso precedente que, sin duda, se repetirá en momentos en los que los acontecimientos no sean favorables en el frente. Sin embargo, el caso más reciente no se refiere al orden militar, sino al político, en el que Azov y otros grupos de extrema derecha nacionalista aspiran a marcar el ritmo. Las últimas semanas han dado un caso claro de guerra dentro de la guerra y lucha de poder con el objetivo de posicionarse en vistas al día después del final del conflicto militar, momento en el que se iniciará la batalla interna por imponer el nuevo modelo de Estado, sus valores y, sobre todo, las relaciones con Rusia y todo lo ruso, categoría en la que se incluye ahora a cualquier persona que difiera de la opción nacionalista. Así lo demuestra el reciente acoso nacionalista a un diputado, Artyom Dmitruk, que se ha sufrido un linchamiento mediático alentado por Maksym Zhoryn, Dmitro Korchinsky y otros líderes nacionalistas, haciendo al representante político a temer por su seguridad y obligándole a abandonar el país.
El pasado julio Peter Korotaev, citando a un conocido perfil de Telegram de orientación fascista -por mantener las apariencias, en 2022 cambió su nombre a “Crónicas del Cuarto Imperio” en lugar de “Crónicas del Cuarto Reich”- ya apuntaba a Dmitruk como ejemplo de lo que ocurriría si la guerra se prolonga. “El 13 de julio, Crónicas publicó un post en Telegram en respuesta a la apelación de populares blogueros ucranianos a la paz por medio de negociaciones y compromiso a raíz de los ataques rusos contra la capital. Respondía también al diputado Dmitruk, que ha defendido vigorosamente a los blogueros”. El post en cuestión afirmaba que “si la guerra continúa durante un año más, la población llevará a los Dmitruks al poder. Por el momento, los Dmitruks son bastante marginales. Si dura dos años, Medvedchuk volverá aquí con la bandera rusa. Es así de simple”. No hay que confundir esta idea con pacifismo sino que es una forma de ceñirse estrictamente a lo que Zelensky repite hasta la saciedad: son precisas más armas para endurecer la guerra y acortarla a base de una escalada.
Como muestra la reacción nacionalista a la propuesta de los blogueros y, sobre todo, a la defensa de un político, la guerra es la única ideología política permitida actualmente en Ucrania. Aunque la trayectoria de Zelensky desde candidato de paz a presidente de guerra fue fulgurante y su idea del qué hacer cada vez es más similar a lo propuesto por grupos como Azov, la extrema derecha sigue dudando de las intenciones del presidente, al que, pese a haber ayudado en su campaña electoral presionando a Poroshenko, siempre han visto con suspicacia (quizá por su origen judío). Y aunque las ansias de paz del Gobierno de Zelensky son inexistentes, el nacionalismo radical ha querido ver en cada mención de paz o negociaciones la temida traición. Es el caso de las palabras de Dmitruk, que no solo defendió la libertad de expresión de los blogueros y su propuesta de compromiso, sino que criticó la actuación del Gobierno con la prohibición de la iglesia ortodoxa ucraniana antes afiliada al Patriarcado de Moscú.
“Dmitro Kujarchuk, del movimiento Azov, llama a ejecutar a aquellos que de forma consciente o inconsciente promuevan la agenda del enemigo. Varias personalidades de Azov han expresado recientemente su ira porque las autoridades en Ucrania hayan levantado tentativamente el tabú a discutir negociaciones de paz y concesiones territoriales”, afirmaba a finales de julio Leonid Ragozin. Esa semana, Dmitruk había recibido amenazas explícitas tanto de Dmitro Korchinsky como de Maksym Zhoryn, que en un segundo mensaje, aún más claro, le recordaba el destino de Ilia Kiva. Procedente de los círculos nacionalistas, exmiembro de Azov y del Ministerio del Interior de Arsen Avakov, Kiva, confeso seguidor de Mussolini, acabó su travesía política en el partido de Viktor Medvedchuk y tuvo que refugiarse en Rusia, donde fue asesinado, probablemente por los servicios secretos ucranianos.
La amenaza explícita de asesinato por parte de un grupo capaz de matar y con los medios para hacerlo no ha hecho que el Estado reaccione, ni siquiera al tratarse de un representante político elegido como parte del partido del presidente, sino todo lo contrario. La semana pasada, The Kyiv Independent afirmaba que “el polémico diputado ucraniano Artyom Dmitruk huyó del país el 25 de agosto después de ser acusado de asaltar a un soldado, así como a un oficial de los cuerpos de seguridad del Estado en dos incidentes diferentes, según ha anunciado la Fiscalía General”. “Mi cliente, el diputado ucraniano Artyom Dmitriuk, me informa de que un grupo de hombres armados se presentaron en la casa de la madre de su esposa, supuestamente para matarle”, había escrito el día anterior su abogado. La salida del país, aparentemente hacia Moldavia que, al contrario que Polonia, no tiene un acuerdo de devolución de las personas que cruzan irregularmente la frontera, no evitó las acusaciones, sino que las amplió. “Dmitruk está fugado. Ahora los ucranianos tienen dos preguntas para el poder: ¿será posible detener a quienes le permitieron escapar y cuándo escucharemos sus nombres?”, escribió Dmitro Korchinsky, para quien Dmitriuk había cometido dos pecados graves, defender una forma de cristianismo que no es políticamente exacta a la suya y abrir la puerta a negociaciones de paz. Las desviaciones políticas, por mínimas que estas sean, y la mención a la posibilidad de resolución del conflicto son dos delitos graves que, en la actual Ucrania, se pagan con acusaciones penales por parte del Estado y amenazas de sectores armados que aspiran a moldear el futuro del país.
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