“Aún resentido por la fallida contraofensiva del año pasado en Ucrania, la administración Biden está preparando una nueva estrategia que hará menos hincapié en recuperar territorio y en lugar de ello se centrará en ayudar a Ucrania a defenderse de los nuevos avances rusos mientras se encamina hacia el objetivo a largo plazo de reforzar sus capacidades de lucha y economía”, escribe esta semana The Washington Post. Desde su explícito titular, que proclama que “los planes de guerra de Estados Unidos para Ucrania no prevén recuperar territorio perdido”, el artículo presenta un cambio en la táctica y la estrategia dirigido, sin matices, desde la Casa Blanca. El cambio en los últimos siete meses es notable y ha pasado de las declaraciones de Blinken de las primeras horas de la contraofensiva proclamando que Ucrania contaba con todo lo necesario para derrotar a Rusia en el frente a planificar una reconstrucción más profunda de las fuerzas y la economía ucraniana para sostener la guerra en un futuro aún por determinar.
En esa estrategia, el papel de Ucrania se limita aparentemente a acatar una estrategia que llega desde fuera y sobre la que el margen de maniobra de Kiev se limita a la táctica para cumplir esos objetivos. Aunque no se menciona en el artículo de The Washington Post ni en otros que detallan planes similares, la naturaleza proxy de esta guerra queda en evidencia ante las impotentes quejas de la parte ucraniana. El medio estadounidense menciona dos de ellas. Por una parte, la incertidumbre sobre cuándo podrá Joe Biden aprobar los nuevos fondos asignados para la defensa de Ucrania hace que Kiev no tenga forma de saber con qué financiación va a contar para cumplir los objetivos. “Ahora mismo, todo apunta a la posibilidad de que dispongamos de menos que el año pasado, cuando intentamos hacer una contraofensiva y no funcionó”, afirma el diputado Roman Kostenko, citado en el artículo, que añade que “si tenemos incluso menos, está claro cuál será el plan: será defensa”.
El cúmulo de argumentaciones sobre la necesidad de centrar la táctica ucraniana alrededor de la defensa en preparación, quizá, para ofensivas más allá de 2025, es la admisión implícita de que la movilización de recursos millonarios no ha sido suficiente para lograr los objetivos planificados. Ucrania no recibió en 2023 algunas de las armas esperadas, especialmente aviación occidental, pero dispuso de un flujo ininterrumpido en los primeros meses del año, en los que percibió todo un arsenal de tanques, artillería y munición con el que avanzar sobre los territorios del sur bajo control ruso.
Hay que recordar que, como ha podido conocerse meses después del inicio de la ofensiva, Estados Unidos esperaba una ruptura rápida del frente de Zaporozhie y avance hacia Melitopol. Pese a las reuniones de crisis celebradas en las primeras semanas de lo que ya se entreveía como una ofensiva fallida -como proclamó entonces Vladimir Putin, al que el tiempo ha dado la razón en esa afirmación que en su momento pareció excesivamente confiada y prematura-, en siete meses, Ucrania solo ha logrado llegar hasta el lugar, Rabotino, que esperaba capturar en las primeras veinticuatro horas.
El fracaso de la operación terrestre en 2023 y el riesgo real de una repetición de los hechos en caso de tratar, como deseaba el Gobierno de Zelensky, de preparar una nueva gran ofensiva con los mismos objetivos parecen haber forzado a Biden a optar por un cambio de estrategia. Se busca así abandonar el ímpetu por una victoria rápida que ya se ha demostrado que no va a llegar, para optar por una mirada multianual en la que no solo se mire al mapa de control de territorio. Es ahí donde surge la segunda queja ucraniana, en esta ocasión representada por las declaraciones de Anders Fogh Rassmusen, exsecretario general de la OTAN y actualmente lobista de Ucrania. En realidad, las declaraciones que recoge The Washington Post, en las que afirma que “sea cual sea la estrategia, se necesitan todas las armas que puedas imaginar” e insiste en que “no se puede ganar una guerra con una aproximación de aumento paso a paso” sino que “tienes que sorprender y saturar al enemigo”, son la postura de la Oficina del Presidente.
Zelensky, Ermak -que hace unas semanas publicó un artículo conjunto con Anders Fogh Rassmusen- y su equipo buscan mantener el máximo posible de acciones ofensivas en busca de recuperar territorio ante el temor a que la fase defensiva desemboque en la consolidación de la línea del frente. La recuperación de la iniciativa por parte de Rusia, algo indiscutible en estos momentos con Ucrania construyendo líneas de defensa en Donetsk y también en zonas alejadas del frente como Chernigov, ha obligado a Zelensky a admitir que las tropas ucranianas han de centrarse ahora mismo en la defensa. Sin embargo, sus exigencias de armamento y búsqueda de vías para reclutar a medio millón de soldados para las Fuerzas Armadas indica claramente que las intenciones del Gobierno ucraniano no han cambiado y que su objetivo es recuperar de forma rápida la capacidad ofensiva para impedir que el frente se consolide como una frontera de facto y la guerra se cronifique en las trincheras como lo hiciera en los años de conflicto en Donbass.
Sin embargo, en sus ambiciones, Ucrania depende directamente de la voluntad y los intereses de sus socios. Como afirma de forma explícita The Washington Post, Biden busca blindar la asistencia a Ucrania ante el peligro de la posible llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. El objetivo es comprometer una asistencia que ayude a Ucrania a mantener el territorio que actualmente controla, defender sus ciudades para poder reactivar su producción y su economía y favorecer la manufactura industrial. En ese contexto, entran en juego iniciativas como el acuerdo de garantías de seguridad de diez años acordado entre Ucrania y el Reino Unido, que se convierte en un ejemplo que Biden espera que sigan otros países. Como quedó claro con la letra y el espíritu de ese documento, no se trata de comprometerse a defender Ucrania en caso de ataque, sino de promesas de suministrar armamento para defenderse de Rusia. La realidad es que este tipo de acuerdos implican la consolidación del statu quo: cronificación del estado de guerra sin que se plantee siquiera como opción a medio plazo la diplomacia, defensa en el frente y protección de las ciudades utilizando el armamento occidental y escalada en la retaguardia.
“En lugar de los duelos masivos de artillería que dominaron gran parte de la batalla en la segunda mitad de 2022 y la mayoría de 2023, la esperanza de Occidente para 2024 es que Ucrania evite perder más territorio que esa quinta parte del país ahora ocupado por Rusia. Además, los gobiernos de Occidente quieren que Kiev se concentre en tácticas en las que sus fuerzas han tenido más éxitos recientes: fuego a más largas distancias, incluyendo el uso de los misiles de crucero franceses que prometen entregarse en los próximos meses; contener a la flota rusa del mar Negro para proteger el tránsito naval desde los puertos ucranianos; y entretener a las fuerzas rusas dentro de Crimea con ataques con misiles y operaciones especiales de sabotaje”, escribe The Washington Post en un párrafo que expresa a la perfección lo que puede esperarse para los próximos doce meses.
Esa táctica de ataques en la retaguardia, especialmente en Crimea, refleja también algo que ha quedado eclipsado por el fracaso de la contraofensiva terrestre: Ucrania ha sido capaz de golpear a Rusia en su retaguardia y en su territorio, causando daños importantes en infraestructuras militares, pero también de importancia económica. Ese es el camino que ha elegido Estados Unidos para el año 2024. De ahí que no deba esperarse un nuevo gran suministro de tanques y blindados sino insistencia en recibir sistema de defensa aérea con las que defenderse de los misiles rusos y atacar objetivos como el Il-76 que esta semana ha costado la vida a decenas de prisioneros ucranianos. Reforzar a Ucrania mirando la guerra a muy largo plazo y desgastar a Rusia en su retaguardia son la receta que debe esperarse durante los próximos meses.
Para ello, Estados Unidos espera poder aprobar a la mayor brevedad los nuevos fondos para Ucrania, una legislación que está siendo finalizada en el Senado, pero para cuya aprobación resta aún el esquivo beneplácito de un Congreso reticente a aprobarla en sus actuales términos. De ahí que Biden busque un aumento de la implicación de otros países, de los que espera que sigan el ejemplo británico para comprometerse con Ucrania al menos para los próximos diez años.
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