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Ejército Ucraniano, Ucrania

Experimentos

Un escenario generalmente caótico tanto en lo militar, como en lo político, económico y social, la guerra tiene la capacidad de convertirse en un gran laboratorio en el que experimentar en diferentes ámbitos. El más evidente es el escaparate que supone un conflicto bélico para probar armas recientemente desarrolladas en un contexto de combate. El beneficio es aún mayor en condiciones de guerra proxy, en la que la potencia industrial es capaz de utilizar su material, quizá incluso contra uno de sus enemigos designados, sin necesidad de arriesgar las vidas de sus soldados y civiles. Ese es exactamente uno de los beneficios que Ucrania quiere explotar de la guerra: presentarse como el lugar ideal en el que Occidente, fundamentalmente Estados Unidos y el Reino Unido, puedan testar la eficacia de sus armas en situación de combate de alta intensidad contra uno de sus oponentes históricos. Sin embargo, el laboratorio de la guerra no se limita a la actuación militar y puede aprovecharse también para explotar la relajación de las normas generalmente aceptadas y estirar al máximo la legalidad hasta lograr imponer condiciones que, en otro momento, habrían resultado inaceptables. La centralización del poder, la aceptación sin quejas de la censura o la aprobación de medidas que en otras circunstancias causarían protestas pueden ser solo el principio de un intento de impulsar un cambio social desde arriba que pase prácticamente desapercibido.

En lo económico y político, la guerra implica una situación grave en la que diferentes administraciones pueden aplicar todo tipo de ideologías para adaptarse al contexto o para impulsar una serie de cambios que pretende consolidar llegada la paz. Pero ninguno de esos ejemplos agota las posibilidades que para actores interesados puede suponer un conflicto bélico, capaz de innovar tanto en el ámbito legal como en las zonas grises y en la ilegalidad. El tráfico ilícito de armas y munición es el aspecto más evidente y que acompaña a cada conflicto bélico, creando flujos alternativos que aumentan el riesgo de que armas de gran calibre o enormes cantidades de armas ligeras y munición acaben en manos de actores malignos. Pero tampoco aquí el aspecto militar en el único en el que puede utilizarse el conflicto.

El Gobierno ucraniano ha utilizado la guerra para avanzar en la legalización de la marihuana, una medida que siempre ha sido importante para Volodymyr Zelensky y que no había sido recibida con gran aclamación en los tres años que el actual presidente rigió el país antes de la invasión rusa. La guerra provoca situaciones graves en las que, en ocasiones, son necesarias medidas desesperadas, también en el campo médico. Ese parece ser el razonamiento para permitir una serie de experimentos que, mucho más allá del uso medicinal del cannabis, están realizándose actualmente en Ucrania. Esta semana, han podido leerse en medios de habla inglesa, concretamente The Economist y The Intercept, dos artículos referidos a la experimentación que está realizándose en el país, generalmente al margen de las estructuras oficiales del Estado y de las Fuerzas Armadas, en relación con el uso de sustancias para paliar algunos de los efectos secundarios que la guerra está teniendo sobre los soldados.

Los dos artículos parten de una misma premisa: la guerra está provocando en las tropas una serie de lesiones graves no solo físicas, sino también mentales, cuyas consecuencias son igualmente graves y, en ocasiones, incluso más difíciles de tratar. Y, aunque realizando un recorrido ligeramente diferente, llegan también a un mismo destino, la normalización de sustancias actualmente ilegales cuyos efectos secundarios no pueden considerarse a la ligera. El centro de ambos artículos es la proliferación de las diferentes formas de estrés postraumático que causa la guerra de alta intensidad.

The Economist cita el ejemplo de las terapias del doctor Matrenitsky, que en su clínica privada de Kiev ofrece terapia con ketamina para tratar el estrés postraumático. A un precio de 4.000 grivnas (el salario medio de Ucrania ronda las 17.000), el médico ofrece esta sustancia con efecto anestesiante y que, en mayor cantidad, puede tener un efecto psicodélico.

The Intercept, por su parte, se refiere a otro experimento, que cuenta con la participación de un personaje conocido en el mundo de la lucha por la legalización de sustancias psicodélicas. El medio explica otra iniciativa, también privada, para el tratamiento del mismo tipo de síntomas, aunque con otra sustancia, la ibogaína, un alcaloide con efectos estimulantes y alucinógenos. Sin embargo, en este caso, se trata, no solo de tratar el estrés postraumático en población civil o militar, sino también “promover la preparación para el combate”. El proyecto es una iniciativa del psicólogo militar ucraniano Oleksii Skyrtach, que ha contado con la participación de Dana Beal, fundador del Youth Internacional Party y activista del movimiento conocido como yippie. “Estos chicos necesitan algo para las lesiones traumáticas cerebrales”, afirma Beal, que añade, según cita The Intercept, “nadie más está dispuesto a ir a una puta zona de guerra con ibogaína salvo yo”. Skyrtach, que realizó las gestiones administrativas para que Beal pudiera viajar a Ucrania portando la droga, sentencia que “necesitamos toda la ibogaína posible”, alegando que “incluso si la guerra acaba ahora, tendremos demasiados Rambos que volverán a casa del frente. Será un problema mucho más serio del que tuvo Estados Unidos con los veteranos que volvieron a casa de la guerra de Vietnam”. Ucrania y Estados Unidos no solo tienen en común el problema de tener que gestionar esa vuelta a casa y la recuperación de las lesiones cerebrales, el estrés postraumático y otros problemas de salud mental vinculados a la guerra, sino también la falta de una sanidad pública fiable capaz de lidiar con esos casos. De ahí que las iniciativas privadas estén proliferando y lo estén haciendo con métodos cuestionables que parecen ser solo el principio.

El objetivo no es solo evitar problemas de violencia lejos del frente o mitigar el sufrimiento de la población a causa de los efectos de la guerra en la salud mental, sino utilizar esas y otras sustancias en el frente. Según afirma The Economist “Jolodilo afirma que Ucrania debería utilizar psicodélicos para mejorar el rendimiento en combate”. El pionero médico observa dos usos principales: evitar la aparición de la depresión en combatientes de primera línea del frente y preparar a los soldados ante la posibilidad de la muerte. En otras palabras, anestesiar a los soldados para que continúen luchando a pesar de ser conscientes de cuál es su destino más probable. Según cita el medio británico, la argumentación de Jolodilo es que “un soldado que acepta el riesgo de morir es un guerrero mucho más eficaz”, por lo que “tiene más posibilidades de sobrevivir”.

Pero Jolodilo no se conforma con la ketamina y espera que su próximo experimento sea aprobado en los próximos meses. Para lograrlo, el médico está dispuesto a utilizar un argumento político que generalmente suele ser de utilidad: la Unión Soviética. «El doctor afirma que la mayoría de los soldados en el frente se beneficiarían de su tratamiento», escribe The Economist, que añade que Jolodilo «culpa a la estigmatización y a un enfoque soviético de la medicina militar de ralentizar el acceso, y está presionando para que se generalice».  Finalmente, el artículo llega a la parte más importante, explicando que «otro de sus objetivos es ampliar el tratamiento para incluir sustancias prohibidas como el MDMA y la psilocibina”.

El MDMA hace también acto de presencia en el artículo de The Intercept, que presenta a Rick Doblin, director de la Asociación Multidisciplinar de Estudios Psicodélicos (MAPS, por sus siglas en inglés), la principal organización dedicada al avance del potencial terapéutico de los psicodélicos, como quien ha gestionado el envío de ibogaína desde África para realizar la investigación en Ucrania. Pero pese a considerar el éxtasis como una droga a investigar, Doblin y Beal parecen haberse conformado con el uso de ibogaína, ya que el MDMA es una sustancia prohibida en Ucrania. A pesar de ello, The Economist afirma que los primeros experimentos podrían ser aprobados en seis meses.

La legalidad, el rigor médico o los procedimientos que generalmente han de seguirse a la hora de realizar nuevos tratamientos no son un problema en la actual Ucrania, donde no hay obstáculo administrativo ni legal cuando el objetivo es hacer regresar a los soldados al frente con mayor rapidez, aunque sea bajo los efectos de las drogas. De ahí que el doctor Jolodilo no tenga problemas en admitir haber tratado ya con drogas psicodélicas a soldados en activo, concretamente a una unidad de élite de las fuerzas especiales. Y espera que ese solo sea el principio.

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