“Rusia sólo buscaba una cosa: destruirnos. En cambio, hoy celebramos el 33º Día de la Independencia de Ucrania. Y lo que el enemigo trajo a nuestra tierra ahora ha vuelto a su hogar”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky en su mensaje para conmemorar el Día de la Independencia de Ucrania. El presidente ucraniano se jactaba de la operación ucraniana en Kursk, que en los últimos días parece haber ralentizado notablemente sus progresos militares, aunque eso no impida el triunfalismo mediático, e ignoraba la situación en el resto del frente. La narrativa ucraniana evita también mantener un mínimo contacto con la realidad en lo que respecta a los objetivos rusos, que han de analizarse, no solo por medio de las palabras, sino especialmente de los hechos. Cuando apenas habían pasado unas horas desde la invasión rusa, Moscú inició las conversaciones directas con Ucrania en busca de un acuerdo que, según fuentes rusas, ucranianas e incluso académicas estadounidenses, estuvieron cerca de conseguir una propuesta de tratado de paz.
En aquel momento, el más decisivo ante la debilidad de Kiev, que aún no había comenzado a recibir el flujo de armamento pesado que se inició a medida que fracasaba aquel proceso, las exigencias de Rusia contrastan notablemente con el ansia de destruir Ucrania que Zelensky y sus aliados occidentales le adjudican. Las exigencias rusas se limitaban a la neutralidad, respeto a las minorías cultural y lingüísticamente rusas y unas concesiones territoriales que implicaban aceptar la pérdida de Crimea, producida ocho años antes, y Donbass, un territorio de tan poco interés para Ucrania que pierde todo protagonismo en el discurso de Kiev tan pronto como se abre un nuevo frente. La prioridad actual de Kiev sigue siendo, pese al escepticismo de una parte de sus aliados, la aventura de Kursk, aunque haya de realizarse a costa del territorio por el que Ucrania lleva diez años luchando. “La esperanza de que Rusia pudiera responder trasladando tropas desde Pokrovsk ha sido sustituida por la certeza de que no lo ha hecho”, escribe esta semana Oliver Carroll en The Economist. “Las fuentes de seguridad ucranianas confirman que, mientras Rusia ha trasladado tropas de otras secciones del frente del este, se ha reforzado alrededor de Pokrovsk”, añade.
La pérdida de Krasnoarmeisk-Pokrovsk sería desastrosa para la logística ucraniana en una amplia zona de la línea de contacto y pondría en peligro el resto del territorio al oeste de Donetsk, escasamente fortificado ante una confianza excesiva en que Rusia no sería capaz de romper las defensas en Avdeevka y otros fortines de la línea 2014-2015. A costa de mucho tiempo, esfuerzo y -sin duda- muchas bajas, Rusia ha avanzado sobre zonas en las que Ucrania se encontraba completamente consolidada. “Ucrania, sin embargo, ha trasladado unidades de fuerzas especiales a Kursk y está apuntalando el frente de Pokrovsk con unidades sin experiencia”, explica Carroll. En The Washington Post, el comandante adjunto de la 68ª Brigada afirma no haber sentido una lucha tan intensa en ningún momento y admite que sus tropas han retrocedido alrededor de seis millas en solo una semana. Según DeepState, los comandantes están enviando a las trincheras a operadores de drones ante la falta de soldados de infantería. “Los operadores de drones son escasos y hace falta tiempo y recursos para instruir a nuevos”, comentaba ayer Leonid Ragozin, poniendo en duda “la sensatez de la operación de Kursk”.
La diferencia es que Rusia busca en el frente de Donetsk un objetivo estratégico mientras que Ucrania espera obtener en Kursk un rédito fundamentalmente político. Varios artículos publicados estos días apuntan a que uno de los objetivos de Kiev es lograr el permiso de Estados Unidos para utilizar armamento occidental, no solo en las regiones fronterizas de Rusia, sino en todo el territorio. “No hay ninguna posibilidad de que Estados Unidos no supiera de la operación de Kursk”, escribió durante los primeros días de ofensiva el profesor ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski. Poco después, Político titulaba que Ucrania tenía “luz más o menos verde” para atacar territorio ruso. Ahora, el mismo medio actúa como herramienta de presión para conseguir que la administración Biden permita el uso del armamento más pesado que Occidente ha entregado o va a entregar a Kiev de la forma que entienda conveniente. Las últimas publicaciones de Mijailo Podolyak, una de las figuras más destacadas de la Oficina del Presidente, indican que Ucrania busca permiso para atacar cualquier “activo militarizado” -no solo militar, lo que, pese a la ambigüedad, puede indicar, por ejemplo, cualquier parte de la industria- en cualquier parte del territorio de la Federación Rusa. En referencia a la población rusa, Zelensky ratificó esa ambición afirmando que “sabrán que tarde o temprano una respuesta ucraniana llegará a cualquier punto de la Federación Rusa que sea fuente de peligro para la vida de nuestro Estado y nuestro pueblo”. Teniendo en cuenta que en la definición de amenaza al Estado ucraniano se han incluido en los últimos años los libros, canciones o películas en lengua rusa, símbolos soviéticos o incluso actos de homenaje a los soldados que liberaron el territorio en la Segunda Guerra Mundial, tampoco puede asumirse de sus palabras que se trate únicamente de objetivos militares. Al fin y al cabo, a Ucrania no le ha temblado el pulso al utilizar su artillería contra hospitales y universidades de Donbass, industria civil, la central nuclear de Zaporozhie, una plaza de Belgorod durante las vacaciones de invierno o zonas puramente residenciales de Donbass o Belgorod.
Disponer de las armas y el permiso para utilizarlas en cualquier punto de la Federación Rusa no es, sin embargo, el objetivo principal de la demostración de fuerza de Kursk. En los primeros días de la ofensiva, los medios recogían que “Ucrania ha afirmado que su incursión en territorio ruso está dirigida a forzar a Rusia a negociar términos justos”. La idea de que la recuperación de la iniciativa en el frente gracias a la operación en Kursk acercaba la guerra a las negociaciones y al camino de la paz ha sido también muy repetida por ciertos medios occidentales que han preferido no ver la situación del frente en su conjunto ni parecen recordar los precedentes de las negociaciones que se han producido a lo largo de este conflicto. Ante la visita que el viernes realizó a Kiev Narendra Modi, el medio indio The Wire recordaba que India no se había sumado al comunicado final de la cumbre de Suiza alegando que “la resolución requiere de un compromiso sincero y práctico entre las dos partes en conflicto”. Pese a la esperanza de Kiev de presentar la visita del presidente indio como un cambio de postura y una forma de adherirse a los planteamientos de Zelensky, la necesidad de negociación directa fue el mensaje que quiso transmitir Modi a su homólogo ucraniano. “Sin perder tiempo, ambos bandos deberían sentarse en esa dirección y buscar la forma de salir de esta crisis”, afirmó ante un incómodo Zelensky, que en ningún momento mostró interés por una negociación.
“El comunicado bilateral conjunto publicado al final de la visita deja claro que India y Ucrania no estuvieron de acuerdo, ya que hay dos párrafos separados describiendo la postura que se habían mantenido los dos líderes”, añade The Wire, que aclara que, mientras Modi se ciñó a la propuesta de negociación, Kiev se mantuvo firme en la idea de utilizar “el comunicado conjunto” de la cumbre de Suiza “como base para futuros esfuerzos para promover una paz justa a través del diálogo, diplomacia y derecho internacional”. En la jerga de la Oficina del Presidente, esa afirmación quiere reafirmarse en la idea del plan de paz de Zelensky -en realidad un plan de guerra que exige a Rusia la rendición unilateral- como única vía posible de resolución. El diálogo al que se refiere es la fase en la que Moscú recibiría la notificación de los términos que debe aceptar. No hay que olvidar que Ucrania ha llegado a aspirar a realizar una cumbre de paz organizada por Naciones Unidas excluyendo explícitamente a la Federación Rusa. Reforzar esta postura a base de fuerza militar es el objetivo real de cualquier ofensiva ucraniana, tanto la actual en Kursk como la de hace un año en Zaporozhie.
Rusia es consciente de que, en guerra, la fortaleza se demuestra en el frente. Ucrania, por el contrario, aspira a que sea la diplomacia, es decir, coacción, de sus socios la que presione a Moscú a ceder ante el dictado de Kiev. A ello se dirige tanto las muestras de victoria, que buscan más armamento de sus socios prometiendo una victoria, como el intento de acercar a su postura a países como India o China, con los que Ucrania se ha reunido recientemente. El mismo objetivo, la presión, tienen las palabras de Zelensky durante su discurso de ayer. “Los ucranianos siempre pagan sus deudas. Y quien haya deseado miseria a nuestra tierra, la encontrará en su propia casa. Con intereses. Quien quiera sembrar el mal en nuestra tierra, recogerá sus frutos en su propio territorio. Esto no es una profecía, ni un regodeo, ni una venganza ciega; es una pauta. Es justicia. Un boomerang para el mal”, afirmó. En los últimos años, las ansias de venganza de Ucrania no se han limitado a la población rusa sino que se han extendido a la población de Crimea y Donbass, a la que, además de los agravios del pasado -el corte de suministro de agua, el asedio militar o el bloqueo económico- Ucrania no se cansa de prometer castigos, represión y limitación de derechos. La justicia de Zelensky, como su paz justa, lo es solo para la parte de la población que en 2014 aceptó el cambio irregular de Gobierno y ahora aboga por la ruptura política, económica, cultural y social con Rusia.
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