Hasta ahora, los escasos contactos que han mantenido Estados Unidos y Rusia al nivel más alto, el de ministros, se han limitado a cuestiones de seguridad, principalmente el mantenimiento de la principal línea roja que comparten ambos: evitar la pérdida de control y, sobre todo, una escalada que pudiera derivar en un enfrentamiento directo entre las grandes potencias. Todas las partes -quizá en menor medida algunos países europeos, aparentemente más dispuestos a arriesgarse a la repetición de escenarios similares a los de las dos grandes guerras del siglo pasado- son conscientes de que una guerra total entre Estados Unidos y sus aliados y la Federación Rusa contaría con un componente nuclear que ha de evitarse a toda costa. Es más, la posibilidad de una escalada nuclear es, al menos a juzgar por las filtraciones que Estados Unidos ha realizado deliberadamente a periodistas y medios de confianza, lo que más preocupa a Washington. Todo es permisible en la guerra de Ucrania siempre que no vaya a suponer una escalada que haga posible ese escenario. Ucrania tiene la aprobación de Estados Unidos para atacar con armas occidentales territorios rusos cercanos a la frontera y posiblemente pueda incluso utilizar los F16 donados por sus aliados para esos ataques una vez que el material sea recibido y los pilotos hayan superado la fase de instrucción. Este detalle es importante debido a la potencial capacidad nuclear de los F16. Evidentemente, Ucrania no va a disponer de armamento nuclear con el que amenazar a Rusia, pero el uso de equipamiento con esa capacidad es ya un símbolo importante del nivel de peligro al que la guerra puede llevar.
En este contexto de amplia permisividad estadounidense del uso de armamento y preocupación únicamente por prevenir el escenario más catastrofista de guerra total entre potencias nucleares, es representativo que las autoridades estadounidenses hayan creído conveniente filtrar los detalles de la última conversación entre Lloyd Austin y Andrey Belousov que esta semana ha publicado The New York Times. Por motivos evidentes, el medio utiliza fuentes a las que garantiza el anonimato, pero la información ha podido ser publicada únicamente gracias a la decisión de filtrar interesadamente los detalles. Apenas unas semanas después de que el 25 de junio se produjera la primera conversación entre los dos actuales encargados de Defensa, en aquella ocasión a iniciativa de Austin, el 12 de julio fue Andrey Belausov quien inició la comunicación. “A principios de este mes, el Secretario de Defensa, Lloyd J. Austin III, recibió una petición inusual de un interlocutor insólito: su homólogo ruso quería hablar”, escribe el artículo. Era la sexta comunicación directa entre el secretario de Defensa de Estados Unidos y el ministro de Defensa de la Federación Rusa.
Pese a que la información que publicaron tanto la Casa Blanca como el Kremlin aparentaba una nueva llamada de cortesía con la intención de mantener abiertas las líneas de comunicación para evitar que un error, un fallo de cálculo o una errónea interpretación de algún movimiento pudiera llevar a una repetición mucho más peligrosa de la crisis de los misiles, lo que publica ahora The New York Times apunta a un escenario muy diferente. “Según dos oficiales estadounidenses y otro oficial conocedor de la llamada, Belousov llamaba para transmitir una advertencia: los rusos habían detectado una operación encubierta ucraniana contra Rusia que creían que contaba con el beneplácito de los estadounidenses. El Sr. Belousov preguntó a Austin si el Pentágono estaba al corriente de la trama y de su potencial para aumentar las tensiones entre Moscú y Washington”. El medio no dispone de información para saber de qué tipo de trama estaba advirtiendo Belousov y añade que, según sus fuentes, “ los oficiales del Pentágono se vieron sorprendidos por la acusación y desconocían la existencia de tal complot”. “Fuera lo que fuese lo que Belousov reveló”, insiste The New York Times, “se tomó lo suficientemente en serio como para que los estadounidenses se pusieran en contacto con los ucranianos y les dijeran, esencialmente, si están pensando en hacer algo así, no lo hagan”.
Sin intención de especular sobre qué tipo de trama se ha considerado lo suficientemente grave como para intervenir y vetar tal tipo de operación a un ejército al que le está permitido prácticamente todo, el medio pasa a la fase de descarga de responsabilidades. No es difícil ver en la filtración una forma de desmarcarse de ciertas operaciones ucranianas en caso de que ocurran.
“A pesar de la profunda dependencia de Ucrania de Estados Unidos en lo que se refiere a apoyo militar, diplomático y de inteligencia, los funcionarios ucranianos no siempre son transparentes con sus homólogos norteamericanos en lo que se refiere a sus operaciones militares, especialmente las dirigidas contra objetivos rusos tras las líneas enemigas”, explica el artículo, que insiste en que “estas operaciones han frustrado a los funcionarios estadounidenses, que creen que no han mejorado de forma apreciable la posición de Ucrania en el campo de batalla, sino que han corrido el riesgo de alienar a los aliados europeos y ampliar la guerra”. The New York Times menciona tres tipos de operación que “han inquietado a Estados Unidos”: “un ataque a una base aérea rusa en la costa occidental de Crimea, un bombardeo con camiones bomba que destruyó parte del puente del estrecho de Kerch, que une Rusia con Crimea, y ataques con drones en el interior de Rusia”. En dos de esas tres acciones -el atentado con camión bomba que causó víctimas civiles, entre ellas el conductor del camión, que no era consciente de que circulaba hacia su propia muerte, y los ataques en la retaguardia rusa- es visible la mano de Kirilo Budanov, el único nombre que ha sido resaltado explícitamente por Estados Unidos para mostrar su rechazo.
En abril de 2023, The Washington Post publicaba que “el mayor-general Kirilo Budanov, director del directorio de inteligencia militar del país, dio orden a uno de sus oficiales de «preparar ataques masivos el 24 de febrero con todo lo que tiene el GUR» según un informe clasificado de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Los oficiales incluso plantearon un ataque desde el mar utilizando TNT en la ciudad portuaria del mar Negro de Novorossiysk, una operación fundamentalmente simbólica que habría demostrado la capacidad de Ucrania de atacar en profundidad en el territorio del enemigo”, planes que fueron vetados y posteriormente filtrados a la prensa con el objetivo claro de marcar al líder del GUR los límites que no debía sobrepasar. Según el medio, 48 horas antes del día en el que debía producirse el ataque, “la CIA distribuyó un nuevo informe clasificado: el GUR «ha aceptado, a petición de Washington, posponer los ataques» en Moscú”.
Las filtraciones sirvieron para mostrar el rechazo de Estados Unidos al uso excesivo de la táctica del coche bomba y los drones contra zonas civiles de Rusia, pero no cambiaron la actuación de Kirilo Budanov, que no solo no ha reducido, sino que ha ampliado el radio de actuación de sus ataques. En los últimos meses, y sin que se haya producido ningún tipo de respuesta de Estados Unidos, los drones del GUR atacaron varios radares de atención temprana, parte del escudo nuclear ruso, un signo ominoso teniendo en cuenta que esas infraestructuras carecen de importancia en la guerra actual, pero sí la tendrían en un conflicto más amplio. Las intenciones de una parte del establishment militar y de seguridad de Ucrania de ampliar la guerra son evidentes y no han tenido respuesta pública en forma de crítica ni por parte de los países europeos ni de Washington.
Las advertencias a Budanov no son el único precedente con el que comparar la llamada al orden de la Casa Blanca a Bankova tras la conversación entre Austin y Belousov. En 2022, la inteligencia neerlandesa detectó la preparación de un complot ucraniano con la intención de utilizar una embarcación desde la que colocar explosivos y hacer estallar las tuberías del gasoducto Nord Stream. Tras recibir la información de sus homólogos en los Países Bajos, oficiales de la CIA viajaron a Kiev a advertir a Ucrania y exigir que el plan no se llevara a cabo. En septiembre de ese año, al menos a juzgar por la información que los países occidentales han publicado sobre cómo se produjo el atentado contra el Nord Stream, el gasoducto fue explotado siguiendo exactamente los pasos que se habían detectado meses antes. La información sobre la advertencia de la inteligencia estadounidense a Ucrania solo salió a la luz una vez que se publicó la versión alternativa de Seymour Hersh, que acusó directamente a Estados Unidos de haber hecho estallar el gasoducto. Washington buscaba entonces pruebas -aunque fueran circunstanciales- para exculparse de lo ocurrido, aunque la publicación de su conocimiento de una trama previa supusiera poner en entredicho la posición de sus aliados ucranianos.
Todo indica que las actuales revelaciones buscan el doble objetivo que han cumplido casos similares que se han producido en estos dos años: advertir a Ucrania de no cometer ciertos actos -previsiblemente muy violentos y con potencial de suponer una escalada más amplia en la guerra- y anunciar públicamente no tener nada que ver con ellos. Sin embargo, los precedentes anteriores muestran que, aunque Estados Unidos detuviera con su actuación las operaciones planificadas, estas fueron realizándose más adelante, siguiendo generalmente una progresividad en la escalada. Y una vez ocurridos los ataques, ya sean las explosiones en territorio ruso o el atentado contra el Nord Stream, Ucrania nunca ha recibido críticas ni ha visto reducido su apoyo estadounidense. Las críticas preventivas no son más que un intento de Washington de desvincularse de actos que serían imposibles sin su ayuda, pero de los que no quiere responsabilizarse. Al fin y al cabo, como afirma The New York Times “el Pentágono y la Casa Blanca dicen que no ha pasado nada. Todavía”.
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