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Alemania, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Francia, Rusia, Ucrania

«No hay alternativa»

“Queridos amigos, hoy se marca el inicio de un nuevo capítulo en la relación entre Ucrania y la Unión Europea”, escribió ayer Denis Shmygal, el primer ministro de un Gobierno que ha visto sus funciones eclipsadas por la Oficina del Presidente. El oficial se refería a la puesta en marcha de las negociaciones de adhesión al bloque anunciadas ayer con Ucrania y Moldavia, primeros pasos de una nueva ampliación que, aunque llevará tiempo, se realizará ya que sacia las ansias expansionistas de la Unión Europea y reporta beneficios geopolíticos a los países europeos que, pese a esporádicas menciones a la autonomía estratégica, se mantienen bajo el paraguas de seguridad de Estados Unidos. “La UE ha lanzado negociaciones de adhesión con Ucrania una década después de que las tropas rusas capturaran la península de Crimea para disuadir al país de acercarse a Occidente”, titulaba AP olvidando deliberadamente que el rechazo a la UE, que implicaba necesariamente una ruptura económica con Rusia, fue uno de los motivos del inicio de la rebelión de Donbass que daría paso a la guerra.

Diez años después de la victoria de Euromaidan, el padre de aquellas protestas dimite de sus cargos desilusionado por la deriva, la lista de partidos prohibidos es más corta que la de los permitidos, la libertad de expresión se mide en medios censurados, la economía depende completamente de los subsidios occidentales, la guerra continúa en fase de escalada, el frente parte en dos el país y el odio creado en esta década -especialmente hacia la población de Donetsk y Lugansk- se oculta a base de retórica sobre la unidad de un pueblo ucraniano que, desde 2014, no tiene en cuenta la opinión de quienes no quieren seguir el camino euroatlántico. La victoria diplomática que supone para el Gobierno de Zelensky el anuncio de ayer se ha producido a costa de la destrucción y la división del país entre ucranianos correctos y aquellos a los que oficiales de alto cargo califican de ocupantes.

El inicio del proceso de adhesión se produce en un ambiente muy favorable. No hay en la Unión Europea ningún bloque lo suficientemente potente como para bloquear el acceso de Kiev, que ayer supo también que contará con importantes aliados en el bloque. El acuerdo entre los principales grupos -conservadores, socialistas y liberales- implica que Úrsula von der Leyen continuará en su cargo. En sustitución de Josep Borrell, que durante todo su mandato, antes y después de la invasión rusa, se ha destacado por un apoyo incondicional a Ucrania, ocupará el puesto de cabeza de la diplomacia Kaja Kallas, una de las voces más radicales del ala más beligerante. La postura de Kallas va más allá de la victoria de Ucrania e incluso de la derrota de Rusia y se centra directamente en la destrucción de la Federación Rusa. “La derrota de Rusia no es tan mala. Entonces sí que podría producirse un cambio. Hay muchas naciones que forman parte de Rusia. Si hubiera más estados pequeños, esto no sería tan malo. No es tan malo si una gran potencia se hace mucho más pequeña”, afirmó recientemente. Sin embargo, nada de eso es incompatible, con que su marido siguiera realizando negocios con Rusia hasta que estallara un escándalo al respecto más de un año después de la invasión rusa de Ucrania.

El escenario electoral no ha cambiado los equilibrios políticos y Kiev seguirá contando con unos aliados aún más cercanos en las altas esferas de Bruselas, con la garantía de disponer de una representante de los países bálticos, la actual primera ministra de Estonia, al frente de la política exterior y de seguridad. De Bruselas depende la actuación del primer proveedor de Ucrania y, sobre todo, la financiación del Estado ucraniano, que colapsaría sin dilación en caso de perder el flujo constante de fondos que proporciona la Unión Europea. La voluntad de la UE de ignorar las tendencias autoritarias, falta de libertades y carencias democráticas de Ucrania en favor de una expansión acelerada garantiza la posición política y, sobre todo, la económica.

Sin embargo, la aportación de la Unión Europea no es suficiente para mantener el Estado y garantizar la capacidad de las Fuerzas Armadas de Ucrania para seguir luchando. De ahí que Bruselas continúe apelando a los países miembros a aumentar su aportación individual para el esfuerzo bélico colectivo. Y en ese caso, Ucrania depende también de los equilibrios políticos de los diferentes Estados, especialmente los más potentes. El caso de cambio político más inminente, el del Reino Unido, donde la política laborista hacia Ucrania es exactamente la misma que la del gobierno conservador. El temor a los cambios no se refiere a Londres, sino que Kiev mira a Francia y a Alemania.

Solo uno de esos dos países, Francia, se encuentra a las puertas de un proceso electoral en el que pueden producirse cambios. Aunque centrada fundamentalmente en la política interna, la cuestión de Ucrania está siendo también un tema recurrente en la campaña. Es más, lograr de la Francia Insumisa de Melenchon el compromiso a continuar la asistencia a Ucrania ha sido uno de los temas clave para lograr un acuerdo a la izquierda del macronismo para la fundación del Nuevo Frente Popular. A la derecha del actual presidente, Jordan Bardella, delfín de Marine LePen, habitualmente acusada del pecado de ser favorable a Rusia, el candidato a primer ministro, ha querido también dejar clara la postura de continuidad que implica su coalición.

“No tengo la intención de poner en duda los compromisos asumidos por Francia en la escena internacional y dañar nuestra credibilidad en un momento de guerra a las puertas de Europa”, afirmó Bardella que, eso sí, marcó unos límites que contrastan con los de Emmanuel Macron. “Aunque estoy a favor de seguir apoyando a Ucrania con material logístico y de defensa, mi línea roja siguen siendo los misiles de largo alcance o cualquier equipamiento militar que pueda llevar a una escalada, con lo que me refiero a cualquier cosa que pueda golpear directamente ciudades rusas», dijo. Frente a un Macron que se mueve erráticamente entre ofrecer diálogo solo en los momentos en los que no es posible y renunciar a él cuando sí lo es -Minsk, el Formato Normandía o Estambul son tres momentos en los que Francia como el resto de países de la UE no apelaron a la negociación-, la extrema derecha francesa marca como única línea roja la intervención directa que supone atacar Rusia o enviar tropas. Es decir, el partido de LePen rechaza únicamente las últimas medidas aprobadas, aunque no la dinámica de guerra proxy en la que se ha instalado Europa y en la que parece encontrarse cómodo.

Aunque falta aún un año para las elecciones generales, es en Alemania donde las posturas están matizándose, especialmente por parte de la derecha tradicional. La misma semana en la que el canciller Scholz admitía que una parte del electorado rechaza la actuación alemana en Ucrania y se resignaba a perderlo en favor de la continuidad de una política para la que, en su opinión, “no hay alternativa”, el líder de la CDU se ha desmarcado para apelar a un cambio de rumbo. “El favorito para convertirse en el próximo canciller alemán ha sugerido que es hora de buscar un acuerdo de paz con Rusia sobre Ucrania, en lo que parece ser un cambio significativo. En el pasado, Friedrich Merz, líder de la oposición de centro-derecha, había presionado repetidamente a Berlín para que proporcionara más ayuda militar a Ucrania, incluida una remesa de misiles de crucero Taurus de largo alcance”, escribe esta semana The Times. Friedrich Merz, que el marzo había afirmado que “si Ucrania pierde, perdemos todos” y exigía al Gobierno que diera su aprobación para enviar los misiles Taurus que exigía Kiev, ha dejado ciertas dudas sobre su postura hacia el suministro militar en el futuro. “Siempre dije que teníamos que haber hecho más al principio”, insiste ahora, añadiendo que “tenemos que mostrar que estamos abiertos a otras posibilidades sobre cómo puede terminar en algún momento el conflicto”. El factor electoral es decisivo también en el caso de la CDU, que busca recuperar parte del voto perdido hacia la AfD a base de mostrar aperturas a la paz y explotando también la cuestión de la inmigración. Cada vez son más las declaraciones del partido que exigen, por ejemplo, la reducción de prestaciones sociales a la población refugiada ucraniana. Tanto es así que incluso Olaf Scholz ha apelado a los centenares de miles de ucranianos y ucranianas en edad activa a buscar empleo, alegando que Alemania ya les proporcionó clases para aprender el idioma.

Por el momento, aunque con ciertos matices marcados por los periodos electorales, el frente europeo sigue marcado por unos poderes políticos dispuestos a alargar la guerra común contra Rusia hasta la victoria final. Las turbulencias, o la amenaza de ellas, no provienen de los partidos ni de los países europeos, sino de la posibilidad de una victoria electoral de Donald Trump. El factor estadounidense es el que más preocupa a Kiev y sus aliados de Bruselas, que tratan de blindar la asistencia a Ucrania antes del posible retorno del candidato Republicano a la Casa Blanca, que provocaría un cambio que, por la importancia de Estados Unidos como primer socio militar de Ucrania, merece un análisis propio.

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