Todos a una y siguiendo una línea claramente marcada por las necesidades en el frente, las diferentes autoridades ucranianas siguen manifestándose para reafirmar la vía militar como única salida posible al actual conflicto. Apenas unas horas después de que Zelensky hablara en los mismos términos, Dmitro Kuleba ha sido aún más claro. “No tenemos un plan B”, ha afirmado en su más reciente aparición en los medios el líder de la diplomacia ucraniana, que añadió “confiamos en el plan A”, es decir, en continuar la guerra hasta la derrota final de Rusia. Aferrándose a esa idea que en los últimos doce meses ha demostrado no estar al alcance de Ucrania, es preciso buscar los argumentos adecuados para crear las condiciones que hagan posible seguir rechazando a toda costa el plan B, la diplomacia. En fase defensiva y tras una ofensiva fracasada en el frente -aunque no tanto en el intento de hacer daño en la retaguardia-, Ucrania basa su discurso en lo inaceptable de negociar con Rusia, el riesgo de derrota y, sobre todo, el beneficio que los países proveedores pueden obtener de la guerra proxy.
“Como dijo correctamente el Secretario General, lo que se da a Ucrania no es caridad. Es una inversión para proteger a la OTAN y proteger la prosperidad del pueblo estadounidense”, afirmó Kuleba dirigiéndose directamente a quienes han de aprobar nuevos fondos en el país que es el principal donante militar. Ayer, John Kirby volvió a recordar que Estados Unidos ha agotado ya todos los fondos disponibles para Ucrania, por lo que no habrá nueva asistencia militar hasta que el Congreso apruebe una nueva partida. En las altas esferas preocupa especialmente la provisión de misiles para las defensas ucranianas. Con los fondos estadounidenses aún congelados, la apuesta rusa pasa por tratar de destruir al máximo el potencial industrial militar de Ucrania.
Aunque era evidente con los objetivos atacados los últimos días de 2023, el miércoles, el informe diario de la inteligencia británica se veía obligado a admitirlo. Rusia no está centrándose en las infraestructuras críticas civiles como hace un año, sino en la producción militar. Y lo hace ahora que es consciente de que la capacidad de defensa de Ucrania está minada por la incertidumbre sobre cuándo volverá a reiniciarse el flujo de financiación. Y pese a seguir calificando los ataques con misiles como actos cuyo único objetivo es “asesinar al máximo número posible de civiles”, incluso el beligerante Mijailo Podolyak ha admitido que la principal dificultad para la producción industrial en el país es la certeza de que sería destruida por los misiles rusos. Los objetivos están claros, son militares y se producen en el que quizá es el momento de mayor vulnerabilidad de Ucrania. Sin poder acudir a Washington en busca de ayuda, otros países proveedores han querido aumentar su participación en el esfuerzo común para adquirir munición para las defensas ucranianas.
Ayer, el mismo día en el que Kiev alegaba disponer de misiles tierra-aire para apenas unos pocos ataques rusos más, la Agencia de Adquisiciones y Suministros de la OTAN afirmaba que Alemania, España, Países Bajos y Rumanía habían firmado un acuerdo para adquirir mil misiles para los Patriot estadounidenses de los que dispone Ucrania. Se repite nuevamente la aparente carrera para ver qué arsenal se acaba antes, si el de los misiles rusos o los misiles antiaéreos ucranianos. La capacidad rusa de continuar produciendo, especialmente en un contexto de falta de financiación para Ucrania, muestra que es Moscú quien parte con ventaja en ese duelo invernal. En ese contexto, la munición adquirida por esos cuatro miembros de la OTAN supone una aportación que difícilmente va a cambiar el curso de la batalla por los cielos de Ucrania.
Con la guerra como única opción y el beneficio de los países de la OTAN como principal argumento, muchos analistas de think-tanks vinculados al campo de la seguridad e industria militar buscan amplificar la necesidad, no solo de continuar con el suministro que se produjo en 2023, sino de aumentarlo. Las enormes necesidades de armamento y munición de Ucrania hacen que esas aportaciones individuales de una serie de países no sean sino una gota en lo que, quienes defienden esta opción, entienden que debe ser un océano de financiación y recursos.
Aunque los grandes medios transmiten periódicamente análisis sobre la importancia de continuar manteniendo al Estado y a las Fuerzas Armadas de Ucrania, el artículo publicado esta semana por Foreign Affairs, una revista influyente en el establishment de política exterior estadounidense, es especialmente detallado en las causas del fracaso de la ofensiva ucraniana, los motivos para continuar insistiendo en preparar nuevas acciones de ataque y las necesidades de Ucrania para lograrlo.
Para empezar, Jack Watling, con una gran trayectoria dentro del aparato de organizaciones vinculadas a la seguridad y el sector militar, deja claro que Ucrania precisa de tiempo. Uno de los motivos del fracaso de la operación de Zaporozhie es, en su opinión, la escasa instrucción que las unidades han recibido en los cursos precipitados realizados en los países de la OTAN. De ahí que no se centre más que en ofensivas locales para mantener la tensión e impedir avances profundos rusos -el equivalente a la “defensa activa” que ha realizado Rusia durante los meses en los que se ha preparado para la operación ucraniana de Zaporozhie- en busca de tiempo para preparar próximas grandes acciones. Ese futuro no pasa solo por dar tiempo a los países occidentales a instruir a las brigadas ucranianas, sino sobre todo para producir y reunir las masivas cantidades de armamento que prevé que exige la guerra. El caso de la artillería es el más claro, con unas estimaciones según las cuales Ucrania requeriría 2,4 millones de rondas de munición al año, Watling admite abiertamente que la industria estadounidense y europea sería capaz de proveer solo la mitad de esa cantidad este año.
Pero los problemas no se limitan a la producción de artillería. “Para regenerar su capacidad ofensiva y defenderse de los ataques rusos, Ucrania necesitará aproximadamente 1.800 barriles de artillería de repuesto al año. El puñado de obuses existentes en Europa no puede satisfacer esta demanda. Las numerosas flotas de vehículos regaladas a Kiev en los últimos dos años también necesitan un suministro continuo de piezas de repuesto. Los interceptores de defensa aérea también serán una necesidad persistente: Rusia produce actualmente más de 100 misiles balísticos y de crucero y 300 drones de ataque al mes. Para contener los daños de estas armas, Ucrania necesitará reabastecimientos de sistemas occidentales de defensa antiaérea”, insiste el artículo, que da solo algunas pinceladas de las ingentes cantidades de armamento que Kiev necesitaría cada año para continuar la guerra.
La conclusión lógica teniendo en cuenta la incapacidad de Ucrania para producir su propio material y las carencias industriales de las potencias occidentales para mantener una guerra de alta intensidad es que “si los países occidentales no aumentan su capacidad de producción de estos sistemas, Rusia ganará la partida”. La necesidad de aumento del gasto militar y la inversión en la industria es el nuevo mantra occidental, que ve en la asistencia a Ucrania, no “simplemente dar dinero a Kiev”, sino “una inversión por parte de sus socios en su propia manufactura de defensa”. Con ese argumento, que parte de la base de que la guerra se prolongará durante, al menos, dos años más, sin que la destrucción, el sufrimiento de la población y el empobrecimiento del país sean un factor a tener en cuenta, Watling sentencia que “las principales barreras para garantizar que Ucrania no pierda la guerra son políticas”.
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