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Tras las líneas enemigas

Los dos grandes ataques de misiles rusos contra las ciudades ucranianas que se han producido en las últimas horas -la noche del 29 al 30 de diciembre, del 31 de diciembre al 1 de enero y a lo largo del día de ayer, el primero tras el ataque ucraniano contra Feodosía y los últimos tras el bombardeo ucraniano de Belgorod, muestran que la naturaleza de la guerra no ha cambiado y que 2024 se encamina a la repetición de lo ocurrido hace un año, quizá incluso con mayor intensidad. Al contrario que el pasado invierno, el objetivo principal de las tropas rusas no parece ser la infraestructura eléctrica, sino las instalaciones militares. En cualquier caso, se trata únicamente de la campaña de invierno en la que las partes tratan de hacerse el mayor daño posible para impedir el reabastecimiento, el suministro y la reposición de todo aquello perdido a lo largo de los meses de batalla de alta intensidad en el frente. Los bombardeos, especialmente teniendo en cuenta su intensidad a ambos lados de la línea de contacto, muestran también que el discurso sobre la posibilidad de congelar el conflicto no es sino el deseo de personas ajenas a las cadenas de toma de decisión.

La guerra no ha cambiado y continúa su curso siguiendo un camino previsible y peligroso, especialmente para la población civil, vulnerable tanto a los misiles enemigos como a las defensas propias. Sin embargo, y a pesar de la notable evidencia de que el conflicto continúa siendo una guerra convencional tradicional, hay quienes tratan de ver un cambio hacia la guerra de guerrillas. No es la primera vez que la idea se presenta como posibilidad, argumento o solución al conflicto, ya que la idea de la lucha tras las líneas enemigas fue una de las propuestas que se reflejó en toda una serie de artículos de opinión de expertos, lobistas y miembros de think-tanks durante las primeras horas de la invasión rusa. En aquel momento, fundamentalmente aquellos que quisieron creer en el mantra de la propaganda británica, que alertaba del peligro de que las tropas rusas pudieran capturar Kiev en 72 horas, vieron en la guerra de guerrillas la posibilidad de crear para Rusia lo que Afganistán fue para la Unión Soviética. El conflicto entró rápidamente en las trincheras y la idea cayó en el olvido. Con la posibilidad -al menos teórica- de lograr una victoria en el frente, la lucha en territorio ajeno quedaba en un segundo plano.

Pese a que la guerra continúa en la misma dinámica en la que ha transcurrido hasta ahora, un artículo publicado el último día de 2023 por The New York Times afirma que “a medida que las fuerzas convencionales sufren dificultades para irrumpir a través de las líneas defensivas, ambos bandos están mirando crecientemente a las táctica de guerrilla”. El texto es un ejemplo representativo de la forma en que la prensa está cubriendo la guerra, basándose más en deseos que en realidades y, sobre todo, informando siempre sobre la base de fuentes oficiales ucranianas.

El artículo parte de una premisa evidente: existe actividad de los dos bandos al otro lado del frente. Aunque ese tipo de prácticas son comunes en las guerras, este conflicto cuenta con la facilidad añadida de la similitud étnica y lingüística entre los contendientes y los lazos que históricamente ha habido entre los dos países, con una población entre la que difícilmente puede destacar una persona o un grupo de personas procedentes del territorio contrario. La infiltración o el uso de personas residentes en los territorios para obtener información sobre la ubicación de polvorines y otras infraestructuras militares o civiles es así mucho más sencilla. Así lo ha demostrado Ucrania con su facilidad para utilizar los territorios bajo control ruso -y hasta 2022 republicano- con sus programas de asesinatos selectivos. Pese a que el periodista de The New York Times no incide en la cuestión, personas que participaron en el desarrollo y ejecución de esas prácticas han admitido abiertamente el uso de la táctica de asesinatos selectivos contra líderes políticos y militares de la RPD y la RPL, actos que, cuando se produjeron, fueron achacados por Kiev a las luchas internas de los territorios ocupados o a la mano de Moscú. El sabotaje y los actos de violencia contra objetivos seleccionados por el aparato de seguridad del país, ya fuera la inteligencia civil (SUB) o la militar (GUR) siempre han sido parte de esta guerra.

El interés del artículo no es poner en contexto los actos, ni valorar así su aumento, sino resaltar aquellas hazañas que la inteligencia ucraniana quiere subrayar. De ahí que se mencionen los sabotajes de trenes, especialmente aquellos más espectaculares. No se trata de referirse a los pequeños sabotajes de las vías realizados por grupos como los miembros de Bratstvo en las fuerzas especiales del GUR de Budanov, sino de dar una oportunidad a Ucrania de jactarse, por ejemplo, del intento de descarrilar la conexión ferroviaria entre Rusia y la República Popular de Corea. Coincidiendo con el discurso estadounidense y británico, que durante meses ha querido insistir en la importancia de Corea del Norte en el suministro de proyectiles de artillería para Rusia, Ucrania ha tratado de realizar un gran sabotaje que impida esa comunicación directa. El tratamiento de lo ocurrido, y especialmente de la narrativa que Ucrania trata de imponer, es representativo de lo que la forma en que la prensa está tratando las actividades de sabotaje de Kiev, evidentemente planificadas, guiadas y llevadas a cabo por miembros de la inteligencia y las fuerzas especiales, no partisanos o residentes locales en los territorios ocupados. Sin embargo, medios como The New York Times continúan prestando su espacio para que Ucrania intente imponer su discurso: en el caso del intento de gran ataque en la frontera entre Rusia y la República Popular de Corea, el medio da por hecha la autoría del SBU, pero en actividades más cercanas, se da por buena la palabra de Ucrania al adjudicar el éxito a esos grupos “partisanos” que en realidad forman parte del aparato de seguridad de Kiev. El objetivo de Ucrania no es otro que exagerar los sentimientos proucranianos y su capacidad de reclutar personas en los territorios bajo control ruso. Cualquier detención puede así ser calificada de represión rusa sobre la población civil. La colaboración de la prensa en ello es también un aspecto a tener en cuenta.

Curioso es también el tratamiento del sabotaje ruso. Aunque la premisa del artículo es el creciente uso de tácticas de guerrilla en ambos bandos, The New York Times solo ofrece dos ejemplos de su uso por parte de Rusia. Las fuentes para hacerlo son también dos: Ucrania y Polonia, ninguna de ellas especialmente fiable. Aun así, el medio publica las acusaciones como hechos que no precisan de verificación.

En el primero de los casos, el artículo dice así: “ Rusia, que durante mucho tiempo ha utilizado tácticas irregulares para alcanzar objetivos políticos, sigue enviando grupos de sabotaje y reconocimiento para infiltrarse en Ucrania. Los funcionarios ucranianos creen que Rusia está detrás del envenenamiento de la esposa del jefe de la inteligencia militar ucraniana el mes pasado como parte de una campaña contra los altos dirigentes ucranianos. (Preguntado por el envenenamiento, el portavoz del Kremlin portavoz del Kremlin dijo que «Ucrania culpa a Rusia de todo» y lo calificó de «acusación habitual»)”.

El segundo parte de Polonia: “Rusia también emplea espías, saboteadores y colaboradores, y también tiene como objetivo los trenes. Las autoridades polacas condenaron el 19 de diciembre a 14 personas acusadas de realizar actividades de sabotaje y propaganda bajo la dirección de la inteligencia rusa, según informó el Ministerio del Interior de Polonia en un comunicado. Sus principales objetivos, según el ministerio, eran «trenes que transportaban ayuda militar y humanitaria a Ucrania y preparaban descarrilamientos de trenes».

Sin más prueba para acusar a Rusia que las afirmaciones del GUR de Budanov, que entiende que gran parte de su trabajo es difundir desinformación sobre el enemigo, o de Polonia, el país que no ha sido capaz de mostrar una sola prueba y presentar formalmente cargos contra el periodista Pablo González, a quien acusa de espiar para la inteligencia militar rusa, el medio construye un relato en el que equipara las actividades de sabotaje de ambos países. En el caso de Ucrania, los ejemplos son tan evidentes que el medio es capaz de enumerarlos. En el de Rusia, no hay evidencia y no hay ataques. Solo hacen falta acusaciones.

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