Como cada año, la localidad suiza de Davos acoge esta semana a las élites más destacadas del mundo de los negocios y la política internacional en el Foro Económico Mundial. En esta ocasión, Ucrania ha perdido cierta cuota de protagonismo al no ser ya la única guerra activa que afecta directamente a los intereses de los países occidentales. Sin embargo, el conflicto ucraniano es, junto a la guerra de Israel contra Gaza y las dificultades para mantener la navegación de carga a través del mar Rojo ante la resistencia hutí, uno de los factores que ha hecho a varios de los destacados miembros de las altas esferas económicas presentes en la cumbre definir el año como turbulento. El fuerte componente geopolítico de la cumbre de este año se completa con la incertidumbre por los diversos procesos electorales de importancia que han de celebrarse a lo largo de los próximos doce meses, entre los que destaca, por supuesto, el caso estadounidense. Aun así, y pese a los riesgos, las grandes empresas mundiales han mostrado su optimismo ante las perspectivas de 2024. En su caso, toda crisis implica una oportunidad. Es el caso de Ucrania, necesitada de inversiones y liderada por un grupo de personas que ha visto en el gran capital la forma de reformar el país por el camino de la privatización.
Volodymyr Zelensky llegó a Davos con un doble mensaje político y económico. Como ya había anticipado su mano derecha, el cardenal verde Ermak, Ucrania apuesta por continuar la guerra hasta la recuperación de su integridad territorial según las fronteras de 1991 internacionalmente reconocidas. Esa postura, compartida por Estados Unidos y la Unión Europea, supone para Bruselas y Washington la necesidad de poner en manos de Ucrania un volumen de financiación similar o incluso superior a lo invertido en años anteriores. Ese compromiso millonario implica también que continúen las ganancias de aquellos sectores de la economía que más se han beneficiado del conflicto en Europa, fundamentalmente el complejo militar industrial estadounidense y, en menor medida por su peso secundario, el europeo. Sin los riesgos que supone la guerra en Oriente Medio, que puede condicionar la navegación en una zona estratégica del planeta, la guerra de Ucrania ofrece otro tipo de incentivos a las grandes empresas. A ellas se ha dirigido el mensaje económico de Volodymyr Zelensky, que no ha querido perder la oportunidad de reunirse con los directores ejecutivos de algunas de las empresas más importantes del planeta.
“He participado en la reunión “CEOs por Ucrania” en el Foro Económico Mundial”, escribió el martes Zelensky. Ataviado con su vestimenta de presidente, de guerra, el líder ucraniano saludó efusivamente a todos y cada unos de los ejecutivos que le esperaban para escuchar sus propuestas y a los que recibió con un “dios les bendiga”. El argumento de venta del presidente de Ucrania fue sencillo y se reflejó también en su mensaje en las redes sociales. “He subrayado el crecimiento económico de Ucrania, que supera el 5%, así como las optimistas previsiones para 2024. He animado a los participantes a invertir en Ucrania y contribuir a la recuperación. Es importante estar en Ucrania para aumentar la inversión y apoyar nuestra economía. También me he reunido con los ejecutivos de JP Morgan y grandes inversores internacionales. Atraer al capital privado para reconstruir Ucrania es importante para nosotros. Esperamos que JP Morgan ayude a atraer a un gran número de inversores y corporaciones globales a la economía ucraniana”, escribió Zelensky.
El mensaje del presidente ucraniano es claro y representativo tanto de la situación actual como de la ideología y los planes del ejecutivo de Kiev. Al contrario que Rusia, que debe financiar su esfuerzo bélico y equipar a sus fuerzas armadas por sí misma, Ucrania no ha optado por una mayor intervención en la economía ni por lo que el sociólogo ucraniano Volodymyr Ischenko califica, al referirse a la actuación económica de Moscú, de keynesianismo militar. Con la confianza de quien espera que la financiación continúe incondicionalmente y a lo largo de un periodo extendido en el tiempo, Kiev ha elegido utilizar la guerra para ahondar en las reformas iniciadas durante años anteriores. En términos políticos, eso se traduce en la centralización del poder, eliminación de grupos oligárquicos o grupos oponentes e institucionalización del discurso nacionalista como discurso nacional. En el ámbito económico, la guerra ha servido a Zelensky para acelerar la privatización, externalización e internacionalización, términos que han de ser entendidos desde la lógica de la ideología libertaria en su sentido estadounidense. Reducir el peso del Estado en la economía ha sido uno de los objetivos marcados por el partido de Zelensky desde su llegada al poder, con la privatización como bandera, y la guerra no ha impedido que ese ímpetu continuara.
La continuación de la guerra hasta “la derrota de Putin”, tal y como exigió ayer a sus socios el presidente ucraniano, implica una aún mayor destrucción de las infraestructuras del país, deficientes ya antes del inicio del conflicto. Es ahí donde Ucrania ofrece a todo tipo de fondos de inversión lo que presenta como colaboración público-privada, una forma amable de ocultar que se buscan inversiones extranjeras masivas en las que el Estado correrá con los gastos y las empresas con los beneficios. Es evidente que la situación actual impide el inicio de la reconstrucción y que el riesgo es excesivo incluso en los lugares alejados del frente, por lo que el intento de Zelensky de atraer inversiones no solo busca insistir en la privatización, sino ganarse la presencia de empresas extranjeras a futuro, algo visto como una garantía de que los intereses económicos y políticos de Occidente sigan estando en sintonía, dificultando así cualquier intento de Estados Unidos, el Reino Unido o la Unión Europea de limitar su apoyo a Ucrania.
En su intento de reclutar inversiones privadas del capital extranjero, Zelensky se jactó de los buenos resultados de la economía ucraniana, asistida de forma masiva y constante por sus aliados occidentales, un detalle que el presidente prefiere olvidar en su intento de presentar al país como fuerte e independiente. Reforzar la economía es uno de los objetivos marcados para 2024, especialmente ante la posibilidad de reducción de los flujos de financiación. Ucrania precisa de financiación estable, insistió en Davos Úrsula von der Leyen. Sin embargo, es evidente que ni la Unión Europea ni Estados Unidos están dispuestos a mantener, o ampliar tal y como exige Kiev, las cantidades invertidas en años anteriores. De ahí la insistencia de Kiev en recuperar parte de su industria militar, contradiciendo el argumento de los primeros meses de guerra rusoucraniana, en los que se afirmaba que era una fortaleza que la industria militar que surtía a Ucrania se encontrara descentralizada, es decir, fuera del país.
La dependencia ucraniana es absoluta, tanto en el intento de aumentar la producción militar como en propio funcionamiento del Estado. Ayer, el presidente ucraniano recuperó su exigencia de regresar a Ucrania a los hombres en el extranjero. En Ucrania no se puede, afirmó, “simplemente respirar el aire”. El presidente, que en el pasado ha equiparado ciudadanía con voluntad de luchar en el frente, insistió en la necesidad de retorno a Ucrania, explicando a los refugiados que “si estás en edad de movilización, o luchas o trabajas”. Zelensky exige el retorno de los hombres en edad activa para mantener al ejército y la economía, aunque sigue cómodo con la idea de mantener fuera del país a personas inactivas, cuyas pensiones y prestaciones sociales dependen directamente de las financiación extranjera. El Estado que se jacta de su crecimiento sigue amenazando con el impago de sus obligaciones más básicas para proteger sus datos macroeconómicos y seguir presentándose como una oportunidad de negocio para las grandes multinacionales occidentales. Para la población ucraniana, las turbulencias no se limitan a las circunstancias geopolíticas ni militares, sino que hay que añadir también los planes e intenciones de su Gobierno.
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