“Las tropas ucranianas han perdido una posición ganada a pulso en la orilla oriental del río Dnipro, cerca de la ciudad meridional de Jersón, tras meses de sangrientos combates para conservar un trozo de terreno en lo que algunos soldados ucranianos y analistas militares han calificado de operación inútil”, escribía el miércoles The New York Times calificando la ofensiva de “brutal y sin sentido”, en un tono algo más frío que el utilizado el pasado diciembre, cuando abiertamente la definía como “suicida”. A lo largo de ese día habían comenzado a aparecer en medios proucranianos informaciones que hablaban de la pérdida de la localidad de Krynky, situada al sur del Dniéper, en la región de Jersón bajo control ruso. “Las declaraciones oficiales del ejército ucraniano del martes no hacían referencia directa a la retirada de Krynky. Sin embargo, un informe del diario estatal Suspilne Novyni confirmó que el pueblo había sido abandonado «hace unas semanas»”, escribía entonces The Kiyv Post, dando por hecha la pérdida de lo que desde su titular define como un “bastión defensivo defendido desde hace mucho tiempo”.
Desde noviembre de 2022, cuando se produjo el que hasta ahora ha sido el último gran avance de esta guerra, el río Dniéper ha actuado de frontera natural y barrera de separación entre los dos ejércitos. En aquel momento, consciente de que defender sus posiciones en la margen derecha del río iba a resultar excesivamente costosa en términos de personal y equipamiento, especialmente debido al trabajo de destrucción de las vías logísticas que había realizado Ucrania, la Federación Rusa retiró todas sus tropas de la zona, abandonando con ello la capital regional, Jersón, sin tratar de luchar por ella. El repliegue, rápido y mucho más organizado que otras retiradas realizadas por las tropas rusas a lo largo de esta guerra, supuso el final de los movimientos ofensivos ucranianos iniciados en septiembre con el ataque en Járkov. Exhaustos ambos bandos y con el invierno a las puertas, ese momento dio inicio a la práctica paralización del frente y una estabilidad que, desde entonces, solo se ha roto en Donbass. Durante ese invierno de 2022 y la primavera de 2023, cuando el Gobierno ucraniano y sus aliados extranjeros anticipaban una inminente contraofensiva completamente seguros de que tendría éxito, la posibilidad de que Ucrania tratara de forzar el Dniéper fue uno de los escenarios que se manejaron. Las dificultades logísticas, las mismas que habían sufrido las tropas rusas, hacía inviable esa posibilidad y siempre fue evidente que el ataque terrestre vendría exactamente por donde se produjo, la parte central del frente, donde el río no es un factor y una ruptura habría supuesto un acercamiento a Crimea muy peligroso para Rusia.
El inicio del desembarco ucraniano sobre Krynky, una operación de pequeños botes para no ser avistados, se inició en el otoño de 2023, cuando ya era evidente que no iba a producirse el esperado éxito ucraniano en Zaporozhie. Aunque las redadas al otro lado del Dniéper, generalmente realizadas por tropas vinculadas al GUR de Kirilo Budanov, fueron recurrentes desde prácticamente la estabilización del frente, la operación de Krynky supuso la primera ocasión en la que Kiev logró consolidar posiciones en la orilla sur del río. Como suele ocurrir en casos en los que Ucrania inicia actuaciones suicidas, entre las tropas elegidas había grupos de la derecha más extrema. “Karas ha dirigido desde 2014 un grupo militar de voluntarios, el C14, que ha sido calificado de extrema derecha por grupos de vigilancia. En 2016 se integró como fuerza de operaciones especiales en el ejército ucraniano”, escribió en diciembre The New York Times, que ya presentaba unos planes militares de dudosa viabilidad.
“Krynky y el terreno pantanoso y húmedo que lo rodea habían sido ampliamente descritos en los medios de comunicación nacionales como el escenario de meses de amargas pero exitosas batallas defensivas libradas por infantes de marina ucranianos de élite, respaldados por omnipresentes drones, contra fuerzas rusas más numerosas que desplegaban una enorme ventaja de potencia de fuego”, escribía ayer The Kiyv Post en un artículo legitimador y que en ningún momento critica la actuación de Ucrania en esta operación cuyo éxito dependía íntegramente de que se produjera una ruptura en otras zonas del frente. El intento de hacer pasar una retirada por un éxito de varios meses hace que se intente presentar lo ocurrido estos meses en Krynky con el aspecto defensivo que nunca tuvo. Desde el abandono de Jersón, las tropas rusas no han realizado ningún intento de forzar el Dniéper.
La cabeza de puente en la orilla sur del río siempre contó con un enorme componente de propaganda. Tras el evidente fracaso de la ofensiva terrestre en Zaporozhie y sin posibilidad de romper el frente en ninguna otra zona, Ucrania precisaba de una victoria que presentar a su población y aliados y creó unas expectativas que nunca se correspondieron con la realidad. “La cabeza de puente de Krynky se presentó como el posible inicio de una gran ofensiva sobre Crimea. Pero muchos en Ucrania lo vieron como una acción de relaciones públicas destinada a restar importancia al fracaso de la ofensiva de 2023 “, escribió ayer el periodista ruso Leonid Ragozin resumiendo ambas posturas. La capacidad rusa de vigilar los movimientos de tropas y el uso de la aviación hacían imposible que el territorio al sur del Dniéper bajo control de Ucrania pudiera aumentar.
“El ejército ucraniano posee equipos tácticos para tender puentes, entre ellos puentes de asalto estándar de la OTAN donados por Alemania. En los más de seis meses transcurridos desde la toma del bastión de Krynky, los altos mandos ucranianos nunca intentaron tender un puente sobre el río Dniéper, un importante obstáculo de agua comparable al Rin. Cualquier intento de cruce habría sido destruido por los bombarderos de la Fuerza Aérea rusa que operan casi libremente en el espacio aéreo sobre el sector de Jersón, dicen los analistas militares”, admitía también The Kiyv Post, que lo hacía, eso sí, tras meses de enaltecimiento de la operación, que en todo este tiempo ha sido calificada de exitosa.
“Las fuerzas ucranianas siguen combatiendo en Krynky, un pueblo clave en la muy disputada cabeza de puente de Dnipro, en la Jerson ocupada por Rusia, pero sus posiciones están «completamente destruidas», según declararon el 17 de julio las Fuerzas de Defensa del Sur de Ucrania”, escribía ayer The Kyiv Independent en un fallido intento de negar la realidad o, cuando menos, matizarla. La destrucción de las posiciones ucranianas implica necesariamente su pérdida, ya que resulta imposible que pueda mantenerse una mínima presencia en las ruinas de una localidad que, según el último censo, no llegaba al millar de habitantes. Frente a lo afirmado por el medio, Krynky nunca fue una localidad clave, ya que la conformación del frente y, sobre todo, su estabilidad hacían del lugar un punto aislado imposible de utilizar tanto en defensa como en ataque. “La batalla perdida por Krynky, una pequeña aldea en la orilla izquierda del Dniéper, ha costado a Ucrania 262 muertos y 788 desaparecidos en combate. Da una idea de las posibles pérdidas globales en la guerra que Ucrania no revela”, escribió Ragozin sobre la información de bajas -subestimadas según las fuentes rusas- que las tropas de Kiev han sufrido en este tiempo en una operación suicida en la que no podía obtener ningún rédito militar más allá de titulares triunfalistas y creación de falsas expectativas.
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