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Batallón Azov, Bratstvo, Budanov, Crimea, Donbass, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Rusia, Ucrania

Estrellas de la guerra

“No entra luz en la oficina del jefe del espionaje de Ucrania, el teniente general Kirilo Budanov. Las paredes están fortificadas; las ventanas, reforzadas con sacos de arena y las cortinas cerradas”, escribe esta semana en su generoso reportaje sobre el director del GUR ucraniano Financial Times. La guerra tiene la capacidad de crear estrellas de personajes aparentemente mediocres, pero que en un momento dado se encuentran en un puesto que les permite conseguir atención. El protagonismo puede ganarse a base de presencia mediática constante, como ha ocurrido con asesores de la Oficina del Presidente como Olesky Arestovich o Mijailo Podolyak, por un buen manejo de los medios, como ha ocurrido con Valery Zaluzhny, o creando un personaje que la prensa esté dispuesta a promocionar. Esa ha sido la vía con la que Kirilo Budanov, cuyo puesto no se prestaría, a priori, a buscar presencia informativa en primera persona, ha logrado convertirse en una de las figuras de esta guerra.

La fascinación de los medios occidentales -y también de los ucranianos- por su figura no se mide únicamente en la cantidad de reportajes y entrevistas que se le ha dedicado a lo largo de los dos años en los que Ucrania ha copado las primeras páginas de la sección de internacional de las grandes cabeceras, sino especialmente en la forma en que su discurso y su figura no son ni siquiera mínimamente cuestionadas. Porque al espía “que no le gusta la luz” le atrae especialmente en juego mediático con el que utiliza la argucia de la provocación para crear odio en el enemigo e interés en su propia población.

Con su imagen de hombre joven y veterano de la operación antiterrorista, el primer eufemismo para calificar la guerra desencadenada por Ucrania contra la población de Donbass, Budanov es el ya famoso director de la inteligencia militar ucraniana, el GUR, el cuerpo que The Washington Post definía hace unos meses como el más cercano a Estados Unidos. “Es nuestro bebé”, admitía una de las fuentes del artículo, que detallaba algunas de las “audaces” operaciones encubiertas que han realizado en la última década tanto el SBU, la inteligencia civil, como el GUR. En esa estrategia han destacado en esta década los asesinatos selectivos, algunos tan importantes como el de Alexander Zajarchenko, uno de los firmantes de los acuerdos de Minsk, único acuerdo de paz que se ha firmado en esta guerra. Con la invasión rusa, esos ataques en la retaguardia se han elevado a un nivel superior tanto en su cantidad como en su importancia. Budanov y su extravagante grupo de fuerzas especiales, que incluye a miembros de Kraken (parte de la reorganización de Azov tras la derrota de Mariupol), Bratstvo (el talibán cristiano de Dmitro Korchinsky) o RDK (los partisanos rusos del Ministerio de Defensa de Ucrania, grupos cuyo grueso está formado por miembros de la derecha más extrema de la Federación Rusa), han realizado todo tipo de operaciones tanto en el territorio bajo control ruso como en la propia Rusia. Ataques con drones, explosiones en infraestructuras críticas -el último en una refinería de la región de Leningrado el pasado fin de semana- u operaciones militares generalmente suicidas son algunas de sus hazañas. Varias de ellas han acabado con el previsible resultado del fracaso y la vuelta a casa solo de una parte de los soldados. Es el caso del intento de Budanov de capturar la central nuclear de Zaporozhie en Energodar, cuando sus fuerzas especiales fueron derrotadas, algunas de ellas en su intento de cruzar el río.

Sin embargo, ni para Budanov ni para la prensa son importantes las derrotas sino las imágenes. Tampoco son importantes las consecuencias de las operaciones ni el castigo colectivo que buscan en muchos momentos. Destacar la provocación y la audacia es el objetivo por encima de todo y en ella, Budanov ha comprendido que la ambigüedad de quien dice lo suficiente para dar a entender que reclama la autoría de ciertos actos sin llegar a admitirlo con palabras es la mejor opción. “La habilidad de Budanov es realizar ataques tras la línea enemiga en el territorio ocupado por Rusia y en la propia Rusia”, afirma Financial Times, que posteriormente añade que “el espía rara vez se atribuye el mérito, manteniendo a Moscú y al resto del mundo adivinando cuáles son el alcance y las habilidades del Directorio”. Teniendo en cuenta que, en ocasiones, son los propios soldados de los grupos afiliados al GUR los que muestran la evidencia de sus acciones, la ingenuidad de la prensa es una pose de la misma manera que lo es la sonrisa traviesa de Budanov al jactarse de los éxitos sin llegar a reivindicarlos.

La voluntad de aceptar sin matices el discurso de Budanov va mucho más allá de las acciones concretas que ha realizado el GUR. Varios son los ejemplos que se publican sin matices y sin que el jefe de la inteligencia militar sea cuestionado. En el artículo de Financial Times destacan varios de los temas habituales de la narrativa de Budanov que, por ejemplo, se jacta de la cantidad de intentos de asesinato rusos a los que ha sobrevivido. Con la arrogancia de quien sabe que no va a recibir una pregunta comprometida, Budanov culpa directamente a Vladimir Putin de una serie de ataques de la mayoría de los cuales no hay siquiera constancia. El periodista, veterano de la cobertura de la guerra de Ucrania desde 2014, no pregunta tampoco por los asesinatos cometidos por el GUR.

En lo que respecta a la valoración de la situación actual de la guerra, Budanov continúa con su relato habitual de ver la paja en el ojo ajeno consciente de que Christopher Miller no va a preguntarle por la viga en el propio. Concretamente, Budanov se refiere a dos temas: la producción militar y el reclutamiento. Y aunque admite que Ucrania no puede eliminar la movilización, afirma, sin ofrecer más prueba que sus rotundas declaraciones, que Rusia pierde más personal que el que puede reclutar. Budanov proclama también que la Federación Rusa es incapaz de mantener la producción industrial para compensar las pérdidas en el frente y cubrir las necesidades de la guerra. De ahí que tenga que recurrir a países aliados como la República Popular de Corea.

No hay en el artículo la más mínima crítica ni intento de precisar que, cualquier debilidad que haya mostrado Rusia en ambos casos, es con creces superada por Ucrania. Las imágenes de los reclutadores ucranianos capturando a hombres por las calles se han convertido en una constante y aumentan recientemente las informaciones sobre el creciente número de hombres detenidos al intentar huir del país para evitar el reclutamiento. Tampoco el intento de Ucrania de conseguir el retorno de los refugiados para que puedan ser reclutados anima a pensar que no haya en Kiev dificultades para compensar las bajas en el frente. En el caso de las armas, cualquier adquisición externa que haya realizado Rusia en busca de munición o dronería queda eclipsada por las inmensas cantidades de armamento que Ucrania, que jamás habría sido capaz de sostener por sí sola una guerra como la actual, ha recibido de sus socios.

Con la misión de provocar, Budanov no puede terminar el reportaje sin sus habituales teorías de la conspiración, tan alocadas que, en este caso sí, Miller precisa que no hay pruebas para tales alegaciones. Budanov, que en varias ocasiones ha anunciado enfermedades terminales o incluso la muerte de Vladimir Putin, insiste en que no es el presidente ruso quien realiza actos públicos. Y de la misma forma que duda de si el presidente ruso está vivo, Budanov insiste en que “no hay pruebas” de que Evgeny Prigozhin, dueño de Wagner, esté vivo o muerto.

Dispuesta a conceder a los oficiales ucranianos el beneficio de la duda, la prensa opta por ignorar ese tipo de comentarios para no restar credibilidad a personas como Budanov. Sin embargo, no son las extravagantes declaraciones las que deberían hacer dudar a la audiencia, sino aquello que el espía ucraniano intenta imponer como discurso oficial. Ahora que ha quedado constatado el fracaso de la contraofensiva de Zaporozhie, que personas como él presentaron como una operación que iba a ser definitiva y contaba con la garantía de éxito, el líder del GUR se enfrenta a algunas preguntas sobre sus predicciones. Budanov, que había prometido que sus tropas llegarían a Crimea antes de terminar la primavera, intenta ahora presentar como éxito sus incursiones en la península, acciones propagandísticas en las que arriesga las vidas de sus soldados para lograr colocar una bandera ucraniana y grabar la acción en busca de gloria en las redes sociales. “Aunque el plan original sugería algo distinto”, admite, “mantuvimos nuestra promesa. Este verano, nuestra unidades entraron repetidamente en Crimea”. Budanov olvida admitir que esas incursiones relámpago son la única forma en la que Ucrania puede hacer ondear -y solo temporalmente- su bandera en Crimea. El provocador jefe de los espías prefiere ver en ello un éxito sin comprender que refleja el fracaso más rotundo de Ucrania, que ha alienado completamente a la población del territorio que con más ansia desea recuperar.

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