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Armas, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Silencio, conspiración e incoherencias

En un momento que debería ser muy comprometido, Ucrania continúa su cruzada para conseguir la financiación con la que mantener sus instituciones y su ejército. En la última semana, las tropas de Kiev han cometido una masacre a las puertas de un mercado y todo indica que el miércoles derribó un Il-76 sobre territorio ruso en el que no se transportaban misiles sino prisioneros de guerra que se dirigían a la frontera para ser entregados a Ucrania y volver a casa. Sin embargo, esas más de 80 víctimas entre los civiles asesinados en Donetsk y los soldados muertos en el siniestro de Belgorod no van a modificar ni el modus operandi de Ucrania, ni la opinión de sus aliados, dispuestos a creer que luchan colectivamente en una guerra entre el bien y mal.

Tras horas de silencio, Volodymyr Zelensky se refirió finalmente a lo ocurrido en Belgorod para mantener un discurso perfectamente ambiguo en el que ponía en duda la versión rusa de que la aeronave transportara prisioneros, pero también parecía inclinarse hacia lo afirmado por el GUR, que abrió la puerta a la falsa bandera rusa. Ucrania quiere jactarse de haber derribado una aeronave de carga sobre territorio ruso, entre otras cosas para mostrar los éxitos de la defensa aérea suministrada por sus socios occidentales. Una de las tareas de la investigación rusa es, sin duda, determinar el arma con la que se derribó el Il-76. Por el momento, se manejan dos opciones: un Patriot estadounidense (quizá donado por otro país, no necesariamente Estados Unidos) o un Iris-T alemán. Moscú anunció el mismo miércoles que pediría cuentas al país que hubiera entregado el armamento.

Pero aunque Kiev desea celebrar el éxito, no quiere aceptar las consecuencias que aparentemente implicó el derribo. De ahí que el GUR, una fuente que la prensa está tomando como fiable, pero en cuya naturaleza y forma de actuación está la desinformación, esté alimentando la teoría de la conspiración. En ese afán, la inteligencia militar maneja dos teorías que carecen absolutamente de sentido. Según la primera, no había en el avión 65 prisioneros y fue Rusia quien derribó la aeronave o la colocó ahí de tal manera que lo hiciera Ucrania. Los medios que han publicado la versión del GUR no se preguntan cuál es la lógica de utilizar un avión vacío y enviar a sus pilotos, una profesión extremadamente preciada precisamente por su escasez, a la muerte. La segunda teoría sigue manteniendo que Rusia envió a sus pilotos, tripulación y personal del Ministerio de Defensa a la muerte, pero también a prisioneros ucranianos, que fueron utilizados como escudos humanos.

Como ocurriera hace una semana con el ataque contra la ciudad de Donetsk, en el que Kiev no tuvo ningún problema en volver a culpar a Rusia del bombardeo de la ciudad bajo su control, el argumento ucraniano es simple: Rusia busca desestabilizar Ucrania y para ello utiliza todo tipo de herramientas de desinformación. Esa es la versión dada por Volodymyr Zelensky al exigir una investigación internacional que determine qué ocurrió el miércoles en Belgorod. Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, se mostró ayer abierto a la posibilidad. Rusia quiere dejar claro que no tiene absolutamente nada que esconder en este incidente que, pese al intento ucraniano, cada vez parece más claro. Mucho más incierta que la investigación, que ya dispone de las cajas negras del avión, es el estatus en el que queda uno de los escasos aspectos en el que las partes habían sido capaces de llegar a un acuerdo: los intercambios de prisioneros. Todo parecía preparado para que Zelensky pudiera ayer celebrar su cumpleaños enalteciendo como el regalo perfecto el retorno de los soldados en un intercambio que finalmente no se produjo. Pero pese a las acusaciones ucranianas de derribo de la aeronave e incluso de haber hecho desaparecer deliberadamente a docenas de soldados, Andriy Yusov, portavoz del GUR, exigió ayer que los intercambios continúen.

En su intento de presentar lo ocurrido como una provocación rusa, Ucrania ha contado, como también ocurriera la semana pasada en el caso de Donetsk, con el beneplácito de sus aliados. La semana pasada, el silencio de las autoridades y el favor de la prensa dieron credibilidad a las dudas ucranianas sobre lo ocurrido en la capital de Donbass. Una vez más, y son ya demasiadas a lo largo de los últimos casi 10 años, se siembra la duda sobre si Rusia pudo bombardear la principal ciudad ucraniana bajo su control. El episodio del Il-76 ha repetido los pasos habituales, con el silencio de las autoridades occidentales y la publicación en los medios de comunicación de la versión rusa siempre acompañada del aviso de que las alegaciones no han podido ser independientemente verificadas. Ninguna advertencia acompañaba a la versión ucraniana, a la información errónea (según el propio medio) tomada de Ukrainska Pravda o a las descabelladas acusaciones del GUR, posiblemente uno de los cuerpos que más tenga que esconder teniendo en cuenta que era quien conocía el momento y lugar previsto para el intercambio.

Acostumbrada a manejar a la perfección el discurso, Ucrania ha necesitado en esta ocasión tiempo para preparar su defensa, siempre ofensiva. La cuestión es mucho más sensible que las 28 víctimas mortales de Donetsk, tras la que Rusia convocó una reunión urgente el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En ese momento, los aliados de Ucrania acusaron a Moscú de aprovechar su posición en el Consejo para su uso de propaganda contra Kiev. Sin embargo, los prisioneros de guerra ucranianos son algo mucho más importante para el ejecutivo de Zelensky que la población civil de Donetsk y, como pudo observarse el miércoles, era necesario un tiempo para gestionar la narrativa. Por suerte para Ucrania, la presidencia francesa colaboró en el retraso de la reunión, que no se celebró el miércoles, sino que se pospuso al jueves por la noche, dando a la Oficina del Presidente un preciado tiempo para decidir cuál será su táctica. En el Consejo, Ucrania insistió en culpar a Rusia, en esta ocasión, aceptando por primera vez la posibilidad de que hubiera prisioneros de guerra en el avión, por «utilizar escudos humanos para el transporte de misiles». De forma implícita, Ucrania admite así haber derribado la aeronave y cruza los dedos para que no hubiera en ella prisioneros de guerra, sino misiles, una teoría que no se sostiene de ninguna manera.

Como es habitual, Ucrania contó, pese a su incoherente narrativa, con el apoyo de sus socios. Pero esa no es toda la ayuda que Kiev ha recibido en las últimas horas. Mucho más importantes son las informaciones publicadas por la prensa, que afirman que apuntan al inicio del fin de los vetos de Eslovaquia y Hungría a la financiación de Ucrania. Bratislava ha dado a entender que no bloqueará la aprobación de los 50.000 millones de euros con los que Kiev espera mantener al Estado a la espera de que la financiación estadounidense sostenga al ejército. La promesa de apoyo viene a pesar de las declaraciones del primer ministro ucraniano Denis Shmigal, que insistió de nuevo en que no habría tránsito de gas ruso a través de Ucrania más allá de 2025. Con esa afirmación, Kiev vuelve a recuperar la cuestión del gas, una carta habitual en el juego de las negociaciones políticas y económicas. Evidentemente, la cuestión afecta también a Hungría, que ha rechazado renunciar al gas ruso. Por el momento, Budapest solo acepta levantar el veto a la ración de un fondo de 5.000 millones de euros de asistencia militar a Ucrania.

A pesar de las promesas de financiación, Ucrania siempre busca lograr un poco más de sus socios. El país no precisa únicamente de la financiación con la que mantener la economía y continuar la lucha contra Rusia, sino que precisa de personal. En su discurso de fin de año, Zelensky ya animó a los ucranianos a regresar al país. La labor de esos hombres es, según su presidente, luchar en el frente o trabajar en la retaguardia y pagar sus impuestos para financiar la guerra. La necesidad de Ucrania de personal para remplazar a sus agotados soldados, compensar las bajas y aumentar sus filas no es un secreto. Y es la forma más sencilla es exigir a los países occidentales que devuelvan a Ucrania a los hombres allí refugiados. Ayer, Político titulaba que “Ucrania quiere que las nuevas normas de migración de la Unión Europea anime a los retornos”. “Creo que los países de acogida deberían dejar de apoyar a los refugiados para que puedan volver a casa”, ha declarado a un medio suizo el asesor de la Oficina del Presidente Serhiy Leschenko. Ningún apoyo político, diplomático, económico o militar es suficiente y Ucrania siempre demanda más, en esta ocasión, que sus ciudadanos sean devueltos para que puedan ser enviados al frente.

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