Si hay algo que ha quedado perfectamente probado en esta guerra es que no existen las llamadas wunderwaffe, armas milagrosas capaces, por su sola presencia, de cambiar la dinámica del frente. A lo largo del conflicto, y dependiendo de cada momento, han pasado por ese estatus de deseada arma que modificará el devenir de los acontecimientos los sistemas antitanque Javelin, los drones Bayraktar, los HIMARS, Storm Shadow, tanques Leopard y Abrams, los aún deseados misiles Taurus y, más recientemente, los cazas estadounidenses F16. Es para ellos para los que se prepara ahora Ucrania, cuando se ha anunciado ya que el proceso de entrega de los primeros ejemplares se encuentra en marcha. En cada momento de la guerra, el anuncio de la llegada al frente de ese equipamiento occidental ha venido acompañado de una oleada de optimismo exaltado que finalmente ha derivado en cierta decepción incluso en los casos en los que las armas han cumplido exactamente el propósito para el que fueron adquiridas. El juego de la propaganda, la necesidad de exagerar las derrotas enemigas y las victorias propias y de anticipar los éxitos futuros han creado un ambiente de propaganda en el que es prácticamente imposible cumplir las expectativas creadas de forma absolutamente artificial.
La guerra es un juego “de matemáticas”, ha expresado repetidamente Mijailo Podolyak, el prolífico asesor de la Oficina del Presidente en cuya última entrevista acusaba a la población rusa de no ser capaz de comprender la realidad y presentaba a un pueblo prácticamente analfabeto que “no tiene una tradición literaria”. La creación de una narrativa de lucha entre el bien y el mal y, sobre todo, entre la moderna, avanzada y cosmopolita Ucrania y una Rusia arcaica, anticuada e inútil ha sido el centro del discurso de Bankova, capaz de crear una imagen completamente distorsionada tanto de sí misma como de su enemigo. Algo similar ha ocurrido en el caso de la creación de expectativas alrededor de la última contraofensiva y del efecto que el armamento occidental iba a tener sobre el frente. La guerra es cuestión de recursos y del cálculo de su uso, pero en ella entra en juego toda una serie de factores que no se limitan a cuantificar, como parece hacer Ucrania, el total de financiación disponible para armamento en comparación con el presupuesto militar ruso.
Así se puso de manifiesto el pasado verano, momento en el que cayeron, al mismo tiempo, el mito de la imbatibilidad de los tanques Leopard y la falsa esperanza de que lograr prácticamente igualar el presupuesto militar ruso fuera a ser suficiente para romper el frente de Zaporozhie, amenazar Crimea y poner a Rusia entre la espada y la pared de tener que negociar en posición de debilidad y aceptar sin rechistar los postulados de Ucrania para terminar la guerra firmando su derrota. A lo largo de aquel verano, Kiev se jactó también de haber superado el potencial artillero ruso, uno de los elementos que debía desequilibrar la contienda a favor de Moscú, mucho más potente que Kiev en ese aspecto. Tampoco ese cálculo resultó definitivo y el mayor número de disparos de artillería reportó a Ucrania escasos premios en el campo de batalla: Rabotino, ahora perdido nuevamente; Klescheevka, destruida y sin capacidad para ser utilizada de trampolín para recuperar Artyomovsk; y Urozhainoe, en cuyo centro se izó nuevamente la tricolor rusa el pasado sábado.
Los cálculos realizados, así como las expectativas creadas, han de tener en cuenta más que el valor de mercado del material entregado, la potencia que se espera de ellos o las exageradas capacidades que se adjudica a los soldados que van a utilizarlo. Al igual que hiciera Rusia en febrero de 2022, Ucrania cometió el error de sobreestimar las capacidades que sus brigadas iban a adquirir mágicamente con la adquisición de material occidental y de subestimar las capacidades defensivas y de adaptación rusas. El error sigue cometiéndose, como pone de manifiesto el discurso ucraniano, que repetidamente achaca a la escasez de material occidental o la lentitud de su entrega la ausencia de éxitos relevantes en la guerra terrestre desde la ruptura del frente de septiembre de 2022. Forman parte del cálculo de los recursos reales con los que cuenta un Estado las condiciones en las que se encuentra el material, la capacidad de insertar los diferentes modelos en una doctrina acostumbrada a otro tipo de armamento o la preparación de las tropas para el uso de esas armas, procedentes de tantos países que el equipamiento se convierte en un escaparate de armamento digno de una exposición internacional. A ello hay que sumar la capacidad del oponente de prever dónde se producirán los ataques, su preparación para una ofensiva telegrafiada de antemano durante meses y la posibilidad de que, incluso ese país presentado como anquilosado en el pasado e incapaz de crear nada nuevo, sorprenda adaptándose rápidamente al aspecto más novedoso de esta guerra: el uso de drones.
La guerra es algo mucho más complejo que la suma del valor de los recursos a disposición de cada una de las partes. Aun así, ese es el cálculo que sigue realizando Ucrania, alegando que el bando occidental, del que se considera miembro de pleno derecho en lugar de fuerza proxy, cuenta con una cantidad muy superior de recursos en comparación con el bando ruso, en el que la Federación Rusa ha de surtirse a partir de su industria, tan solo con la posibilidad de acudir a los mercados de países como China, Irán o la República Popular de Corea para adquirir -no recibir como subvención- armamento o, sobre todo, munición. Curiosamente, a la hora de calcular la superioridad del bando occidental, Ucrania no suma a los recursos rusos los de China, pese a las crecientes acusaciones de suministro de armas que, sin ningún tipo de evidencia, se realizan contra Beijing.
La versión oficial es que todos los problemas se limitan a falta de armamento o lentitud a la hora de entregarlo. “Los soldados ucranianos, superados en armamento y número de hombres, que luchan por mantener el frente en el brutal asedio ruso de Chasiv Yar, que dura ya varios meses, están cada vez más preocupados por la capacidad de su ejército para proteger su retaguardia. Si se cortan las principales líneas de suministro del oeste y si las tropas del sur son invadidas, corren el riesgo de quedar asfixiados”, ha escrito recientemente The Kyiv Independent achacando a la falta de suministro una situación en la que se repite la dinámica de hace un año en Artyomovsk, cuando Ucrania recibía ingentes cantidades de armamento. La realidad de la guerra es que el oponente también participa y sus acciones sistemáticas y extendidas en el tiempo acaban por minar las capacidades de defensa de un guarnición que, ante la presión, se ve obligada a retroceder, con el peligro de quedar sitiada frente a un oponente que no sufre de esos problemas logísticos.
Aunque escasas, y generalmente tapadas con anuncios de nuevos envíos de armamento o quejas sobre su lentitud, existen también quejas que se alejan de los lemas oficiales, que limitan la cuestión de la guerra a la cantidad de armamento occidental recibido. Anna Gvozdiar, ministra de Industrias Estratégicas, por ejemplo, se ha quejado recientemente de la falta de adaptación de las armas occidentales. A la falta de precisión de los HIMARS en ciertos casos ha añadido la escasa disposición de los fabricantes occidentales a tomar medidas para solucionar los problemas, entre los que destaca, sobre todo, la creciente facilidad de Rusia para inutilizar o reducir el efecto de las armas por medio de sistemas de guerra electrónica. Sin embargo, incluso este tipo de argumentos acaba por volver al lema inicial: Occidente envía el armamento demasiado tarde, cuando su introducción ya no es óptima y Rusia se ha preparado para él.
“A pesar de los miles de millones de dólares en armas adicionales y ayuda a la seguridad que la OTAN anunció esta semana, los funcionarios aliados dijeron que Ucrania no estaría lista para lanzar una contraofensiva dramática o retomar grandes franjas de territorio de Rusia hasta el próximo año. Las donaciones de misiles, vehículos de combate, munición y defensas antiaéreas de Estados Unidos y los países europeos tardarán semanas, si no meses, en llegar al frente”, se lamenta The New York Times, que afirma que “las promesas de la OTAN a Ucrania se quedan cortas para una contraofensiva este año”. Ucrania recibe desde hace varios meses armamento de Estados Unidos y nunca ha dejado de recibir donaciones de los países europeos. A esas armas hay que sumar aquellas que, según las propias fuentes ucranianas, Kiev no pudo utilizar en la contraofensiva de 2023 al no producirse el avance territorial en el que habrían sido empleadas. La escasez de armas suena a excusa teniendo en cuenta las cantidades de armamento que Ucrania ha recibido, los niveles de financiación y el enaltecimiento de sus capacidades. Si a ello se le añade la constante referencia a la incapacidad rusa para luchar, su falta de tanques, escasez de artillería y carencia de misiles, la pregunta es por qué Kiev continúa a la defensiva, incapaz de recuperar el territorio perdido. La respuesta, por supuesto, es que la guerra es más que un cálculo de armas disponibles.
En ese contexto, muchos se aferran al segundo argumento, el envío del armamento, no en el momento en el que supondría una sorpresa para Rusia, sino cuando esa ventana de oportunidad ya ha pasado. La tardanza y la capacidad rusa para prepararse para una llegada anunciada es el temor que está comenzando a aparecer actualmente en relación con los F16. A pesar de llevar meses esperando su llegada, en el momento en el que su entrada en la batalla se acerca, han aparecido los problemas. Ucrania no encuentra tripulaciones internacionales para completar sus filas y se lamenta de la ínfima cantidad de cazas que va a recibir. “El problema de los F16 radica en la cantidad y las fechas. Seamos sinceros. Rusia utiliza 300 aviones contra Ucrania cada día. Nosotros vamos a recibir entre 10 y 20. Aunque sean 50, no es nada. Nos estamos defendiendo, necesitamos 128; eso es una flota”, se quejó Zelensky en un acto celebrado en la biblioteca Ronald Reagan. Nadie ha preguntado a Volodymyr Zelensky para qué utilizaría Kiev ese material si aún busca personal para manejarlo.
Más allá de la cantidad de cazas y pilotos disponibles, Ucrania precisa también de las infraestructuras para utilizar y mantener los cazas occidentales. En previsión de su llegada, Rusia viene realizando una amplia campaña de ataques con misiles contra bases militares y aeródromos, donde ha logrado ciertos éxitos en la destrucción de las aeronaves más modernas a disposición de la aviación ucraniana. El problema es tan grave que el general Krivonos, aliado de Petro Poroshenko, ha propuesto habilitar las autopistas para el uso de F16.
“Por lo que puedo decir, desgraciadamente, la transferencia de dichos aviones a Ucrania no cambiará nada drásticamente. No habrá asaltos mágicos ni contraofensivas. Olvídense de ello. Además, la infraestructura para ellos todavía no está preparada, y la actitud hacia la formación de pilotos por parte de la cúpula de las Fuerzas Armadas de Ucrania es más que criticable. Da la sensación de que esto lo necesitan nuestros socios, no nosotros”, ha comentado en tono muy crítico la diputada Mariana Bezuglaya, dispuesta a llevar hasta el extremo cualquier crítica para conseguir sus objetivos, en este caso, cambios en la cúpula militar. Convertida en la voz de la histeria, la diputada electa por el partido del presidente consiguió un titular en The Times con sus declaraciones en las que afirmaba que Ucrania no ganaría la guerra si seguía siendo dirigida por “comandantes soviéticos”. Siempre ha quedado claro que la campaña, cada vez más amplia, se dirigía contra Oleksandr Syrsky, pero ahora Bezuglaya lo hace aún más evidente al acusar al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania de estar de acuerdo con “firmar un alto el fuego y todo tipo de variantes de la cuestión de la rendición y la imposición de la paz”. Según las fuentes de la diputada, Syrsky no confiaría en la capacidad de Ucrania de derrotar a Rusia en el frente, por lo que vería con buenos ojos buscar un acuerdo de compromiso. Frente a la propaganda interesada de sectores que buscan una guerra aún más dura, Syrsky se ha destacado por la táctica de luchar, no solo hasta el final, sino incluso cuando seguir haciéndolo ya no tiene ningún sentido. Aun así, sectores de la clase dirigente de Ucrania no solo desean disponer de más armas y más munición, sino también de generales dispuestos a ser aún más duros. De las armas milagrosas, una parte de los halcones ucranianos han pasado a los generales milagrosos.
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