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Planes de paz, o todo lo contrario

“Las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa están creando tres nuevas agrupaciones militares: Belgorod, Kursk y Bryansk. Tras llenarlos de tropas, deberían no solo reforzar las zonas del sur de las mencionadas regiones, sino también ser utilizadas a medio plazo para operaciones en el norte de Járkov, Sumi y Chernigov”, escribía ayer Boris Rozhin, Colonel Cassad, queriendo dar a una actuación puramente defensiva un potencial ofensivo en el futuro. Varias fuentes rusas mencionaban ayer la creación de estas tres nuevas agrupaciones militares, que llevarán el nombre de tres sectores que, más de dos años y medio después de la invasión rusa, Moscú ha comprendido que son vulnerables a ataques realizados desde Ucrania.

Hasta ahora, Rusia había confiado en el aparente acuerdo no escrito que creía mantener con Estados Unidos para contener la guerra en territorio ucraniano y había reaccionado enviando refuerzos para expulsar a las pequeñas y mal entrenadas y preparadas formaciones enviadas por el GUR de Kirilo Budanov en Belgorod. Moscú no había asimilado aún que el único objetivo de Washington es impedir la expansión de la guerra hacia el oeste y que las aventuras de grupos como RDK no eran sino una forma de probar las defensas en previsión de una operación mucho más amplia como la que ahora está produciéndose en Kursk y que continúa pese a los refuerzos rusos. La cierta estabilización no impide que esté conformándose un nuevo frente, que Ucrania se atrinchere en las zonas bajo su control y que amenace “la ciudad de Korenovo”, como se refiere la prensa a dicha localidad de algo más de 5000 habitantes. Según Alexander Syrsky, Ucrania controla actualmente 93 localidades rusas (la gran mayoría de ellas pequeños pueblos y aldeas), frente a las 92 que Zelensky había mencionado el día anterior.

Aún sin comprender realmente cuáles pueden ser los objetivos estratégicos que Kiev pretende obtener con un ataque profundo en Kursk que corre el riesgo de sobreextender a las tropas ucranianas y que posiblemente no vaya a dar un resultado lo suficientemente espectacular como para cambiar el rumbo de la guerra, medios como AFP, citando a expertos militares, afirman que “la incursión militar de Ucrania en Rusia, la primera en los dos años que dura la guerra, ha entregado a Kiev la iniciativa en el campo de batalla”. Quedan relegados a los párrafos finales de las crónicas de guerra y a escuetas menciones del presidente, que en su última aparición simplemente mencionó una “situación difícil”, en referencia a los avances rusos en Donbass. Como Ucrania, también Rusia anunció ayer oficialmente la toma de una localidad, Niu York, en la que el entonces presidente Poroshenko realizó una propagandística aparición junto a su equipo más cercano cuando se produjo su descomunización. Con la captura de Zeliznoe, Rusia se acerca peligrosamente y con intención de iniciar la batalla por la ciudad, a Dzerzhinsk, Toretsk, de 32.000 habitantes. Y aunque todo indica que Rusia se centrará en avanzar hacia el sur en dirección a Krasnogorovka, Marinka y Ugledar para conseguir así ocupar una amplia zona de la región de Donetsk, la situación es también muy peligrosa para Ucrania en Pokrovsk, la ciudad más importante del frente oriental, que se arriesga a un colapso parcial del sector en caso de ser perdida o encontrarse sitiada.

Los avances rusos y ucranianos hacen que, por primera vez en la guerra, los dos bandos en conflicto dispongan de buenas noticias que presentar a sus audiencias y con las que justificar la continuación de sus respectivas tácticas. También en los dos casos, ese discurso implica marcar una jerarquía. En el caso de Ucrania, supone restar importancia al frente en el que su ejército lleva luchando diez años y medio e ignorar que han sido perdidos o están en riesgo de ello algunos de los fortines mejor preparados durante la paz de Minsk en la que Kiev nunca creyó. En el de Rusia, precisa dar prioridad a avanzar en Donbass, un territorio hasta ahora considerado extranjero y por el que la población rusa no se movilizó masivamente ni exigió más a su Gobierno durante los primeros ocho años de guerra, en lugar de a la defensa de territorios propios. Kiev y Moscú coinciden también en la necesidad de buscar en el frente una fortaleza que garantice que no puedan ser obligadas a negociar en posición de debilidad.

Pese al triunfalismo de Ucrania, nada indica que la actual operación en Kursk vaya a modificar la naturaleza de la guerra, instalada en un estancamiento que, desde el verano de 2022, apunta a que el conflicto se dirige a un final no concluyente. La guerra requerirá negociaciones y la búsqueda de un tratado en el que, si las condiciones no cambian radicalmente, ambas partes tendrán que ceder. Es ahí donde las posturas difieren: mientras Rusia se mostró en Estambul dispuesta a abandonar todos los territorios más allá de Donbass y Crimea, Ucrania siempre ha rechazado cualquier acuerdo que exigiera concesiones territoriales. El precedente de Minsk, según el cual Donbass habría regresado bajo control de Kiev, indica que Ucrania busca específicamente el retorno de un territorio, Crimea, que no era mencionado en dicho acuerdo. Aunque ha luchando durante diez años por el territorio, Donbass nunca ha sido la prioridad para Ucrania. La realidad del frente muestra que tampoco lo es ahora, cuando Kiev prefiere trasladar unidades que defendían Krasnoarmeisk, donde residen aún miles de personas, para ser enviadas a Kursk, prioridad absoluta en estos momentos.

“Ucrania afirma que su incursión traerá la paz. Los planes de Putin pueden ser diferentes”, titulaba hace unos días The New York Times, cuyo escepticismo se basaba, como suele ser habitual, en la idea de la falta de voluntad del presidente ruso por llegar a un acuerdo. Para culpar a Rusia de la postergación de las negociaciones indirectas con las que los países mediadores deseaban buscar un alto el fuego parcial para excluir de los ataques a las infraestructuras de producción eléctrica, el medio menciona las palabras de varios representantes rusos, que esta semana han rechazado negociar en las condiciones actuales, a lo que añaden la habitual coletilla de la idea de que Moscú no sabe negociar en buena fe. Todo ello sin mencionar que la herramienta de negociación que Kiev ha utilizado en los días previos al inicio previsto de esas conversaciones ha sido atacar nuevamente una central nuclear y tratar de aproximarse a otra, sin duda para crear una situación similar. Como guinda del pastel, acusando a Rusia de sus propios actos, Zelensky ha calificado el incendio en la central nuclear de Zaporozhie como chantaje nuclear ruso.

Aun así, la prensa occidental en bloque sigue considerando una apertura a la diplomacia y un paso hacia la paz la postura de Zelensky y no su intento de reclutar a sus aliados en busca de la solución maximalista. Medios y analistas prefieren no asumir que el plan de paz de Zelensky, en el que ni siquiera se hace mención a qué sería de la población de los territorios liberados contra la opinión de la población, es un plan de guerra y que su exigencia de realizar una segunda cumbre de paz en la que Occidente obligue a Rusia a participar sigue siendo el reflejo de que Ucrania aspira a que sus socios, fundamentalmente Estados Unidos, fuercen a Moscú a la capitulación. Ese plan precisa de una posición de fuerza de Kiev que ni existe en el frente actualmente ni se dan las condiciones para lograrlo, lo que no quiere decir que el Gobierno ucraniano vaya a renunciar a ello.

“Kiev está haciendo una apuesta arriesgada: que la incursión le da una nueva influencia para un acuerdo favorable con el Kremlin, incluso mientras su ejército permanece en la defensa en gran parte de la línea del frente en Ucrania. Los rusos que conocen a Putin esperan que éste responda con dureza, pues creen que su ejército tiene ventaja en personal y armamento”, escribía The New York Times, que no solo no ha comprendido la postura de Ucrania, sino tampoco la de Rusia, que en lugar de responder con dureza ha optado por una táctica similar a la de Donbass: una visión a largo plazo y evitar la escalada.

Ayer, el presidente ucraniano respondía a esa forma de actuar de Rusia afirmando que Kursk ha demostrado que las líneas rojas de Rusia no existen. “Estamos asistiendo a un cambio ideológico significativo: el concepto ingenuo e ilusorio de las llamadas líneas rojas con respecto a Rusia, que dominó la evaluación de la guerra por parte de algunos socios, se ha desmoronado estos días”. Tras haber traspasado prácticamente todas las que se plantearon en 2022, son escasas las formas de escalada que aún puedan introducirse, pero es obvio que esa es la exigencia de Zelensky, algo difícilmente compatible con un alto el fuego, negociación o búsqueda del compromiso que requeriría una negociación con las condiciones actuales. Por si quedaba alguna duda, Mijailo Podolyak escribía ayer que hay “tres desafíos potenciales que aún no se han resuelto y que afectan significativamente al formato y la dinámica de los combates”: rapidez en la entrega de armas, aumento de las cantidades de material enviado y prohibiciones de uso de armas occidentales para realizar “ataques sistemáticos y masivos en territorio ruso”. Ucrania no solo no piensa en alto el fuego o negociaciones, sino que apuesta abiertamente por la escalada.

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