La postura de Lindsey Graham y su entusiasmo por la continuación de la guerra o paso a una fase aún más dura no deben ser considerados un indicador de tendencia ni un presagio de lo que está por venir. Veterano de la guerra mediática contra Rusia en Ucrania desde los años en los que la batalla se limitaba a Donbass, el senador estadounidense siempre ha querido más, concretamente, más ataques a Rusia y a las fuerzas rusas. Con la invasión rusa, se le han unido en la voluntad de luchar hasta el último ucraniano muchos y muchas periodistas, think-tankers y nuevos expertos en la materia que, cuando Graham visitaba a las tropas ucranianas en Shirokino en las navidades de 2018, posiblemente no habrían sabido colocar la diminuta localidad en el mapa.
En su última visita, el político republicano quiso dar un paso más para lograr el acercamiento de las posiciones de Volodymyr Zelensky y el candidato Republicano Donald Trump, al que apoya. En aquella ocasión, Graham consiguió que el reticente presidente ucraniano aceptara, aunque a duras penas, la propuesta del entorno del aspirante a regresar a la Casa Blanca según la cual Ucrania obtendría armas y munición estadounidense a crédito. Hasta entonces, Ucrania se había negado en rotundo a valorar la posibilidad. El argumento era que sus tropas luchaban en una guerra con Rusia que es común y en la que solo las Fuerzas Armadas de Ucrania hacen posible que los países occidentales no tengan que luchar contra el segundo ejército del mundo. Desde esa maniquea posición, la entrega de armamento y munición funcionaría como un pago por los servicios prestados. Sin embargo, el temor al retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en un momento en el que el expresidente no duda en insistir en su voluntad de lograr rápidamente el final de la guerra -que Ucrania teme que sea a base de concesiones territoriales- ha hecho imposible mantener esa intransigencia. Tras la visita de Graham, que convenció a Zelensky y su entorno de las bondades de recibir ayuda a crédito, la fórmula fue finalmente incluida en el paquete de más de 61.000 millones de dólares vinculados a la guerra de Ucrania que el Congreso estadounidense aprobó en abril. En realidad, la labor de Lindsey Graham en ese caso favoreció más a Joe Biden, que logró tras meses de retraso aprobar la reanudación del envío de armamento que el trumpismo llevaba tiempo bloqueando. Además, la medida no es sino un truco fiscal con el que Estados Unidos se garantiza pedidos de armamento para su complejo militar industrial y lo hace desde la columna de los ingresos y no de los gastos, una trampa a corto plazo que ni siquiera intenta esconder que la lógica -y el planteamiento de partida- de esos créditos es que sean perdonados.
La visita de la semana pasada de Graham se ha producido en un momento mucho más agradable para el beligerante senador, exultante al ver la operación ucraniana en el territorio ruso de Kursk que no ha dudado en ensalzar calificando de “preciosa” y “audaz”. Quizá lo más relevante del viaje de Graham a Europa no hayan sido sus declaraciones, sino el hecho de que quien hasta hace poco tiempo fuera un senador sin importancia, una figura de la que mofarse por sus errores y que se destacaba por una beligerancia extrema y sin aparente límite, haya sido recibido en varios países europeos y su perfil se haya elevado notablemente. La voluntad de escalar la guerra eternamente hasta lograr la destrucción de Rusia que mantiene Lindsey Graham, similar a la que muy probablemente mantendría su fiel escudero John McCain, no es una novedad, pero resulta cada vez más llamativo que su radical postura vaya convirtiéndose en el reflejo del pensamiento del establishment, no solo estadounidense, sino, sobre todo, europeo. Es relevante en este sentido que el representante estadounidense que abiertamente pronunció las palabras “luchar hasta el último ucraniano” en el intento de derrotar militarmente al enemigo común ruso se haya reunido esta última semana con el futuro secretario general de la OTAN o con las autoridades de Noruega y Finlandia en busca de cumplir los objetivos de Estados Unidos en Europa por medio de la Alianza. Escandinavia, antaño ejemplo de la socialdemocracia con cara amable que iba a lograr la paz mundial, recibe ahora los enviados estadounidenses más favorables a la guerra, no por pura cortesía, sino porque sus puntos de vista están perfectamente alineados.
“Como uno de los miembros más recientes de la OTAN, Finlandia aporta mucho. Finlandia es uno de los países más avanzados en investigación y desarrollo de IA y computación cuántica, y cuenta con algunos de los astilleros más grandes del mundo. El futuro de nuestra economía y de la propia guerra vendrá determinado por el desarrollo de la IA, y Finlandia va muy por delante. No cabe duda de que su ingreso en la OTAN refuerza aún más la alianza. Los Estados Unidos y nuestros aliados de la OTAN necesitan construir fuerzas navales más grandes para proporcionar la disuasión que se ha perdido en todo el mundo, y en colaboración con Finlandia, aceleraremos enormemente ese esfuerzo”, escribió Graham sobre su productiva reunión con el presidente y el primer ministro de Finlandia, que aprovechó la coyuntura de la guerra para integrarse en la OTAN sin necesidad de dar voz a la ciudadanía y en un momento en el que era consciente de que no encontraría oposición. Desde entonces, el país se ha destacado como uno de los más radicales en la justificación de todo acto ucraniano y en el enaltecimiento de los sectores más radicales del nacionalismo ucraniano. Muestra de ello fue la cara compungida de la socialdemócrata y entonces primera ministra Sanna Marin en el funeral de DaVinci, destacado miembro de la extrema derecha ucraniana y procedente del Praviy Sektor.
Tras su paso por Noruega para tratar también cuestiones relacionadas con el refuerzo de la OTAN y la actuación colectiva para mantener el esfuerzo bélico ucraniano, Graham llegó a los Países Bajos, donde pudo reunirse con el futuro secretario general de la OTAN, Mark Rutte. La trayectoria, los destinos, las personas a las que visitó y el contenido del viaje de Lindsey Graham, acompañado en una parte de la visita por el senador Demócrata Sidney Blumenthal, no parece la iniciativa privada de un senador individual sino una misión de su país en el contexto de los preparativos para garantizar el statu quo de la Alianza ante la posibilidad de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
Gantizar que la solución militar siga siendo la única posible y que la diplomacia quede relegada a cuestiones menores es la principal tarea. “Para nosotros es importante mantener el apoyo bipartidista a Estados Unidos. Les hablé de nuestras necesidades en el refuerzo del sistema de defensa aérea y de las prioridades en la aplicación de reformas. También hablamos de los activos rusos congelados. Les agradecí el voto del Senado sobre iniciativas importantes para Ucrania y el apoyo de Estados Unidos para restaurar el sector energético ucraniano”, escribió el primer ministro Shmygal sobre su reunión. Las prioridades están claras: insistir en que el apoyo a Ucrania ha de ser unánime y quedar al margen de las divisiones partidistas, aumento del flujo de armamento y financiación, sanciones contra Rusia y soluciones para la cuestión de las infraestructuras energéticas. Como se ha sabido este último fin de semana, resolver esa cuestión por la vía diplomática era el objetivo de los países mediadores, a punto de iniciar los contactos indirectos para lograr un acuerdo de dejar fuera de los objetivos militares las infraestructuras de producción eléctrica. En un estilo de negociación propio de quienes, como Graham, buscan que la guerra sea el único camino adelante, Ucrania ha optado, sin embargo, por reanudar sus ataques a la central nuclear de Zaporozhie e iniciar una aventura en Kursk que podría amenazar otra central nuclear, en este caso en territorio ruso.
Todo está justificado cuando el objetivo es lograr una paz justa, es decir, la imposición de los términos ucranianos sobre toda la población, especialmente aquella que hace una década respondió a la agresión ucraniana y miró a Moscú en busca de ayuda. “Es importante que los ucranianos y los estadounidenses salgan verdaderamente victoriosos en nuestra defensa de la vida normal y de la libertad de las personas. Hoy me reuní con la delegación del Senado de Estados Unidos. Hablamos exactamente de lo que se necesita para poner fin a esta guerra de manera justa, incluida la necesidad de utilizar armas de largo alcance”, escribió Zelensky mencionando sus herramientas de negociación: armamento, financiación y luz verde para atacar distancias cada vez más amplias en Rusia.
Para ello, Ucrania precisa de armamento. Su aviación quedó destruida en las fases iniciales de la invasión rusa y ha sido repetidamente apuntalada a base de donaciones y repuestos de los países miembros del antiguo Pacto de Varsovia que aún disponían de aviación de origen soviético o ruso. Sin embargo, la ambición de Ucrania y sus acérrimos seguidores es contar con grandes cantidades de aeronaves occidentales, empezando por los F-16, que han comenzado ya a llegar, aunque en cantidades ínfimas que no van a poder cambiar los equilibrios de fuerzas. El problema no es la escasez de material, sino de pilotos ucranianos instruidos para pilotarlos. Siempre capaz de encontrar soluciones que garanticen que la guerra escale un poco más, el senador Graham ha propuesto que Ucrania disponga de pilotos estadounidenses retirados para pilotar los F-16 que han donado o van a donar diferentes países occidentales. Sin ningún miedo a que el uso de equipamiento occidental pilotado por personal estadounidense sea entendido como participación directa de Estados Unidos en la guerra, el senador estadounidense simplemente quiere más guerra. El hecho de que su postura haya pasado de ser la de un senador marginal que solo hablaba por sí mismo a representar al establishment indica la tendencia en la que se encuentra la guerra: siempre más cerca de la escalada que de la diplomacia.
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