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Economía, Ejército Ucraniano, Ucrania

El problema de la deuda

Financial Times recuerda a Ucrania que las finanzas globales funcionan como la mafia”, comentaba hace unos días el periodista estadounidense Mark Ames, que señalaba un fragmento de uno de los artículos publicados por el medio en el que recomendaba a Ucrania “intimidar a los tenedores de bonos y buscar una quita de deuda de alrededor del 40%”. Las deudas adquiridas a causa de la guerra se suman a las que el país arrastraba ya para ascender a una cifra insostenible y a cuyo servicio se destina, incluso ahora que Kiev obtiene todo tipo de prórrogas, alrededor del 8% del gasto. En un contexto de guerra calificada de existencial, con el futuro del país en juego, Kiev “no puede distraerse con un largo acuerdo de quiebra y debe contener las salidas financieras a medida que aumenta el coste de la guerra”. El pasaje terminaba con una advertencia escasamente velada. “Kiev, sin embargo, debe tener cuidado de no presionar demasiado a los tenedores de bonos. Los bonistas descontentos podrían vender sus créditos a fondos de cobertura u otras entidades privadas. Como han demostrado Zambia y Ghana, los impagos soberanos se complican a medida que aumenta el número de acreedores”. La incapacidad para sostener el Estado es quizá un riesgo más importante que el que supone el ejército ruso, ya que no se limita al presente sino que se extiende al futuro, cuando es de prever que Ucrania no cuente con los privilegios de los que está disfrutando actualmente en su relación bilateral con acreedores públicos y privados y no disponga tampoco de las grandes cantidades de financiación que percibe periódicamente de la Unión Europea y Estados Unidos.

El interés geopolítico de Occidente, que ha apostado por sostener a Ucrania incondicionalmente mientras dure la guerra no va a durar eternamente y tampoco supone una garantía completa de poder imponer sus condiciones a instituciones internacionales bajo control de Estados Unidos u otros acreedores. “Tras la decisión de los legisladores estadounidenses en abril de aprobar tardíamente un paquete de financiación por valor de 60.000 millones de dólares, Ucrania no está a punto de quedarse sin armas. Con el tiempo, las finanzas del Estado también se verán reforzadas por los planes del G7, anunciados el 13 de junio, de utilizar los activos del banco central ruso congelados en instituciones financieras occidentales para prestar otros 50.000 millones de dólares. El problema es que Ucrania se enfrenta a una crisis de liquidez. Y pronto”, advierte esta semana The Economist, que da a Ucrania “un mes para evitar la suspensión de pagos”.

“Durante los dos últimos años, los acreedores de Ucrania han acordado suspender los pagos del servicio de la deuda. La condonación tanto del Estado como de prestamistas privados, asciende al 15% del PIB de Ucrania al año”, explica el medio, que añade que “si se hubiera requerido esos pagos, habrían sido la segunda partida más importante del gasto del Estado por detrás de Defensa”. El medio ni siquiera menciona el enorme peso que el pago de las deudas previas a la guerra. “Ahora, la moratoria de los tenedores privados, entre ellos el gestor de activos francés Amundi y el americano PIMCO, está a punto de expirar el 1 de agosto”.

El medio insiste en la esperada buena voluntad del FMI para que el Ministerio de Finanzas de Ucrania pueda negociar una quita. Al fin y al cabo, la institución permanece bajo control de Estados Unidos y sus aliados, que en la última década han luchado por proteger a Kiev de sus obligaciones políticas y económicas internacionales y siguen dispuestos a ofrecer a Ucraniacondiciones impensables para otros países menos relevantes en términos estratégicos. Sin embargo, The Economist advierte de que “es improbable que pueda haber un acuerdo a tiempo”, lo que implicaría consecuencias. “Si Ucrania suspende pagos, sería el reflejo de una preocupante falta de fe entre los inversores privados con respecto al compromiso de Occidente. A la larga, podría suponer un desastre para la recuperación del país”, añade el artículo.

En su habitual tendencia a exigir el máximo, el pasado mes de junio, el ministro de Finanzas de Ucrania “ofreció a los acreedores un acuerdo para eliminar el 60% del actual valor de sus deudas. Los acreedores respondieron fríamente que opinaban que el 22% era más razonable”. Parece una evidencia que Ucrania va a continuar realizando todos los intentos posibles para evitar pagar sus deudas y lo hará mientras prosigue en su intento por atraer todo tipo de inversiones privadas y busca privatizar activos del país en manos del capital internacional. Ninguna de esas operaciones está desvinculada de las demás. Ofrecer una quita de deuda es solo un primer paso al que, sin duda, seguirá el intento de utilizar los activos públicos del país como garantía. En la vía ultraliberal a la que se adhiere el partido de Volodymyr Zelensky, libertad significa privatización y el objetivo económico no es otro que atraer inversiones extranjeros cueste lo que cueste.

The Economist afirma que “la quita que desea Ucrania es modesta -12.000 millones de dólares entre 2024 y 2027-, pero el país no tiene dinero de sobra para cubrirlo si no es concedida”. Nuevamente, queda patente la precaria situación económica de Ucrania que, pese a proclamar hasta la saciedad su soberanía, depende absolutamente de la continuación del trato de favor de las instituciones internacionales y acreedores y de la voluntad de sus socios de prorrogar indefinidamente el flujo constante de financiación, suficiente para sostener al Estado y permitir que sus Fuerzas Armadas puedan seguir luchando, pero no para cumplir con sus obligaciones económicas internacionales.

Actualmente, las opciones de Ucrania pasan por negociar la prórroga de la moratoria que le ha permitido no pagar su deuda a los acreedores privados o suspender pagos. Pese a lo que pudiera parecer, insiste The Economist, no hay excesivas diferencias entre ellas: en cualquiera de los dos casos, no se reanudarían los pagos ucranianos. Ese es el objetivo de Kiev, que no teme la pérdida de confianza de los mercados que implica la suspensión de pagos o las súplicas de quita de deuda mientras se jacta de su gran crecimiento económico y “sus socios y el FMI argumentan que una reestructuración ahora permitirá a Ucrania volver a entrar en los mercados financieros tan pronto como termine la guerra y sus aliados le perdonen las deudas”. Esa es la clave de la cuestión económica: Ucrania alegará haber pagado en sangre la financiación recibida durante la guerra y es previsible que las deudas, cuando menos las deudas con acreedores públicos, queden olvidadas.

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