“Si vis pacem, para bellum”, pronunció el excomandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Valery Zaluhzny, en su primer gran acto desde su llegada al Reino Unido como nuevo embajador de Ucrania. Tras varios meses de trabajo en silencio, posiblemente para, entre otras cosas, llegar a un acuerdo de no agresión con el Gobierno que le cesó en su puesto militar, el héroe de los primeros meses de la guerra y chivo expiatorio de la fracasada contraofensiva de 2023, ha comenzado finalmente su labor en la diplomacia. Sin embargo, su primera aparición en un acto público ha sido para pronunciar un discurso puramente militar en el marco de un evento organizado por el think-tank Rusi y promocionado por el ejército del Reino Unido. No es de extrañar así que el centro de su intervención haya sido el aspecto militar de la guerra. Al fin y al cabo, la salida de Zaluzhny de Ucrania y su nombramiento como embajador no responde a la experiencia diplomática del excomandante, sino a la necesidad de otorgarle un puesto lo suficientemente atractivo como para mantener su lealtad -es decir, su silencio y colaboración-, aunque en la distancia.
El discurso de Zaluzhny cubrió varios puntos importantes de la dinámica de la guerra, aunque con una ambigüedad poco característica de quien, por medio de un artículo en el que admitía los errores y carencias de su ejército y dudaba su capacidad de lograr el objetivo marcado -la recuperación de la integridad territorial según las fronteras de 1991-, puso en jaque el discurso de su Gobierno. Siguiendo, a su manera, la línea occidental oficial de exagerar el peligro ruso y alegar que, después de Ucrania, vendrán otros países, Zaluzhny se refiere abiertamente a una tercera guerra mundial.
“El bien más preciado de la humanidad en el planeta Tierra es la vida. Sin embargo, casi toda su historia está asociada a las guerras. O mejor dicho, con la matanza de personas. Con el tiempo, estas guerras, o más bien matanzas, han adquirido una magnitud y un número de víctimas sin precedentes y han adquirido el estatus de guerras mundiales. Sólo en el siglo pasado se produjeron dos conflictos de este tipo: la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, separadas por poco más de 20 años y que se cobraron la vida de aproximadamente 60 millones de personas. ¿Está preparada la humanidad para aceptar con serenidad la próxima guerra, que será aún más devastadora: la Tercera Guerra Mundial?”, afirmó Zaluzhny sin entrar a valorar qué hacer para evitar tal guerra. Queda implícito en su discurso que la tercera gran guerra ha de evitarse apoyando a Ucrania para derrotar a Rusia, base de la política exterior de la práctica totalidad de los países del este de Europa.
Curiosamente, Zaluzhny no emplea su discurso para la habitual exigencia de armas, línea general del Gobierno ucraniano y centro de sus intervenciones internacionales, al menos de forma tan explícita. El embajador parece centrarse, no en la táctica o en la estrategia, sino en la gran estrategia, en la visión de cómo crear un nuevo mundo derrotando al enemigo político y militar, Rusia. Pero pese a construir el discurso a partir de grandes ideas como el derecho a la vida, transparencia o democracia, no hay profundidad en ninguna de las menciones.
Zaluzhny abre el discurso refiriéndose a la transparencia necesaria a la hora de prepararse para la guerra. “En primer lugar, hay que evitar las guerras. Pero si la guerra llega, hay que estar preparado para ella. La preparación para la guerra debe considerarse como un amplio conjunto de medidas que abarcan no sólo los aspectos puramente militares, sino también todos los ámbitos en los que el Estado es activo. Quizás el componente más complejo e importante sea la preparación de la sociedad, basada en una comunicación honesta y transparente entre el gobierno y el pueblo”. Sin duda pactado con el Gobierno, el discurso no entra en las contradicciones entre las ideas y la realidad de la actual guerra. El Gobierno de Zelensky pasó semanas en enero y febrero de 2022 negando que fuera a producirse una invasión rusa. Sus fuerzas armadas se preparaban ya para un ataque que conocían que iba a producirse, pero el Gobierno optó por lo contrario a la transparencia. El argumento del presidente, admitido meses después, fue precisamente la necesidad de mantener a la población en la ignorancia para evitar la fuga de población y de capital. La guerra, como afirma Zaluzhny, no es solo un acontecimiento militar, y Zelensky buscaba proteger la economía de un colapso inevitable. Para ello utilizó la mentira, confundiendo a la población, que pudo haber abandonado las zonas más sensibles de verse convertidas en escenario bélico. La mentira, piadosa según Zelensky, convirtió en escudos humanos a una población que debió ser informada y, sobre todo, debió recibir consejos sobre qué hacer y cómo protegerse.
El siguiente gran tema en el discurso de Zaluzhny es la democracia, un argumento con gran tirón en Occidente, que pese a las evidentes carencias de Ucrania, ha decidido convertir la guerra en una lucha entre libertad y autoritarismo. “Es muy difícil para un ejército democrático enfrentarse al de un señor feudal”, afirmó el embajador, que añadió que “hay una cosa que está clara: los tiranos siempre necesitan la guerra para uso interno como herramienta de mantenimiento del poder”. Zaluzhny no se molesta en explicar que se refiere a Rusia y a Vladimir Putin, ya que toda su audiencia comprende a qué se refiere. Sin embargo, los argumentos utilizados contra la Federación Rusa parecen un ejercicio de proyección que describe los últimos diez años de la política ucraniana y su uso de la guerra. Es especialmente curiosa la mención al sistema feudal: un señor, generalmente rodeado de caballeros armados a su servicio y un pueblo cuyos derechos dependen de la voluntad de quienes mandan. Las luchas de clanes son una característica de Rusia, pero no lo son menos de Ucrania, donde en 2014 se formaron ejércitos privados -los batallones voluntarios nacionalistas- fuertemente armados y financiados por aspirantes a señores de la guerra como los hermanos Klitschko, Rinat Ajmetov o especialmente Ihor Kolomoisky. Como ellos, también el Gobierno utilizó la guerra, en aquellos años el conflicto de Donbass, como herramienta de control social. La guerra lo justificaba todo, desde las reformas a la represión contra la oposición, y podía ser utilizada para ganar popularidad y mantenerse en el poder. Así trató de hacerlo Petro Poroshenko con su fallida provocación en el estrecho de Kerch, con el que esperaba decretar la ley marcial y retrasar unas elecciones en las que era consciente de que no tenía opción de victoria.
“El resto de nosotros tenemos que construir una defensa fiable contra ellos”, afirmó Zaluzhny al referirse a los tiranos. Su receta es la movilización completa de la sociedad y de la economía. La guerra no es solo su aspecto militar y los actuales conflictos son totales, por lo que todos los aspectos de la vida se ven afectados. En su discurso, Zaluzhny coincide en la necesidad de movilización completa, algo que Zelensky trata de evitar, en parte para garantizar no perder el control. Son los sectores más radicales, como las diferentes unidades vinculadas al movimiento Azov, las que exigen esa movilización, el endurecimiento de las exenciones del reclutamiento y, sobre todo, las multas por su evasión. El punto de vista de Zaluzhny choca también con el de su Gobierno en el aspecto de la movilización de la economía. La visión de Zelensky no es la del keynesianismo militar al que parece apuntar el embajador, sino la ultraliberalización, privatización y abandono de la economía en manos del mercado.
Volviendo a la necesidad de evitar una nueva gran guerra, Zaluzhny destaca los aspectos novedosos del actual conflicto en Ucrania y, sin una referencia explícita, ofrece el país como laboratorio para las guerras del futuro. Consciente de que la guerra rusoucraniana es un conflicto terrestre clásico en el que la única innovación real es el uso de drones, el excomandante se centra el ambos aspectos y la define como una guerra de transición. El subtexto es claro: Ucrania como laboratorio para las guerras del futuro y oportunidad para la creatividad de determinados países. Por diferentes motivos que no precisa, ni Rusia ni Ucrania serán capaces de crear las armas del futuro para las guerras del futuro durante este conflicto. Sin embargo, otros países, es decir, Estados Unidos y sus aliados, deben aprovecharse del escenario para crear ese material, ayudando así a Ucrania a derrotar al enemigo común.
Disfrazado de valores democráticos, siempre admitiendo que, en guerra, la población debe estar dispuesta a sacrificar parte de sus libertades, el discurso de Zaluzhny no es más que la exigencia de la continuación del suministro militar a un país que se ofrece como laboratorio de pruebas de guerras del futuro. En ese escenario, la población ha de movilizarse, convirtiéndose, en la práctica, en peón de quienes mueven los hilos y deciden hasta cuándo debe seguir luchándose. El uso de la expresión “punto muerto” el pasado noviembre costó el cargo a Zaluzhny, que sigue presentando la situación como un impasse en el que solo la tecnología puede dar la victoria a Ucrania. Se trata de la visión distópica de quien ya hace un año exigió a sus socios el suministro de armas que aún no han sido producidas.
La guerra es la continuación de la política, afirma, aunque lo hace para explicar que, al contrario, la guerra de Ucrania está cambiando la política en el mundo. La guerra es capaz de crear algo nuevo, insiste, en una forma implícita de admitir que se ha convertido en la razón de ser del Estado ucraniano. Y desde esa postura, afirma que “una guerra por la libertad en un país debería convertirse en una política de supervivencia de la democracia en el resto de países libres”. Aunque lo haga en nombre de un país que ha pisoteado las libertades de su población y haya condenado a la que no aceptó el golpe de estado de 2014 a diez años de perpetuo castigo colectivo. Un tiempo en el que Ucrania se preparó para la guerra no por desear la paz, sino porque pretendía utilizarla para destruir el Estado existente y construir uno totalmente nuevo a costa de quienes exigían sus derechos.
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