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Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania, Zaporozhie, Zelensky

Intenciones de futuro

La semana del Foro de Davos ha sido, como era previsible, una ocasión de esfuerzos diplomáticos por parte de Kiev para volver a colocar su mensaje en los medios internacionales y recuperar parte del protagonismo perdido ahora que la de  Ucrania no es la única guerra activa en la que Occidente participa indirectamente, sino que ni siquiera es la más importante. Precisamente por ello y por la preocupación que Volodymyr Zelensky ha admitido en el pasado que causa la falta de suficiente atención, el Gobierno ucraniano trata de recuperar la prominencia mediática perdida. De ello depende la capacidad de Ucrania de lograr convencer a los sectores escépticos de la necesidad de continuar por el camino marcado. A ello han dedicado estos días de enero gran parte de los oficiales ucranianos, que han buscado, al mismo tiempo, presentar a Ucrania como centro los acontecimientos geopolíticos mundiales y exigir más apoyo tanto a corto plazo como la largo.

“Actualmente, hay en curso una guerra por el dominio”, escribió ayer Mijailo Podolyak en el marco de la carrera por mostrar que la guerra no solo es la única opción, sino que es una oportunidad para solventar aquellas otras crisis que han restado protagonismo a Ucrania. No se trata, según el asesor de la Oficina del Presidente, de una guerra por “los territorios, negocios, expansión o no expansión de alianzas militares, sino por el dominio”. Y en esa guerra, que se presenta como global, Podolyak afirma que Ucrania y el este de Europa serán “el campo de batalla clave donde se determinará todo”. En un mundo en el que más de 24.000 personas (la inmensa mayoría civiles, con un nivel desproporcionadamente alto de menores) han sido asesinadas en Gaza en solo tres meses -superando con creces la cifra de civiles que dejan los casi dos años de guerra rusoucraniana- y donde la guerra amenaza con extenderse por la región, Ucrania ha de ser el centro de interés.

Desde ese punto de vista, llevando la idea del eje del mal de George W. Bush prácticamente hasta la parodia para simplificar al máximo la realidad y ofrecer una solución igualmente sencilla, el desarrollo de la guerra de Ucrania será lo que marque el resultado final de un conflicto más amplio, pero que, según el discurso ucraniano, no deja de ser secundario. Para Mijailo Podolyak, que transmite en pocas palabras lo que la administración ucraniana lleva años intentando imponer como discurso occidental oficial, “el resultado de esta guerra incondicional” puede ser “o el caos, la violencia, que los derechos del agresor sean aprobados por la Federación Rusa y su Alianza Terrorista” o “democracia, libertades, soberanía, ley y normas de comportamiento a seguir que se impondrán al agresor y sus satélites”. Mientras que la primera opción implica que “los demás se quedarán sin futuro ni esperanza”, la segunda supone “un futuro estable y previsible”.

En el populismo belicista de la Oficina del Presidente de Ucrania, la victoria de Kiev no solo supondrá el restablecimiento de la integridad territorial de Ucrania según sus fronteras de 1991 -lo que dejaría a la población de Crimea y Donbass a merced de las intenciones de la administración ucraniana, que ya ha mostrado repetidamente su intención de imponer un castigo colectivo por su deslealtad a la patria- sino también la recuperación del orden y las normas, la esperanza y la estabilidad. Y si la estrategia para resolver los problemas de inestabilidad que se han generalizado en diferentes áreas del planeta es simple y se limita al deber de derrotar a Putin, también la táctica es extremadamente sencilla. Hace unos días, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Dmitro Kuleba, afirmaba que Ucrania no dejaría de luchar incluso aunque desapareciera la ayuda occidental. Las Fuerzas Armadas lucharían “con palas” si fuera necesario, insistió el líder de la diplomacia ucraniana, retornando a la épica de las primeras semanas de la invasión rusa, en las que las abuelas ucranianas derribaban drones rusos con latas de pepinillos. Kuleba, como el resto de la administración ucraniana, busca insistir en la guerra como única vía posible de resolución del conflicto, para, posteriormente, presentar la lista de deseos que Occidente debe cumplir para conseguirlo. Esa es toda la táctica necesaria para que Washington, Londres y Bruselas ganen esta guerra incondicional que es global, pero que se juega únicamente en Ucrania.

En su aparición en el Foro Económico Mundial, Kuleba ha realizado una serie de declaraciones con las que ha querido llamar la atención de sus socios y, sobre todo, de los sectores escépticos de los países proveedores. Dirigiéndose a la población estadounidense, concretamente a sus contribuyentes, el diplomático ucraniano ha apelado al argumento del beneficio propio, insistiendo en que “Ucrania no pretende robar a los contribuyentes americanos”, a los que es preciso explicar que la asistencia a Kiev implica un aumento de producción industrial y creación de empleo que revierten en Estados Unidos. Queriendo completar el discurso, Kuleba sentenció finalmente que, Kiev “ofrece el mejor trato del mercado global de seguridad”, ya que, según el ministro, Ucrania ni siquiera exige a Estados Unidos que envíe sus tropas. Washington, en la distancia y simplemente enviando el armamento y la financiación requerida, puede ganar esta guerra que, por supuesto, le afecta directamente, ya que se enfrenta a uno de sus enemigos preferidos. En ese argumento, Ucrania oscila entre exigir la derrota de la Federación Rusa, origen de todos los males y de toda la inestabilidad mundial, y la de Vladimir Putin, como afirmó en una reciente rueda de prensa Volodymyr Zelensky. El espectro del tan ansiado cambio de régimen Rusia no ha desaparecido de la lista de deseos del presidente ucraniano, que con comentarios en este sentido, da la razón a Moscú, que siempre ha argumentado que la ola de revoluciones de colores estaba dirigida realmente contra Rusia.

Con la estrategia y la táctica de esta guerra incondicional perfectamente definidas -solo hace falta derrotar a Rusia y es sencillo hacerlo entregando a Ucrania lo que pide-, resta únicamente la logística. Por el momento, no ha habido cambios en las negociaciones europeas y estadounidenses para desbloquear la aprobación de nuevos fondos para que el Estado ucraniano pueda sobrevivir y las Fuerzas Armadas puedan reforzarse para lo que cada vez más medios anticipan como la ofensiva de 2025. Sin embargo, quizá con información privilegiada o simplemente mostrando sus deseos, Dmitro Kuleba afirmó ayer que Estados Unidos ha trasladado a Ucrania la confianza de que la nueva financiación se aprobará en breve. Ucrania es consciente de que Occidente se ha implicado demasiado como para abandonar este proyecto de debilitar al máximo a la Federación Rusa, enemigo solo indirecto como aliada de China, único oponente real a día de hoy.

Sin embargo, la exigencia de Ucrania no es solo continuar recibiendo armamento y munición, sino hacerlo de la forma deseada. “La guerra contra Rusia es, al fin y al cabo, una guerra tecnológica”, ha escrito en un artículo publicado en vísperas del inicio del Foro Económico Mundial en Foreign Policy Andriy Zagorodniuk, ministro de Defensa de Ucrania hasta la llegada al poder de Volodymyr Zelensky. En la misma línea se dirige el artículo de Andriy Ermak y Anders Fogh Rasmussen, publicado la misma semana y en el mismo medio, que insiste también, no solo en la necesidad de acceso a la Unión Europea y la OTAN, sino en una lista muy concreta de armamento. En esa lista de deseos destaca el equipamiento pesado. Ucrania no busca ya tanques y vehículos blindados, que han fracasado como armas milagrosas que mágicamente llevarían a las Fuerzas Armadas de Ucrania a las puertas de Crimea, sino los misiles de largo alcance y la munición más pesada. Hace meses, al tratar de justificar los escasísimos avances en el frente de Zaporozhie, Mijailo Podolyak escribió que la lucha por las fronteras de 1991 no se produciría pueblo a pueblo. Es así porque Ucrania espera recibir de sus socios un armamento con el que hacer la guerra de la forma que la hace Estados Unidos: en la distancia, aumentando su capacidad de destrucción y solo entonces iniciando la ofensiva terrestre. El ejemplo más reciente de este tipo de actuación puede verse actualmente en la actuación de Israel en Gaza.

Cada intento ucraniano de destruir bases militares rusas en la retaguardia, todo ataque en el interior de Rusia o contra el puente de Kerch es también un mensaje a sus socios, a los que Kiev quiere mostrar su capacidad de destrucción incluso sin haber recibido los misiles que exige. Esa forma de actuación precisa también de la superioridad aérea que han disfrutado los países occidentales en cada una de las guerras que han librado en las últimas décadas. De ahí que la petición de aeronaves occidentales siga también en aumento. Por el momento, Estados Unidos continúa siendo reticente a enviar a Ucrania los misiles de largo alcance que Kiev ha solicitado tan enérgicamente y no parece tampoco dispuesto a enviar la aviación solicitada en las cantidades requeridas. Recientemente, también la cada vez más beligerante Alemania ha rechazado enviar misiles Taurus. Tanto Washington como Berlín parecen aún ser conscientes de la escalada que supondría el cumplimiento de los deseos ucranianos. Sin embargo, la guerra debe continuar y la experiencia muestra que Kiev tiende a obtener a largo plazo aquello que exigía recibir de forma inmediata. Y aún queda mucho tiempo hasta 2025.

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