“Ignorando la invasión ucraniana de Kursk, los regimientos rusos siguen poniendo las vistas en un gran premio ucraniano”, titulaba el domingo Forbes refiriéndose a Krasnoarmeisk en un artículo que, como otros muchos, insiste en que Rusia está sacrificando parte de Kursk por Donbass mientras que Ucrania está sacrificando Donbass por Kursk. Pese a las dosis de mofa en los medios internacionales que implica el hecho de que Ucrania controle parte de una región rusa, Moscú parece haber optado con seguir adelante con el plan y no modificar sus prioridades. “Los recientes avances rusos al este de Pokrovsk, al noroeste de Donetsk, deberían sonar como una alarma en Kiev”, insiste el medio estadounidense añadiendo que “el viernes, la infantería rusa entró en Novohrodivka, a 11 kilómetros al este de Pokrovsk”. Desde entonces, los avances en Novogrodovka, al igual que en otros ejes del avance semicircular a partir de Ocheretino no solo han continuado, sino que aparentemente se han acelerado, especialmente en comparación con la lenta velocidad en la que se ha movido el frente de Donbass estos años. “Pokrovsk se encuentra a horcajadas sobre las principales líneas de suministro ucranianas al oeste de Donetsk. Tras semanas de constantes avances rusos, la ciudad corre cada vez más peligro”, asume Forbes sobre la situación en Krasnoarmeisk. Desde entonces, la situación ha empeorado aún más para Ucrania y, como admite el artículo, “ni siquiera la 47ª Brigada Mecanizada de élite del ejército ucraniano, con sus dos docenas de tanques M-1 Abrams supervivientes, ha podido detener el avance ruso”.
Ante la certeza de que la batalla se aproxima y el destino de la ciudad puede ser el de Artyomovsk o Chasov Yar, como reflejaban la pasada semana varios medios, no toda la población está dispuesta a abandonar sus viviendas. Una publicación de CNN, por ejemplo, se refería el pasado viernes a las familias que están escondiendo a sus hijos, alegando que ya han sido evacuados, para evitar la orden obligatoria de evacuación de la población menor de edad. El sábado, Al Jazeera se refería también a la parte de la población que no se plantea abandonar la ciudad. Además de aquellas personas, especialmente población anciana, que no dispone de a dónde ir o que por falta de movilidad ni siquiera puede planteárselo, el artículo se refiere, de una forma un tanto insultante, a las personas que han optado por permanecer en la ciudad a la espera de las tropas rusas. “Mientras hay muchos jóvenes proucranianos que no se han marchado y esperan que Mykolaivka aguante, la muchedumbre pro-Moscú está envalentonada ante el avance de las tropas rusas”, escribe el artículo sobre una de las localidades de Donbass a las que el frente se aproxima cada vez más.
Dando voz únicamente a voces ucranianas que hablan en la distancia -desde Kiev-, el medio cita a la pareja de un soldado afirmando que ”dicen que no entiendo, que la culpa la tienen los oligarcas, que Ucrania no es una nación y que nunca lo ha sido”. La misma interlocutora añade que “los que son más mayores no dejan de hablar de la Unión Soviética, que era mejor, que todo el mundo trabajaba mejor, que se vivía mejor. Y que Ucrania lo arruinó todo”. “Dan largas descripciones caricaturescas cuasi racistas de ancianos irracionales que recuerdan la Unión Soviética y ven la televisión rusa, pero nunca intentan hablar con ellos para hacer un comentario”, comentó el sociólogo ucraniano Volodymyr Ischenko, molesto por la forma en que argumentos más que cuestionables -la idea de que Ucrania no sea una nación es particularmente difícil de creer como conversación de a pie- son utilizados para definir a una parte de la población de Donbass. Sin embargo, la caricatura es la forma más sencilla de explicar un conflicto cargado de matices, pero que requiere de cierto conocimiento de lo ocurrido en los últimos diez años. La idea de una población cegada por la propaganda rusa e incapaz de asumir la realidad perdura desde 2014 y se ha mantenido en el tiempo como escudo protector para evitar ver el conflicto civil interno en el centro de la guerra que estalló hace diez años.
Ignorar lo ocurrido en aquel momento, con una parte importante de la población manifestándose e incluso levantándose en armas contra el golpe de estado de Kiev y la deriva nacionalista que había tomado Ucrania facilita también la tarea de presentar la guerra actual como una lucha entre el bien y el mal. Por ejemplo, ayer, la corresponsal de LFI y France24 en Ucrania, Emmanuelle Chaze escribía un “recordatorio de que eso de que «esto es una venganza por las incursiones en Kursk» es una narrativa del Kremlin. Rusia ha bombardeado Ucrania de manera constante durante los últimos dos años y medio, y sus regiones orientales durante más de diez años. No se trata de una represalia, sino de destrucción y terror gratuitos”. Mágicamente, Ucrania no ha de cargar siquiera con una parte de la culpa de aquella guerra -iniciada por una operación antiterrrorista para resolver un problema político por la vía militar- ni, por supuesto, por los bombardeos ucranianos que no cesaron en la línea del frente ni siquiera en tiempos de alto el fuego.
La periodista francesa se refería en su post al ataque con drones y misiles, un centenar de cada uno según el presidente ucraniano, con el que Rusia reanudó su campaña dirigida a minar las capacidades de producción eléctrica e industrial de Ucrania. Emmanuelle Chaze no se equivoca en su apreciación de que el ataque de ayer, que según las fuentes ucranianas causó cuatro muertos -una cifra notoriamente reducida teniendo en cuenta que se trató de uno de los mayores ataques con misiles en los últimos meses-, no fue una represalia por la aventura ucraniana en Kursk sino la continuación de algo que había quedado paralizado ante la posibilidad de una negociación. Al contrario que en 2022, este año Moscú había comenzado a atacar, no solo las infraestructuras de distribución eléctrica, sino su producción, algo que ha causado ya numerosos problemas para la población civil y que amenaza con empeorar a medida que se acerque el invierno y aumente la demanda energética. El objetivo ruso es paralizar la industria, fundamentalmente militar, que no puede producir en ausencia de energía. Sin embargo, las consecuencias más claras son las restricciones a la población, que está sufriendo ya periódicos cortes de energía que empeorarán a medida que más infraestructura sea destruida. Eso sí, Chaze se suma a la teoría mostrada ayer por del entorno de Zelensky del ataque gratuito para ignorar que lo ocurrido ayer pudo haberse evitado. Eso era lo que buscaban las conversaciones que Kiev y Moscú que se iban a celebrar con la mediación de Qatar y que han sido pospuestas indefinidamente a causa de la aventura ucraniana en Kursk y la reanudación de los ataques contra la central nuclear de Zaporozhie. Entre la negociación y la escalada, Ucrania escogió conscientemente la segunda pese a saber que el alto el fuego parcial que se buscaba iba a proteger específicamente las infraestructuras de producción eléctrica.
Ayer, tras el ataque, el Mijailo Podolyak, que vio “intenciones incondicionalmente genocidas” en el ataque, escribió que “si alguien aún está dispuesto a hablar de negociar con la entidad colectiva Putin, eso significa que este tipo de ataques son aceptables en el derecho internacional y pueden seguir sin castigo”. Tras actuar de una manera que hacía imposible la negociación, Ucrania utiliza ahora las previsibles consecuencias para rechazar cualquier tipo de diplomacia, una actitud infantil que, sin embargo, es aceptada por los medios sin añadir el contexto de las negociaciones que nunca se llegaron a producir.
El ataque de ayer ha sido también utilizado por Volodymyr Zelensky y Mijailo Podolyak para su campaña de exigencias. Una vez más, el presidente ucraniano insistió en que sus aliados actúen de la misma forma que lo hicieron Estados Unidos, el Reino Unido y Francia al defender a Israel de los misiles iraníes, mientras que el asesor de la Oficina del Presidente insistió en la necesidad de obtener el permiso occidental para atacar cualquier punto de la Federación Rusa “para que Rusia no pueda reproducir misiles balísticos, hipersónicos y de crucero”. Ucrania no esconde que aspira a destruir la industria rusa y exige las armas occidentales para hacerlo utilizando tanto el argumento de sus éxitos en Kursk como sus carencias defensivas. Ese es el objetivo de la misión de Kursk, que está obteniendo buenos resultados: Ucrania sabe ya que tiene luz verde de sus aliados para un ataque terrestre en Rusia y aspira a lograr otro hito. El domingo, The Washington Post, insistiendo en que Estados Unidos no era conocedor de los planes de Ucrania -una afirmación cuestionable teniendo en cuenta la presencia de inteligencia y los vínculos entre los dos países-, afirmaba que “el Pentágono ha preguntado a los ucranianos qué necesitan para que su apuesta tenga éxito” y se plantea la posibilidad de que los envíos bimensuales de armamento se modifiquen para introducir el material que Ucrania considera necesario para su aventura rusa. Washington afirma que no ha suministrado a Kiev inteligencia para la ofensiva, pero la Casa Blanca parece mostrarse dispuesta a poner los medios con los que Ucrania pueda conseguir sus objetivos en este frente que ha resultado ser el prioritario.
Comentarios
Aún no hay comentarios.