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C14, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Ucrania

Responsabilidades históricas e impunidad

Aunque no haya causado ningún escándalo, rechazo o protesta por parte de ninguno de los países occidentales que financian al Estado y ejército de Ucrania, se sabe que una de las unidades que está participando activamente en la incursión de estos días en la región de Kursk es el Nightingale, una clara referencia al batallón Nachtigall. Vestido con su uniforme alemán, Roman Shujievich regresó a territorio soviético como Hauptmann de dicho batallón cuando las tropas nazis invadieron la Unión Soviética en 1941 en dirección a Lviv, donde Yaroslav Stetsko proclamó el Estado ucraniano “bajo los auspicios del Führer”. Alemania, que en el caso de Oriente Medio sí ve en una responsabilidad histórica, no parece ver en la inspiración nazi de algunos regimientos ucranianos ningún tipo de problema.

El tercer batallón Nightingdale pertenece al 14º regimiento de drones, cuyo comandante adjunto y líder absoluto es Yevhen Karas, un conocido de la escena ultranacionalista ucraniana en la última década. El que fuera líder del batallón C14, Sich, ha sido una presencia constante en el desarrollo nacionalista de la Ucrania nacida en Maidan, una revolución de la que Karas afirma que fue “un éxito de los nacionalistas”, sin los que todo se habría convertido en “una marcha gay”. En un acto público cuyas imágenes fueron ampliamente difundidas en 2022, Karas contradecía abiertamente el discurso occidental de la revolución de la dignidad, una revuelta popular de, como llegó a afirmar Victoria Nuland en una comparecencia ante el Congreso, “abuelas con flores en el pelo”. Respondiendo a la línea oficial, que lleva diez años afirmando que radicales, nacionalistas o neonazis no eran sino una pequeña minoría de la protesta, Karas afirmó que “sin ese 8%”, de participación nacionalista Maidan “habría perdido el 90% de su efectividad”. Esa versión, que busca el reconocimiento que Occidente y las autoridades ucranianas han negado a la extrema derecha, que actuó como obvia fuerza de choque de la protesta, no está excesivamente alejada de la versión rusa o de la de personas como Ivan Katchanovski, que ha estudiado la violencia que se produjo aquellos días. El hecho de que Svoboda, principal partido político que en aquel momento aportaba grupos paramilitares, recibiera varios puestos de Gobierno como agradecimiento a los servicios prestados es otra evidencia del papel destacado de esas fuerzas de choque.

El C14 de Yevhen Karas no fue, ni siquiera durante Maidan, uno de los principales grupos nacionalistas. Afiliado a Svoboda, proporcionó músculo durante la protesta y alcanzó protagonismo en los primeros meses del Gobierno de Turchinov-Yatseniuk. El grupo, mucho más reducido que otros como el Praviy Sektor o el emergente Azov, no se convirtió en unidad militar propia que enviar a Donbass a castigar a la población de Donetsk y Lugansk por su osadía de exigir derechos lingüísticos, culturales y políticos al Gobierno que había derrotado al de Yanukovich en febrero de 2014. Sin embargo, el C14 es un ejemplo de cómo la derecha más extrema -y puede adjudicarse el calificativo de neonazi al entorno de Karas- no precisa de apoyo popular o representación electoral para imponer su voluntad. El 16 de abril, apenas unas horas después de que la web Myrotvorets publicara datos personales incluida su dirección, el conocido periodista Oles Buzina fue asesinado a tiros a las puertas de su casa. Los dos sospechosos del asesinato, ambos miembros del C14, fueron identificados con relativa rapidez, detenidos y posteriormente puestos en libertad. Diez años después, la muerte de Buzina nunca ha llegado a juicio y los culpables, aunque conocidos, no han sido castigados.

A lo largo de estos años, el protagonismo de Karas no ha sido excesivo, aunque su evolución, impunidad y aumento de influencia son signo de la deriva que ha tomado Ucrania en este tiempo. En varias ocasiones, Evhen Karas se ha jactado de su trabajo en común con el SBU, la inteligencia civil ucraniana, que también ha confirmado esa colaboración. Admitiéndola abiertamente, el SBU confirmaba algo que siempre fue evidente, pero que ha sido silenciado generalizadamente por la prensa que ha querido ver en la Ucrania de Maidan el nacimiento de una democracia liberal al estilo europeo occidental: la extrema derecha era útil para realizar aquellas intervenciones -entre ellas detenciones- que las autoridades no podían permitirse al carecer de base legal.

Como otros grupos paramilitares ultranacionalistas, que en esta década han conformado la parte de la sociedad más movilizada, armada y organizada, Karas y sus asociados han disfrutado del favor del Estado, que ha financiado sus actividades utilizando diversos medios. La presencia en el Ministerio de Veteranos ha sido una de las formas de legitimación de grupos neonazis y también de proporcionarles la financiación necesaria para continuar operando con la libertad que la Ucrania de Maidan ha dado a la extrema derecha.

Los asociados de Karas han luchado también en Donbass, donde no han dudado en dejar clara su ideología de odio y voluntad de castigar a la población civil. En enero de 2020, apenas dos meses después de que la web de la BBC en ucraniano les dedicara un artículo que prácticamente podía considerarse un publirreportaje, Karas y los suyos, especialmente uno de sus asiduos acompañantes, Serhiy Bondar, publicaban en las redes sociales comentarios sobre cómo “reintegrar a la población de Donbass” a base de lanzallamas. “Veteranos se preparan para la reintegración de Donbass”, tenía por título el vídeo en el que Karas y los suyos disparaban con lanzallamas y todo tipo de armas.

En aquel momento, fuentes rusas escribían que “El miembro del C14 Serhiy Bondar también publicó en su perfil de Instagram el mismo vídeo en el que el soldado, vestido con el uniforme alemán de la Segunda Guerra Mundial, muestra cómo utilizar el lanzallamas y añade el siguiente mensaje: «Un gran spray contra los colorados [escarabajos colorados, de color naranja y negro, similar a la cinta de san Jorge que utilizan como símbolo en Donbass-Ed] con nuestro propio dinero. Fabricado en Europa. Lo recomiendo»”. Las manifestaciones de odio y voluntad del asesinato no se han limitado en el entorno del C14 a oponentes políticos y a la población de Donbass, sino que se ha extendido a otras minorías.

El grupo protagonizó uno de los muchos pogromos contra la población romaní que se produjeron en 2018. Dos años después, esa actividad violenta contra una población que también el Gobierno del momento, el de Zelensky, consideraba indeseada, fue premiada con la participación en la vigilancia conjunta de ciertas zonas de la capital ucraniana. Se trataba del uso de la llamada Guardia Municipal para patrullar lugares como las estaciones de la ciudad y acosar a los pequeños comerciantes, generalmente de procedencia romaní o de Asia Central, a los que las autoridades acusaban de actuar como mafias. Como recordaba en 2020 el diario ucraniano Strana, “la Guardia Municipal fue creada en 2017 con miembros de la organización radical C14 y las juventudes de Svoboda. Tras su creación, comenzó a recibir millones de grivnas de financiación por parte del Gobierno”. Karas y Bondar fueron dos de los miembros destacados en la visita del entonces ministro de Infraestructuras para amedrentar a las personas que trabajaban en la estación. El C14 y sus posteriores reinvenciones, simples cambios de nombre para adaptarse a los tiempos, nunca estuvieron muy alejadas de las autoridades del país ni en tiempos de Poroshenko ni en los años de presidencia de Zelensky.

El servicio que han prestado a lo largo de los años las unidades y grupos nacionalistas de extrema derecha ha sido pagado por el Estado en forma de subvenciones, impunidad y una influencia muy por encima de sus efectivos y apoyo social. Al fin y al cabo, el C14 contaba con alrededor de 300 miembros y el valor electoral de la suma de los partidos vinculados a Biletsky, Yarosh y Tyahnibok no superó, en la última ocasión que concurrieron juntos a las elecciones, el 2%, dato que Occidente ha utilizado como prueba de la marginalidad de la extrema derecha. Negar el problema y permitir -si no jalear- el ascenso de grupos como Azov o C14 dentro de las estructuras oficiales del Estado ha llevado a que Biletsky pueda permitirse ahora giras de propaganda por parlamentos, reciba financiación extranjera y haya dejado de ponerse en duda el origen neonazi de su movimiento. En el caso de Karas, pese a su evidente radicalidad ideológica y su discurso de odio, la guerra contra Rusia ha permitido aumentar nuevamente su papel en las estructuras oficiales. La impunidad es tal que puede permitirse incluso dar a sus batallones evidentes nombres de inspiración nazi.

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