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Batallón Azov, Biletsky, Canadá, Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

«Fanáticos»

En los últimos meses, las redes sociales de Azov han mostrado varias ceremonias de entrega de medallas a los soldados del regimiento por su labor en el frente. En las imágenes, en actos presididos por Denis Prokopenko, era el ministro del Interior quien otorgaba las condecoraciones. Las imágenes son la constatación de la importancia que ha adquirido Azov en el aparato de seguridad de Ucrania, en el que ha ascendido notablemente desde que fuera incluido en sus filas en el año 2014, pero también un recordatorio de que una parte de la organización forma parte de las estructuras policiales. Es ahí donde comenzó el entonces emergente batallón pocos días antes de que Turchinov y Yatseniuk dieran la orden de iniciar la operación antiterrorista.

En aquel momento, el ministro Avakov esperaba utilizar a esos grupos en una victoria rápida acabando con el grupo armado encabezado por Igor Strelkov, que había capturado Slavyansk. Ni el Ministerio del Interior, en el que Avakov y Gerashenko introdujeron al grupo vinculado a Andriy Biletsky, ni el resto del  Gobierno tuvieron en cuenta entonces que la parte armada de la protesta contaba con un apoyo de la población mucho más amplio del previsto. Esa operación de fuerzas especiales rápidamente se convirtió en una guerra de baja intensidad que Ucrania siempre rechazó resolver por la vía del compromiso que implicaba el cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Esos años de ni guerra ni paz supusieron un punto de inflexión para el movimiento que gira en torno a Andriy Biletsky y en el que el batallón y posteriormente regimiento Azov no es sino el ala militar de un concepto político.

Aunque Biletsky cedió el mando militar de Azov en los primeros meses de existencia del batallón para aspirar a un escaño en la Rada -que consiguió gracias a que el Frente Nacional de Yatseniuk retiró a su candidato por la circunscripción para asegurárselo-, el líder blanco, siempre fue la cabeza visible de todas las ramificaciones del movimiento: las alas militares, políticas e internacionales. Sin embargo, la existencia de un mando militar formalmente separado del cuadro del Corpus Nacional, brazo político del movimiento, fue suficiente argumento para gran parte de la prensa occidental, que en 2022 realizó una fuerte labor de normalización de una estructura político-militar directamente vinculada a la derecha más extrema de Ucrania.

Durante los años de guerra en Donbass, y ante las dificultades para cubrir las necesidades de movilización, en ciertas zonas del frente, Ucrania compensó las carencias con el uso de batallones como Azov, que ofrecían servicios de contrainsurgencia, vigilancia y amenaza a bajo coste para el Estado. El grupo de Biletsky se hizo fuerte en Mariupol, donde disponía de una base desde donde realizaba sus actividades. Desde allí, como miembro de la Guardia Nacional de Ucrania, podía ser utilizado en otros lugares del país. Así ocurrió durante la semana anterior al segundo aniversario de la masacre de Odessa, cuando el entonces gobernador Saakashvili contó con el regimiento para encabezar el contingente que debía vigilar -y amedrentar- a quienes pretendían rendir homenaje a los asesinados en la Casa de los Sindicatos. En aquel entonces, Maksym Zhoryn, procedente del núcleo duro de Azov, el batallón Borodach, no solo encabezó la delegación de Azov, sino que fue visto organizando junto al jefe de policía de Odessa el desfile policial que se realizó frente al lugar de los hechos a modo de demostración de fuerza.

La batalla por Mariupol en 2022 hizo recuperar a Azov el protagonismo perdido desde el inicio de la operación militar rusa, que había causado una movilización de personal y recursos a nivel nacional e internacional que pudo haber oscurecido el papel del regimiento. La gravedad de lo ocurrido, la masiva destrucción que podía verse en la ciudad y la extensión temporal de la batalla dieron aún más presencia mediática a Azov, que pese a no ser el único grupo que luchaba en la ciudad, supo capitalizar a su líder militar, Denis Prokopenko, para presentar al regimiento como la heroica unidad que defendía la ciudad.

En paralelo a la formación de una campaña nacional e internacional de defensa del regimiento Azov como defensores de Azovstal para exigir su liberación, primero del sitio de la zona industrial de Mariupol y después del cautiverio ruso una vez perdida la batalla, la prensa occidental realizó un inestimable trabajo de normalización de un grupo que incluso el Congreso de Estados Unidos había calificado de neonazi y supremacista blanco, prohibiendo año tras año su financiación e instrucción. De repente, tres argumentos fueron suficientes para hacer de Azov un regimiento que no debía acarrear ningún matiz negativo: el regimiento había sido integrado en la Guardia Nacional, por lo que no había nada de político en él; la separación entre el ala militar y política había consolidado al grupo como una unidad militar más y la ausencia de Andriy Biletsky eliminaba cualquier vinculación con la extrema derecha.

Todos esos argumentos caían por su propio peso. La introducción de Azov como batallón de la Guardia Nacional se produjo desde los inicios del crecimiento del grupo de Biletsky como fuerza política -extraparlamentaria, pero con poder en las calles- y militar, es decir, en los años en los que incluso para sus aliados de Washington se trataba de un batallón indeseable. La separación entre el regimiento y el Corpus Nacional, como la ligera modificación del wolfsangel para hacerlo parecer menos similar al símbolo original, no fueron sino una ficción que solo quienes quisieron ver un cambio que no existía pudieron observar. Y la separación del aparato militar del líder absoluto, Andriy Biletsky, puede observarse ahora, cuando, como coronel de las Fuerzas Armadas de Ucrania, lidera la 3ª Brigada Separada formada por soldados de Azov. Hace unos meses, junto Maksym Zhoryn, que siempre ha sido una de sus manos derechas -tanto en el plano militar como político-, Biletsky informaba a la plana mayor del Gobierno sobre el desarrollo de los acontecimientos en el frente.

En este año y medio desde el inicio de la guerra contra Rusia -aunque Azov lleva en ella desde 2014-, el regimiento, ahora convertido en varias brigadas, se ha hecho fuerte, no solo en la Guardia Nacional sino también en las Fuerzas Armadas de Ucrania, además de tener presencia en las fuerzas especiales de la inteligencia militar del GUR de Kirilo Budanov. Con los mismos líderes y la misma ideología, Azov ha pasado de ser un batallón aislado a ser relevante en los ministerios del Interior y Defensa.

“Esto va a tener un efecto peligroso en Ucrania y potencialmente en otros países porque ahora, básicamente, hay nazis en Ucrania que han sido convertidos en héroes”, afirmó el profesor Ivan Katchanovsky en declaraciones al medio canadiense The Marple, que este mes ha desvelado que la realidad de Azov no solo era perfectamente conocida por los países de la OTAN sino que algunos, como Canadá, ocultaron la evidencia. “El directorio de la OTAN advirtió de que Azov seguía estado compuesto por «fanáticos»”, ha escrito Alex Cosh en un artículo que recuerda que el país ha ocultado los detalles durante más de un año.

«Es cierto que Azov se incorporó a la GNU [Guardia Nacional de Ucrania], pero no les entrenamos porque sean fanáticos, y no compartimos sus valores … Es cierto que Azov nos ha perseguido como un problema durante años, pero definitivamente no debemos ocultar el hecho de que hemos entrenado a la GNU debido a una pequeña minoría en sus filas», afirma, según el periodista, un correo electrónico interno enviado por Elana Aptowitzer, entonces directora de comunicación del Departamento de Seguridad Nacional, al teniente coronel Andre Salloum. En aquel momento, Ottawa se enfrentaba a la posibilidad de recibir preguntas de la prensa a raíz de las imágenes de soldados de Azov portando armamento canadiense. Consciente de la realidad, Canadá optó por ocultar los datos que conocía a la perfección. El papel de Canadá en esta guerra nunca ha sido tan vistoso como el de Estados Unidos o el Reino Unido, aunque siempre ha estado ahí. Desde Maidan, cuando la embajada canadiense fue uno de los centros de poder, hasta el actual ímpetu por seguir armando a Ucrania para continuar la guerra, pasando por los años en los que ha entrenado a miembros de las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional -entre ellos a soldados de Azov, incluso en los momentos en los que el Congreso de Estados Unidos había prohibido financiar, armar o instruir al regimiento-, el papel político y militar de Ottawa ha sido constante. En esa labor, que solo en parte se debe a la importancia de la diáspora ucraniana en el país y que tiene mucho de herencia del odio anticomunista y antirruso de la Guerra Fría, todo está justificado.  Sin ningún arrepentimiento y sin intención de cambiar.

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