El evidente fracaso de la cumbre de Suiza ha obligado a Ucrania a recalibrar su mensaje. El Gobierno ucraniano, y especialmente Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky y encargado de realizar las labores previas a la cumbre, esperaba una imagen que transmitiera el consenso mundial a favor de Ucrania y en contra de Rusia. La evidencia de que las excesivas expectativas no iban a cumplirse quedó patente en las semanas previas, cuando comenzaron a notificarse las ausencias de dirigentes imprescindibles como Joe Biden, surgieron las dudas de países tan importantes como India sobre el nivel de representación que sería enviado y se rebajó la agenda a temas que solo pueden considerarse secundarios. En el contexto bélico, la libertad de circulación, el retorno de civiles capturados y la seguridad alimentaria y nuclear son aspectos importantes, pero no van a determinar el resultado de la guerra ni van a marcar las negociaciones de paz cuando se produzcan. Los temas que iban a tratarse, en términos políticos los menos controvertidos de la agenda de Zelensky, dejaban claro que el resultado de la cumbre no iba a medirse en resultados sino en la imagen dada.
La ausencia de Joe Biden no dejaba la cumbre herida de muerte, pero sí limitaba las posibilidades de Ucrania de utilizar la foto de familia como el respaldo firme de la Casa Blanca que Ermak y Zelensky buscaban. La completa ausencia de China y su crítica severa al planteamiento de la cumbre eliminaban también la posibilidad de alegar de forma mínimamente convincente el apoyo del Sur Global, al que el Gobierno ucraniano trata de cortejar. A las ausencias de países importantes y reducción de la representación diplomática de otros se sumaron las críticas al proceso y la retirada de varios países relevantes de la firma del documento final. Rechazaron sumarse al comunicado países como Arabia Saudí, Brasil o India, por lo que Kiev no ha podido utilizar la presencia de esos Estados para reafirmarse en su idea del apoyo global a Ucrania. A pesar de los hechos, el Gobierno de Zelensky trató durante varios días de imponer su mensaje de solidaridad mundial con su causa, algo que contrasta con la retirada de firmas de la proclamación final y la apatía generalizada que se ha mostrado en la prensa a la hora de valorar la esperada cumbre.
A pesar de mantener el discurso, es evidente que Ucrania es consciente del fracaso de la cumbre a la hora de crear un foro mundial capaz de presionar a Rusia y obligar a Moscú a plegarse a las exigencias de Kiev. La mención del comunicado final de la cumbre, al que Ucrania sigue buscando adhesiones incluso tras su finalización, a la necesidad de negociar con la otra parte no ha de ser considerada un cambio de rumbo, aunque sí una cierta aceptación de la realidad. Los deseos de que sean sus socios los que obliguen a Moscú a aceptar las maximalistas exigencias ucranianas de capitulación rusa a base de presión económica, amenazas militares y aislamiento completo, no solo de los países occidentales, sino también del Sur Global, son cada vez menos realistas. Por primera vez, Ucrania se encuentra frente a frente con demandas de negociar con Rusia por parte de países de los que esperaba apoyo incondicional y se ve obligada a incluir ese aspecto en un comunicado final que debía ser la ratificación global de la postura ucraniana. De ahí el aparente cambio en el mensaje.
En los últimos días, el presidente Zelensky ha admitido que Ucrania no puede soportar una guerra eterna en la que está sufriendo bajas severas, una obviedad que, aun así, resulta novedosa. Salvo en los momentos en los que el miedo a la derrota ha sido utilizado como argumento central para exigir a sus socios más armas, Kiev no acostumbra a hacer un análisis excesivamente coherente con la realidad. “Ucrania no quiere que la guerra dure años”, afirmó Zelensky en referencia al actual conflicto, que ha entrado ya en su tercer año. Aun así, No hay indicios de que Ucrania haya rebajado sus expectativas, ni que vaya a renunciar a sus principales exigencias, que comienzan con la retirada de las tropas rusas de todo el territorio ucraniano, incluida Crimea. Horas antes del inicio de la cumbre de Suiza, también Olaf Scholz se manifestó en esos términos, por lo que no hay que entender en las palabras de Zelensky un repentino realismo o la aceptación de que Ucrania precisaría de una fuerza masiva para lograr expulsar a Rusia de la península de Crimea.
El cambio de discurso responde a la coyuntura internacional. La cumbre de Suiza mostró la división entre los países occidentales, dispuestos a apoyar a Ucrania indefinidamente, y aquellos que consideran que el conflicto no puede resolverse por una vía militar de enorme coste en vidas y destrucción y abogan por una verdadera negociación. De ahí que Zelensky comience a enmarcar su relato en la búsqueda del consenso de ese foro cuyas críticas ha ignorado activamente para centrarse únicamente en contar como apoyo a Ucrania a cada país que acudió a Suiza.
Ucrania, el país que eligió iniciar una operación antiterrorista y enviar al ejército y batallones nacionalistas adjuntos contra la población civil de Donbass, que posteriormente saboteó activamente el proceso de paz y afirmó a sus socios alemanes y franceses su intención de no cumplir con los acuerdos firmados, se proclama única víctima de esta guerra y afirma querer solo paz. “No tenemos mucho tiempo. Tenemos muchos heridos, muertos, tanto militares como civiles. Así que no queremos que esta guerra dure años. Por lo tanto, tenemos que preparar este plan y ponerlo sobre la mesa en la segunda cumbre de paz”, afirmó el presidente ucraniano, que ha prometido elaborar un exhaustivo plan de paz que estará preparado para finales de año. Zelensky se concede seis meses y la potestad de decidir cuándo y cómo involucrar a Rusia en el proceso, lo que implica que no hay cambio de actitud hacia el papel que, para Kiev, debe jugar Moscú en el proceso. “Por supuesto, Ucrania decidirá”, insistió el presidente ucraniano.
“A finales de año se sabrá si Ucrania es capaz de sobrevivir al invierno con la red eléctrica prácticamente destruida y si ha conseguido estabilizar la línea del frente. Las últimas balas de plata a su disposición -F16, ataques de mayor alcance, sanciones más duras- pueden o no ayudarle a salir adelante”, escribió el periodista opositor ruso Leonid Ragozin al valorar las palabras de Zelensky. Anunciando que no renuncia a la paz, aunque sigue completamente centrada en la guerra, Ucrania gana un valioso tiempo para intentar recuperar la iniciativa en el frente y situarse en una mejor situación en caso de verse obligada a negociar. No es casualidad tampoco que la hoja de ruta que Zelensky promete desarrollar y cuyo contenido es cuestionable, teniendo en cuenta que el presidente ucraniano ya había presentado su plan de paz, esté planificada justo para el momento en el que es posible que se produzca un cambio en el poder en su principal proveedor, Estados Unidos. Con esta postura, Ucrania combina el consenso bélico actual, sin renunciar a aceptar la posibilidad de negociaciones, que parece ser el prerrequisito de Donald Trump para continuar con el flujo de armamento y munición a Kiev. Ucrania volvería así a sus orígenes, a los años en los que decía defender el proceso de paz exigiendo a su oponente -entonces, como ahora, tanto Rusia como la población de Donbass- que cumpliera su parte mientras rechazaba abiertamente cumplir con los puntos que le correspondían.
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