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La propuesta de Boris Johnson: otro plan de guerra

“Fue el momento en el que Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de noviembre”, escribe en su columna para el tabloide británico Mail Online Boris Johnson, que precisa que no se refiere “a su milagrosa supervivencia” sino al momento en el que, herido, agentes del servicio secreto “intentaban llevárselo horizontalmente, sin sus zapatos”. Fue entonces, según el exprimer ministro del Reino Unido, cuando el candidato Republicano “confirmó en un instante, no sólo sus instintos teatrales, sino también su valor. Recién alcanzado por una bala de fusil de gran potencia, no se dejó llevar pasivamente. Tomó las riendas de la situación. Liberándose de sus guardias de seguridad, burlando sus protocolos de seguridad, se levantó hasta que estuvo seguro de que la multitud podía verle”. La épica descripción de los momentos posteriores al intento de asesinato de Donald Trump es la introducción con la que el exdirigente británico pretende adular al candidato estadounidense antes de pasar a tratar de convencerle de seguir una política muy determinada en un tema que es de mayor interés para Johnson que para Trump: la guerra de Ucrania.

“Por qué estoy más convencido que nunca de que Trump tiene la fuerza y la valentía para salvar a Ucrania y poner fin a esta espantosa guerra”, titula Daily Mail el artículo con el que Johnson, no solo trata de marcar una hoja de ruta para zanjar el conflicto en Ucrania, sino que demuestra su interés personal en que la cuestión se resuelva de una manera muy concreta. Tanto desde el Gobierno como en su beligerante postura, prácticamente de lobby, tras perder el favor de su partido y tener que ceder el cargo a Rishi Sunak, Boris Johnson ha mostrado abiertamente su hostilidad a Vladimir Putin y su disposición a utilizar Ucrania como herramienta contra Rusia. En los últimos meses, Johnson se ha reunido con la delegación de la Brigada Azov que visitó el Reino Unido y ha posado con su bandera, mostrando que los límites de lo aceptable y lo inaceptable se han modificado notablemente desde 2022, cuando los países occidentales aún pretendían distinguir entre los aspectos tolerables del Estado ucraniano y aquellos que no lo son. Pero la credibilidad de Johnson no es dudosa solo por la radicalización actual, sino por su actuación en el pasado.

No es casualidad que fuera el entonces primer ministro británico quien realizara la primera visita de alto perfil a Kiev tras la cumbre de Estambul en la primavera de 2022, apenas unas semanas después de la invasión rusa, y que el objetivo de su presencia en Ucrania fuera garantizar el statu quo, es decir, la continuación de la guerra. Como ha podido confirmarse gracias a las declaraciones de representantes de Moscú y de Kiev y al análisis realizado por académicos occidentales de los documentos redactados a lo largo de aquel proceso de negociación, el trabajo de Rusia y Ucrania en busca, no de un alto el fuego temporal, sino de una resolución política que tuviera en cuenta los aspectos territoriales, políticos, sociales y militares del conflicto fue más lejos de lo que los medios occidentales hicieron creer. Es más, en su análisis de los documentos, la revista Foreign Policy ve en esa labor de la primavera de 2022 una base sobre la que construir una futura paz en el momento en el que Moscú, Kiev y sus socios opten por volver a la vía diplomática.

Aunque el centro del análisis son los documentos que produjo el proceso de Estambul y la negociación posterior, que perduró hasta junio de 2022, tres meses después de la cumbre de Turquía y mucho después de que públicamente las negociaciones parecieran rotas, el artículo incide también en los motivos de la ruptura. Mucho se ha hablado en estos dos últimos años, especialmente por un artículo publicado en Ukrainska Pravda y las declaraciones de David Arajamia, cabeza de la delegación ucraniana en las negociaciones, sobre cuál fue el peso de la visita de Boris Johnson a Kiev apenas unos días después del encuentro de Estambul. Pese a lo que publicaba en 2023 el medio ucraniano, que prácticamente otorgaba todo el crédito de la ruptura al entonces premier británico, las palabras de Arajamia y los documentos que se han hecho públicos desde entonces indican que varios fueron los factores: la desconfianza entre las partes, la cuestión territorial o los límites de la desmilitarización que Rusia exigía. El acuerdo nunca estuvo tan cerca como han dado por hecho quienes ven en la aparición de Boris Johnson el punto de inflexión de la guerra. Sin embargo, como muestra Foreign Policy, el trabajo que realizaban Rusia y Ucrania en sus negociaciones implicaba la necesidad de que los países occidentales volvieran a reintegrar a la Federación Rusa en las relaciones internacionales, algo a lo que, según los académicos, los países occidentales no estaban dispuestos.

Esa postura se manifestó fundamentalmente en la figura de Boris Johnson, con un mayor afán de protagonismo personal que Joe Biden y una trayectoria personal de beligerancia hacia la Federación Rusa. Al contrario que el resto de países europeos, que o participaron en las negociaciones o apoyaron, al menos de palabra, la hoja de ruta de Minsk como vía de resolución política a la guerra de Donbass, ni el Reino Unido ni Estados Unidos perdieron el tiempo defendiendo esos acuerdos de paz, que no implicaban una derrota de Rusia ni les reportaban ningún beneficio. Cómodos ambos países con una guerra en las fronteras rusas, que permitía iniciar el régimen de sanciones y apuntar a la ruptura continental finalmente impuesta tras la invasión rusa, Londres y Washington nunca priorizaron la paz en Ucrania en favor de la estabilidad internacional, con sus intereses geopolíticos como objetivo primordial.

En ese contexto, la visita de Johnson a Kiev tras la cumbre de Estambul no debe entenderse como un ejercicio de presión a Kiev, cuyas reticencias a aceptar el acuerdo de paz que exigía Rusia son coherentes con el rechazo a implementar los acuerdos de Minsk por otorgar excesivos derechos a Donbass, sino como incentivo. Ucrania rechazaba, como confirman los documentos y las declaraciones de quienes participaron en las negociaciones, las concesiones territoriales y dudaba de la viabilidad de renunciar a la OTAN, aspiración incluida en la Constitución. La visita de Johnson para anunciar el apoyo occidental a Ucrania era, en realidad, la constatación de que Kiev dispondría de la financiación y el armamento para hacer lo que deseaba: seguir luchando por recuperar el mayor territorio posible y, sobre todo, realizar las mínimas concesiones políticas en un futuro proceso de negociación.

Aunque es exagerado afirmar que la intervención de Johnson, que según Ukrainska Pravda advirtió a Zelensky de que Occidente no aceptaría el acuerdo aunque Ucrania lo hiciera, como definitiva, con su presencia para prometer armas con las que luchar hasta la victoria final, el primer ministro británico mostró el desinterés de su país -y el de Estados Unidos- por una resolución diplomática. Han pasado más de dos años desde ese momento, tiempo en el que se han acumulado la destrucción y la muerte, y Ucrania no ha logrado mejorar excesivamente su posición de negociación ni su situación en el frente. En el ámbito internacional, la cada vez más posible llegada al poder de Donald Trump, con su discurso de parar la guerra por la vía de algún tipo de negociación, marca también las posturas de los diferentes actores. Es el caso de Johnson, amigo personal de Trump, que ha querido convencer personalmente y también a través de los medios de las bondades de apoyar a Ucrania contra Rusia. Ciñéndose estrictamente al discurso de Kiev, que achaca todos los fracasos y la ausencia de éxitos a la falta de armamento occidental -siempre sin explicar el fracaso de la contraofensiva de 2023, para la que Ucrania dispuso de una cantidad ingente de fondos y material-, Johnson trata de convencer a Trump de continuar ese suministro resaltando las bondades de la guerra de Ucrania.

“Los ucranianos tienen más de un millón de personas con armas en la mano. Ya están acostumbrados a trabajar con equipos de la OTAN y son la fuerza antirrusa más eficaz del mundo. Una vez terminada la guerra, no hay razón para que las fuerzas ucranianas no sustituyan a algunas de las 70.000 tropas estadounidenses que siguen en Europa. Eso permitiría a Trump ahorrar dinero, y traer las fuerzas estadounidenses a casa, y conseguir que los europeos hagan más en su propia defensa: uno de sus objetivos clave”, escribe Johnson utilizando uno de los lemas del momento: reducir la presencia de Estados Unidos en el continente europeo. Esa posible reducción no se debe, como viene argumentándose en la prensa, a pacifismo o aislacionismo, sino a la obsesión con “la frontera sur” y la rivalidad con China.

“Trump podría simplemente hacer lo que le resulta natural: poner fin a las vacilaciones burocráticas y a los retrasos; dar a los ucranianos los permisos que necesitan; y luego, cuando Putin se haya visto de nuevo empujado hacia atrás, podría ofrecer el acuerdo”, escribe apelando a uno de los puntos importantes del programa Republicano: destruir el “Estado administrativo”. Una menor burocracia garantizaría, según esta versión, rapidez en la entrega del armamento y menores restricciones al uso de misiles, que podrían ser utilizados contra las bases militares situadas en el territorio de la Federación Rusa. Esa es la base de la hoja de ruta de Johnson para finalizar la guerra: garantizar más armamento y menores restricciones a su uso. De esa forma, mágicamente y sin esfuerzo, “Putin tendría que retroceder al menos a las fronteras anteriores a la invasión de 2022 y, para evitar futuros conflictos e incertidumbre, el resto de Ucrania tendría que ser reconocida como un país libre, capaz de elegir su destino dentro de la UE y la OTAN, y absolutamente bienvenido a unirse tan pronto como sea posible”. Es decir, el final de la guerra que propone Boris Johnson no es una vía a la negociación, ni tampoco el retorno a las fronteras de 2022 -algo que era posible durante las negociaciones de Estambul, pero inviable actualmente-, sino una vaga formulación que implica que es consciente de que Ucrania no recuperará todos los territorios, pero no renuncia a ello. Y, por supuesto, al contrario que en Estambul, donde Rusia apoyaba la adhesión de Ucrania a la Unión Europea pero exigía la neutralidad y limitación del poder militar, la receta de Johnson implica la militarización -Ucrania como “la mejor herramienta antirrusa”- y la expansión de la OTAN hasta la frontera rusa, difícilmente, algo que no puede considerarse, como está haciendo parte de la prensa, un cambio de opinión.

A cambio de la derrota que presenta este escenario, el exprimer ministro británico ofrece a Rusia “algo a cambio”. Con aún menos coherencia que en su propuesta para lograr el fin de la guerra Johnson escribe que “hay todo tipo de incentivos que podrían funcionar con Putin. Por supuesto, podría afirmar que la «operación militar especial» -también conocida como invasión- había sido un éxito y que había desnazificado Ucrania. Podría haber protecciones especiales para los rusoparlantes”. Johnson recoge aquí uno de los puntos importantes de las negociaciones de Minsk y Estambul, que finalmente fueron considerados inaceptables por Ucrania. La idea, especialmente teniendo en cuenta los precedentes, suena ahora a broma de mal gusto en boca de quienes nunca apoyaron los acuerdo de Minsk, cuya base era precisamente garantizar esos derechos culturales y lingüísticos a la población de Donbass.

“Sobre todo, con Trump en la Casa Blanca, existe la perspectiva real de un cierto acercamiento global a Rusia, y con Putin, una vuelta a los días en que Rusia era un socio respetado del G8 e incluso de la OTAN”, sentencia Johnson en otra muestra más de aparente pensamiento mágico. En pocas palabras, el exlíder conservador británico propone un mayor flujo de armas y eliminación de las restricciones, material aparentemente milagroso con lo que Ucrania lograría volver a las fronteras de 2022 y concesiones mínimas a la población de habla  rusa. La guinda del pastel es la expansión de la OTAN a las fronteras rusas, algo que es incompatible con la paz con Rusia, pero que Johnson inexplicablemente presenta como una oportunidad para Rusia. Es posible que el ingenuo planteamiento de Trump, que se cree capaz de lograr la paz antes incluso de su hipotética investidura, parta de la base de su desconocimiento de la realidad de la guerra o la profundidad del conflicto. En el caso de Johnson, su actuación en el pasado hace pensar que simplemente busca cumplir los objetivos geopolíticos de su país cueste lo que cueste y sean cuales sean las consecuencias para Rusia y para Ucrania. Al igual que la hoja de ruta de Zelensky, el plan de Johnson no es de paz, sino de guerra.

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