“Los pu**s comunistas de 114ª Brigada ocuparon Kalinovo ayer”, escribía, evidentemente molesta la fuente ucraniana DeepState, afiliada al Ministerio de Defensa y con quien comparte el odio anticomunista. La presencia de banderas rojas en las tropas rusas es minoritaria, aunque tampoco es marginal, ya que siempre han convivido con los actuales símbolos oficiales e incluso con banderas imperiales. Pese a las dosis de anticomunismo del Estado ruso, no existe en Rusia el fanático intento de borrar toda la simbología ni la memoria de la etapa socialista, por lo que la Bandera de la Victoria no solo no ha sido prohibida, como sí ha ocurrido en Ucrania, sino que tiene cierta presencia en la guerra y en cualquier acto vinculado al recuerdo de la Segunda Guerra Mundial. “Esos locos llevaron una bandera con la hoz y el martillo y la instalaron en el pueblo”, se quejaba DeepState ante la imagen de uno de los soldados de la unidad colocando la bandera roja con el nombre de la brigada y la hoz y el martillo sobre uno de los edificios de la destruida aldea, ya abandonada por las tropas ucranianas. Como puede observarse en la fotografía, tomada hace varios meses, no es la primera ocasión en la que la unidad captura una localidad y lo celebra con su bandera.
“Por la capacidad de supervivencia de la 114ª Brigada, se puede ver el nivel de movilización oculta que continua en Moscovia. Esta brigada lleva 8 meses completos realizando operaciones de asalto en toda regla y no puede ser borrada de ninguna manera. Es difícil imaginar las pérdidas que se han producido durante este período, pero a los katsaps no les importan, porque todavía hay muchos tontos dispuestos a morir por los intereses del Kremlin”, añade el texto, acompañado de un emoji creado como una señal de tráfico de prohibición de la hoz y el martillo. Aunque más útil que la mayor parte de los medios ucranianos, DeepState sufre de la misma ceguera que le impide recordar el origen de esta guerra, detalle que, en este caso, es aún más importante, ya que el origen de la 114ª se remonta al verano de 2014 y al batallón Vostok, formado, no por reclutas movilizados, sino por voluntarios, entre los que se encontraba un buen número de personas que acudieron a Donbass a apoyar a la población y luchar, desde el internacionalismo, contra el Gobierno reaccionario de Kiev que pronto comenzaría a prohibir algunos de los símbolos que portaban. La capacidad de supervivencia de estas unidades y de aquellas en las que se han convertido -en la integración en el ejército de las Repúblicas Populares y posteriormente en de Rusia, los nombres han ido variando- a lo largo de los años no se debe a la voluntad de morir por los intereses del Kremlin, ya que se formaron en un momento en el que Moscú estaba interesada fundamentalmente en garantizar unos derechos políticos mínimos para la población de Donetsk y Lugansk y mantener el statu quo territorial.
El curioso episodio del enfado ucraniano por el avistamiento de símbolos comunistas es el reflejo de que el odio anticomunista, aunque presente en ambos países, solo ha llegado a niveles de fanatismo en la Ucrania post-Maidan. La presencia de banderas rojas entre las tropas regulares rusas demuestra también que, tras tres décadas, ni la Rusia liberal ni la nacionalista han conseguido borrar el recuerdo positivo de la Rusia socialista en una parte de la población exsoviética. Ahora, Ucrania intenta contribuir a la supresión de símbolos soviéticos en las localidades de Kursk a las que tiene acceso con unidades que abiertamente homenajean a divisiones alemanas en las que lucharon sus actuales héroes. Aunque de forma muy diferente, la Unión Soviética no ha desaparecido tampoco de la memoria de las autoridades ucranianas, que la utilizan a su antojo cuanto la ocasión lo permite. Es el caso de Mijailo Podolyak, que ayer mismo insistía en la obviedad de que Rusia no es la Unión Soviética.
“Según las estadísticas oficiales, 417 soldados soviéticos fueron capturados y desaparecieron durante los diez años de guerra en Afganistán. En las pocas semanas de la operación de defensa ucraniana en la región de Kursk, ya se han rendido 594 soldados rusos”, escribió ayer Podolyak, añadiendo que “este es otro indicio de la baja moral en las filas enemigas. Se niegan a luchar cuando el mando no pone batallones de barrera detrás de ellos. Por lo tanto, cualquier comparación entre los ejércitos de la URSS y la Federación Rusa parece extremadamente inapropiada, y el estatus de superpotencia heredado por la Federación Rusa de la Unión Soviética parece una exageración caricaturesca”. Repentinamente, los datos soviéticos son correctos y la URSS, denostada como una civilización prácticamente arcaica por la actual propaganda ucraniana, era una superpotencia. Y, por supuesto, el asesor de la Oficina del Presidente prefiere evitar pensar en qué dice de Ucrania o de la moral de sus tropas el hecho de que sea Rusia y no Ucrania quien tenga en su custodia más prisioneros de guerra o que miles de soldados se rindieran a las tropas rusas y republicanas en Mariupol tras semanas en las que su única protección fue la fábrica soviética en la que se habían atrincherado sin que su Gobierno pudiera hacer nada por ellos.
El objetivo del texto de Podolyak es el mismo que el de la práctica totalidad de sus textos y apariciones mediáticas: exigir más armas a sus aliados y conseguir que Ucrania obtenga permiso para dar un paso más hacia la guerra total a base de poder bombardear objetivos -militares e industriales- en la Federación Rusa. La base de su discurso está formada por tres aristas: Rusia es el país agresor, por lo que atacar su territorio no es contrario al derecho internacional; existe, desde el punto de vista ucraniano, la posibilidad de victoria; atacar territorio ruso no implica ni un riesgo añadido ni cruzar la frontera de la beligerancia. Hasta ahora, Ucrania ha explotado activamente el espíritu de la Guerra Fría apelando a la lucha del mundo libre o a la actuación de Ronald Reagan, una línea de argumentación que continuará utilizando cuando sea de utilidad, especialmente para justificar fracasos alegando el legado soviético.
Sin embargo, la Oficina del Presidente se encuentra ahora ante la necesidad de defender que no existe ningún riesgo real si los países occidentales optan finalmente por permitir a Ucrania atacar objetivos en cualquier parte del territorio ruso. La lógica del periodo del mundo de las dos superpotencias enfrentadas no sirve en este contexto, ya que recuerda la destrucción mutua asegurada (MAD, loco, por sus siglas en inglés) y sugiere que sigue existiendo el peligro nuclear. Desde luego, Rusia no es la Unión Soviética, no dispone de su base económica, territorial ni demográfica y tampoco el poder político que podía proyectar la URSS, pero sí dispone de su arsenal nuclear, cuyos peligros son exactamente los mismos que durante la crisis de los misiles. La diferencia es que no se habla ahora de misiles colocados excesivamente cerca del enemigo -en Cuba o en Turquía-, sino de bombardear una potencia nuclear. De ahí que sea necesario elevar a la odiada URSS a la categoría de potencia y relegar a Rusia a la sombra de lo que fuera.
“Ucrania ha destruido no solo una parte significativa del potencial militar del pseudoimperio, sino también su reputación internacional”, afirma Podolyak sin caer en la cuenta del potencial militar ucraniano que Rusia ha destruido también. El Asesor del Presidente insiste en que “el rey está desnudo y el tigre está hecho de papel” y sentencia que “la Unión Soviética, con Ucrania como parte de ella, podía ganar guerras mundiales o crear y armar bloques poderosos de Estados aliados”. Es curiosa la mención a Ucrania, que lleva años tratando de olvidar que una vez formó parte de la URSS, aunque en esta ocasión parece útil en su discurso para justificar enaltecer la capacidad soviética en la guerra. Al fin y al cabo, Ucrania ya trató en el pasado de colgarse las medallas por la liberación de Auschwitz alegando que no fue la Unión Soviética sino el “frente ucraniano”, intentando ocultar que la denominación no se refería a la nacionalidad de los soldados sino a la dirección de la ofensiva. En cualquier caso, aprovechando la idea de Zbig Brzezinski, cuya principal aportación a la teoría de las relaciones internacionales fue afirmar que, sin Ucrania, Rusia dejaba de ser un imperio, Ucrania parece ser el motivo de la fortaleza de la URSS. Sin ella, el tigre de papel no es ningún peligro, por lo que “es el momento de dejar de tratar a ese país como una amenaza global (a la que hay que contener)”, afirma Podolyak contradiciendo una de las máximas de la narrativa ucraniana: la idea de que, de tener éxito en Ucrania, Rusia invadirá países miembros de la OTAN y de la Unión Europea. Todo ello para exigir que se permita “a Ucrania establecer paz y orden en la región”, es decir, bombardear Rusia hasta forzar la rendición rusa, un objetivo tan burdo como la manipulación histórica que Kiev está utilizando ahora para justificarlo.
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