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Al servicio de la guerra

La semana pasada, Volodymyr Zelensky recibió dos visitas importantes: la del primer ministro británico Rishi Sunnak y la de Stephane Sejourne, nuevo ministro de Asuntos Exteriores de Francia, que eligió Kiev para su primera visita tras ser nombrado para el cargo. En ambos casos, al igual que se puede decirse de la rueda de prensa conjunta de Baerbock y Sejourne, el principal objetivo era reincidir sobre el mensaje que los países occidentales han repetido hasta la saciedad: los países europeos apoyarán a Ucrania mientras sea necesario. Sin embargo, las dificultades y los retrasos con los que la Unión Europea está encontrándose a la hora de aprobar la nueva financiación para sostener a Ucrania en 2024 ha hecho temer a quienes defienden la necesidad de continuar la guerra a toda costa que los países occidentales se verán obligados a tomar una posición más secundaria o incluso optar por la vía de la negociación en busca de un acuerdo.

A pesar de que esas dificultades son evidentes, de ahí los meses de negociaciones y retrasos en la aprobación tanto en la Unión Europea como en el Congreso de Estados Unidos, el compromiso de Bruselas y Washington con la continuación de la guerra va más allá de los repetitivos discursos en los que las autoridades reafirman, sin poder ofrecer nada tangible por el momento, un compromiso que adquirieron hace ahora casi dos años. La principal evidencia de la voluntad de continuar sosteniendo la economía y el esfuerzo bélico ucraniano es la completa ausencia de un discurso que plantee, siquiera como idea de futuro, la posibilidad de buscar la vía diplomática. Es más, todas las iniciativas de paz a través de la búsqueda de un alto el fuego y paso a la negociación -el intento de mediación de Lula da Silva, la hoja de ruta china o el plan de paz de varios países africanos encabezados por Sudáfrica- han sido completamente acalladas y la posibilidad de recuperar la vía diplomática parece hoy aún más alejada que hace unos meses incluso a pesar de las dificultades de Washington y Bruselas para financiar la guerra.

La situación económica, las dificultades de financiación o el descontento de algunos países miembros han sido argumentos habituales en la especulación sobre la firmeza de la postura de apoyo de la Unión Europea a Ucrania desde 2014. Sin embargo, ni durante la primera fase de guerra activa ni durante el proceso de Minsk, hubo ningún paso real de Bruselas para desmarcarse de su aliado de Kiev, al que protegió incondicionalmente, por ejemplo, de ser acusado de infringir los derechos de las minorías y, sobre todo, de tener que cumplir con los compromisos adquiridos con su firma en los acuerdos de paz.

La voluntad de continuar buscando las vías para esquivar el veto de países díscolos como Hungría muestra que la postura europea no ha cambiado y el compromiso de continuar el camino fijado hasta que Ucrania logre sus objetivos no ha cambiado. En este sentido, la Unión Europea, cuyas autoridades políticas han decidido ya que Kiev debe ser miembro del bloque, se encuentran en una posición diferente a la de Estados Unidos, que no ha realizado más compromiso político que las promesas de asistencia, palabras que puede llevarse el viento. De ahí la insistencia de Ucrania en lograr, como finalmente consiguió, la apertura de negociaciones para la adhesión a la UE, un paso que no es definitivo, pero que hace aún más difícil para Bruselas desentenderse de la labor de mantener al Estado ucraniano.

En el caso del Reino Unido, un aliado indispensable para Kiev en el suministro de armas e inteligencia en tiempo real, no hay duda alguna: Sunnak anunció en Ucrania un aumento de la inversión británica en la guerra para el actual ejercicio y, sin una oposición que defienda la necesidad de avanzar hacia la paz, Londres es claro exponente de la idea de continuar, e incluso escalar, la guerra. Con esta postura inalterada desde el inicio de la guerra -el Reino Unido, como Estados Unidos, nunca se involucró en el proceso de Minsk, por lo que su uso de Ucrania como herramienta contra Rusia precede en siete años a la invasión de 2022-, Londres es el socio más firme en el actual intento del tándem Zelensky-Ermak de convencer a sus proveedores de continuar y ampliar los niveles de asistencia militar y financiera. En su gira diplomática para preparar la visita de Zelensky al foro de Davos, Ermak ha insistido nuevamente en la negativa de Ucrania a aceptar congelar el conflicto, un alto el fuego o una negociación hasta que el país recupere su integridad territorial según las fronteras de 1991. No solo se trata de un objetivo prácticamente imposible, sino que implicaría abandonar a la población de Donbass y Crimea a merced de quienes han prometido durante años un castigo colectivo por su rechazo a Ucrania tras el cambio irregular de Gobierno en febrero de 2014.

Con la visita de Sunnak, Ucrania no solo ha recibido una promesa de apoyo, la reafirmación de que la integridad territorial es un objetivo colectivo, sino que ha conseguido también algo que presentar como un tratado de asistencia mutua para garantizar su seguridad. En realidad, se trata de un acuerdo de seguridad que repite el compromiso que el Reino Unido había adquirido ya antes de la intervención militar rusa. Ese precedente puede indicar el valor efectivo de dicha alianza. El anuncio del acuerdo -tras el cual Ucrania ha llegado a afirmar que asistiría al Reino Unido en caso de que fuera atacado, si duda esperando una reciprocidad que evidentemente no se ha producido- ha hecho aparecer argumentos opuestos que afirman que el tratado no es más que papel mojado, un documento con único valor propagandístico, o que se trata de una alianza formal comparable con las garantías de seguridad de los países de la OTAN.

El acuerdo, cuya vigencia es de diez años, prevé consultas rápidas en caso de una futura agresión de Rusia a Ucrania. En ese caso, los dos aliados buscarían determinar las medidas necesarias para contrarrestar tal ataque, aunque el Reino Unido se compromete únicamente a suministrar asistencia militar. El parecido con la situación actual no es casual, sino que puede considerarse el elemento central del documento, cuya importancia es, en realidad, la reafirmación del statu quo. Reino Unido y Ucrania se comprometen también a no aceptar cambios en la cuestión territorial y los aliados de Kiev insisten en la necesidad de asistir al país para lograr el objetivo de la recuperación de la parte del país perdida a Rusia.

El acuerdo entre Londres y Kiev, que insiste en la necesidad de asistir económica y militarmente mientras sea necesario para que Ucrania pueda defenderse a sí misma, es un ejemplo de la consolidación de la guerra como una vía de resolución aceptable para los países occidentales. Esa es la verdadera lección del documento presentado por Sunnak y Zelensky, que es relevante precisamente por no aportar nada nuevo. El Reino Unido no se compromete a intervenir en favor de Ucrania, sino a mantener el rumbo actual hasta que Kiev haya logrado su objetivo de restablecer la integridad territorial según sus fronteras de 1991 y a costa de Rusia y de la población que lucha contra ello. Este paso no supone una alianza, sino la cronificación de la actual guerra proxy, en la que países como el Reino Unido, interesados en debilitar militar, política y económicamente a Rusia -especialmente en el mar Negro-, proporcionan la financiación, la instrucción, el armamento y la inteligencia, y Ucrania aporta las bajas. Un acuerdo que no puede calificarse de equilibrado, pero que Zelensky y su entorno ya han proclamado repetidamente que están dispuestos a aceptar aunque se produzca a costa de las vidas de su propia población.

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