El jueves, Volodymyr Zelensky era recibido con todos los honores en el Reino Unido, donde ha participado en la cumbre de la Comunidad Política Europea, el enésimo foro de cooperación y propaganda organizado para reunir al mayor número posible de países del continente, excluyendo siempre a aquellos que se considera oponentes, como es el caso de Rusia y Bielorrusia. Por ello, este tipo de encuentros internacionales son una buena pasarela para el presidente ucraniano para colocar su mensaje, obtener atención mediática y reunirse con sus socios para exigir más concesiones, financiación y armamento y demandar la eliminación de restricciones que impiden a Ucrania, por ejemplo, atacar bases militares rusas con misiles occidentales a centenares de kilómetros de la frontera. En su visita de esta semana, Zelensky se ha reunido con el monarca británico y con el nuevo primer ministro, Keir Starmer, cuya postura proucraniana nunca ha sido puesta en entredicho.
“No creo que la posición del Reino Unido vaya a cambiar”, afirmó el presidente ucraniano en una entrevista concedida a la BBC, con la confianza de quien sabe que no hay ningún peligro. Sin embargo, el statu quo no es suficiente para Ucrania que, pese a la multimillonaria asistencia financiera y militar de los últimos dos años y medio y el incondicional apoyo diplomático de la última década, continúa sin ser capaz de derrotar militar y políticamente a Rusia. “Me gustaría que el primer ministro Starmer se convirtiera en especial. Hablando de política internacional, sobre la defensa de la seguridad mundial, sobre la guerra en Ucrania”, insistió Zelensky exigiendo un poco más a uno de sus aliados más cercanos. Mucho antes que Estados Unidos, el Reino Unido entregó a Ucrania los misiles de largo alcance que Kiev buscaba para atacar las posiciones rusas en Crimea, para lo que obtuvo el permiso explícito del entonces ministro de Asuntos Exteriores, David Cameron, que aprovechó una visita a Kiev para anunciarlo. Londres ha sido también clave en el suministro de inteligencia en tiempo real, un aspecto básico de la guerra moderna en términos de vigilancia y anticipación de los movimientos ajenos. Y, ante todo, ha colaborado con Ucrania, especialmente con el GUR de Kirilo Budanov, para el desarrollo de drones marítimos y una estrategia de desgaste y destrucción progresiva de la flota rusa del mar Negro, un objetivo geopolítico de enorme interés para el Reino Unido, que desde hace varios siglos considera estratégica la región.
En su visita, Zelensky obtuvo una nueva inyección económica. Ayer, ambos países firmaron la concesión de un préstamo de más de 2.000 millones de euros, con los que Ucrania podrá adquirir armamento y equipamiento “según los estándares de la OTAN”. Se trata de un crédito más con el que los países occidentales se garantizan ventas de armamento y Ucrania adquiere otra deuda más que posiblemente nunca pueda pagar. Y además de su fotografía con el rey y el primer ministro, el Reino Unido regaló al presidente ucraniano otra imagen. “Zelensky ha sido el primer líder extranjero en participar en una reunión del gabinete británico desde que lo hiciera el expresidente de Estados Unidos Bill Clinton en 1997”, escribía ayer The New York Times. Desde 2022, Londres ha hecho en cada momento todo lo que ha estado en su mano para mostrarse como el país más favorable a Ucrania, generalmente a base de mostrarse como el aliado más beligerante. Aunque no fue el único factor -y posiblemente tampoco el más importante-, la visita de Boris Johnson a Kiev tras la cumbre de Estambul se considera uno de los motivos por los que la diplomacia no tuvo nunca ninguna opción de prosperar. Desde entonces, la postura del Reino Unido no se ha matizado ni Londres ha moderado las aspiraciones. Frente a otros países, que en algunos momentos han puesto en duda la capacidad de Ucrania de lograr el objetivo de recuperar su integridad territorial según las fronteras de 1991, los gobiernos británicos siempre se han adherido a la idea de luchar hasta la victoria final, sean cuales sean las consecuencias.
En el Reino Unido, Ucrania ha logrado el apoyo bipartidista con el que sueña al otro lado del Atlántico, donde la situación es mucho más compleja. Es más, el autoproclamado amigo de Ucrania Boris Johnson ha viajado recientemente a Estados Unidos precisamente para convencer a su amigo Donald Trump de la importancia de seguir apoyando a Ucrania. Aunque acaba de ser designado oficialmente candidato de su partido y restan aún casi cuatro meses para las elecciones y seis para la toma de posesión del vencedor de los comicios, Donald Trump sigue monopolizando las preocupaciones de Kiev, Bruselas y Londres. Todos ellos son conscientes de que una posible reducción de la asistencia militar estadounidense en caso de la llegada al poder de Trump -algo que no hay que dar por hecho teniendo en cuenta el precedente de la anterior administración Republicana, que continuó en Ucrania la política heredada de Obama y Biden- implicaría necesariamente que los países europeos tuvieran que aumentar su inversión económica en una guerra a la que no van a renunciar.
Ayer, el presidente ucraniano mantuvo su primera conversación con el candidato Trump. Horas antes, preguntado por la postura del candidato Republicano, y especialmente por el comentario del aspirante a vicepresidente, que en 2022 afirmó que no le importaba qué fuera de Ucrania, Zelensky quiso mostrarse confiado en su capacidad para reconducir la relación. “Puede que realmente no sepa lo que ocurre en Ucrania, así que tendremos que trabajar con Estados Unidos”, afirmó el presidente ucraniano, que no se equivoca en el desconocimiento de la guerra por parte de Trump y Vance, pero que posiblemente no sea consciente de su desinterés. Aunque no por los motivos de aislacionismo que les achacan los medios, los candidatos Republicanos han dejado clara su intención de reducir su compromiso económico con Ucrania para que sean los países europeos quienes carguen con el peso de mantener la guerra. Su interés no está en Europa sino en Asia, donde ven a su principal enemigo, China, una potencia que supone para Estados Unidos un peligro -económico, no militar- que de ninguna manera implica Rusia.
Como primer proveedor de material militar, el papel de Estados Unidos es irremplazable para Ucrania en su propósito de continuar luchando hasta conseguir su objetivo, una victoria completa, sea militar o política. Ante la insistencia de Donald Trump en basar su postura en la idea de obligar a Moscú y Kiev a negociar el final de la guerra lo antes posible, Ucrania ha moderado ligeramente su discurso, ha hecho desaparecer la euforia militar de la que se jactaba hace ahora un año y ha recuperado una idea que ya planteó Mijailo Podolyak: que Ucrania no debe llegar a las fronteras de 1991 a base de luchar por cada pueblo y por cada ciudad. “No significa que todos los territorios se recuperen por la fuerza. Creo que el poder de la diplomacia puede ayudar”, afirmó Volodymyr Zelensky a la BBC en una declaración que no ha de considerarse una muestra de apertura al compromiso ni de haber comprendido que sus objetivos eran inalcanzables. La lógica del presidente ucraniano es la misma que la del asesor de la Oficina del Presidente ante el inicio de la contraofensiva: presionar tanto a Rusia hará que Moscú no tenga más remedio que ceder al dictado occidental. Para Kiev, esa es la labor de las sanciones contra la Federación Rusa, el suministro de armamento y el permiso explícito de utilizarlo en territorio ruso y también de la diplomacia, entendida como una presión insoportable hasta lograr coaccionar al enemigo a firmar su propia capitulación. Y entre la cuidadosamente diseñada confusión del discurso ucraniano sobre su plan de paz y las cumbres por la paz, ese es también el objetivo de iniciativas como de las de Suiza: conseguir que la comunidad internacional, es decir, a los países de la OTAN y aliados, obliguen a Rusia a firmar su propia capitulación. Pese al repetido intento de lograrlo, Kiev no ha avanzado en el último año en esa dirección, que se complicaría aún más en caso de no disponer en la Casa Blanca de un presidente que, aunque no vaya a reducir el apoyo a Ucrania tanto como parecen temer los países europeos, no parece considerar la guerra de Ucrania el conflicto existencial para Occidente que sí ve la administración actual.
Zelensky es consciente de que las posiciones políticas de Donald Trump dependen en gran parte de sus sensaciones y relaciones personales con las personas implicadas. De ahí que esté dispuesto a realizar el «duro trabajo» de convencer al candidato Republicano, no solo de que la guerra de Ucrania es existencial para Occidente, sino también de que derrotar a Rusia es derrotar también a Irán. El presidente ucraniano tiene cuatro meses para realizar una labor de lobby que module a su favor la opinión de Trump sobre el país y sobre la guerra.
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