En el último año, a causa de la constatación del fracaso de la contraofensiva ucraniana y de las dificultades de Estados Unidos y la Unión Europea para aprobar más fondos para continuar la guerra, ha recorrido la prensa el fantasma del armisticio, la congelación del conflicto o incluso de la negociación. Todos esos artículos y propuestas, incluso aquellas realizadas con las mejores intenciones, han tenido algo en común: siempre se ha tratado de buscar solo una solución temporal a un conflicto que no obtendría resolución y se cronificaría hasta un tiempo indeterminado en el que Ucrania podría recuperar esos territorios que ahora dejaría momentáneamente en manos de Rusia. Esta tendencia perdura pese a la reciente aventura de Kursk, que ha hecho revivir las exigencias de aumentar el flujo de armamento y levantamiento de vetos a su uso contra objetivos en territorio ruso. La Unión Europea, y su aún Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad, encabezan esta facción belicista. En la posición contraria se encuentran quienes ven en el éxito de Kursk un efecto solo temporal y que está produciéndose a costa, por ejemplo, de la pérdida de territorio en Donbass, hasta hace un mes frente principal de esta guerra.
El punto de partida de esa tendencia es la creciente certeza de que la guerra se encamina hacia un final no concluyente en el que ninguna de las partes sería capaz de imponer completamente sus condiciones. La casi completa paralización de la capacidad ofensiva rusa a lo largo del verano de 2022 fue el primer síntoma de ello. Sin embargo, las dos rápidas victorias ucranianas en Járkov y Jersón hicieron a Ucrania y a las autoridades políticas -no necesariamente a las militares- de sus países aliados soñar con que esa victoria total o prácticamente total era posible. La contraofensiva de 2023, que no logró el objetivo político de sentar a Rusia a la mesa de negociación en una posición de inferioridad que le obligara a aceptar los términos occidentales, puso de manifiesto que el bloqueo persiste incluso a pesar de los avances rusos en Donetsk y los ucranianos en Kursk.
El principal riesgo actualmente se encuentra del lado de Ucrania, que a lo largo del último año ha perdido gran parte de la iniciativa en el frente para recuperarlo solo en un nuevo frente en el que la posibilidad de lograr resultados estratégicos es cuestionable. A ello se suman las dificultades de sus socios para obtener la financiación para mantener al Estado y al ejército y enviar a Ucrania las enormes cantidades de armamento y munición que requiere esta guerra. Pese al intento ucraniano de reiniciar la producción militar en el país, Rusia cuenta, en este sentido, con la ventaja cualitativa de disponer de una de las industrias militares más potentes del mundo. Por ahora, contar con el apoyo prácticamente incondicional de varias de las potencias no ha sido suficiente para Ucrania y sus socios, que no han logrado aún una movilización de sus industria militar para producir con la rapidez exigida las cantidades que Kiev requiere para esta guerra de alta intensidad. Rusia, por su parte, ha sido capaz de mantener la producción necesaria para compensar su material utilizado y sus pérdidas en el frente. Destruir ese potencial militar ruso es uno de los objetivos de Ucrania, que ingenuamente promete solucionar ese desequilibrio a base de misiles occidentales.
El suministro de proyectiles de artillería, arma principal de esta guerra terrestre convencional, sigue siendo uno de los dolores de cabeza de Occidente. En un artículo publicado por Político, Antti Häkkänen, ministro de Defensa de Finlandia, un país que ha querido mostrar su compromiso con la OTAN aumentando su aportación económica a Ucrania y, sobre todo, su producción de munición, se refería abiertamente a “una especie de nueva guerra fría”. El término no se refiere, en este caso, a una disputa ideológica similar a la vivida el siglo pasado, sino a un símil con la carrera armamentística que la acompañó. La necesidad de la Unión Europea y Estados Unidos de acelerar su producción se ha visto minada por los intereses económicos y comerciales de la propia industria, dispuesta a cubrir la demanda actual solo en caso de contar con compromisos de mantenimiento del nivel de pedidos a largo plazo (fundamentalmente contratos públicos).
La guerra común contra Rusia ha sido declarada como existencial por la Unión Europea, que tendrá que cargar con el sobrecoste que implicaría una reducción de la asistencia estadounidense en caso de llegada al poder de Donald Trump o de otro bloqueo legislativo, por lo que Bruselas se mantiene a la vanguardia de las tendencias más favorables a renunciar a la vía diplomática y centrarse en la militar. “Desde el principio de la invasión, los Estados Unidos, el Reino Unido, la Unión Europea y otros países actúan como una coalición, y un actor tan importante como la Unión Europea tiene algo que decir en este debate, y hago un llamamiento a la UE para que desempeñe un papel y deje claro que esto es algo que hay que hacer ahora”, ha afirmado esta semana Dmitro Kuleba apelando a Bruselas a actuar prácticamente como un lobby ucraniano en busca del permiso de países como Estados Unidos y Alemania para utilizar misiles occidentales contra blancos militares e industriales en la Federación Rusa.
Aunque no lo fuera necesariamente en sus inicios, la guerra se ha convertido también en existencial para Rusia, consciente de lo que se juega en el tablero ucraniano. Y aunque tampoco Rusia ha puesto su economía al servicio de la guerra, sí se han introducido ciertos aspectos del keynesianismo militar, que han hecho posible mantener, e incluso aumentar, la producción. Los efectos han sido diversos, con un aumento de los salarios, descenso del paro, pero carencia de especialistas y riesgo de sobrecalentar la economía.
Durante prácticamente un año, los pequeños avances rusos en Donbass y Járkov y aún menores de Ucrania en Zaporozhie mostraron una parálisis que reforzó la idea de que no habrá victoria militar completa de ninguna de las partes. Esa percepción no ha cambiado para quienes no ven en la aceleración rusa en Donetsk y la ofensiva ucraniana en Kursk acciones que vayan a provocar la derrota del bando oponente. A pesar de que en guerra todo es posible y, como muestra la reciente irrupción ucraniana en Rusia, los cambios pueden producirse con rapidez si se dan ciertas condiciones, no es de esperar un colapso militar ni político de ninguna de las partes incluso a pesar de las dificultades económicas de Ucrania. La configuración del frente y el compromiso de ambas partes a continuar luchando en busca de sus objetivos implica que esa especie de guerra fría industrial a la que se refiere el ministro finlandés estará acompañada de una situación en la que convivirá con la guerra caliente, centrada exclusivamente en el territorio de Ucrania y las regiones fronterizas de Rusia, pero en la que no ha de esperarse una ruptura profunda ni hacia este ni oeste. “Parece cada vez más probable que los ucranianos no sean capaces de expulsar a los invasores rusos y que Moscú no tenga éxito en tragarse más de Ucrania. ¿Qué, además de una inimaginable miseria, viene ahora?”, se preguntaba hace unos meses Bloomberg. Ese es el punto de partida para quienes proponen la opción del armisticio.
Un artículo publicado por Foreign Policy ilustra a la perfección el planteamiento:
“La guerra que asola hoy Ucrania tiene un parecido más que pasajero con la Guerra de Corea. Y para cualquiera que se pregunte cómo podría terminar, la durabilidad del armisticio coreano -y el alto coste humano del retraso en alcanzarlo- merece un estudio detenido. Los paralelismos son claros. En Ucrania, como en Corea hace siete décadas, un frente estático y unas diferencias políticas irresolubles exigen un alto el fuego que detenga la violencia y deje para otro día las espinosas cuestiones políticas. El armisticio coreano «permitió a Corea del Sur florecer bajo las garantías de seguridad y la protección estadounidenses», ha señalado el historiador Stephen Kotkin. “Si un armisticio similar permitiera a Ucrania -o incluso sólo al 80% del país- florecer de forma similar”, argumenta, «eso sería una victoria en la guerra”
Corea es un argumento presente en los dos aspectos de la guerra fría europea para la que se preparan algunos líderes. Recientemente ha podido saberse que, por la vía indirecta de vender los proyectiles a Estados Unidos para que Washington los envíe a Kiev, la República de Corea ha superado a la suma de todos los países europeos en el suministro de artillería a Ucrania en 2023. Y si hay que creer las cifras dadas por las fuentes occidentales, la República Popular de Corea habría duplicado la aportación de su vecino del sur con un millón de proyectiles entregados a Rusia. El poderío militar industrial norcoreano ha sido utilizado por Ucrania como argumento para alegar que la asistencia occidental es insuficiente. Desde la visión simplista y casi infantil del discurso ucraniano, ni Occidente como colectivo ni Estados Unidos o la República de Corea pueden permitirse verse superados por Pyongyang.
Como muestran los artículos publicados en los últimos meses por quienes entienden que es preciso el final de los combates pero no necesariamente buscan el final del conflicto -que solo puede venir por medio de negociaciones-, Corea es también un ejemplo claro de qué hacer. La división de la península y el armisticio que nunca llegó a convertirse en acuerdo de paz es un escenario útil para quienes defienden que Ucrania debe centrarse en su recuperación económica y dejar para más adelante la recuperación del territorio perdido. La mención de la República de Corea implica necesariamente dar la impresión de que puede repetirse el milagro industrial iniciado en los años 60 y que convirtió a un país empobrecido en una potencia económica. Sin embargo, ese cambio precisó, por ejemplo, de una inversión de 800.000 millones de dólares en diez años que realizó Japón y que difícilmente podría repetir la Unión Europea, especialmente en el contexto de desindustrialización del continente.
Sin la posibilidad de ese milagro económico, las intenciones en este caso son diferentes. Un armisticio protegería a Ucrania de la posibilidad de perder más territorios y no implicaría la aceptación de la pérdida de territorios. La propuesta, que inicialmente partió de Anders Fogh Rasmussen y de su colaboración con Andriy Ermak sigue sobre la mesa pese a que, en el triunfalismo actual, el presidente Zelensky la haya denunciado como una forma de chantaje. Aunque el planteamiento de compromiso territorial temporal para garantizar el acceso inmediato a la OTAN es presentado como la opción Corea, se trata realmente del escenario RFA, la división de Alemania a la espera de la anexión de la RDA. Es evidente también que el coste que para los aliados de Kiev tendría la reconstrucción de Ucrania sería notablemente inferior si fuera Rusia quien tuviera que hacerse cargo de hacer lo propio en los territorios del sur y, sobre todo, en Donbass, el lugar en el que la destrucción es, en muchas zonas, prácticamente completo.
Ninguna de las propuestas que presenta como modelo la opción de la separación de las dos Coreas lo hace como solución definitiva sino como opción más favorable para Kiev, que ganaría tiempo para recuperar su economía y reconstruir el país desarrollándose más allá de lo que fuera a hacerlo el otro lado del frente. El planteamiento supone olvidar que Donbass ha sido, desde el siglo XIX, una de las zonas más desarrolladas del territorio ucraniano y que, en Crimea, Rusia ha construido ya infraestructuras más modernas que las que dispone Ucrania. Ese sueño del gran desarrollo que hará que los territorios perdidos exijan volver a ser parte de Ucrania no es nuevo y está presente en el discurso ucraniano desde 2014. Por el momento, no se han producido ni el desarrollo ni el deseo de Donbass o Crimea de regresar bajo control de Kiev.
Solo una pequeña parte de los analistas confía en que iniciativas como la de Kusk puedan ser el camino para derrotar a Rusia y dar a Ucrania todo lo que busca: su integridad territorial y acceso a organizaciones como la OTAN. Quienes, desde un punto de vista proucraniano y con la certeza de que tampoco el avance ruso en Donbass será definitivo, buscan aliviar la presión y dar a Kiev tiempo para reconstruir su territorio y recuperar su economía caen en una ingenuidad que no difiere en exceso de la mostrada por quienes abogan por la continuación y escalada de la guerra. Sea cual sea la situación, ya sea de fortaleza de Ucrania o de debilidad económica o militar, cualquier intento de congelar el conflicto chocará siempre con el rechazo de Kiev, que mostró en Minsk que ningún acuerdo sin un marco político claro puede ser estable o duradero.
Durante semanas, los rumores sobre la posibilidad de negociación aumentaron en los medios occidentales, que prácticamente anunciaban las condiciones en las que se produciría el parón en el frente. La ofensiva ucraniana en Kursk acalló temporalmente esas voces, aunque la situación de fondo no ha cambiado. Siguen siendo marginales las voces que abogan por la búsqueda de una solución política al conflicto, mientras que la mayoría sigue dividida entre una facción que defiende una opción de escalada de una guerra cada vez más peligrosa y extendida a la Federación Rusa o quienes aspiran a presentar como escenario coreano el intento de reforzar a Ucrania para reanudar el intento de Kiev de recuperar en el futuro sus territorios perdidos, una especie de guerra fría a la espera de que volviera a calentarse. Sin cruzar la única línea roja real de esta guerra, la diplomacia, cualquier iniciativa, aunque sea presentada como propuesta de paz, es en realidad una propuesta de guerra.
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