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Armas, Crimea, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, Ucrania

Objetivos simbólicos

Los nuevos fondos aprobados por Estados Unidos permitirán a +Ucrania defender el frente durante este año y preparar una contraofensiva para 2025. Así lo afirmó el pasado fin de semana el Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, que repitió el mismo mensaje que Volodymyr Zelensky ha presentado ya a su población. El mensaje es claro: serán precisos sacrificios para soportar la presión rusa en los próximos meses, pero a medio plazo, la situación podría equilibrarse o incluso beneficiar a Ucrania. Esa es, al menos, la esperanza de Kiev y sus socios, que siguen apostando por una victoria militar como única salida aceptable al conflicto con Rusia. En cualquier caso, la guerra se plantea a largo plazo, con las implicaciones que ello tiene a nivel económico, político, social y, sobre todo, militar. Es evidente que la guerra se prolonga mucho más allá de lo previsto por las partes directa e indirectamente implicadas y la situación requiere de reajustes. Es así como Ucrania quiere presentar la actual fase defensiva, en la que trata de compaginar la épica de detener a un gran ejército con la idea de una victoria segura sobre un país “tecnológicamente atrasado” y cuyas armas son infinitamente inferiores a las de Occidente, el mundo libre unido en la lucha entre los valores europeos y la democracia frente a la autocracia.

El discurso no ha cambiado y sigue ciñéndose a la idea de seguir apoyando a Ucrania mientras sea necesario. Países europeos -España esta misma semana- continúan llegando a acuerdos bilaterales de seguridad cuya efectividad es limitada y en ningún momento pueden compararse con las garantías de seguridad que se ofrecían a Ucrania en el acuerdo de Estambul, pero implican una contribución anual en concepto de asistencia militar. Garantizar un flujo continuo de financiación y armamento es el principal objetivo de Kiev, que a su vez es consciente de que tiene que ofrecer algo a cambio. Ucrania se ha ofrecido ya como teatro de operaciones en el que testar el equipamiento occidental frente al ruso en condiciones de combate de alta intensidad, una oportunidad que no ha estado a disposición de los ejércitos desde hace varias décadas y que muestra con total claridad la naturaleza proxy del actual conflicto y la voluntad de Kiev de aceptar esa posición.

Uno de los países más implicados en la actual guerra, el Reino Unido parece ser el más interesado en aceptar la oferta. El pasado abril, medios como la BBC informaban de que “según el secretario de Defensa ,un arma láser de alta potencia del Reino Unido podría ser enviada a Ucrania para derribar drones rusos”. Según el ministro Shapps, el arma podría tener “enormes ramificaciones” para el conflicto. Sin embargo, teniendo en cuenta que “se esperaba que el láser estuviera operativo en 2032, pero las nuevas reformas destinadas a acelerar la adquisición de armamento por parte del Gobierno significan que ahora estará listo cinco años antes”, que tan solo ha realizado una prueba y que la producción va a ser acelerada para que esté disponible antes de 2027, parece evidente que se trata de un intento de lograr disponer rápidamente de un arma que probar en condiciones de guerra de alta intensidad. La utilidad de la guerra de Ucrania va más allá de los beneficios económicos de las grandes productoras de armamento y de los beneficios geopolíticos que los diferentes países esperan lograr.

El Reino Unido no solo quiere probar sus armas del futuro en la guerra, sino que también está dispuesto a que el material que envía a Ucrania sea utilizado, no solo en defensa, sino especialmente en ataque. Pero al contrario que Estados Unidos, algo más prudente en este sentido, ha levantado explícitamente el veto a su uso en territorio ruso. “El ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, Lord Cameron, ha declarado que corresponde a Ucrania decidir cómo utilizar las armas británicas y ha insistido en que tiene derecho a atacar objetivos en territorio ruso”, escribió la semana pasada la BBC informando del permiso implícito de Londres al uso del armamento británico más allá del territorio ucraniano según sus fronteras de 1991.

Evidentemente, ese armamento británico incluye los misiles Storm Shadow, con capacidad de largo alcance y fuerte destrucción. La posibilidad del uso de misiles occidentales en territorio ruso no ha tardado en causar una importante reacción en Rusia, que no solo ha insistido en la escalada que supondría, sino que ha alertado de las posibles consecuencias para el Reino Unido. La respuesta rusa no ha sido únicamente verbal, sino que las palabras de Cameron han provocado unas maniobras nucleares ampliamente condenadas por Estados Unidos y los países europeos. El subtexto de Moscú es claro: una confrontación entre la Federación Rusa y los países de la OTAN implicaría muy probablemente el uso de armamento nuclear.

Rusia ha insistido también en que el uso de armamento occidental contra el territorio ruso supondría considerar a esos países como participantes en el conflicto, una postura que no difiere en exceso de la planteada por Olaf Scholz, que basa en la necesidad de no cruzar “la frontera de la beligerancia” su rechazo al envío de misiles Taurus a Ucrania. Según el canciller, esos misiles podrían ser utilizados incluso contra Moscú, una línea que no está dispuesto a cruzar. A juzgar por la filtración rusa de una conversación entre miembros de alto rango de la Bundeswehr, en la que especulaban con el número de misiles que precisaría la operación, las autoridades militares alemanas esperarían el uso de los misiles Taurus específicamente contra el puente de Kerch.

Objetivo prioritario para el nacionalismo ucraniano desde su construcción, que Ucrania inicialmente negó y posteriormente dio por hecho que Rusia no sería capaz de completar el proyecto, el puente que une Crimea y la Rusia continental se ha convertido prácticamente en una obsesión, no solo en Kiev, sino también en sus más fanáticos aliados. El general Breedlove fue uno de los primeros en destacar el puente de Kerch como objetivo no solo legítimo, sino prioritario. Desde entonces, esa postura se ha generalizado y Ucrania ha realizado dos intentos serios de dañar el puente: el primero por medio de un camión bomba en el que el conductor, que no era consciente de la carga que transportaba, fue asesinado junto a varios civiles que circulaban por la carretera; el segundo, con uso de misiles y causando menores daños.

La suma del peligro que supone para las infraestructuras y la disponibilidad de una vía alternativa a Crimea ha hecho decaer el uso del puente de Crimea como principal vía de suministro militar a la península. Así lo confirma esta semana un artículo publicado por el diario británico The Independent que llega a la conclusión de que “las imágenes obtenidas por Maxar “muestran que el puente, que Rusia construyó tras anexionarse Crimea en 2014, apenas tiene tráfico y, por tanto, puede que ya no represente un objetivo militar efectivo para las tropas ucranianas, repletas de munición, según los analistas de Molfar, la mayor agencia de inteligencia privada de Ucrania”. Esta idea había sido ya constatada por las autoridades y medios rusos, que tras los dos ataques insistieron en que el puente era una infraestructura fundamentalmente civil.

Construido durante los años en los que el bloqueo ucraniano hacía imposible la llegada por tierra a Crimea, el puente sustituyó al lento, ineficaz y anticuado servicio de ferris que conectaban los dos territorios y ha sido presentado como la principal obra rusa desde la adhesión de la península a la Federación Rusa hace ahora diez años. Esa narrativa, que insiste en ver al puente como un símbolo del imperialismo ruso, olvida, no solo la importancia que supuso para garantizar el suministro civil durante años, sino que no se trata de la única gran obra realizada en estos años. Entre ellas destaca la construcción del nuevo aeropuerto de Simferópol. En ambos casos, se pone de manifiesto la precariedad de las infraestructuras de la península a lo largo de los años de la Ucrania independiente, aspecto que Kiev prefiere ocultar para centrarse en presentar el puente como una imposición ajena que ha de ser destruida. El corredor terrestre y el ferrocarril del que ahora dispone Rusia, y que según The Independent es previsible que comience a ser un objetivo apetecible para Ucrania, ha reducido la importancia militar del puente, pero no el deseo de Kiev y sus socios de destruirlo. El 1 de mayo, Sergiy Kyslytsya, embajador de Ucrania en Naciones Unidas, publicaba en las redes sociales una imagen con lo que consideraba la “lista de los 6 principales tipos de puentes de 2024: puentes de arco, puentes en voladizo, puentes atirantados, puentes colgantes, puentes de tres arcos y puentes de Kerch”. Acompañaba a la descripción un dibujo de cada puente, a excepción del de Kerch, que contaba solo con una viñeta vacía. Era así como el representante permanente de Ucrania celebraba el envío de misiles estadounidenses ATACMS, que posiblemente sean utilizados en algún momento contra esa vía de unión entre Crimea y Rusia. Ese golpe que, como muestran incluso las fuentes occidentales sería más simbólico que estratégico, es el tipo de victoria que Ucrania busca ahora, a la espera de conseguir estabilizar el frente y soñar con una ofensiva en el futuro a medio o largo plazo.

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