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Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, Zaluzhny, Zaporozhie, Zelensky

Épica de ofensivas fallidas

Realidad y deseos se mezclan en los discursos oficiales en cada conflicto militar. Mantener la esperanza de una victoria es una condición esencial para levantar la moral de las tropas y de la población civil, que no siempre dispone de acceso a fuentes independientes de información. En el caso de la guerra de Ucrania, en la que el frente mediático ha cobrado gran importancia en la escena internacional, hay que incluir también la ficción y la teatralización, que se produce incluso desde autoridades y medios de comunicación de países que teóricamente no son beligerantes. De esa forma, eligiendo la ingenuidad y la ceguera voluntaria, Ucrania ha conseguido colocar en la prensa mundial historias evidentemente falsas como el fantasma de Kiev, o convertir en leyenda aquellas que fueron desmentidas por los hechos, pero que siguen utilizándose para crear un halo de épica, unidad e invencibilidad más allá de todo razonamiento lógico. Es el caso de la guarnición de la Isla de las Serpientes, que según el discurso de Volodymyr Zelensky eligió el martirio nacionalista en lugar de la rendición y, con malas palabras, rechazó la oferta rusa de salvar la vida y entregar el territorio. Al contrario que el fantasma de Kiev, una creación de la factoría Zelensky, los hechos ocurrieron y, para crear la leyenda, es preciso únicamente omitir el final: los marineros se rindieron, fueron capturados por las tropas rusas, trasladados a Crimea y, meses después, entregados en un intercambio como prisioneros de guerra.

El problema de la épica es doble. Por una parte, es probable que dé lugar a sorpresas en el momento en el que acabe la guerra y la población sea consciente de cuál ha sido el coste personal y material de la victoria, de la derrota o de la lucha eterna hasta obligar a las partes a dejar de luchar. Por otra, se corre el riesgo de creerse invencible y actuar de manera incauta, excesivamente optimista o incluso irresponsable. El temor por caer en una de esas categorías parece haber sido el motivo por el que las autoridades políticas -las nacionales y especialmente las internacionales, con mayor capacidad de decisión que las de Kiev- optaron por no seguir el plan que, según el periodista Yaroslav Trofimov había propuesto Zaluzhny. Ucrania había logrado paralizar la ofensiva rusa de 2022 y era consciente de que el desequilibrio de efectivos le favorecía en un contexto de un frente cuya extensión superaba los mil kilómetros.

El plan del líder militar ucraniano, al que la prensa estadounidense le dedicaba ya heroicas portadas, propuso entonces una gran ofensiva terrestre para romper el frente de Zaporozhie. Es decir, Zaluzhny proponía hacer en 2022 lo que Ucrania decidió hacer en 2023. Rusia se encontraba en un momento de debilidad, aún no había realizado la movilización parcial decretada en septiembre y, como pudo verse en Járkov y Jersón, su capacidad de combate estaba seriamente limitada. Pero como también demostró el intento ucraniano de prolongar su ofensiva de Járkov al norte de Lugansk, el agotamiento no estaba presente únicamente entre las tropas rusas. En aquel momento, Ucrania y sus aliados consideraron excesivamente arriesgada la ofensiva planteada por Zaluzhny, que según Trofimov solo había exigido un armamento mínimo para realizar la operación. El fracaso, argumentaron entonces dándolo por hecho, habría causado una contraofensiva rusa con capacidad de convertirse en una derrota estratégica.

Ucrania, Estados Unidos y demás aliados optaron así por una operación terrestre en el mismo lugar planteado por Zaluzhny, pero que se realizaría con la planificación y el armamento necesario para lograr la victoria. Como afirmó en junio Antony Blinken, Ucrania disponía entonces “de todo lo que necesita” para derrotar a Rusia en el frente. Lo afirmó con la seguridad de quien confía ciegamente en su ejército -en este caso en su ejército proxy- y no atiende a razón. Al contrario que unos meses antes, cuando las autoridades habían valorado acertadamente el tremendo riesgo que implicaba la operación de Zaporozhie, en 2023 se apostó por la ruta hacia Melitopol a pesar de ser conscientes de que la superioridad rusa en varios aspectos importantes, especialmente la artillería, aunque también la capacidad de minar los campos y la aviación, podían llevar a un resultado aún peor que en la hipotética ofensiva de Zaluzhny en 2022.

Durante meses, los corresponsales de guerra rusos narraron, prácticamente en tiempo real, la preparación rusa para la ofensiva que venía. Tras la derrota de Járkov, Rusia había pasado, como lo ha hecho ahora Ucrania, a una fase defensiva en la que únicamente importaba mantener el territorio. Los periodistas escribían en sus crónicas cómo los soldados cavaban trincheras, la retaguardia trataba de equipar, armar e integrar a los soldados reclutados y se buscaban soluciones para compensar el retraso que se había hecho patente en el desarrollo y utilización de drones de vigilancia y ataque. La aparición de los Shahed iraníes debió ser el primer indicio de que Rusia había comprendido esa carencia y trabajaba para solventarla. Sin embargo, Zelensky y sus socios eligieron ver en ello un síntoma de debilidad que demostraba la superioridad de Ucrania: Kiev tenía acceso al armamento occidental, mientras que Rusia, el segundo ejército del mundo, buscaba ayuda urgente en Teherán. Tampoco la certeza de que Moscú desarrollaba nuevos modelos en sus fábricas y que trabajaba sobre la base de aquello que había fallado en su primera ofensiva inquietó en Occidente, que continuó actuando con la arrogancia de quien prefiere creer su propia propaganda, aun a costa de las vidas de los soldados que luchan en su nombre. Con una vigilancia continua y en tiempo real, no se puede dar a Kiev, Washington o Londres el beneficio de la duda: todos ellos eran conscientes de que Rusia llevaba meses preparando la defensa y de que la ruptura rápida del frente de Zaporozhie requería de un colapso masivo del ejército ruso que, aun así, habría estado protegido por los densos campos de minas que también debieron prever.

“Los planificadores de la contraofensiva ucraniana contra los invasores rusos del país imaginaron el año pasado que las fuerzas de élite, como la unidad liderada por el capitán Anatoliy Jarchenko, barrerían para dar el golpe final a un triunfo al estilo del Día D”, escribía ayer The Wall Street Journal en un artículo que busca enaltecer la épica de los soldados ucranianos, pero también destacar el fracaso que ha supuesto la planificación de la operación. El objetivo es el habitual, justificar la continuación del flujo de armas para mantener activa una guerra que en los últimos días está resultando aún más peligrosa para los soldados ucranianos. Ayer, un artículo publicado por ABC News citaba a un médico de Dnipropetrovsk denunciando un aumento del 30% en las heridas graves en uno de los principales hospitales de trauma de la ciudad. El fracaso de Ucrania no se mide únicamente en falta de avances, sino también en bajas que, quizá, pudieron evitarse partiendo de una imagen real, no ficticia, de la realidad sobre el terrero y aceptando el error de haber subestimado a Rusia en el momento en el que se consumó, no seis meses más tarde.

“Para cuando los paracaidistas de la compañía de Jarchenko entraron en la batalla en una noche sin luna de agosto, la contraofensiva ya había girado al fracaso y sus hombres estaban a punto de conocer las mortales razones por las que había ocurrido”, continúa el relato de The Wall Street Journal centrado en el fallido asalto de Verbovo. El objetivo, afirma el reportaje, “asaltar una colina cerca de la aldea de Verbovo, era modesto. Pero las cosas irían fatalmente mal en cuestión de minutos”. La unidad, explica, había recibido la promesa de que los drones rusos serían derribados por los sistemas de guerra electrónica ucranianos. Para su sorpresa, los drones no solo no fueron derribados sino que hicieron explotar el bosque alrededor de la pequeña unidad. El fracaso de las grandes columnas blindadas había obligado ya a Ucrania a descartar esa vía de ruptura del frente para tratar de lograr el mismo objetivo con unidades más difíciles de detectar. El resultado fue el mismo. “La unidad quedó incapacitada. Más de la mitad de los alrededor de 20 soldados murieron o resultaron gravemente heridos en minutos, entre ellos el médico”, prosigue The Wall Street Journal, que continúa narrando un infierno de trincheras al estilo de la Primera Guerra Mundial que era perfectamente previsible, pero que ni Ucrania ni sus socios quisieron ver. Era más sencillo confiar ciegamente en la épica de la victoria y la leyenda que estudiar los hechos.

“El asalto ucraniano acabó antes de poder empezar”, sentencia The Wall Street Journal en una afirmación que podría extenderse a los seis meses de ofensiva terrestre. Eso sí, ni las bajas ni el temor a volver a cometer el mismo error parecen ser suficientes para disuadir a Ucrania y a sus socios occidentales de intentarlo de nuevo. Esta vez, las armas milagrosas no serán los Leopard, sino los F16.

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