Instalado a la vanguardia de los dirigentes más beligerantes, Emmanuel Macron, el último presidente que trató de negociar con Vladimir Putin para evitar la guerra, continúa reafirmándose en la idea de no descartar la posibilidad de enviar tropas occidentales a Ucrania. Así volvió a repetirlo en una entrevista concedida a The Economist, en la que planteó nuevamente las condiciones en las que Francia podría intervenir de forma directa en la guerra: el presidente francés lo valoraría en caso de que Rusia rompiera las líneas de defensa ucranianas y bajo una petición formal de Kiev. El punto de partida es el mismo del de la mayor parte del establishment europeo y norteamericano, que insiste en la posibilidad de que una ruptura del frente lleve a una victoria rusa y al peligro de que la Federación Rusa pudiera llegar a las fronteras de Polonia o Rumanía, algo descabellado a día de hoy, cuando las tropas rusas luchan por avanzar sobre Chasov Yar o Krasnoarmeisk, no sobre Odessa, Lviv o incluso Kiev o Járkov. Pese a su falta de realismo teniendo en cuenta las circunstancias de la guerra, el argumento es lo suficientemente alarmante como para justificar movilización de recursos, planes de rearme y militarización e incluso ideas que, como la del presidente francés, aún no han encontrado el favor de otras potencias regionales.
La noticia de la insistencia de Macron en no descartar la posibilidad de enviar tropas occidentales a la guerra, que se sumarían a los pequeños contingentes ´de fuerzas que se conoce que se encuentran sobre el terreno -efectivos de inteligencia y, según desveló Olaf Scholz, aquellos que participan en el uso de ciertas armas occidentales, como los misiles Storm Shadow-, coincide con un rumor que ha circulado en los últimos días en la prensa rusa. Según Asian Times, 1500 efectivos de la Legión Extranjera habrían llegado ya a Ucrania. Como indicaba el profesor Ivan Katchanovski, no hay ningún tipo de corroboración de esa llegada y el medio no ofrece ninguna fuente, por lo que todo indica que se trata de una noticia falsa que pudiera parecer creíble únicamente por la escalada verbal y el constante cruce de líneas rojas en el que se encuentran los actores que participan directa e indirectamente.
Sin embargo, la realidad de la guerra, de una intensidad muy superior a la que ninguno de los ejércitos occidentales ha vivido en las últimas décadas, hace inviable un envío de un contingente que participe activamente en una batalla de trincheras para la que no están preparados. De ahí que ni siquiera Ucrania, siempre dispuesta a exigir nuevas concesiones a sus socios, no haya planteado nunca esa posibilidad. Ayer, el primer ministro de Ucrania, Denis Shmygal, reaccionaba a la insistencia de Macron en la posibilidad admitiendo que Ucrania estaría agradecida, aunque no incidió más allá. Kiev es consciente de que sus necesidades de personal han de ser cubiertas de otra manera y solo ha buscado efectivos extranjeros en el caso de la aviación, cuando el entonces ministro de Defensa Oleksiy Reznikov apeló a los pilotos de F-16 a ofrecerse voluntarios y acelerar así la llegada de los preciados cazas a Ucrania. Y aunque Kiev ha aceptado, especialmente en los momentos de mayor vulnerabilidad, voluntarios extranjeros, la cantidad de bajas, algunas de ellas asesinadas, y la escasa eficacia de contar con soldados con dificultades de comunicación ha dificultado la labor.
Por el momento, aún con capacidad de movilización de hombres, la posibilidad de ampliar el reclutamiento a mujeres y aparente mantenimiento de reservas, Kiev no ha exigido a sus aliados el envío de tropas. Es más, Ucrania se ha presentado a sí misma como el ejército de Occidente contra Rusia. Con ello, Kiev ha querido presentarse como la defensa frente al enemigo común y hacer de ello su principal argumento para considerarse ya “a un solo paso de la OTAN” como afirmó ayer Denis Shmygal. Aunque cambiar de discurso nunca ha sido una dificultad para Kiev, sus prioridades son otras. Ucrania no busca, al menos de momento, el envío de tropas occidentales, sino aumentar la población entre la que es capaz de reclutar.
“«La Unión Europea adoptará una decisión conjunta sobre el regreso a su patria de los hombres ucranianos en edad de reclutamiento». Tal declaración fue realizada por Mykhailo Podolyak , asesor del jefe de la Oficina del Presidente”, recogía la semana pasada el medio ucraniano Facty, que añadía que “en su opinión, se trata de una iniciativa absolutamente correcta para encontrar una solución común que abarque a todos los miembros de la Unión Europea en la cuestión del retorno de los hombres en edad militar al territorio de Ucrania”. Desde hace varios meses y especialmente desde que Zelensky firmó la nueva ley sobre la movilización, la obsesión de Kiev es lograr el retorno de los hombres en edad militar que se encuentran en el extranjero.
La propuesta rápidamente obtuvo el favor de países como Polonia o Lituania, pero también el silencio de otros como Alemania, donde el interés por mantener en el país a una mano de obra asequible y educada es mayor que en los dos casos anteriores, que ven a la presencia de las familias refugiadas ucranianas como algo temporal. Hay que recordar que el interés alemán por especialistas de Ucrania -por ejemplo en cuestiones ferroviarias- precede a 2022. Ante la inexistencia de un método que pudiera hacer la repatriación factible, Alemania no se ha pronunciado al respecto, aunque lo hizo hace meses cuando la idea se planteó por primera vez. El silencio parece indicar que Berlín no ha cambiado su postura contraria a facilitar el envío de personas refugiadas a la guerra.
Ante el fanatismo de algunos países, dispuestos a facilitar el retorno de la población ucraniana para ser enviada a la guerra, países considerados más a la derecha en el espectro europeo se presentan como ejes de la moderación. “Hungría no extraditará refugiados a Ucrania. No investigaremos si, según los ucranianos, la persona está reclutada o no. Basados en la humanidad básica, no permitiremos que los envíen a la muerte”, afirmó, según recogían ayer varios medios, el primer ministro húngaro Zsolt Semjen. Al rechazo de Hungría se añade el de Italia, que a su vez se suman al silencio de gran parte del continente, con Alemania a la cabeza. Pero incluso ahí la cuestión está llegando a los medios. Ayer, Der Spiegel recogía las declaraciones del ministro del Interior de Hesse, que se mostraba partidario de ayudar a Ucrania con el reclutamiento, un argumento que, procedente de la CDU, es una herramienta de presión contra Olaf Scholz.
La insistencia de Ucrania en lograr el retorno de su población masculina en el extranjero responde a la necesidad de ampliar sus capacidades de reclutamiento especialmente en vistas al futuro. La edad militar comienza a los 18 años y la de reclutamiento a los 25, con lo que parece obvio que Kiev busca crear una reserva entre la que reclutar en el futuro. Las referencias al posible envío de tropas europeas a la guerra funcionan en términos de crear nerviosismo en Rusia y elevar la tensión, pero no parecen ser el objetivo ucraniano a día de hoy. Kiev precisa de tropas curtidas y con capacidad de comunicación, unas filas instruidas en las que importe más la calidad que la cantidad. Las diferencias con los primeros meses de la guerra rusoucraniana, cuando Ucrania apelaba a cualquier persona para acudir al frente, son evidentes.
Pese a las casi constantes referencias, es improbable que los países occidentales vayan a plantearse, al menos en la actual fase de la guerra, el envío de tropas. El argumento es triple. En primer lugar, los efectivos occidentales necesarios para Ucrania se encuentran ya sobre el terreno. Se trata de fuerzas especiales, efectivos de protección de intereses occidentales y, como desveló el canciller alemán, aquellas que operan cierto equipamiento extranjero. En segundo lugar, Kiev sigue disponiendo de reservas y capacidad de reclutamiento para cubrir sus necesidades. Finalmente, ninguno de los ejércitos occidentales está preparado para luchar en una guerra convencional terrestre como la que se lucha actualmente en las trincheras de Donbass y Zaporozhie.
Cada mención a una participación más directa de Occidente en la guerra causa inmediatamente una reacción adversa rusa, que no puede evitar el nerviosismo de la posibilidad de una escalada de difícil control. El argumento se convierte así en una herramienta de desestabilización muy útil para países como Francia, dispuestos a estirar la cuerda aún a riesgo de que se rompa.

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