“Propuestas extremadamente interesantes: Ucrania debe cesar el fuego inmediata y unilateralmente (sarcasmo). Especialmente, por supuesto, para detener los ataques con armas de largo alcance y especialmente en el territorio ocupado por Rusia y las zonas fronterizas de la Federación Rusa. La Federación Rusa puede seguir atacando (como ha declarado repetidamente Lavrov, insistiendo en que aunque se inicie un proceso de negociación, nadie detendrá los ataques en territorio ucraniano). ¿Qué significa todo esto?”, se preguntaba ayer en su habitual estilo Mijailo Podolyak, sin esconder en exceso que en Kiev ha molestado la sugerencia de Viktor Orbán, que planteó la posibilidad de un alto el fuego temporal que pudiera acelerar el inicio de una negociación que, a día de hoy, es, a todas luces, inviable. Desde la postura ucraniana todo es “muy sencillo. La Federación Rusa está literalmente mendigando por medio de salvajes mediadores la devolución de la decisión informal sobre la prohibición a Ucrania de los ataques defensivos. Para seguir sacando recursos en la región fronteriza en silencio, para preparar nuevos ataques a gran escala, para no perder medios y equipos de defensa aérea… Simple y primitivo. Aún más simple y primitivo”.
Proyectando en Rusia su actuación durante los años de alto el fuego de Minsk, en los que Ucrania rechazaba sistemáticamente cualquier propuesta de avance hacia la paz utilizando ese tiempo para reforzarse, Kiev caricaturiza cualquier sugerencia que se desvíe del camino oficial de guerra hasta la victoria final. Provenga de quien provenga, en este caso del país que ocupa la presidencia de turno de la Unión Europea, ha de ser necesariamente una maniobra rusa. Podolyak termina su acusación velada contra Orbán, aplicable a cualquier figura o institución que ose mencionar la necesidad de negociaciones de paz, preguntándose si “se hacen estas propuestas en serio y conducirán realmente al fin de la guerra”. La reacción ucraniana a las palabras del primer ministro húngaro es similar a la que provocan las declaraciones de Donald Trump, cuyos deseos de paz parecen superar los de Kiev y la actual administración estadounidense. La importancia de Estados Unidos como primer proveedor militar de Ucrania hace que Kiev no pueda permitirse ofender al potencial presidente, aunque se le exige claridad y, por supuesto, más armas. En su visita de ayer a Estados Unidos, Andriy Ermak, jefe de la Oficina del Presidente, volvió a insistir en la idea de la paz justa, es decir, la victoria de Ucrania. “No estamos dispuestos a llegar a un acuerdo sobre aspectos y valores muy importantes: independencia, libertad, democracia, integridad territorial, soberanía”, insistió.
Todos esos conceptos, en los que Kiev ha basado su discurso, están presentes en un reciente estudio cuyos resultados se publicaron ayer. “Una nueva investigación llevada a cabo en Ucrania y otros 14 países europeos revela que la determinación de Ucrania para luchar y el apoyo europeo para armar a Ucrania no se han visto afectados por los avances rusos en el campo de batalla”, concluye el resumen de la reciente encuesta realizada por el European Council of Foreign Relations para analizar las posturas de la ciudadanía tanto ucraniana como de la Unión Europea en relación con la continuación de la guerra, sus objetivos, la definición de victoria y las expectativas sobre cuál debe ser el uso político y militar de las armas que Occidente suministra a Ucrania. Los resultados muestran un claro apoyo a Ucrania, aunque con importantes fluctuaciones entre los diferentes países. “Pero bajo la apariencia de unidad se esconde una gran división entre Ucrania y Europa sobre cómo debe terminar esta guerra y qué se pretende conseguir con el apoyo aliado”, prosigue el sumario del estudio, que añade que “mientras que la población ucraniana desea más armas y munición para ayudarles a ganar la guerra, la mayoría de la población europea quiere dar a Ucrania armas y munición para colocar a Kiev en una mejor posición negociadora para poner fin a la guerra”.
Los datos que arroja el estudio no ofrecen muchas dudas, como reflejan los titulares de los grandes medios. “Los europeos creen que Ucrania debe negociar ya la paz con Rusia”, titulaba un diario marcadamente atlantista y proucraniano como La Vanguardia. “Una salida negociada es el resultado más probable de la guerra rusoucraniana según sugiere una importante encuesta”, escribía, de forma más matizada, The Guardian. El mensaje es el mismo: la población de la Unión Europea, incluso en los países más fervientemente antirrusos, ve, en su mayoría, la necesidad de buscar la vía diplomática para resolver el conflicto. “Entre los 14 países europeos encuestados, solo en Estonia prevalece la visión de que Ucrania ganaría la guerra sin más”, añadía el medio británico. El porcentaje de estonios que consideran las victoria ucraniana como el escenario más probable es del 38%, difícilmente una proporción acorde con la beligerancia que muestra, por ejemplo, su Gobierno, liderado por Kaja Kallas, que en unos meses se hará cargo de la diplomacia de la Unión Europea.
Aunque los medios han destacado la unidad en el apoyo a Kiev y una opinión mayoritaria para el acceso de Ucrania a la Unión Europea e incluso a la OTAN, los datos arrojan otro aspecto que ha sido ignorado por la prensa: la evidente disonancia ente la postura de los líderes europeos y la opinión de su población a pesar de los más de dos años de información flagrantemente proucraniana. Para disgusto de quienes ven en cualquier llamada a buscar la paz una maniobra rusa, esa es la tendencia de la población de los países de la Unión Europea. Ucrania puede estar satisfecha también con las posiciones ucranianas que refleja la encuesta -realizada, como es habitual, dando voz solo a la población ucraniana bajo control de Kiev- ya que son exactamente las que espera: voluntad de continuar la guerra, confianza en su presidente y fe en la victoria.
Y, ante todo, Ucrania puede congratularse por la forma y los términos en los que se ha realizado el estudio. La postura del European Council of Foreign Relations refleja el punto de vista y la forma de pensar de las clases dirigentes europeas, única clase social de cuya opinión depende a día de hoy la continuación de la política de guerra. Quizá la pregunta más representativa del punto de vista occidental es la que se refiere a “las preferencias ucranianas entre mantener la soberanía y recuperar territorio”, una cuestión en la que son importantes tanto las opciones preseleccionadas por la institución que realiza el estudio como por las respuestas recibidas. Al margen del habitual “No sabe”, el estudio ofrece tan solo dos respuestas para que la población muestre sus preferencias entre que “Ucrania pierda parte de sus actuales territorios ocupados, pero mantenga la soberanía, con su propio ejército y libertad para elegir sus alianzas como la UE y la OTAN” y que “Ucrania recupere sus territorios ahora ocupados, acordando desmilitarizarse y convertirse en un país neutral que no puede adherirse a alianzas como la UE y la OTAN”. Por una parte, las respuestas equiparan la Unión Europea y la OTAN pese a que, incluso en Estambul, las exigencias rusas de neutralidad se limitaban a la alianza militar y no al bloque político. La neutralidad no impide, por ejemplo, a Austria ser miembro de la Unión Europea. Tampoco lo hizo durante décadas a Suecia o Finlandia. Por otra parte, las respuestas sugieren un significado de soberanía que es exactamente el que buscan las autoridades de Kiev: soberanía no es independencia política y económica sin injerencias externas, que en Ucrania molestan únicamente cuando llegan del este pero no de Bruselas o Washington, sino con adhesión a la Unión Europea y a la OTAN.
El 29% responde no saber decidir entre esa concepción de soberanía y la recuperación del territorio, un porcentaje superior a quienes optan por recuperar el territorio a costa de una neutralidad que impida el acceso a la UE y la OTAN, una opción inviable para la Ucrania de Maidan, que incorporó esa vía euroatlántica en la Constitución. Curiosamente, la opción de soberanía -pérdida de territorios a cambio de neutralidad- no menciona desmilitarización o carencia de ejército, como sí hace la opción contraria, que explícitamente menciona un ejército propio como definición de soberanía, lo que sugiere que la renuncia a las alianzas políticas implicaría también el desarme. No es de extrañar así que sea la opción de la soberanía la que obtenga un porcentaje superior, que asciende al 45%. Lo tendencioso de la pregunta y de las posibilidades de respuesta hace que no se haya dado a la población ucraniana la oportunidad de elegir entre recuperar todos o una parte de los territorios y renunciar a la OTAN, que era y sigue siendo la exigencia de Rusia.
Entender la soberanía como pertenencia a la Unión Europea y la OTAN es el reflejo de que Ucrania ha logrado imponer esa visión. En este contexto, no puede haber victoria de Ucrania sin conseguir esos dos objetivos, que la población parece anteponer a la recuperación de los territorios perdidos. Tampoco eso es una sorpresa. Al margen de Crimea, que sí ha sido una causa del nacionalismo ucraniano, la sociedad no ha mostrado en esta última década gran interés por recuperar los territorios de Donbass y mucho menos aún a su población, que sufría una guerra que desde Kiev se veía en la distancia. Soberanía es adhesión a la UE y la OTAN, mientras que paz es que la guerra no llegue a sus ciudades, aunque esté a las puertas de las ajenas.
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