Entrada actual
Armas, Crimea, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

«Acortar» la guerra

“La OTAN estima que Rusia puede seguir subsistiendo en una economía de guerra durante al menos otros tres o cuatro años”, escribe esta semana Foreign Policy en un artículo que intenta, generalmente sin éxito, entender qué debe hacer la Alianza Atlántica ante esa inesperada situación. Según el autor, Jack Detsch, la reconfiguración de la política atlantista “forma parte de un esfuerzo más amplio de la OTAN por alejarse de los dividendos de paz de la posguerra fría de los años noventa, cuando los aliados intentaron aplacar a Rusia estableciendo relaciones diplomáticas y retirando tropas de Europa Oriental”, una extraña forma de definir los años de expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, escudos antimisiles claramente dirigidos a impedir la existencia de una arquitectura de seguridad continental que incluyera a la Federación Rusa y la consolidación de la presencia de Estados Unidos y su paraguas nuclear como única política de seguridad posible. La situación actual no se produce a pesar de la actuación occidental desde los años 90 como parece querer decir Detsch sino precisamente debido a ello.

La consecuencia es, según el artículo, que “tras el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, los aliados deben encontrar ahora la forma de tratar con un Moscú que casi con toda seguridad seguirá siendo hostil y una amenaza para la OTAN en el futuro inmediato”. Y al contrario de lo deseado por quienes diseñaron la política de sanciones con el objetivo de destruir la economía rusa, aislar a Moscú e impedir así que Rusia pudiera seguir luchando, Occidente comienza a temer que sus planes han fracasado. Pese a que existen aún expertos económicos que se aferran a la posibilidad de que la economía rusa se recaliente de tal manera que se produzca al menos un colapso parcial, algo improbable teniendo en cuenta las medidas impuestas por Elvira Nabiulina precisamente para evitar ese escenario, comienza a extenderse el consenso de que las medidas económicas no serán lo que fuerce a Rusia a la rendición o, cuando menos, a una negociación con Ucrania en condiciones de debilidad.

La situación se repite en el ámbito militar donde, pese a las pérdidas incurridas en el frente, la producción rusa sigue surtiendo eficazmente a las fuerzas armadas y Rusia mantiene la iniciativa en el frente, especialmente en el sector de Donbass, donde las tropas ucranianas continúan en retirada y la guerra se acerca poco a poco a lugares importantes como Krasnoarmeisk. Rusia ataca en diferentes direcciones para impedir que Ucrania recupere la iniciativa, alega el neocon Institute for the Study of War. La realidad es que, pese a que esté llegando desde hace varios meses el armamento enviado por Estados Unidos, el lento pero consistente avance de Rusia en el frente del este continúa. No lo hace, sin embargo, en otros sectores, de ahí el optimismo que muestran algunos sectores de los aliados de Kiev, especialmente aquellos para los que la RPD y la RPL no son una prioridad sino que son considerados un problema para Ucrania. La destrucción en el este es máxima, el potencial industrial de la región no es del interés de Kiev ni de la Unión Europea y la población ha dejado clara su preferencia por Rusia en detrimento de Ucrania. El interés ucraniano y occidental no es Donbass -de haberlo sido, Kiev habría implementado los acuerdos de Minsk- sino los territorios del sur, la salida al mar Negro y Crimea.

“Los ucranianos ahora mismo durante estos últimos meses se han centrado en defender lo que tienen en el este, negar a Rusia el libre uso de Crimea y el sur de Ucrania para atacar al resto de Ucrania, preservar su acceso al Mar Negro y generar fuerza”, ha resumido, calificando de “gran estrategia” la actuación de las Fuerzas Armadas de Ucrania, el general Christopher Cavoli, comandante del Ejército de los Estados Unidos en Europa y África. Como las autoridades políticas, también Cavoli mira más allá de la guerra. “Vamos a tener una situación en la que Rusia está reconstituyendo sus fuerzas, está situada en las fronteras de la OTAN, está dirigida en gran medida por las mismas personas que ahora, está convencida de que somos el adversario y está muy enfadada. Así que tenemos un gran problema con Rusia”, afirmó desde un punto de vista que, como un célebre meme, ve cómo Rusia se acerca a las fronteras de la OTAN en lugar de la Alianza hacia territorio ruso.

Al presente incierto, con una Rusia capaz de mantener a largo plazo el coste que supone la guerra y que parece salir reforzada en lugar de debilitada y una Ucrania que no ha logrado romper el frente ni siquiera en los momentos en los que ha dispuesto de un presupuesto militar similar al ruso, hay que añadir un futuro aún más preocupante, con un continente mucho más armado y con fracturas políticas, económicas y sociales que siguen en aumento. Es ahí donde las autoridades políticas buscan unas soluciones que, a día de hoy, se limitan al ámbito de la guerra. Basta con observar la histérica reacción de la Unión Europea a la visita de Viktor Orbán a Kiev, Moscú, Beijing, Washington y Mar-a-lago para comprender la centralidad de la guerra en la política europea y estadounidense y también la preocupación por los posibles cambios que pudieran darse en ella en caso de victoria electoral de Donald Trump el próximo mes de noviembre. De ahí que continúen proliferando planes, propuestas y otras iniciativas para lograr los objetivos occidentales en la guerra de Ucrania.

La visita de Dmitro Kuleba, ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, a China para tratar de atraer a la gran potencia emergente a sus posturas y la reacción de las autoridades europeas marcan los límites de lo que Bruselas y Kiev consideran diplomacia. La misión ucraniana en Beijing siempre estuvo clara, pero lo hace aún más evidente las declaraciones de figuras como Annalena Baerbock. La ministra alemana afirmaba el viernes que China tiene “el deber de hacer todo lo posible para lograr la paz en Ucrania”. En la misma línea se mostraba Josep Borrell, que volvía a repetir el mantra que en 2022 comenzó a utilizar Estados Unidos: China debe “usar su influencia sobre Rusia para contribuir al fin de la guerra”. Teniendo en cuenta que la política europea pasa por amenazar a China con sanciones a sus empresas en caso de cooperar con Rusia, ha de entenderse la expresión “usar su influencia” como impedir que Rusia pueda seguir luchando. Esa es la única diplomacia a la que la Unión Europea y Ucrania están dispuestas.

Al margen de esa simulación de diplomacia y de apariencia de búsqueda de la paz, la postura de Occidente pasa por encontrar vías para “acortar la guerra”. La certeza de que Rusia podrá seguir luchando y su economía o su producción no van a colapsar causan prisas ante la realidad de que una guerra larga no puede, de ninguna manera, beneficiar a quien depende de las subvenciones extranjeras para sostener su Estado y mantener su ejército. En ese contexto de rechazo a una negociación real entre las partes, todas las iniciativas para acortar la guerra lo hacen en el sentido que planteaba la semana pasada Benjamin Netanyahu en relación a su guerra contra Gaza. “Dadnos las herramientas más rápido y acabaremos el trabajo antes”, afirmó ante el Congreso con una frase similar a las que acostumbra a pronunciar Zelensky.

En esa tarea, el establishment prácticamente al completo es unánime. En palabras de Christopher Cavoli, “Hay que tener armas; hay que tener gente, hay que entrenarla en conjunto. El equipamiento depende en gran medida de nosotros, y creo que procede bien”. Armas, financiación e instrucción para que Ucrania disponga del material necesario para acortar la guerra son también las bases de la propuesta de Mike Pompeo para Donald Trump. El exsecretario de Estado publicó su propuesta en un artículo en The Wall Street Journal en el que detalla qué hacer de los próximos meses desde el punto de vista estadounidense que denomina “un plan de paz de Trump para Ucrania”. Como otros muchos anteriores, el más reciente el de Boris Johnson, no se trata de una plan de paz sino de guerra. El plan Pompeo, igual que el plan Johnson, busca garantizar el mayor número de armas posibles para Ucrania, aunque en este caso, al menor coste posible para Estados Unidos. El exdiplomático propone acrecentar aún más las sanciones contra Rusia, aumentar la producción militar estadounidense y revitalizar la OTAN a base de obligar a los países europeos a aumentar el gasto militar no al 2% de la exigencia actual sino al 3%. El punto estrella del plan del exdirector de la CIA y exsecretario de Estado es un esquema “lend-lease”, de préstamo-alquiler por valor de 500.000 millones de dólares del que Ucrania podría obtener armas estadounidenses de una forma que no fuera a costa del contribuyente estadounidense.

En la práctica, la propuesta es la misma que gran parte de las que se presentan actualmente: garantizar a Ucrania la mayor cantidad posible de armas y continuar aplicando sanciones contra Rusia. Aunque ninguno de esos planes haya funcionado hasta ahora y el resultado obtenido sea cada vez más destrucción en el país que se dice defender, la política y la diplomacia atlantista siguen buscando la forma de presentar la guerra como única vía posible para la búsqueda de la paz.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Reportes del frente archivados.

Registro

Follow SLAVYANGRAD.es on WordPress.com

Ingresa tu correo electrónico para seguir este Blog y recibir notificaciones de nuevas noticias.

Únete a otros 2.261 suscriptores

Últimos resúmenes del frente

Estadísticas del Blog

  • 2.519.356 hits